VENENO EN LA COCINA por Txema Arinas

La noticia del envenenamiento masivo en el barrio de Cimavilla en manos del pinche de cocina que aderezaba con veneno los perolos del restaurante El Llavaderu tenía horrorizada a toda la ciudad. Parece ser que el pinche había usado una sustancia que los médicos recetan a los alcohólicos que se comprometen a consumirla a sabiendas de que si luego prueban una gota de alcohol padecerán todo tipo de trastornos, ha trascendido más allá de local. Ayer en la cena en casa de los amiguitos nos preguntaban por el restaurante de marras, uno de los más concurridos de la ciudad asturiana y el mejor situado en la plazoleta que hay junto a la antigua Tabacalera, un lugar de chigres y terrazas que a mí se me antoja especialmente coqueto, como por general todo el barrio de Cimavilla. Y sí, les dijimos, estuvimos hace tiempo allí con unos amigos comiendo un menú. Fue probablemente el peor menú que hayamos comido en muchísimo tiempo, y mira que hemos estado en cada garita, vamos, que no hemos escatimado emociones a nuestro sufrido estómago. Pero bueno, lo de aquel día fue de impresión, y como muestra valga de muestra la foto que le sacó mi compañera a la sopa que nos sirvieron. Era una sopera llena de un caldo marrón que pretendían hacernos creer que era una sopa de pescado asturiana tradicional y en el que parecía que habían echado un matojo de hilos que, así a primera vista, se asemejaban a los flecos absorbentes de una fregona de las antiguas por mucho que insistiera el camarero que se trataba de las fibras de un mero. Si hay alguien al que una cosa así le puede parecer apetecible que lo diga, todavía está a tiempo de ponerse bajo atención médica. Y mejor no hablar de lo que vino después, en especial de unas vieras rellenas cuya besamel no era muy diferente de un mojón de mierda en mitad del campo.

Pero bueno, pejigueras culinarias aparte, de señoritos o casi,  que a ver qué es eso de comer siempre fuera de casa ¿no hay crisis? El caso es que nos llamó la atención y mucho que estando bien situado como está el Llavaderu, la comida fuera tan deplorable, de rancho en un campo de concentración o algo así. Ahora bien, no recuerdo más mareos o vómitos que los de cualquier otro viernes a la noche tras el trasiego habitual de brebajes alcohólicos. A decir verdad, estoy convencido de que la sopa de marras tenía que haber sido tóxica por sí misma, con o sin cianamina cálcica. La cosa sería de broma si no hubiera un muerto de por medio y un número indefinido de gente que ha estado en un tris de estarlo, que ha tenido que ingresar varias veces en el hospital porque la sustancia de marras cuando se consume de seguido puede resultar letal.

Luego ya vienen los testimonios de los afectados acerca del presunto asesino y también de los clientes habituales. Entonces te enteras de que todos hablaban maravillas del presunto asesino, que nunca nadie había tenido problemas con él, que era una buena persona que hasta colaboraba con Cáritas, un santo a ratos de esos. Pues lo sería, eso y vete a saber qué más, aparte, claro está, de inculpado en catorce intentos de homicidio. Sería un disimulador excepcional que rumiaba en secreto su odio hacia sus compañeros, un fanático inconsciente del Quimicefa, vete a saber si hasta un émulo del Ferrán Adrián no especialmente ducho en esa alquimia de nuestros días que es la cocina de fusión. Y, por supuesto que tampoco hay que descartar la posibilidad de un psicópata de libro, alguien que hiciera lo que ha hecho por el mero placer de ver sufrir a los que tenía al lado. Anda que no hay sueltos pocos ni nada, para empezar la mayoría de las suegras.

El caso es que el asunto, y falta de más detalles, es terreno abonado para la confabulación, y en especial para escritores de la cosa negra. Sólo hay que echarle la imaginación justa para empezar a fabular con lo que pudo ocurrir en el interior del Llavaderu. Tenemos un personaje que como poco algunos lo tachan de estrafalario, esto es, ideal para imaginar un tipo que de puertas para afuera era todo sonrisas y buenos gestos, pero, que al mismo tiempo podía albergar en su interior vete a saber qué resquemores de un pasado turbio de necesidad, cuentas pendientes que sólo existían en su imaginación. A saber, mira que no hay poca gente ni nada a tu alrededor que te pone buena cara a diario pero que luego, en lo más hondo de su intimidad, te odia en secreto. ¿El motivo? Pues, la verdad, tantos como uno se pueda imaginar: ese comentario inocente que hiciste, más que nada para rellenar silencios, sobre el equipo local abonado a la derrota, pero que el otro se lo tomo como algo personal, ese día que llegaste medio dormido y se te olvidó responder a su saludo, aquel último trozo de pixín que te quedaba en el plato y que él pensaba que era para él cuando retiraba el plato y vas tú y lo cazas al vuelo. Cualquier cosa puede ser motivo de fricción por parte de otros, en especial cuando el trato suele ser más bien de poco tiempo o de simple roce en el trabajo, el colegio, el ascensor… Y en el caso que nos ocupa, y con los datos que llevan aportando la prensa local a lo largo de la semana, la cual, todo hay que decirlo, se dedica, antes que a aportar algún nuevo dato relevante sobre el caso, eso que antes se llamaba informar, más a fabular a cuenta de cosas como la relación no definida que tenía con una compañera, el mangoneo que se traía entre manos con los proveedores o la enganchada que tuvo con el propietario porque no cuadraban las cuentas y por la que casi llegaron a las manos, o sin casi. De modo que se supone que los motivos del despido vendrían de antiguo, que lo de aquel día sólo fue el desenlace de un largo desencuentro. Pues eso, roces entre fogones, pasiones desatadas entre pinches y camareros, trapicheo con los repartidores y pequeños hurtos diarios, todo un mundo que explorar para un fabulador de historias con el inevitable balance trágico de un muerto por envenenamiento. La trama policiaca, sin embargo, no da para mucho, ya sabemos el final, el culpable. Lo verdaderamente interesante es imaginar qué se cocía, si bien no tanto en los fogones, como en las cabezas de los personajes de esta historia. El escenario me apasiona por lo que tiene de extraordinario en medio de lo cotidiano de un local que de cara al público todo eran risas y culines. Eso y, sobre todo, por lo corriente de sus personajes, gente en apariencia normal como cualquiera de nosotros, gente de la que no te esperarías demasiadas sorpresas del tipo de descubrir entre ellos a un Anibal Lecter en la figura del presunto asesino, una ninfómana insaciable en la de la camarera de acento sureño que nos atendió, o un sicario de la camorra local, de existir esta, claro, y si no ya me la invento yo, detrás del rostro aniñado y dicharachero del repartidor de sidras Toñín, el mejor Culín.

Pues eso, la irresistible tentación de fabular sobre el reverso negro o simplemente grotesco detrás de lo cotidiano, como si todo fuera solo novela negra. Algo así como lo que contábamos anoche en la cena de amigos acerca de un antiguo miembro de la cuadrilla que  tras acariciar los órganos sexuales de su chihuahua tras el mostrador del kiosko de su madre no dudaba en servirles chuches a los niños con la misma mano. Las consortes no se lo creían, que si exagerábamos, qué, cómo…, pues mira, maja, a ver si te crees que le llamábamos Murdoch o El Loco porque le tocó el mote en una rifa. Pues eso, todo el horror del mundo detrás de un mostrador, quiero decir, entre las cuatro paredes de cualquier establecimiento ordinario, y no digamos ya en el interior de una fuente sopera.

 

©Relato: Txema Arinas, 2019.

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