MOSQUITOS por Yolanda Gil Jaca

          Lo ha probado todo: velas, inciensos, aerosoles de todo tipo, cremas, pulseras… No hay manera. Los atrae. Siempre acaba lleno de habones. Y no puede evitarlo: se rasca hasta que se hace sangre. Le dijo su médico de cabecera, entre risas, que es porque los mosquitos de ahora son radiactivos y por eso su cuerpo reacciona tan mal. Que tendría que irse a un sitio menos húmedo cuando empieza el calor. Sí, a mi segunda residencia, no te jode. Bastante tengo con pagar este semisótano de veinte metros cuadrados, como para plantearme ir a no sé dónde. Y también, si le parece, dejo el trabajo para estar a salvo. Este año va a probar a poner mosquiteras en las dos ventanas, aunque le quiten luz. Al menos que en casa lo dejen tranquilo. Va a consultar en internet qué hay en el mercado. Pero antes se da un paseo por las redes, a ver qué hace la gente.

           Aparta de la silla unas migajas de patatas o de ganchitos, no sabe, y se pone delante de la pantalla. Abre sus redes sociales y no se lo puede creer: allí están. Ya no se limitan a inundar la ciudad con carteles, los medios con sus discursos y los buzones con sus papeletas. No, ahora también se cuelan en esa parcela de ocio contaminándola con sus mentiras. Se para a escuchar. Cada anuncio se convierte en un “mira este”, ese y aquel lo malos que son. Vótame a mí. Como en los debates. Se lanzan mierda y basura unos a otros, tesis copiadas, masters comprados, colegas corruptos, fotos con compañías indeseables, como en una competición en la que ganará el que menos salpicado esté cuando suene el gong. Aunque todos huelan a excremento.

            Pero no mejora cuando prometen, se les llena la boca. Y siempre mienten. Cada gesto, cada expresión, todo está estudiado. No le convencen. Pontifican desde sus atriles. Prostituyen las palabras, las ensucian, las pisotean hasta robarles el sentido. Explican las cosas como si la gente fuese imbécil, como si a todos les hubieran practicado una lobotomía, intentando lavar el cerebro del personal. Venden bajadas o eliminaciones de impuestos, subidas de las pensiones y de las prestaciones sociales, descensos del paro, luchas por la igualdad y contra la violencia, aborto, eutanasia, educación, sanidad pública, tenencia de armas. Hoy, blanco. Mañana, negro. Humo. Humo. Más humo que todo lo envuelve. Se satura. Lo sabe. Él solo es un número. Solo les interesa ahora. Y ya ni siquiera se avergüenzan de llamarlo por su nombre: voto útil. ¿Útil para quién? Eso es lo que es: un voto que sumar para conseguir un escaño. Una poltrona desde la que vomitar espumarajos durante unos años, los suficientes para tener una pensión vitalicia y, con suerte, un puesto de asesor en una gran empresa. ¡Parásitos insaciables!

            Sale de internet y baja la pantalla del portátil de un manotazo. Está harto. Se levanta y toma una manzana del frutero que tiene sobre la encimera. La frota un poco contra su camiseta sin mangas dos tallas más grande de lo necesario y le da un mordisco. Hay un mosquito posado en la puerta de la nevera. El primero de la temporada. Se acerca. No le parece un mosquito tigre. Pero seguro que no vive del aire. «No me chuparás la sangre, ¡cabrón!», piensa mientras lo aplasta contra la puerta con el pulgar.

            Vuelve al ordenador. Muerde la manzana. Googlea «Mosquitera infalible» en una ventana y «Cómo fabricar una bomba» en otra. Esto último lo hace en los cuatro idiomas que habla y que solo le han servido para ver series en versión original. Es increíble, allí está todo, explicado paso a paso. Mira el calendario. Aún está a tiempo. Deja la manzana y apunta todo lo necesario más la referencia de las mosquiteras. Irá a la tienda de bricolaje, allí podrá comprar algunas cosas y lo que no, en internet, y mañana lo tiene en casa. Colocará las mosquiteras y preparará todo. Y después al subsuelo, ventajas de trabajar en la empresa municipal de aguas y conocer la ciudad por debajo. Es tan fácil ponerse bajo un edificio… Bajo la sede de un partido… Y programarlo, a eso de las once de la noche del día de las elecciones, cuando todos estén valorando los resultados o celebrándolos. Coge la manzana, le da varios mordiscos seguidos.

            La fiesta de la democracia, la llaman. Imbéciles. Le entra la risa y por los labios empieza a resbalarle saliva mezclada con el jugo de la manzana. Se limpia con la camiseta. Pues a los fuegos artificiales de clausura invito yo.

 

Relato: © Yolanda Gil Jaca, 2019.

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