EL SECRETO DEL REY de Jordi Escoin

Recuerdo que en la radio andaban otra vez con el mundial. Aunque no soy muy futbolero me alegré por La Roja, pero ya me aburrían aquellas interminables tertulias que analizaban una y otra vez el gol eterno de Iniesta que nos dio el título. Afortunadamente uno de mis móviles empezó a sonar.  Era Miguel, un viejo amigo del servicio militar. Paré el coche en una esquina, para esto el Eixample de Barcelona es ideal.

—¿Miguel?

—¿Cómo estás David?

—Bien, ¿qué te cuentas?

—¿Te acuerdas de Guille?

Hice un repaso mental de los compañeros de la Policía Militar, pero no me sonaba ningún Guille.

—No…

—No era de nuestra compañía. Era uno de los choferes del General Gobernador Militar. Seguro que te acuerdas, Guillermo, el de Sigüenza.

Vaya si lo recordaba, un chaval bajito y algo relleno, muy simpático. Su aspecto físico contrastaba con el nuestro, ambos altos y atléticos, como se buscaba en la Policía Militar.

—¡Guillermo! Me había olvidado por completo de su nombre. ¿Has sabido de él?

—Pues sí. Me lo encontré hace poco por Madrid. Le conté que te había localizado hace unos años y se alegró de saber de ti. Él tampoco recordaba tu nombre. Por cierto, al comentarle que eres detective privado me pidió tu teléfono. Quería consultarte algo importante. ¿No te llamó?

—Es posible que lo hiciera si le diste este número, pero nunca contesto al móvil privado si no sé quién me llama, solo lo hago con el del trabajo.

— Bueno, da igual. Verás… Resulta que ha fallecido. Ayer noche me llamó su mujer. Lo atropelló un coche.

—¡Me dejas de piedra! —Una alarma se activó en mi cabeza—. Por cierto, ya que hablamos –dije, cambiando de tema, seguir hablando de Guillermo por teléfono me pareció de repente arriesgado–, en quince días tengo que ir a Madrid, a un congreso. Te aviso cuando esté por allí y quedamos, ¿qué te parece?

Miguel vivía en Toledo, así que cuando el trabajo me llevaba por Madrid solía aprovechar para hacerle una visita. Solo eran setenta kilómetros más.

—Hombre David, pues que me va a parecer, ¡perfecto!

—Te dejo Miguel, que llego tarde a una reunión.

—No hay problema, nos vemos aquí en Toledo, pero no te olvides.

 —Descuida.

Después de colgar afloraron a mi mente los recuerdos, habían pasado casi treinta años: el General Gobernador Militar de Valencia había recibido la orden del Rey de arrestar al Capitán General sublevado. Se desplazó de Gobierno Militar a Capitanía en su coche oficial para cumplir el encargo, acompañado del Teniente Coronel Ayudante, pero al ayudante no lo dejaron entrar en Capitanía.

De vuelta a Gobierno Militar el General Gobernador y su ayudante iban comentando en el coche oficial lo sucedido en el despacho del Capitán General. Detrás de ellos, en un vehículo civil, íbamos Miguel y yo. Éramos la escolta de paisano.

Cuando ambos oficiales entraron en Gobierno Militar, no dudé en acercarme al vehículo para hablar con el chofer. Guillermo me puso al corriente de lo que había escuchado. Hablan siempre como si yo no estuviera, me dijo.

Al principio, cuando me licencié, me sentí privilegiado por lo que sabía de aquel episodio histórico del golpe de estado, que casi nadie conocía, pero poco a poco empecé a preocuparme. Me di cuenta de lo peligroso que podía ser saber demasiado. Afortunadamente con el tiempo gran parte de lo que sabíamos fue apareciendo en los medios de comunicación, como cuando el General Gobernador le dijo al Capitán General que tenía órdenes del Rey de arrestarlo y este le contestó ‘atrévete’ empuñando un revólver.

Que todo aquello saliera a la luz me fue tranquilizando, aunque siempre mantuve un pequeño resquicio de preocupación: ¿Y si sabía algo importante de lo cual no era consciente? Estaba por ejemplo aquel comentario que, según Guillermo, el Gobernador Militar hizo a su ayudante en plan confidente y que tenía que ver con la amistad entre el Rey y el Capitán General, pero nunca le di importancia.  A no ser que, sospeché… Los temores de antaño volvieron con fuerza.

Necesitaba hablar de todo aquello con Miguel. Seguro que él también estaba preocupado. Resultaba sospechoso que Guillermo quisiera hablar conmigo y poco después muriera atropellado.

Necesité unos días para reorganizar mi agenda y hacer un hueco para ir a Sigüenza a realizar algunas pesquisas. Por lo que pude averiguar allí, el atropello había sido a causa de un descuido de Guillermo, que había cruzado corriendo la calle sin mirar. Además, se sabía quien conducía el vehículo que lo arrolló. conseguí hablar con la pobre mujer, conocía a Guillermo de toda la vida y estaba fuertemente afectada. Todo apuntaba a un accidente de lo más normal, si es que se puede hablar de normalidad en los accidentes. No tuve más remedio que aceptar que no había ninguna circunstancia sospechosa en su muerte. Al fin y al cabo, me dije, las casualidades también existen.

Decidí dar por terminadas mis investigaciones y volver a Barcelona. Al día siguiente después de desayunar, me acerqué a recepción para pedir la cuenta. Entonces la volví a ver, sentada en un sillón. Aquella mujer estaba también cerca de la panadería de la Bajada de San Gerónimo, donde hablé con el dueño, testigo del accidente. Podría no ser nada, pero mis sentidos de alarma se activaron por completo. Tras dejar la maleta en el coche, salí adrede a dar un paseo por el centro histórico de la ciudad del Doncel y al poco tiempo detecté a dos personas que me seguían. Eran dos hombres con aspecto muy diferente, uno fortachón y alto y el otro muy delgado y de baja estatura.

Me dirigí al parking del hotel y al salir con el coche vi por el retrovisor a un vehículo que parecía guardar las distancias. Puse el GPS para encontrar la entrada de la autopista dirección Barcelona, pero me salí varias veces de la ruta y observé cómo el coche me seguía en cada giro. Paré al ver una farmacia a comprar Paracetamol y así justificar los desvíos. Cuando enfilé la entrada de la autopista, el vehículo dejó de seguirme.

Aquello había dado un giro inesperado. ¿A cuento de qué aquel seguimiento? Estaba seguro de que el atropello no fue intencionado. ¿Quién o qué había puesto a aquella gente sobre mi pista y por qué? Mi mente elaboraba una hipótesis tras otras para descartarlas con la misma rapidez con que las pensaba. Al final solo me quedó la indiscreción. Miguel era un tipo abierto y muy confiado. Siempre envidié su capacidad natural para entablar conversación con cualquier desconocido, como si fueran amigos de toda la vida. Seguro que había comentado el tema más de la cuenta en algún bar y Toledo era una ciudad lo suficientemente pequeña para que fuera fácil rastrear de donde surgía un rumor. Tomé la siguiente salida de la autopista y di media vuelta para ir a ver a Miguel. Estaba a poco más de doscientos kilómetros.

Me alojé en el Alfonso VI. Mi intención era ir a verlo por la mañana, aprovechando que trabajaba en turno de tarde; así estaríamos solos. Al día siguiente fui a su casa sobre las diez.

—Hombre David, ¡qué sorpresa! No te esperaba hasta la próxima semana.

—Es que estoy con un asunto por aquí en Toledo y me he dicho: voy a ir a ver…

—Vienes para hablar de Guillermo ¿verdad? ­—Me interrumpió.

Me encogí de hombros, mi amigo era listo y despierto y no se le podía engañar fácilmente.

—Mira —continuó Miguel—, yo también le estuve dando vueltas al tema, no podía ser casualidad lo de Guillermo.

Mientras hablaba reparé en el sensor de la alarma.

—Caramba, veo que te has puesto un sistema de seguridad.

—Si, es que últimamente hay muchos robos por aquí. Recibí una super oferta hace un par de días y decidí aprovecharla. Nunca se sabe.

Volví a mirar el sensor de la alarma.

—Vale, de acuerdo. A ti no te lo puedo ocultar. He estado en Sigüenza haciendo algunas averiguaciones sobre el accidente.

Le explique lo que había descubierto, omitiendo cualquier referencia a mis perseguidores. Miguel pareció dudar hasta que le conté que estuve hablando con la conductora que lo atropelló, que lo conocía desde la infancia.

—Creo que nuestro Halcón Maltés también era falso —concluí.

Miguel se me quedó mirando fijamente, casi podía oír los engranajes de su pensamiento.

—Si —sonrió—, eso parece, era falso.

Salimos a dar una vuelta por la ciudad imperial y al final nos paramos a comer en el Plácido. Nos despedimos después de una larga sobremesa. Ya de camino al hotel, un vehículo paró a mi lado. Conducía el delgaducho. El fortachón abrió la puerta trasera y me invitó a entrar. Dudé un momento. Miré a mi alrededor y vi a varias personas que nos estaban mirando. Demasiados testigos me dije, así que al final entré. Llegamos al Parador Nacional y me condujeron a una habitación. Allí me esperaba aquella mujer.

—Tome asiento, señor Ventura. Tenemos que hacerle algunas preguntas —dijo ella—. Espero que no se resista a colaborar o tendríamos que utilizar otros métodos ¿me entiende?

Asentí. La observé detenidamente, de unos cuarenta años, media melena, morena y delgada. Aunque no tenía un gran atractivo físico, había algo en su voz y su manera de moverse que me cautivaba.

Me preguntó sobre mis investigaciones. Preferí contarlo todo desde el principio, volviendo al día del golpe de estado y al extraño comentario que hizo el chofer sobre algún secretillo entre el Rey y el Capitán General. Después le confesé mis dudas y temores tras la muerte por atropello de Guillermo, poco después de comentarle a Miguel que quería hablar conmigo, precisamente porque era investigador privado.

—¡Y el Halcón Maltés?

Bingo, pensé. Mi imaginación recreó la escena del delgaducho y el fortachón vestidos de técnicos de alarma en casa de Miguel. Nunca antes me había referido así a la anécdota sobre el rey, pero Miguel, un cinéfilo de categoría, lo había pillado al vuelo.

—Así es como siempre hemos llamado Miguel y yo al supuesto secreto del Rey —mentí—. Ya sabe, la estatuilla que todo el mundo persigue y que en realidad…

—He leído la novela de Dashiell Hammett y visto la película de Bogart —me interrumpió.

—La película de Bogart —sonreí—. Humphrey hizo tan buen papel que casi nadie recuerda al director.

—El gran John Huston.

De repente me pareció mucho más atractiva. La belleza está en el interior, dicen.

—¿Y nuestro Halcón Maltés es realmente falso?

—Sin duda. El Gobernador Militar se debió referir a algún asuntillo privado del Rey, seguramente de faldas. Además —me aventuré—, ustedes tampoco saben nada, por eso quieren saber si hay algo de lo que preocuparse.

—¿Ningún dato relevante sobre el golpe de estado?

—Quien sabe —me incliné un poco hacia adelante—. Verá, puede que Guille no me lo contara todo. Supongo que usted se refiere a una posible implicación del monarca en el golpe, como se ha rumoreado alguna vez. Pero, aunque me lo hubiera dicho, sería solo un comentario. Usted sabe que eso no prueba nada.

—Entonces, ¿no lo descarta?

Presentí que hábilmente me estaba llevando a donde quería. Mi próxima respuesta podría ser decisiva para que decidieran qué hacer conmigo.

—De lo que estoy seguro es de que el Gobernador Militar no haría un comentario de ese calibre dentro del coche. Por mucho que bajara la guardia en presencia del chofer, el momento era el que era.

—Es usted listo señor Ventura. ¿Y qué cree que va a pasar ahora?

—Me han traído a un hotel, no a un piso franco. Creo que ustedes me van a soltar, aunque seguramente me van a pedir algo a cambio.

—Exacto —se acercó y me acarició brevemente la mejilla —. Está usted en deuda con nosotros por dejarle marchar, así, de rositas. Deuda que algún día nos cobraremos, no lo dude. Por supuesto —continuó—, no comentará nada de esto con nadie.

—Por supuesto —afirmé con la cabeza.

—Pero antes…

Los dos tipos empezaron a montar un ordenador portátil y otro aparato encima de una mesa escritorio. Tras el primer susto reconocí el polígrafo. Mientras me ponían los sensores por el cuerpo y realizaban los ajustes, me acordé del Meca, aquel drogadicto confidente de la poli al que había recurrido más de una vez. Siempre se jactaba de haber ideado un sistema para engañar al detector de mentiras. Según él, después de la pregunta tenías que auto preguntarte mentalmente si dos más dos eran cuatro o eran cinco, según quisieras decir sí o no. Pero con dos condiciones: tenías que hacerlo en todas las preguntas, desde el principio, y a ser posible anticipar las preguntas conflictivas que te iban a hacer, para responder con la misma naturalidad que con el resto. Era el momento de probarlo.

—¿Se llama David Ventura Martín?

¿Dos más dos son cuatro? —Sí.

—¿Perteneció al Servicio Especial de la Policía Militar de Valencia?

Me habían investigado. Poca gente sabia del Servicio Especial de la PM, los dos que íbamos siempre de paisano. ¿Dos más dos son cuatro?

—Sí.

—¿Vive en Madrid?

¿Dos más dos son cinco? —No

—¿Está divorciado?

La pregunta me sorprendió. La miré fijamente. ¿Dos más dos son cuatro?

 —Sí, me divorcié hace cinco años.

—Solo si o no, por favor. Continuemos, ¿es cierto todo lo que nos ha contado esta tarde?

Ya estaba preparado para esta pregunta. Que listo era el Meca cuando quería. ¿Dos más dos son cuatro?

—Sí.

—¿Nos ha ocultado alguna de las cosas que le contó Guillermo cuando hablaron aquel día?

Para esta también. ¿Dos más dos son cinco?

—No.

Así seguimos durante unas cuantas preguntas más, hasta que parecieron convencerse. El delgaducho comentó que los registros presentaban algunas irregularidades, debidas seguramente a la tensión que la situación me provocaba.

Finalmente me dejaron marchar. Ya en la puerta me volví para dar un último vistazo a la ostentosa habitación. Sin duda eran gente con recursos.

—¿Son ustedes de la Guardia Real?

—Mejor para usted que no sepa quiénes somos.

Se quedó pensativa unos momentos, arrancó un pedazo de un folio y anotó algo. Se acercó y me dio el papel.

—Tenga, si recuerda alguna cosa más, puede llamarme aquí.

—Ni siquiera sé su nombre.

— Mmm… Eva para usted —dijo sonriendo.

Me fui rápido de allí, antes de que se arrepintieran. Paré en un bar a medio camino de mi hotel. Notaba el cuerpo aún cargado de adrenalina y necesitaba una copa.

Todo aquello era muy surrealista: un atropello había puesto en marcha todo un complejo engranaje de sospechas, dudas y mentiras. Me había metido en un terreno demasiado peligroso, así que lo mejor sería pasar página y olvidarme de todo el asunto. Memoricé el número y al salí del bar troceé el papel y lo tiré en la primera papelera que encontré. Seguí mi camino, pero a los pocos pasos me detuve, pensativo. Mi memoria a corto plazo era buena, pero a largo plazo empezaba a flaquear, cosas de la edad. Así que saqué el móvil privado y añadí un nuevo contacto: Eva, así a secas, pues no conocía a ninguna otra mujer con ese nombre.

 

©Relato: Jordi Escoin, 2020.

 

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