Un día torcido

 

UN DÍA TORCIDO

Título del relato negro escrito por Álvaro Aguilera Fauró

Estaba muerto, no cabía duda. Y no había sido una muerte agradable.

Le habían reventado la cara a hostias. La sangre de labios, nariz, cejas y pómulos se había coagulado.

-Llame a un médico… -ordené a la vieja que me había conducido hasta el cadáver y que sollozaba sin descanso- Y a la policía.

La mujer salió en busca de un teléfono y me dejó a solas con Ray. Saqué un cigarrillo y lo encendí.

-Este va por ti, amigo.

Pero Ray no me oía. También le habían destrozado los tímpanos. Y además, estaba muerto, maldita sea.

Cuando el inspector me preguntó, le dije que había ido a buscarle para jugar a las cartas y que no tenía ni idea de quién podía haberle hecho aquello. Un rato después me soltaron. Debía estar localizable y atento; volverían a llamarme. También me informaron de que un testigo accidental, un tal Benito Somosierra, había jurado que vio entrar en el bloque de Ray a César Pastrana junto a dos hombres corpulentos, y de que Pastrana estaba ahora mismo en comisaría,  prestando declaración.

Todo lo que yo le había dicho al madero era mentira, claro. Sí que sabía quién se había cargado a Ray y por mis muertos que ese hijo de puta no vería nunca más la luz del sol.

En cuanto salí, me dirigí hacia el único lugar donde podía encontrar al Beni a esas horas del día: el bar Portugal. Por el camino marqué el número de Candela. La voz metálica del buzón arañó mis oídos. Dejé un mensaje; no debía esperarme despierta.

De repente tuve una idea, una idea que debía ser madurada. Aún así marqué en el móvil el número de Luís Otamendi, el brazo derecho de Pastrana.

El Beni charlaba con Antonio de alguna cosa inútil como la última subida de impuestos. Me recibieron con expresión grave.

-Coño, Trueba –Trueba era yo-, te habrás enterado, supongo…

-Fui yo quien lo encontró. Le dieron una buena.

Beni me miró por encima del hombro.

-Pensaba que lo encontró su casera –dijo.

-Ella fue quien le vio primero, pero yo llegaba en ese momento y fui el que se encargó de llamar a la bofia y de todo lo demás.

-Eres la hostia. Siempre en el sitio inapropiado y en el momento menos adecuado.

-Qué se le va a hacer. Termínate el café, Benito. Vamos a dar una vuelta.

Beni sonrió con sorna.

-Vete a la mierda, estoy hablando con Antoñito. Quiere cerrar el bar ¿sabes? Yo le digo que no, que tiene clientela fija y con la subida de los impuestos, no puede arriesgarse a perder…

Si Beni pensaba que le iba a dejar soltar una de sus fantochadas sobre los impuestos es que era un ingenuo o un imbécil irrecuperable. Corté la cascada de soplapolleces con una vieja llave policial: se agarra la muñeca, se retuerce el brazo hasta dejarlo pegado a la espalda y se empuja el cuerpo hacia delante para que su rostro se estampe contra el mostrador. Es sencillo.

Beni lanzó un grito de dolor y me insultó. Dejé dos euros y le dije a Antonio que se quedase con el cambio. Al Beni lo invitaba yo.

-¿Se puede saber a qué coño viene todo esto?

Lo había conducido hasta un callejón que daba a la parte trasera del Portugal. No había un alma en la calle. Saqué un pañuelo y se lo tendí a Beni para que restañase la herida producida por el impacto.

-Es que no estoy para discursos, Beni, no tengo tiempo. Verás, te voy a contar una historia y vas a rellenar los huecos que faltan. ¿Estamos?

Beni asintió.

-Así me gusta –llené mis pulmones y comencé a hablar-. Ray era un ludópata y le debía pasta y mucha a César Pastrana, eso lo sabemos todos. También se sabía que estaba tieso y que no podía pagar, lo cual provocó que Pastrana le diera un plazo de un mes para que arreglase sus cuentas. Ese plazo concluyó ayer a las doce de la noche. Ray no había juntado todo y estaba acojonado por la reacción de Pastrana. ¿Voy bien?

-Tú lo has dicho. Eso lo sabe todo el mundo.

-Pero lo que no todo el mundo sabe es que Ray llevaba un mes trabajando de guardaespaldas para el Viejo, y que el Viejo este estaba loco por cazar a Pastrana… cosas del nuevo Plan General o de alguno de sus chanchullos de mierda. Supongamos que por lo que sea, alguien, tal vez tú, Beni, que tienes menos escrúpulos que los chavales que te la comen en la sauna, informó al Viejo de lo de Ray y Pastrana y le propuso quitarse de en medio a Ray, cargarle el muerto a Pastrana, hacer la jugada perfecta y aquí paz y después gloria. Supongamos que alguien, tú en este caso, cobró una alta suma por dicha información y por presentarse en calidad de testigo contra César. Supongamos que el Viejo, que de tonto no tiene un pelo, sobornara a algún empleado de Pastrana para que corroborase una historia redonda, y que alguien, digamos que tú, contó a los maderos esta tarde en comisaría la historia.

Hice una pausa. El terror violó sus ojos.

-Eso es mucho suponer, Trueba.

-Me van las suposiciones: sigamos. Supón que Ray era mi mejor amigo, supón que estoy muy cabreado y que puedo llegar a hacer cualquier locura si no se me complace. Supón que te pido que vengas conmigo a ver al Viejo y supón que tú lo aceptas echando hostias. Supón si quieres, por suponer que no quede, que te niegas. Entonces, supón que te parto el cuello aquí mismo y te echo al río atado a una piedra de cien kilos.

Beni temblaba. Encendí un cigarro y esperé. Al cabo de treinta segundos un charco de orina creció junto sus pies.

-Está bien –susurró-. Pero no me hagas nada, por favor, no me hagas nada.

-¡Trueba! Qué poco nos vemos, majo. ¿Cómo va la vida? –preguntó el Viejo cuando me vio entrar acompañado del Beni, al que atravesó con la mirada.

-No sé qué decirte, pero desde luego empezó el día torcido: se han cargado a mi mejor amigo, el Racing ha perdido en su campo y la úlcera me está matando. Pero no me quejo, una de las tres cosas la voy a resolver.

El Viejo iba a decir algo. No le dejé.

-Lo del fútbol no tiene vuelta de hoja. Respecto a la úlcera qué quieres que te diga… paso de pastillas. Pero lo de Ray… eso sí que se puede arreglar.

El Viejo se levantó y cambió la sonrisa por un gesto duro. La pesada mesa de roble que compró en Singapour, cuando nos acompañó en la luna de miel, nos separaba.

-¿Y a mí que me cuentas?

-Siempre has creído que soy un gilipollas… Tal vez tengas razón, pero déjame decirte que a veces sumo dos y dos y salen cuatro –hice una pausa, saqué la pistola, el Viejo pareció alterarse-. Te has cargado a Ray y yo te voy a llenar de plomo esa barriga de cerdo.   

-Deja de decir chorradas.

Sonreí y empecé a pasear por la habitación.

-Estás muy tranquilo… Tienes un par de huevos, Viejo. Me tenéis muy harto; tú, Pastrana y la Vírgen del Pilar. Creéis que todo vale para que os hagan vuestros jodidos pisos. A mí me la suda, nunca me he metido en vuestras guerras, pero habéis pasado la raya. Ray era mi amigo, yo fui el que te lo recomendó y tú te lo has cargado sólo para ver si podías hacer una jugada. Eres un jodido insecto y yo voy a aplastarte.

-¡Vete a la mierda, estúpido! –gritó-. ¿Qué vas a hacerme, eh? Sin mí, no eres nada… Tu casa, tu piscina, tu coche cojonudo… todo te lo he dado yo a pesar de que nunca has sido más que un vulgar matón. ¿Vas a morder la mano que te da de comer? Hazte el digno en otra parte. Un guardaespaldas muerto, eso es todo.

Tragó saliva.

-Todo está perfectamente planeado. Si Pastrana va a la cárcel nos quedamos con el pastel y nos hacemos de oro. Tú el primero.

-De eso no te quepa la menor duda.

-¿Qué?

-Que todo va para mí.

Su rostro se contrajo. Hubiera podido hacer patinaje sobre hielo en él.

-¿Qué quieres decir?

-Esto.

Apunté a Beni a la cabeza. Antes de que el infeliz pudiera entender por qué lo hacía, sus sesos salpicaron el Miró de imitación que cubría la pared derecha.

-He pactado con Pastrana; me quedo todo lo tuyo. Beni hizo el trabajo, luego vino a verte y discutisteis, vete a saber por qué. Así que le disparaste. Luego… luego decidiste suicidarte. Tan redondo como tú lo habías planeado.

El Viejo se retrepó en el sofá y me miró con sus ojillos azules. El día mejoraba por momentos.

Me llevó una media hora montar la escena. Lo más difícil fue espolvorear los restos de pólvora quemada sobre la mano derecha del Viejo. Cuando hube acabado, llamé a Otamendi desde un teléfono público y le di instrucciones. Una hora después Antonio estaba untado para omitir mi visita al Bar Portugal cuando fueran a preguntarle. La versión consistiría en referir que Beni había llegado furioso, lanzando toda clase de improperios sobre el Viejo y fanfarroneando sobre que se lo iba a cargar.

Dos horas después, Antonio cantó y Pastrana salió en libertad. A las tres horas, me llamaron a comisaría e hice mi papel. Antes de entrar a declarar hice una llamada.

-¿Diga?

-Candela, soy yo.

-Hola, cariño. He oído tu mensaje.

-Escucha – interrumpí.

-¿Qué pasa?

-Tienes que venir ahora mismo a la comisaría. Tu padre… tu padre se ha suicidado.

Tardé un par de minutos en calmarla.

Pensé que no le importaría haber perdido a un hijo de puta como su padre cuando me la llevase a Cancún, al mejor hotel de Méjico.

No andaba muy desencaminado.


Texto © Álvaro Aguilera Fauró-Todos los derechos reservados

Publicación © Solo Novela  Negra-Todos los derechos reservados

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