EL ASESINO SENSIBLE por Jordi Escoin

Empezaría con un apreciado Adrián, pero ambos sabemos que solo sería un formalismo.

Te preguntarás cómo un asesino en serie, condenado a pena de muerte, consiguió sacar esta carta al exterior. No te agotes pensando en ello, los presos veteranos contamos con recursos ocultos. Ahora también te estás preguntando algunas cosas en relación con la muerte de tu padre, pero tranquilo, no te inquietes, voy a morir en la silla eléctrica la próxima semana por la muerte de todas esas personas, la suya incluida.

No puedo cambiar lo que hice y tampoco me arrepiento, es mi forma de ser, pero no soy culpable de todas las muertes. En el caso de tu padre alguien se aprovechó de mi obra, fue un imitador con información privilegiada. Había aspectos que la policía siempre omitió de lo que ellos llamaron mi perversa recreación y de hecho sólo se difundió el detalle de cerrar los ojos a mis víctimas. El que les pusiera tapones en las fosas nasales y en los oídos, es algo que nunca salió en los medios. Los investigadores no entendían por qué lo hacía. Pensaban que hasta el más frío y calculador asesino podía tener algo de sensibilidad. ¡Qué estupidez!

Todas esas atormentadas conciencias eran extremadamente pobres de espíritu y por eso las maté. Después de liberarlas de sus equivocadas y estúpidas vidas, ¿cómo podía dejar que vieran, olieran o escucharan el deterioro de sus nauseabundos cuerpos putrefactos? Ellos únicamente debían recordar el momento de su muerte, ¡recordarme solo a mí! Mi mirada, mi aliento y mi voz mientras los mataba.

Todos los demás se lo merecían, pero el inspector jefe de la investigación no dejaba de ser un ordinario y vulgar espécimen humano que no veía más allá de su uniformada misión. Decididamente él no era merecedor de mi obra liberadora, a él lo prefería más como espectador, incluso me atrevería a decir que en el fondo anhelaba su admiración. Odiaba mi obra, lo sé, pero yo le daba sentido a su profesión, enaltecía el juego entre perseguido y perseguidor. A él no podía matarlo.

Siempre supe que fuiste tú, Adrián. Únicamente contigo podría haber compartido tu padre los detalles ocultos del caso cuando empezaste a estudiar criminología. Pero tranquilo, el secreto se irá a la tumba conmigo y permanecerá enterrado en el jardín del olvido. Solo quería que supieras que lo sé.

De asesino a asesino: cuentas con mi simpatía.

El asesino sensible

Ayer, tras leer la carta, un sudor frío recorrió todo mi cuerpo. ¿Sabría el asesino sensible lo del jardín? Recuerdo que papá se quejaba de sentirse vigilado. Decía que era frecuente que los asesinos en serie se sintieran fascinados por sus perseguidores y por eso instaló el sofisticado sistema de alarma en casa.

Pasé una noche inquieta y no puedo dejar de darle vueltas a todo el asunto. Esta mañana me he acercado a casa de papá. Tras desconectar la alarma he ido a la biblioteca. Aunque la mayoría de novelas eran solo de novela negra, tenía un estante de novelas más clásicas, que siempre dudé que papá las leyera alguna vez. De pequeño se me ocurrió esconder mi diario dentro del libro Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, recortando las hojas hasta conseguir encajarlo en su interior. Y aquí sigue en la biblioteca, como siempre.

He mirado en el jardín. El parterre que planté hace muchos años sigue igual, el suelo no está removido. Al volver al interior he ido de nuevo a la biblioteca para ojear el diario. Desde lo de Pamela no había vuelto a escribir en él. Me he entretenido releyendo cómo la maté al cumplir los quince. No quería hacerlo, sólo bajar sus defensas, no me dejaba tocarla. Somos muy jóvenes, decía, ¡pero era mi aniversario! Me pasé con los narcóticos en la bebida y no me di cuenta hasta el final, cuando noté que no respiraba. Enterré el cadáver en el jardín y la dieron por desaparecida.

Que papá descubriera el diario era poco probable pero aun así previsible. Qué tonto fui al dejarlo allí. Años más tarde quedamos para cenar al cumplir yo los veinticinco. Pasé a recogerlo y lo encontré sentado en el sillón del comedor, abatido, sosteniendo el diario entre sus manos. ¿Cómo pudiste?, dijo. Tendré que entregarte. Estás trastornado como tu difunta madre, ¡has heredado su locura! No debió decirlo. Me hirió profundamente. Después de matarlo recreé la escena para que pareciera obra del asesino sensible y volví a dejar el diario en su sitio, oculto dentro del libro.

Pero esta vez ya había decidido llevármelo, era muy arriesgado dejarlo. Me he sentado unos momentos en el sillón de papá, invadido por cierta sensación de nostalgia y he enciendo el televisor con el mando a distancia, para distraerme un poco. Para mi sorpresa, salía en las noticias el abogado del asesino sensible. Decía que tenían esperanzas de que le conmutaran la pena capital por cadena perpetua. ¡Qué iluso! he pensado, y he apago el televisor.

Pero al ir a marcharme he reparado en la cámara de la alarma que hay en el recibidor. Tenía el led encendido, ¡estaba grabando! ¿Cómo era posible si la alarma estaba desconectada? He recorrido las estancias por donde he estado: el comedor, la biblioteca…todas las cámaras tenían el led rojo activado. He salido corriendo al jardín. La cámara del exterior también. Y de golpe he comprendido: la carta del asesino sensible, las palabras de su abogado en televisión… ¡El muy hijo de puta!

Espero ahora la llegada de la policía escribiendo la última entrada de este maldito diario. No creo que tarden en llegar. He cogido el revólver de papá. Todavía estaba en su estuche, en el dormitorio. Y aquí estoy, debatiéndome entre la duda: si entregarme o terminar con todo.

Ya oigo las sirenas a lo lejos…

 

© Relato: Jordi Escoin, 2019.

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