Tiempo de sinvergüenzas por Txema Arinas

La policía llevaba ya un tiempo detrás de su pista. El narco más escurridizo de la ciudad sin lugar a dudas. Cómo no, si todo lo que lo rodeaba era aparentemente legal. Un honrado empresario dedicado a la importación y exportación de todo lo que tuviera una salida rápida y sobre todo más lucrativa de lo normal, esto es, lo que vulgarmente se llaman chanchullos al por mayor. Decían que vivía del chivatazo del producto de ocasión, esto es, que alguien siempre les filtraba la información necesaria para saber lo que tenían que comprar, y probablemente también dónde o a quién, antes que nadie. Por lo general gente que trabajaba en las instituciones públicas y que, previamente bien untados, corrían a avisarle de que se iban a necesitar tal o cual material imprescindible en cuanto se aprobara la ley o norma de esto o de lo otro. De ese modo, siempre solía ser el primero en ofrecer la mercancía necesaria de todos los importadores con los que trabajaban las instituciones. Y nadie se preguntaba el cómo o el por qué. Para qué si eso, y no otra cosa, era lo que los gerifaltes de la administración de turno llamaban eficacia. A veces, incluso, el mismo funcionario que le había dado el chivatazo, se colgaba también las medallas por haber hecho la compra el primero de todos y al mejor precio posible. Todos salían ganando.

No obstante, el que parecía no estar lo suficientemente a gusto con lo que ganaba era él. Eso fue lo que empezaron a sospechar en la Brigada Central de Estupefacientes cuando comprobaron que el origen de una de las remesas de cocaína incautadas a una de las bandas de camellos más activas en la ciudad procedía directamente de la Guayana francesa, o al menos como tal la vendían ellos a modo de alternativa al resto de coca de procedencia esencialmente boliviana, colombiana o peruana que se movía en la ciudad. Entonces descubrieron que el único avión de mercancías procedente de aquel país sudamericano en las últimas semanas había sido fletado en su totalidad por la empresa del protagonista de nuestra historia. ¿Pura coincidencia? El jefe de la Brigada lo tenía muy claro: en su trabajo las coincidencias no existían. Con todo, había que seguir tirando del hilo para no dar pasos en falso, sobre todo antes de acusar de nada a un individuo tan bien relacionado con la administración en cualquiera de sus apartados. Así pues, y con la convivencia del juez, los camellos solo fueron procesados por tenencia ilícita de estupefacientes, y no por tráfico, dada la poca cantidad de la cocaína requisada, o al menos eso fue lo que acabó constando en el atestado de la policía. Presumían que los miembros de la banda achacarían su buena suerte en el juzgado a la incompetencia innata de la policía para levantar una acusación lo suficientemente consistente contra ellos tal y como parecía ser su costumbre. Al fin y al cabo, debían pensar también aquellos narcotraficantes de a pie de calle, la policía se había tenido que conformar con su versión de que aquello de “directamente de la Guayana Francesa” era un simple reclamo, “llámalo comercial o como quieras”, para epatar a los cuatro colgados a los que les pasaban la coca de manera completamente “altruista”.

-¡Y una mierda! Si la venden como de la Guayana francesa es que viene de la Guayana francesa–sentenció del jefe de la Brigada.

 El paso siguiente consistía en estar al quite de la llegada del próximo avión fletado por la empresa de nuestro protagonista directamente desde aquel país suramericano.

-Se han enterado los de arriba que estamos investigando a… y me han dicho que paremos –avisó el jefe de la Brigada a sus subordinados.

-¿Cómo? –exclamaron todos al unísono.

-Dicen que si se entera la prensa de que la empresa en cuestión ha estado aprovechando sus contratos con la administración para traer droga camuflada, el escándalo sería de tal magnitud que tendría que dimitir el gobierno en pleno.

-¿Y eso qué nos importa a nosotros? –fue la pregunta que hizo en alto cualquiera de los agentes allí presentes.

-Los mandos los eligen ellos –respondió el jefe de la Brigada.

-Repito: ¿Y eso a nosotros qué nos importa?

Así pues, y tras asegurarse la fidelidad de todos sus agentes, el jefe de la Brigada ordenó mantener la vigilancia sobre la empresa de nuestro protagonista en previsión de que la llegada del siguiente cargamento procedente de la Guayana Francesa fuera la ocasión esperada para demostrar al juez que entre la mercancía encomendada por la institución de turno se encontraba también esa otra que nuestro personaje acostumbraba a introducir en el país debidamente camuflada entre la primera.

-Nos la estamos jugando y mucho –advertía el jefe de la Brigada a los suyo-, hablamos de un tipo que se codea con lo más granado de la sociedad, sobre todo con los políticos al mando y de los cuales pocos habrá que no le deban un favor.

Todo un personaje al que en la Brigada ya se referían como “el chanchullero mayor del reino”. Alguien que, no solamente atestiguaba una veteranía en todo lo relacionado con el tráfico de mercancías, legales o no, que se conocía todos los vericuetos, administrativos y los que no lo eran tanto, para hacer pasar por la aduana cualquier mercancía por muy dudosa que fuera su procedencia o ya poniéndose directamente pasándose por el arco del triunfo la ley de aranceles con la inestimable colaboración de la autoridades, las cuales eran a la postre quienes tenían la facultad para decir cuándo algo era de interés general y cuando no.

-A este le ha ido de perlas mientras han estado los suyos al mando –comentó el jefe de la Brigada Central de Estupefacientes-; ahora que están los otros habría que ver qué tal le va.

-Pues cómo le va a ir –intervino uno cualquiera de los agentes a las órdenes del anterior-, seguro que no tarda en hacer amigos entre los nuevos gerifaltes. No nos engañemos, este tipo de individuos siempre cae de pie.

-No estaría tan seguro –replico el jefe a su subordinado-, nuestro personaje se ha señalado mucho como un acérrimo del gobierno saliente y no creo que los recién llegados se lo vayan a pasar por alto a la hora de hacer negocios con él. Al menos seguro que los nuevos mandamases no serán tan complacientes con él como los anteriores, que ahora le obligarán a cumplir todos los requisitos legales para trabajar con la administración como presentarse a concursos y otras menudencias que a él siempre le trajeron sin cuidado.

Poco más tarde fueron advertidos de la llegada de un avión vía Cayena, la capital de la Guayana Francesa, fletado por la empresa del ya conocido por todos como “el chanchullero mayor del reino”. En la documentación de aduanas constaba oficialmente como una remesa de material sanitario encargado por la administración del ramo para hacer frente a la pandemia del Covid19 que en aquellos días estaba a punto de provocar el colapso del sistema de salud. El jefe de la Brigada Central de Estupefacientes presentó al juez de guardia un informe lo suficientemente concluyente, si bien que fundamentado en su mayor parte en precedentes y testimonios de terceros no del todo contrastados, como para que éste decidiera autorizar la incautación de la mercancía que en ese momento había sido ya expedido desde la aduana del aeropuerto hasta un pabellón a las afueras de la ciudad donde la empresa de nuestro personaje solía almacenar las mercancías que les llegaban antes de destruirlas a sus verdaderos destinatarios.

-¿Han encontrado lo que buscaban? –preguntó el juez al jefe de la Brigada nada más responder a su llamada desde el mismo sitio donde se debía llevar a cabo la incautación.

-Ni rastro de cocaína –respondió este.

-¡No me diga que ha sido un fiasco! ¿Se hace una idea de cómo voy a quedar delante de…?

-Ni un gramo de coca, señoría. Pero hemos descubierto otra cosa.

-¿De qué me estaba hablando?

-El material sanitario encargado por las autoridades, eso es, varios cientos de equipos EPI, ya había sido repartido a los hospitales que los necesitaban. Sin embargo, hemos descubierto un stock de cientos de cajas con mascarillas quirúrgicas que no aparecía en ninguno de los papeles de la aduana.

-¿De contrabando?

-Eso parece.

-Puto especulador. Procedan inmediatamente a su detención –ordenó el magistrado.

-Como usted mande, señoría. Lástima que por esta tontería seguramente estará en la calle a no más tardar –se lamentó el jefe de la Brigada.

-Es más que probable, sí, comandante; pero, tenga en cuenta que en los próximos días el nombre de nuestro personaje aparecerá en todos los medios ligado a un caso de contrabando de material sanitario para especular aprovechando la pandemia, de modo que dudo mucho que a partir de ese momento se le ocurra a nadie de la administración hacer negocios con él. Al menos no a los que están ahora al frente de esta.

Palabras que fueron todo un aliciente para que el jefe de la Brigada Central de Estupefacientes, bien que tras coordinarse con los compañeros de la Unidad de Vigilancia Aduanera, se presentara de inmediato con varias dotaciones policiales en el domicilio que el “chanchullero mayor del reino” tenía en uno de los barrios de renta más alta de la ciudad.

-Los señores no están en casa –contestó la asistenta de dulce acento transoceánico que había abierto la puerta a los agentes.

-¿Y dónde se le puede localizar? –preguntó el jefe de la Brigada adelantándose a su compañero de cuerpo y rango de la Unidad de Vigilancia Aduanera.

-Los señores han acudido a la manifestación para pedir la dimisión del Gobierno en pleno por su gestión de la pandemia.

-¿Cuál, la de las banderitas? –preguntó el de Aduanas por encima del hombro de su compañero de Estupefacientes.

-Esa misma, allá fueron todos los señores de la cuadra.

 

©Relato: Txema Arinas, 2020.

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