LA VOZ DE LA ADOLESCENCIA de Pablo Carrión

 

A Irene le gustaba mucho leer, sobre todo los libros que contenían historias de romance. Era una forma de viajar como cualquier otra o mejor aún, porque gratuitamente la trasladaba a reinos perdidos con grandes castillos y amores imposibles entre parejas de muy diferentes clases sociales. Otros en cambio, la llevaban a realizar viajes fantásticos como las historias que leía del escritor Julio Verne. La lectura era una pasión que había adquirido desde niña y siempre había estado muy presente en su vida. Todavía recuerda como en una tarde de primavera, en los años ochenta en Toledo, cuando paseaba junto a su amiga Carmen discutían cuál de sus obras preferidas era más bonita. Su amiga Carmen se decantaba por “El conde de Montecristo”. Por el contrario, ella prefería “Cumbres borrascosas”. Las dos jóvenes defendían su mejor novela a capa y espada. Discutían y reían a la par, mientras las vecinas se asomaban desde los balcones con curiosidad, alertadas por sus gritos y la algarabía que formaban por las callejuelas del casco histórico. Con tales pensamientos en la cabeza acudieron juntas a la famosa imagen de la Virgen de los Alfileritos para arrojar sus alfileres y pedir ventura para encontrar un amor de cuento en sus vidas.

Los años fueron pasando y la amistad con su amiga Carmen por raro que le hubiera parecido en la adolescencia se desvaneció como un terrón de azúcar en una taza de café caliente. Y el hombre con el que se desposó, nada tenía que ver con lo que imaginaba ser su príncipe azul. Las faltas de respeto, los gritos y por desgracia los golpes, estaban muy presentes en su día a día. Por más que lo intentó le fue imposible volver a enhebrar ese hilo de amor que añoraba en sus momentos más miserables. Su frustración crecía sin albergar esperanza alguna. Su persona menguaba cada día que pasaba tiempo a su lado y lo peor de todo, Irene había normalizado esa situación.

Una noche, después de una gran discusión se quedó sola en casa, con la única compañía de la radio. La claridad de la luna que asomaba por la ventana era toda la iluminación que necesitaba para sintonizar el aparato. Abrió un cajón del mueble del salón y sacó una suave manta de franela con la que se arropó acurrucándose en el sofá. A través de altavoz escuchaba a personas que llamaban por teléfono para contar sus pesares. Según su tono de voz las imaginaba de rostros suaves. Esa noche Irene se armó de coraje y tecleó los números en el teléfono. Quería formar parte de ellas, tenía un montón de cosas que contar. Al entrar en antena agradeció de corazón la compañía que le proporcionan en sus noches de vigilia más amargas. Contó con pelos y señales su desgraciada existencia en una vida gris, llena de reproches y agravios diarios. Entre sollozos imploraba un poco de luz en su desafortunado matrimonio. Al despedirse y colgar el teléfono, Irene se sintió satisfecha consigo misma. Cuando se levantó para volver a encender la radio, algo que no esperaba sucedió. Un montón de voces, todas ellas distintas llamaban al programa para decir cosas bonitas. Para decírselas a ella, mencionaban claramente su nombre. Irene, Irene… siempre acompañado de palabras llenas de cariño, de bondad y de alegría. Decían cosas tan maravillosas, que ni ella misma se las creía. Irene no daba crédito a lo que estaba pasando. Los mensajes eran tan diferentes como preciosos, todos ellos la alentaban a recuperar una vida perdida y olvidada. En ese instante, algo húmedo le tocó la cara. Irene estaba asustada, no sabía lo que era. Bajaba lentamente escurriéndose hasta el labio superior. Su lengua percibió un gusto salado en el sabor. Eran lágrimas, pero a diferencia de las acostumbradas, estas eran muy especiales. La alegría que sentía tuvo la osadía de dejar escapar esas lágrimas de sus bonitos ojos castaños. Y en esa noche de concesiones, se permitió el lujo de soñar con una nueva vida. Como en las historias que leía en los libros. Muy lejos de ese cuarto piso, que había sido cualquier cosa, pero que jamás había sido un hogar.

A la mañana siguiente, la señal horaria del programa de radio daba paso a unos villancicos navideños despertando así, a una mujer todavía soñolienta. Armada de valor se colocó frente al espejo del armario de su dormitorio. En él, se podía ver de cuerpo entero. Contempló su imagen desnuda. Se dio cuenta de que había empezado a perder pequeños mechones de su cabello rubio y fue entonces cuando ocurrió algo increíblemente extraordinario.

—Acércate al espejo, contempla tu cuerpo desnudo. ¿Acaso, el paso de los años te impiden verla? Acércate un poco más. Los hematomas que salpican tu cuerpo no deben ser impedimento para verla. Da otro paso más mujer, que tu aliento cree una película de vaho en mí. Sumérgete en la profundidad de esos ojos castaños, no tengas miedo de las lágrimas que brotan de ellos. Ni las arrugas, ni los kilos, ni tan siquiera los golpes y las sucias palabras que se vierten sobre ti, tienen el poder de nublarla. Porque tú, Irene, eres única. Eres un ser extraordinario en este mundo imperfecto. ¡Convéncete de ello! Recuerda quien fuiste, para que puedas ver tu belleza con la misma nitidez que la veo yo.

Tal vez fuera el espíritu de la Navidad o quizás, la ilusión despertada de la joven que un día fue, el caso es que Irene se entristeció mucho. Pero antes de que esa tristeza se apoderara de ella, hubo una parte de su cabeza que se aventuró a imaginar. Y así lo hizo. Con el rostro enjugado en lágrimas tomó la firme determinación de no conformarse con la vida que estaba llevando junto a su marido. De normalizar algo, que la adolescente que devoraba libros de romance jamás hubiera permitido. Había llegado el momento de tomar las riendas de una vida. La suya.

 

©Relato: Pablo Carrión, 2024.

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