MALA SUERTE Por Yolanda Gil

No, claro que me habría gustado no tener que llegar a ese punto. Pero ¿qué iba a hacer? ¿Dejar que me jodiera la vida? Pues no. No tuve otra, ¿vale?

Porque, a ver, un desliz lo tiene cualquiera, ¿vale? ¿A quién no le ha puesto alguna vez un compañero del curro? Y la que diga que no, miente o es una siesa. Y es que estaba bueno no, lo siguiente. Que se fije en ti un tío diez años más joven, qué quieres que te diga, es para perder la cabeza. Menudo bollycao comparado con mi Quique. No hay color. Pero que yo a mi Quique lo quiero mil, ¿vale? Que lo del Yonatan era nada, un rollo, una “canita al aire”, como decía mi abuela. Pero nada más. Solo que el Yony no lo entendió así.

Igual tuve yo algo de culpa, ¿vale? Porque, claro, él no sabía que estaba casada, como la alianza no puedo llevarla puesta, no sea que se me enganche en la cinta transportadora… Y los niños, que tampoco sabía que era madre. Y como me roneaba, pues yo callada, ¿vale? Y, claro, en la cena de Navidad… Pero luego el Yony no quería parar. Y yo, ostras, al principio, sí, pero, luego, lo pensé y que no podía, cómo iba a tener un amante. Si se enteraba mi Quique. Y le dije que no, que estaba casada y que no podía seguir liada con él.

Cómo se puso, madre mía. Me llamó de todo y me dijo que, si le daba puerta, iba a mandar a todos los compañeros mis vídeos masturbándome y mis fotos desnuda. Vamos, que soy boba no, lo siguiente. Lo que digo, que no me esperaba que un tío tan bueno como él se fijara en mí y se me fue la pinza totalmente, ¿vale? Y es que era verlo y mojaba las bragas. Y me mandaba unos audios que… ¡buf! Me ponía toda caliente. El caso es que me pidió fotos y yo me vine arriba y no solo le mandé fotos, sino también vídeos. Eso mi Quique no me lo ha pedido nunca. Pero, a lo que iba, que como se puso así, le dije que se lo había dicho en broma, ¿vale? Y seguí con él.

Pero entonces empezó a decirme que tenía que dejar a mi Quique. Que tenía que ser solo suya. Y ahí ya me rayé un montón, ¿vale? Porque en el curro habíamos quedado que disimularíamos, porque no están permitidas las relaciones entre trabajadores. Que yo no se lo había contado a nadie, ni siquiera a la Pili, ¿vale? Pero me pareció que otros camioneros me miraban y había risitas y que las chicas de los otros turnos, también, cuchicheaban y más risitas. Vamos, que seguro que estaba rajando de lo nuestro y en la empresa hay mucha gente del barrio y ya mismo podían irle con el cuento a mi Quique, ¿vale?

Una tarde vino a casa mi hermana, la Vane. Llegó sin avisar y me pilló con los ojos todos rojos de haber llorado, porque el Yony me había llamado y me había montado un pollo porque, según él, le había hecho ojitos a no sé qué tío de la oficina. ¡De locos! Total, que se lo conté todo a la Vane porque no podía más, ¿vale? La bulla que me metió. Que era tonta no, lo siguiente, que si quería perder a los niños, que si no tengo dos dedos de frente. Tuve que darle la razón, claro, porque la tenía.

—¿Y cómo vas a salir de esta? —me preguntó.

—No lo sé —dije—. Tienes que ayudarme.

La Vane es, con diferencia, la más lista de la familia, ¿vale? Cuando acabó la ESO hizo un módulo de secretariado y se colocó en seguida en una de las químicas. Ahora es secretaria de un jefazo. l os viernes solo trabaja por la mañana, en verano tiene todas las tardes libres, tiene catorce pagas más dos de beneficios, ayuda escolar para los nenes… Y un montón de ventajas más. Yo, pues no, lo de estudiar no me iba, ¿vale? Se me hacía una pérdida de tiempo. Y aquí estoy: a turnos, cobrando una miseria, con las pagas prorrateadas y las ocho horas las paso mirando una cinta por la que solo sube mierda. Porque los llamarán envases y los separamos para reciclar, pero la gente echa de todo: basura, desechos, comida estropeada. Vamos, lo que digo: mierda.

Y ella me lo solucionó. Me pidió que aguantara unos días mientras pensaba algo. Tres días después me llamó.

—¿Qué hace exactamente el Yony ese en el trabajo?

—Es conductor —le aclaré.

—Ya, hija, pero ¿qué transporta o qué viajes hace?

—¡Ah! Bueno, pues normalmente va al puerto y trae contenedores de fruta o verdura que se han estropeado en el viaje. En nuestra planta los abren y se…

—¿Qué frutas o verduras?

—Pues no sé, de todo: kiwis, plátanos, tomates…

—Vale, no necesito saber más. Ya lo tengo.

—¿En serio?

Una semana después vino a casa y me dio una caja de esas transparentes en las que vienen las barajas de cartas buenas, ¿vale? Dentro había un escorpión que casi no cabía de grande que era el bicho. No sé de dónde lo sacó. Ni quiero saberlo.

—Es un Androctonus mauritanicus —o algo así, dijo—. Es venenoso. Tienes que hacer que le pique.

Es que desde que vio C.S.I. Las Vegas, con Grissom, que era experto en bichos, ella también se aficionó y, como lee mucho, pues se lo sabe todo, ¿vale? Al final se nos ocurrió cómo hacerlo para que nadie supiera que había sido yo.

—Me debes una —me dijo.

—Ya lo creo.

Iba rayadísima mientras llevaba el bicho en el bolso… El Yony me había dado una vez la contraseña de su taquilla, para que le dejara uno de mis tangas sin lavar. Al día siguiente, llegué al curro bastante antes del cambio de turno para poder entrar en el vestuario masculino sin que nadie me viera, ¿vale? Ni encendí las luces, me apañé con la linterna del móvil. Abrí su taquilla y solté el escorpión sobre su ropa. ¡Zasca!

Ayer fue el funeral en el tanatorio. Me dio lástima su madre, no paraba de llorar. Se abrazaba a una chica que también lloraba desconsolada. ¿Su hermana? Pues no, cuando pasamos los compañeros del trabajo a dar el pésame supe que esa chica era su novia. ¡No te jode, cabrón no, lo siguiente!

Hoy en la empresa ha habido reunión de los jefes con los encargados. La nuestra, al terminar, nos ha dicho que, bueno, que tengamos cuidado, ¿vale? Que si dejamos ropa en las taquillas, revisemos antes de ponérnosla. No vaya a volver a pasar que se meta un bicho entre la fruta en su país, llegue al puerto, después a nuestra planta dentro del contenedor y luego acabe picando a alguien. Que lo del Yony ha sido realmente mala suerte. Sí, sí, mala suerte no, lo siguiente.

 

©Relato, Yolanda Gil, 2019.

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