SIEMPRE POLICÍA por Juan Pablo Goñi

Las barajas vuelan sobre el tapete verde en respuesta a los pedidos de los jugadores. Brucco está incómodo, no disfruta la partida. Moura, el jefe de calle, hace las veces de croupier en esta mano; es ágil con los dedos, el inspector no lo quisiera como enemigo al truco. El que reparte no juega, regla de la casa. El Tano maldice haber aceptado la invitación. Martes, cuando Alicia le comunicó que esa noche venía el novio oficial a su casa, se quedó sin programa; dijo que sí a Moura con agrado, cualquier cosa con tal de no acostarse temprano cuando al día siguiente libraba. El póker no le desagrada, no es un fan, pero lo entretiene; el problema son las compañías.

El Tano orejea las cartas, tan negras como su fortuna. Podría estar con una puta; irónico, no va con ellas para no mezclar los tantos con su labor policial, y ha terminado en una mesa con dos conocidos mafiosos locales y un asaltante con más prontuario que dientes, el Leche Quesada. Nada peor para un policía que generarse compromisos con el hampa. Completan los siete: el ingeniero Porra, que sabe más de vinos que de columnas, y un amigo suyo al que presentó como Miqueas. Con ese nombre, qué puede esperarse. Es Miqueas el primero en bajar las cartas y rendirse. El Tano lo secunda, mira las dos fichas de cien pesos que irán al pozo del ganador sin sentimentalismos; viene empardando.

El Leche sube cien más, los mafiosos —rufianes— Canaveri y Solá, ven también. El ingeniero pone quinientos arriba de la apuesta del chorro. El descontento circula por los semblantes; quinientos es la apuesta máxima que han pautado para esa jornada. Brucco se toma un trago de whisky ácido, barato.

—Me parece que hay farol —dice el Leche y cubre la apuesta.

Los otros ceden, dejan sus cartas de lomo negro sobre la mesa. El Leche despliega un trío de sietes. Poca cosa para subir tanto, se dice el Tano. Pero el Leche tenía razón, el ingeniero mete las cartas en el mazo, callado. El Leche junta las fichas, el Tano calcula que van parejo. El que tiene la pila más alta es el amigo del ingeniero, el tal Miqueas. Mientras Canaveri mezcla las barajas, Miqueas palmea a su compadre.

—Te vieron la cara, Jorge Luis. Hay que sabe mentir, no es cosa fácil. Los ingenieros son muy estructurados.

Justo quién, estructurado; el Tano está buscando una excusa para salir, Solá aprovecha el intervalo en la tensión que provoca cada mezcla para darle una palmada en onda cómplice. Falta que de postre los dos exhiban la colección de chochos para que elijan; algo le dice que Moura y el ingeniero lo están esperando, han echado varias miradas solapadas a los rufianes. El Leche, en cambio, parece cansado, no participa de las charlas, bebe cerveza con parsimonia; al Tano le gustaría saber quién lo ha invitado.

—A ver si me das suerte, colega.

Lo molesta la impunidad con que ha hablado Solá, ¿acaso empezarán a comparar precios y medidas delante de ellos? Maldito Moura, les debe cobrar una buena tajada para habilitarles el negocio. Miqueas saca el celular, mira la hora y lo apaga.

—¿Qué pasa, Miqueas, un caramelito esperando?

Miqueas sonríe, tiene papada, es un sapo adentro de un traje caro. El ingiero ríe con sorna, la cara le cambia cuando ve lo que le ha tocado en la mano. Brucco tiene un as, acompañado por un cinco, un siete, un tres y una dama; no se puede quejar por la variedad, le han venido todos los palos de la baraja francesa.

—No, Jorge Luis, ahora no, mañana estoy complicado, no me puedo ir tarde. Supe tener un dulce precioso en mis tiempos de viajante, cuando vendía pan dulce por toneladas. Ja, ja, vendía pan dulce de afuera y me comía el pan dulce más rico de la ciudad.

Pasa un relámpago por los ojos del Leche cuando habla Miqueas; Brucco lo percibe de casualidad, el resto no lo ha notado. De inmediato el Leche oculta la cara con las cartas; ha reaccionado por primera vez en la noche. El ingeniero controla sus fichas y hecha una mirada a la caja donde dejan el dinero; está en una banqueta, a pasos de la mesa. Decide que para esa mano le alcanza lo que tiene.

Moura está atento al desconocido.

—¿Has andado antes por Olavarría?

—Hará unos seis años dejé de venir, y anduve unos… cuatro, más o menos —estima Miqueas.

Moura mira al Leche.

—Ja, ja, el gordo vino de vacaciones a Olavarría cuando vos estabas de vacaciones en Sierra Chica, Leche. Cada uno elige las vacaciones que quiere.

Todos ríen, hasta el Leche hace un esfuerzo y les regala una mueca, a la par que apuesta cien pesos. Brucco aporta su ficha, pero no ve el tapete, ve al Leche paseando, el domingo que jugó Boca en Córdoba: iba con una rubia de batalla y un nene, uniformado con la azul y oro, un nene bastante obeso de unos seis años. Se dice que está pensado pelotudeces y pide tres cartas que Canaveri sirve con prontitud. Una mano de mierda, no tiene un miserable par; arroja las cartas y vuelve a rasparse la garganta con el whisky. El Leche lo imita y se pone a contar las fichas. Sólo Solá y Moura vuelven a apostar; esta vez el musculoso policía gana con un doble par pedorro.

Al Leche le toca repartir, pero declina.

—Me voy.

—¿Algún trabajito? —pregunta Moura, cómplice.

A Brucco lo enerva la familiaridad del jefe de calle; ¿acaso también cobra protección para el afano? El Leche niega, cuenta las fichas para que todos lo vean, luego las deja en la caja y retira la cantidad que corresponde. Canaveri mueve la silla y se abre de piernas.

—Ahora sí estamos cómodos.

Brucco recoge el mazo, empieza a batir. El Leche sale, no se escuchan los pasos por el pasillo. La casa donde juegan está al fondo de un terreno largo, delante hay un chalé desocupado, ofrecido en alquiler. Brucco supone que el garito es de los rufianes, lindo sería que estuviera Calosino de turno e hiciera una redada. Calosino no está, no hay peligro de una performance de desubicados en acción, pero igual, ese Moura lo está haciendo pasar una noche de mierda.

El Tano se sirve otro whisky, le pone dos hielos; observa a los jugadores. El ingeniero ha ligado, no puede controlar las cartas. Inicia Solá la ronda de apuestas con los cien de costumbre, todos ponen su ficha. El ingeniero es el primero en decir servido, luego Miqueas y Canaveri hacen lo mismo. Solá y Moura reciben sus cartas; apenas las miran, abandonan la partida. Aunque no es su turno, Canaveri apuesta quinientos.

—Quinientos y quinientos más —el ingeniero deja caer las fichas.

Canaveri duda, vuelve a mirar las cartas, escrudiña el rostro del ingeniero y deja su mano en el mazo.

—Ja, ja, te dije que no sabés mentir, Jorge Luis.

Con satisfacción, Porra alza el mentón y desafía a su amigo.

—¿Ves los mil o te vas?

En lugar de responderle, Miqueas inquiere al resto.

—¿Cuál es el máximo cuando quedamos dos?

Hay aplausos y exclamaciones; Brucco se suma sin mucho entusiasmo. Moura decide la cuestión.

—Algo que podamos jugar todos, ¿cinco mil les parece bien?

Todos asienten.

—Ya que es mi última mano, aviso, voy a hacerla divertida para todos —dice

Miqueas y pone cinco fichas que llevan un diez marcado en azul. El ingeniero saca la billetera y deja cinco billetes de mil. Nueva ronda de aplausos. El ingeniero da vuelta las cartas, póker de Jotas. Aplausos, las caras se vuelven a Miqueas. El gordo exhibe una sonrisa confiada, hace girar las cartas una por una: póker de damas.

—¡No podés tener tanto culo, Miqueas!

—Siempre fui bueno para los culos, Jorge Luis.

Las cartas pasan a Solá, el único hombre de traje cambia las fichas y mete los billetes en una billetera que apenas puede cerrar.

—Si necesitás custodia, acá hay dos policías que te ayudan por un diez, un veinte…

A Brucco le da asco el chiste de Canaveri, esas deben ser las tarifas de Moura; bebe para que no se note su fastidio.

—Me sé cuidar muy bien

Miqueas saluda y sale, satisfecho con la billetera llena. Seguro que te sabés cuidar muy bien, gordito, escupe el Tano a su otro yo, el que se banca su bronca cuando no puede hacerla pública. El silencio le indica que lo están esperando; aún no ha visto las cartas. Decide hacerlo pasar por una táctica y aporta sus cien de apertura sin conocer su suerte.

—Mm, el inspector tiene nueva técnica.

—Como dijo Miqueas, mi última mano, hay que agregarle diversión.

Hay unas protestas débiles, vuelven al juego; son falsas, es obvio que esperan que se vaya, Moura no ha debido consultarlos antes de hacer la invitación. Tras el reparto, la segunda ronda es débil, el Tano suma sus doscientos a la apuesta de los demás. Por una vez, todos están en juego.

Sola tiene un par de seis; el ingeniero ríe y muestra una pierna de Jotas. Ríe de desencanto, seguro esperaba que otro duplicara al menos los doscientos; tenía razón Miqueas, no sabe mentir, hasta la estrategia se le nota cuando quiere ser subrepticio. Moura y Canaveri se van al mazo. Todos están pendientes del tano.

Brucco gira la primera carta, As de tréboles. La segunda, un siete de corazones. La tercera, As de picas. Un murmullo recorre la mesa, el ingeniero se toma la cabeza; es una exageración, puede perder mil veces más que lo que se juega en esa noche —y de hecho lo hace en el Conrad de Punta del Este o en Las Vegas—. La cuarta carta es un cuatro de diamantes. Para la última, hacen coros. El ingeniero festeja, cinco de picas.

El tano cambia sus fichas, tiene el mismo dinero que al llegar. Saluda de lejos, sin estrechar manos. Los deja en manos del ingeniero. Cierra y camina por sendero de lajas, a oscuras. Pasa junto al chalet, le parece ver un bulto extraño. Saca el celular, apunta con la pantalla. Es Miqueas, tiene el cuello cortado. El Tano se acerca, se mete la mano bajo el faldón de la camisa y toca el cuerpo. Caliente pero muerto. Mete la mano en el bolsillo interno, está la billetera llena; no ha sido un robo, pero el autor del crimen es un ladrón. Se yergue dispuesto a regresar a la casa del fondo. Vuelve a agacharse, ¿quién dijo que no ha sido un robo? Extrae los billetes y los pasa a sus calzoncillos, alguien debe pagar por la noche de mierda que le ha hecho pasar Moura. Deja la billetera en el piso y ahora sí, camina de vuelta a la casa con lentitud.

Vuelve a recordar la imagen del parque, el Leche y la rubia con el nene; se lanza a la carrera, empieza a gritar mientras marca el 911. Hay una mujer en peligro de muerte, y él es un policía.

 

©Relato: Juan Pablo Goñi, 2023.

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