El Viejo

Eran las once de la mañana de otro día de calor. El bar estaba vacío, quizá debido a la hora. Sentados a la barra, en una esquina, dos hombres blancos, todavía jóvenes, permanecían en silencio. El que aparentaba ser un poco mayor fumaba.

– ¿Tiene cerveza? – preguntó dirigiéndose a la camarera.

– No. La deben traer más tarde; el camión se demora– respondió esta.

– ¿Quieres un refresco, Serguéi?

-Tampoco tenemos– se adelantó la mujer.

El hombre, descontento, la miró por un instante.

– Agua de la pila. Para dos. Por favor.

– Enseguida la traigo, mi chino.

La mujer colocó los vasos sudados frente a ellos. En uno no tardó en posarse una mosca.

– Es la hora de las moscas, Alexis ¿qué tú crees?– forzó Serguéi un chiste. Luego se limpió el sudor de la cara con su pañuelo.

-Le puse hielo– aclaró la camarera y sonrió mirando fijamente a Alexis.

– Gracias–apuró Serguéi, se sacó la billetera del bolsillo del pantalón y colocó dos monedas sobre la barra. La camarera por fin se alejó.

– No pude localizarte. Tienes que solucionar lo de tu teléfono. Ya te lo he dicho varias veces. Tienes que hacerlo.

-¿Qué fue lo que pasó, Ale?

– Fue ayer. Yo estaba de guardia. Le dije al Jefe que hoy temprano te iba a buscar -Serguéi esperó un momento en silencio. Su compañero terminó de apagar el cigarro contra la palma de la mano abierta y sonrió en una mueca de dolor.

-Un día te vas a hacer daño –apuntó Serguéi con cierta sorna.

-Es un hábito como cualquier otro. ¿Se puede saber dónde estabas ayer?

-Aproveché para arreglar la moto. Tratar de arreglarla. Sabes que…

– Fue el Viejo.

-¿Qué, esta vez?

El otro no respondió y Serguéi volvió a aguardar en silencio. Extendió una mano para jugar con el vaso frente a él. Y al final dijo:

– ¿Y ahora? ¿Qué se hace? ¿Qué debo hacer, Ale? ¿Qué me sugieres?

– Llama después al Jefe. Y discúlpate. Él te dirá los detalles. Lo qué hay que atender luego. Por ahora, solo esperar. Estabas de guardia y no apareciste –Alexis miró a Serguéi y después añadió:

– Tú estuviste a cargo de… Eso, la maniobra. Debo saber si la última vez el Viejo te llegó a decir algo.

– Ya a esta edad todo da un poco lo mismo –el Viejo dejó de mirarlo y dirigió su vista a la exánime fuente de luz del cuarto de interrogatorios, era una lámpara con forma de campana, donde las moscas no cesaban de posarse.

– ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué quieres decir? Habla –dijo Serguéi entre dientes y se pasó el pañuelo por la frente para secar el sudor. Hacía calor, el pequeño cubículo no tenía ventanas y la consola de aire acondicionado apenas parecía funcionar.

– ¿Qué? ¿Qué fue lo que me preguntó? –insistió el Viejo y se rascó un oído con el meñique–. Estoy un poco sordo ¿recuerda?

– Que hables. Habla de una vez – alzó Serguéi la voz, ya algo alterado.

– El pasado ya no tiene marcha atrás. Si pudiera cambiar algo lo haría, pero se fue y no vuelve –dijo el Viejo muy despacio, como si hubiera estado pensando cada frase con dificultad.

– ¿Qué es lo que no vuelve? – Interrogó Serguéi, y luego repitió más alto –¿Qué es lo que no vuelve?

– El pasado.

-Entonces ¿te arrepientes?

-¿Y tú?– preguntó el Viejo en un susurro.

-¿Qué le respondiste? – indagó Ale sus ojos se cruzaron por un instante con los de la camarera –. ¿Te arrepientes de algo?

– No me arrepiento de nada– dijo Serguéi, después de una pausa. Dejó entonces de jugar con el vaso y bebió un sorbo de agua.

– Tenía la edad de tu padre ¿sabes? –agregó su compañero y encendió otro cigarro–. Tres años menos que el mío. Un auténtico viejo.

– Tienes la misma edad que mi padre pero no eres ni un poco parecido a él. Mi padre nunca hubiera hecho lo que tú –dijo Serguéi.

– Cualquiera podría haber sido. Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre –indicó el Viejo.

– Cualquiera no habría sido. Él nunca habría traicionado al país, a sus líderes. Hubiera muerto, si era preciso, todo menos rebelarse, como tú hiciste.

– En esos tiempos todo era confuso. Todo estaba empezando y no se sabía cuál era el lado correcto.

– Algunos siempre lo supieron.

– Fue un error. Un segundo de valentía apenas –añadió el Viejo y comenzó a sollozar muy bajito–. Creí que podría ser un héroe, salvar el mundo, qué sé yo.

-¿Y ahora con quién estás?

– Ahora pido que me dejen tranquilo. No he hecho nada. Solo esa vez y ya he pagado lo mío. Fue hace mucho tiempo. Déjenme en paz.

– No me conmueves. En este trabajo no se puede ser sentimental– dijo Serguéi.

– Usted sabrá– ironizó el Viejo y después dijo como para sí:

– Tengo frío. Creo que me tiembla el cuerpo.

– ¡Calla! Habla solo cuando te pregunte –gritó Serguéi y golpeó con fuerza la lámpara con forma de campana que zumbó un segundo en el aire enrarecido y luego dejó de dar luz.

-Entonces, ¿eso fue lo que pasó? ¿El Jefe lo sabe? –dijo el hombre y se distrajo en mirar a dos moscas ocupadas en aparearse.

Serguéi negó con la cabeza y preguntó:

– ¿Crees que me busque algún problema?

Ale miró a Serguéi con desgano y tardó un momento en contestar:

– En realidad, no.

– ¿Y el ascenso? ¿Crees que esto afecte en algo?

– Tienes que solucionar lo del teléfono. Eso primero. Y luego esperar, a qué las cosas cojan su nivel. Todos tenemos que esperar–expresó y golpeó con la mano abierta a las moscas sobre la barra. La camarera lo miró y el hombre le dirigió un pequeño saludo con la mano. Ella guiñó un ojo, seductora. Serguéi mantuvo la vista perdida y dijo casi para sí:

-Sí. Supongo que sería complicado si se supiera, si la prensa divulgara que el Viejo se mató.

Texto: © Margot Tenembaun (seudónimo), 2019.

Impactos: 47

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Protected with IP Blacklist CloudIP Blacklist Cloud

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies