El pasillo (La fuga, parte II)

Tras ‘Gracias, inglés’, Juan Pablo Goñi presenta ‘El pasillo’, segundo relato de la trilogía «La fuga» que protagoniza el inspector Hughman

El pasillo («La fuga, parte II»)

Hughman saca la pistola, la rusa lo imita sin dudar. Selberger se apellida la acompañante del inspector —aunque su apellido fuera López, bastaría verla para conocer sus ancestros; pelo rubio pajizo, rostro de mandíbula firme, ojos claros, morruda—. Y lacónica, como suelen serlo los descendientes de alemanes que viven en la Colonia; no ha dicho más que el «buenas tardes» inicial.

Es la séptima salida del día en pos de capturar a los fugitivos. Tres asesinos han huido del Muro, la prisión más segura del país, en Sierra, lo que es decir casi en los arrabales de Blanca. Desde las siete de la mañana policías de todas las seccionales han ido en vano de aquí para allá, guiados por la población atemorizada —miedo agigantado por la constante reiteración en radios y portales de internet.

Han estacionado a diez metros del pasillo donde está escrita la dirección que buscan. El inglés baja de la cabina, va hasta la cajuela, saca un chaleco antibalas. Se lo pasa a su compañera y toma otro para sí. Hay una escopeta detrás del asiento, evalúa utilizarla mientras se coloca la protección.

—¿Pedimos refuerzos, señor inspector?

El inglés titubea; los han tenido a las corridas, no quiere dar otra alarma falsa. Vuelve a mirar hacia el pasillo, luego estudia la calle insólitamente desierta. Allí hay delincuentes, sin dudas, ¿pero serán los fugados? Difícil.

—Hacemos una primera aproximación y vemos.

Toma la escopeta. Indica a Selberger que se ubique junto al esquinero de la primera casa, él enfrentará las puertas del pasillo. Ha contado cuatro precarias construcciones en la fila; al fondo, un alto cañaveral parece continuar hasta la otra calle. Hughman ve detalles que lo hacen sospechar; esas no son viviendas, están demasiado dejadas, como si las ocupara gente sin orgullo o gente que pasa muy poco tiempo en ellas. Y si prepara ese ingreso, es porque cree que están ante la segunda opción.

Antes de avanzar, el inglés señala las espaldas de la rubia. La rusa se vuelve, ve el cartón que cubre el espacio de una ventana y comprende que pueden salirle por allí, que debe estar atenta. Alza un pulgar.

El inglés se pregunta si no se ha equivocado, si no convendría que Selberger llevara la Ithaca. Tarde para cambiar, ya está expuesto; se introduce en el pasillo, Selberger asoma desde la primera casa.

—Policía, ¡salgan todos con las manos en alto!

Escucha; no se oye música ni voces.

—Salgan o entramos a buscarlos.

Es una bravata pero quiere ganar algo de tiempo antes de decidir qué hacer; el silencio no ayuda a definir la situación. No hay ruidos de gente moviéndose en el interior de las casuchas. Es una trampa o ya se han ido.

—Selberger, hay que entrar.

—¿Pido refuerzos?

—No, te quedás en la camioneta, atenta a la calle, radio en mano. Yo entro.

—Inspector, es peligroso.

La joven tiene razón pero Hughman está harto de correr de aquí para allá; como cualquier oficinista quiere que termine su turno para regresar a casa, no tiene paciencia para esperar ayuda.

—Estoy casi seguro de que han abandonado el lugar.

Sin decir más, avanza por el pasillo; decide comenzar por la última de las casuchas. La puerta ni siquiera está cerrada, es una sola habitación. No sólo no hay gente, tampoco hay muebles o colchones. En la siguiente, acercándose a la calle, tampoco hay más señales de vida que vasos sucios, botellas vacías y  unos tablones. El inglés patea la puerta de la anteúltima, la segunda si se cuenta desde la calle. Alza la Ithaca por hábito, pero sabe que no hallará gente. Pasa; sólo hay papeles, diarios, más botellas tiradas, un encendedor. Y un bidón con nafta.

Encara la puerta de chapas de la edificación de bloques grises. La puerta no resiste su patada. Piso de tierra, como todas, dos mesas bastante usadas, algunas sillas. Más atrás, un anafe conectado a una garrafa, una canilla con un lavamanos rudimentario. Hay un baño; la puerta está abierta, el hedor a orín es profundo. Camina hasta la abertura y quita el cartón para que ingrese más luz. La realidad no cambia, no hay adornos sobre los bloques grises levantados con poca prolijidad.

Ha acertado, esas no son viviendas, son construcciones destinadas al delito. Pero tampoco cree que hayan alojado a los tres fugados; ¿acaso algún vecino, cansado de la inacción policial, se hartó de ser víctima e intentó aprovechar la fuga para que atacaran el pasillo? Cómo se enteraron los ocupantes, es materia de una investigación que no efectuará.

—¡Inspector, ¿está bien?

Hughman sale al pasillo, le indica a la rusa que se acerque. Selberger deja la radio y se aproxima a su superior.

—Nadie, no hay, ni vive, nadie. Cambiemos de puesto, date una vuelta a ver si encontrás algo que se me haya escapado.

—Voy a empezar por el fondo, como usted.

Selberger enfunda la pistola. Camina con las piernas abiertas, los brazos oscilando, fuertes, cerrados en puño. Hughman supone que los tipos están cerca, mirándolos, por eso los vecinos no salen a la calle. Si están cerca, hay algo que encontrar.

—¡Inspector!

Selberger está en el fondo del pasillo, señala las cañas. Hughman le pide silencio con el dedo y camina hacia ella. Selberger lleva una mano al arma, Hughman vuelve a gesticular y la rusa se tranquiliza. Cuando están juntos, la rusa aparta unas cañas.

—Marihuana —susurra al oído de Hughman; el inglés identifica las plantas escondidas entre las cañas.

—¡Estoy harto de que nos hagan venir al pedo! —grita Hughmans, mientras se trae a su compañera a la vereda— ¡Más vale que no me entere quién llamó!

Extrañada, Selberger imita el actuar del inglés sin hacer preguntas. Suben a la camioneta, Hughman toma la radio.

—Urgente, refuerzos y policía científica en Platero al 2850. Encontramos plantación de  marihuana.

Selberger se frota las manos, se le hincha el rostro, respira profundo.

—Es imposible que hayan quitado todas las huellas, bastará que uno o dos estén procesados para capturar a la banda.

La sonrisa de la rusa se ensancha ante la afirmación del inspector; quizá sea su primer éxito. Hughman estudia la calle a sus espaldas por el retrovisor, puede que haya movimientos cuando se acerquen los colegas. Su primera idea había sido completar la simulación marchándose del lugar, pero a tiempo recordó el bidón de nafta. Es probable que de moverse de allí, quemen la marihuana y las mismas casuchas, eliminando pruebas.

—Ponela en marcha pero no nos movemos.

Selberger obedece, más segundos para desconcertar a los que estén de vigías. La rusa ve que Hughman sostiene la escopeta con ambas manos en su regazo, y saca la pistola otra vez. Vuelve a adoptar la posición de un mastín alerta. Por la radio confirman el envío de la científica y piden unidades que se acerquen a Platero 2850. Pasan tres minutos y se oyen sirenas acercándose.

—Ya está —dice Hughman.

Los mofletes de la rusa vuelven a hincharse. El inglés piensa que esa alegría se esfumará cuando la joven deba redactar el parte; por el momento, está contento también. Después de doce horas casi, jugando al gato y al ratón, han hecho algo de trabajo policial. Dos patrulleros giran casi juntos, estacionan detrás de la camioneta.

Selberger no puede contenerse, baja y les hace señas, como si su propia camioneta fuera invisible. Hughman se pregunta si en sus primeros casos londinenses su cara luciría como la de la rusa; mejor, pensar en la cena, ya no hay a quién preguntar por los años londinenses. Deja la escopeta en su sitio, estira los brazos para quitar los restos de tensión acumulada.

Selberger está junto a los cuatro efectivos recién llegados. Tres son mujeres. Hughman deja sus lucubraciones y se les reúne, apoyando con gestos breves la locuaz narración de su ocasional compañera. Excitada, el rostro enrojecido, Selberger acompaña con ademanes el relato; el inglés se pregunta dónde ha quedado la parca mujer que lo ha conducido hasta allí. Echa una mirada al pasillo; como en las novelas fantásticas, ha ingresado en él una persona y ha salido otra.

Las compañeras son novatas; menudas y de rostros trigueños, siguen el relato con atención, sin preocuparse por tomar medidas de seguridad. El varón está atento a la radio, bostezando cada medio minuto. Hughman se distancia, teme reír y estropear el momento de la rusa; no entiende de dónde ha sacado tantas palabras para disfrazar de aventura interesante a ese aburrido allanamiento.

El inglés se coloca  bajo el único árbol de la cuadra, un árbol tan novato como el equipo que parlotea en la vereda. Escudriña las pocas casas a la vista, preguntándose desde cuál de ellas estarán observándolos, en cuál vivirá el autor de la denuncia, cómo será la vida de aquel en adelante. Se vuelve al oír un motor; la policía científica. Detrás, otro patrullero con un visitante ilustre, el mismo comisario. La camioneta frena, el auto continúa y se detiene en el centro de la calzada para permitir el descenso del mandamás de la cuarta.

—¡Inglés! Nos salvaste el día.

—En realidad…

—Nada mejor que desbaratar una banda de narcotraficantes para que nos aplaudan después de la cagada que se mandaron en el penal.

Al ver al comisario, las uniformadas cambian su actitud corporal, con ganas de cuadrarse aunque aún esté lejos de ellas. Sin tener muy claro cómo, adoptan posiciones firmes, queriendo dar la impresión de controlar la calle.

—Comisario, creo…

—Lo mismo que yo y que todos, inglés, esos tres están ya en la capital, tomando un vino con sus colegas.

Bermúdez detiene la palabra y lo observa.

—Lástima que no te trajiste uniforme, para las fotos. En quince minutos tenemos conferencia de prensa.

—Fue Selberger la que encontró la marihuana.

—¿La rusa?

La aludida nota la atención de los superiores, su cara es un globo rojo, su cuerpo macizo se vuelve una gelatina;  hasta el muchacho le clava la mirada, siguiendo a sus compañeras.

—De paso, dejamos afuera la brigada y queda todo para la cuarta, más claro el mensaje.

Palabras mágicas para Bermúdez; el inglés percibe que ya quiere librarse de él y correr a preparar  la heroína del día. Hughman decide sacar él también su tajada.

—Si le parece, puedo irme con alguno de los agentes y usted se encarga con ella de atender a los medios.

Sin mirarlo, Bermúdez le palmea el brazo.

—Pero sí, andá, que la rusa haga todo; ahí te mando una de esas tres que están de adorno.

El comisario recibe cinco saludos, hace un gesto hacia una de las morochas y luego se lleva aparte a la rusa. La flaca mira hacia Hughman y le señala un coche. El inglés asiente, cruza la calle hacia el auto estacionado. Ha hecho un buen negocio, la rusa se queda con el mérito pero él se libra del papeleo —y de las horas que lleva—. Media hora más, fin de turno y a relajarse a casa; jornada concluida, ¿qué puede pasar en ese rato?

Texto: © Juan Pablo Goñi Capurro, 2019.

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