Novela por entregas, Capítulo 1 por Ignacio Barroso

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Te llamas Walter Sulivan, Dax para los amigos. Y estás jodido. Francamente jodido. Grosso Modo tu situación actual es poco halagüeña y podría describirse de la siguiente manera: estás con las manos atadas a la espalda (las cuerdas de cáñamo te hacen heridas y el sudor hace que escuezan), de rodillas en mitad del desierto de Nevada. Has tenido un viaje exprés desde Los Ángeles en clase preferente dentro del maletero de un coche y delante de ti hay dos tíos con cara de pocos amigos. Visten a lo turista: bermudas de color crema, camisas de palmeras hawaianas y esas horteradas. Sólo les falta una cámara de fotos colgando al cuello para dar el pego del todo. Como matones, la verdad es que no tienen precio, aunque de estilismo sus nociones sean nulas, piensas. La idea te pasa por la cabeza entre sopapo y sopapo. Algo así como plas˗idea˗plas. De todas formas no dices nada, prefieres callar. En el rato que llevas disfrutando de su grata compañía has descubierto que sentido del humor tienen el justo para pasar el día. Como si los trapecios hipertrofiados que asoman por el cuello abierto de la camisa les tensase demasiado los músculos faciales impidiéndoles cualquier mueca que no sea una amenaza velada.

Pero mejor dejemos las primeras impresiones a un lado y centrémonos en lo que está pasando: tú estás hecho una mierda. Y ellos están frescos. Hablando entre sí a escasos metros de ti, a la distancia de seguridad justa para que si intentas levantarte y salir por piernas, el cañón de un 38 amartillándose en tu frente te diga que no es buena idea emular a Houdini y tratar de dártelas de escapista.

La situación, vista desde fuera, puede resultar hasta graciosa. Cómica, podríamos decir. Dos moles de gimnasio al estilo de los hampones televisivos, hablando de sus historias. Coches, chicas. Anabolizantes, batidos de proteínas. Garitos de moda. Negocios a espaldas del jefe. En fin, su día a día. Delante de ellos, tú. Un montón de carne entumecida a base de palos. En términos mafioso˗culinarios, podría decirse que te han ablandado el lomo antes de llevarte a esa parrilla de arena ardiente sobre la que estás tirado. No sabes qué van a hacer contigo, y tampoco lo vas a preguntar. Has hablado poco y sin resultados. Tus compañeros son malos anfitriones. Es más, por ir concretando un poco cómo han ido las cosas, al principio pasaban bastante de hacerte caso. Hasta que te has puesto pesado y les has acabado por cansar. En ese momento el cañón de una Smith & Wesson se ha introducido en tu boca hasta la garganta, dejándote las cosas claras: esto no es una excursión entre colegas.

El sabor a acero y el amago de amigdalectomía han sido más que suficientes para que pillaras el quid de la cuestión, pero por si eras un poco corto de entendederas, te han sacudido un poco. La letra con sangre entra, ya sabes. La gente que te contrató no está muy contenta con tus servicios, y ellos son los responsables de poner las correspondientes hojas de reclamación. No es nada personal, pero como en todos los negocios mandan las leyes del mercado. Unos ponen quejas. Otros ejecutan en mitad del desierto. A fin de cuentas viene a ser lo mismo. Sólo que es cuestión de saber de qué lado de la justicia se trabaja.

El viento mece los escasos arbustos resecos que os rodean, levantando una insoportable nube de polvo. Tus compañeros de aventura se colocan unas gafas de piloto y siguen hablando. A ti te toca joderte. Cierras los ojos, pero aún así los notas terrosos. La arena se te pega en las heridas de las muñecas y hace que el tacto de la cuerda resulte tan delicada como un alambre de espino atado a la bolsa escrotal. A lo lejos, un coyote, o algo que se asemeja a uno en tu cabeza, aúlla. La silueta de un buitre revolotea sobre vosotros eclipsando el sol. Tragas saliva. Mala idea. Por tu garganta desfilan coágulos de sangre y granos de arena, lo que se te antoja como una digestión difícil pero algo te hace sospechar que un ardor de estomago no va a ser tu principal problema.

Ajenos a lo que piensas, tus compañeros siguen a lo suyo. Ahora toca hablar de hormonas de la RDA y la putada de que al tomarlas te pones grande, pero los huevos se te quedan pequeños. Aunque, milagros de la ciencia del deporte, al parecer existen otros complejos ricos en cinc que devuelven la virilidad hasta a un eunuco.

Ríes para tus adentros. Por lo que estás escuchando, para ponerse cachas y ganarse la vida machando cráneos hay que tener educación universitaria en nutrición y dietética y andar por la vida ciego a esteroides. Si no, de nada sirve el sacrificio de levantar pesas como un energúmeno e hincharse a pechugas de pollo con arroz blanco.

Algo no les debe molar en tu lenguaje corporal. Dejan la conversación a medias, en lo más importante del combo de ciclos y te quedas sin descubrir la piedra filosofal de lo que estaban diciendo. Los dos se cruzan de brazos a la vez y te miran fijamente. El que tienes a la derecha da un paso al frente y arma el brazo para sacudirte. Te encoges, pensando que va a doler. Por encima de su bíceps con venas que parecen gusanos, ves acercarse un coche levantando una nube de polvo. El reflejo del sol en el parabrisas te ciega.

—Déjale, tío. Viene el jefe —dice el otro.

—¿Qué más da?

—Espera a ver qué dice. Ya sabes que no le gusta que les sacudamos demasiado.

Tu agresor se contiene, apretando los puños con fuerza y fulminándote con una mirada que queda oculta tras los cristales de las gafas de sol. El coche se detiene junto a vosotros. Se abre una de las puertas traseras y baja un tipo estilizado, alto y delgado, con un bigotillo canoso recortado a la moda de los años 20 y medio imperio Inca en joyas de oro colgando de sus muñecas y su cuello. Viste un traje claro que parece hecho a medida y un ridículo sombrero de paja que le da un aire a lo potentado del algodón de Nueva Orleans del siglo pasado.

Camina despacio, apoyándose en un bastón con empuñadura de marfil. Los mastodontes  con los que has compartido más tiempo del que eres capaz de recordar le miran con una mezcla a mitad de camino entre el respeto y el miedo.

—Hombre, Dax me alegro de verte. Temía que mis muchachos se me hubieran adelantado y llegara tarde para verte morir —dice a modo de saludo.

—Hola, Fred. ¿cómo andas? —ironizas, mirando el bastón.

Uno de sus chicos, el que se ha quedado con ganas de sacudirte, da un paso al frente. Su jefe, Fred McGregor, un pez gordo que ha levantado un imperio en las sombras dentro del competitivo mundo del hampa de Los Ángeles, levanta el bastón con brusquedad. El perro de presa se amansa.

—Tienes huevos, Dax. No te voy a decir que no. En otras circunstancias te habría mandado asesinar aquí mismo sin ningún miramiento —habla despacio, deleitándose con cada palabra, aunque lo que trata de conseguir es no ahogarse. Al parecer, el aire del desierto no es muy saludable para un viejo artrítico que fuma como un condenado a muerte sin apartar la vista del calendario—. Pero no. No es el caso. Vas a morir igualmente, pero prefiero disfrutar viendo trabajar a mis chicos.

Bajas la mirada. Es el final. Fred da una palmada y un tercer tipo baja del coche portando una nevera portátil y una silla plegable de camping. El viejo capo toma asiento, abre una Budweisser, finge brindar contigo. Da un sorbo y en tono ceremonial dice:

—Chicos, que empiece la función.

Te estremeces. Sabes lo que está por pasar. Miras al horizonte. El sol arranca ondulaciones a las dunas que os rodean. Algo se escabulle reptando por el suelo. Coges aire. Los dos se acercan a ti. No hace falta ser futurólogo para saber que las cosas pintan bastante mal.

—Chicos, chicos —protesta Fred—. Por favor, poneos de otra manera, que no veo bien. Así, muy bien. Ahora sí, que empiece el baile.

 

©Novela por entregas: Ignacio Barroso, 2020.

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