Los uniformes y el ADN por Juan Pablo Goñi

El inglés se secó el sudor. Lo hacía transpirar la vergüenza por la actitud de Corelli y Pérez. El alemán y las nuevas, Cora Dolys y Martina Mendoza, recientes incorporaciones provisorias a la brigada, tomaban notas, trabajaban en las portátiles; pero su colega inspector y el detective hacían gestos vulgares, tenían abiertas páginas con fotos de mujeres y se pasaban papelitos. El taller lo dictaba una joven de anteojos gruesos, no se daba cuenta de las idioteces, no alzaba el rostro de la pantalla donde leía. Poca pedagogía, asumió el inglés.

La tortura finalizó, la joven les pasó su dirección de email para consultas, estrechó manos y salió, netbook y cuadernos metidos en un morral de tela negra. Los oficiales se distendieron, Hughman salió al patio. Allí, cuándo no, fumaba Martínez Rossi.

—Los mandaron a la escuela, inglés. ¿Cómo van las compañeritas?

La brigada era la envidia de la masculinidad de la repartición. Cora y Martina derrochaban físico, belleza y rumores.

—No hemos trabajado mucho, hace poco que llegaron. Por eso nos metieron el curso para aprender a armar bases de datos.

—Tarea que harán las mujeres, como siempre.

Hughman contuvo la protesta; era probable que alguna de ellas, en efecto, lo hiciera, ni él ni sus colegas tenían apego por el papeleo o las planillas virtuales.  En él y en Pérez, formados cuando las computadores eran chiches flamantes en la policía, era entendible cierta reticencia a aprender nuevos programas; Corelli y el alemán se negaban de perezosos, nomás.

—Ahora vas a trabajar, les toca el caso Lopreite.

—Creí que estaba cerrado, ¿no fue el marido?

—Hay dudas. Te dejo, tengo ronda.

Ronda de cobros, hora de recaudar. El flaco se fue, el inglés hizo un gesto vago. Miró el piso, cubierto de colillas. Lo tentó ir por una escoba; se contuvo al pensar en las burlas, esas tareas eran para los novatos. Vilma Lopreite: la encontraron muerta dos días atrás; a su lado, el marido sostenía el cuchillo ensangrentado. La prensa presentó el caso como cerrado, el inglés no estaba de turno, no preguntó por el asunto tras la lectura de la nota.

—Inglés.

Pérez, cerrándose la campera, paso previo a despedirse.

—Bermúdez nos enchufó el caso Lopreite. Si te parece, arrancás vos con el alemán y una de las chicas, yo lo sigo mañana.

Más que una propuesta a analizar, era una decisión consumada. Hughman enfrentó el dilema, ¿cuál elegir? La famosa del video erótico o la detective Mendoza; ambas suponían riesgos. Escoger a Cora lo colocaría como centro de chanzas. La situación con Martina era tirante debido a un malentendido. Trabajar con Mendoza podría resultar un suplicio, pero si la dejaba con Corelli, quien había tenido problemas serios con ella, terminaría odiándolo. Cora resolvió la cuestión por él.

—Inspector, ¿puedo librar hoy? Tengo un turno médico.

Cora Dolys se marchó, tras agradecerle. Hughman se reunió con el equipo. Seis era mejor que cuatro, pero continuaba faltando gente; y, lo más importante, un jefe que tomara las decisiones espinosas.

Martina, espléndida, uniforme ajustado hasta asfixiarla, y Hersenmann, bastante despierto, mateaban. Una carpeta de cartulina desbordaba de fotocopias. Increíble que en sólo dos días se reuniera tanto papeleo. Empezó a seleccionar lo trascendente. El acusado no había declarado. Detenido en Salud Mental del hospital, el informe médico lo declaraba en shock.  ¿Un presunto asesino mezclado con gente perturbada? Falta de estructura, otra constante en el país.

—Lopreite no declaró, lo tienen en Salud Mental —transmitió.

Los jóvenes asintieron. Martina no lo miraba. Exageraba, precisaba una charla profunda con ella. Pasó fojas intrascendentes. Llegaron las fotos del cadáver en la casa, las miró y las compartió. El cuerpo desnudo presentaba cortes por doquier. Siguió.

—Aquí el informe dice que las huellas en el cuchillo, son del marido.

Continuó. ¿Quién había copiado el expediente?, ¿qué necesidad tenían de agregar sellos y más sellos que pasaban la causa de una oficina a otra? Más fotos, el cuerpo en la morgue. Las pasó sin mirarlas, no quería ver tripas ni las costuras horrendas con que pretendían reparar las incisiones antes de entregar el cadáver a los deudos. Entretenidos los más jóvenes con las tomas, vaya a saber por qué, los sobresaltó el grito de su superior.

—¡Acá está!

El inglés blandió el informe de la autopsia. Reciente, era el motivo por el cuál el caso recaía en ellos.

—La causa de la muerte fue un disparo de revólver, calibre 22, en la oreja.

Martina alzó una foto.

—Acá se ve que hay sangre, pero poca.

—Lógico, dado el calibre —contestó con suficiencia el alemán.

—¿Encontraron el arma?

—No, Martina. Un dato más, tuvo sexo poco antes de morir. Es decir…

Hughman se puso rojo. Por duplicado, el enfado por sonrojarse al hablar de sexo delante de Martina Mendoza agregó más calor al rostro.

—Encontraron semen en los labios y en la cavidad bucal de la víctima.

Esquivó el rostro de Martina; igual apreció la sonrisa. Contaba con el exabrupto del alemán, no lo sorprendió.

—Le gustaba mamarla, a la señora.

—A todas las mujeres nos encanta mamarla con un revólver en la cabeza.

Hensermann sacó el arma.

—¿De verdad?

—¡No es gracioso, alemán!

El aludido guardó la pistola, la cara enrojecida y los ojos brillantes del inglés funcionaron como una orden.

—No necesito defensores, soy una…

—¡Defensores, una mierda! No voy a tolerar que se hagan burlas sobre violaciones —la interrumpió el inglés, cuya vehemencia acalló cualquier respuesta.

Callados, la reunión se reinició cuando Hughman recuperó la respiración normal.

—Familia Lopreite. Mario, hijo, catorce años. Luciana, Lucy, doce años. Ignoro si estaban en la casa o con quién están ahora. Martina, vas a encargarte de eso. Llamá a la fiscalía, es la de Nostrela.

Más complicaciones, otra mujer que no le perdonaba; en este caso, una negativa a irse a la cama con ella. Al menos, la fiscal era ciento por ciento profesional, más allá de soportar su desprecio, podía trabajar con ella. Mendoza salió de la matera y sala de reuniones del reducido equipo de investigadores de la ciudad.

—A vos, alemán, te tocan las compañeras de trabajo de la víctima. Escuela nacional, secundario. Yo investigaré los socios del marido.

El alemán asintió y continuó con el mate. Hughman lo dejó para no exasperarse. Encaró la calle. Antes de llegar al coche, un llamado. La Nostrela.

—Me enteré que te dieron el caso, inglés. Me avisaron del hospital que Lopreite puede hablar, yo ahora estoy en General Paz por un juicio oral, podés pasar y adelantar algo.

Cortó sin esperar respuestas. Lo dicho, con la fiscal se podía trabajar. Salió en dirección al hospital. El día no mostraba características especiales, tibio y nublado.  Podía soportar la camiseta térmica puesta sin pensar por la mañana, aunque contrastara con la gente en mangas de camisa, faldas sin medias algunas mujeres. Estacionó y paseó por los pasillos hasta dar con Salud Mental. Deprimente. Dos uniformados de custodia, Lopreite estaba solo en el pabellón; el resto de los internos gozaba de una salida, parte del tratamiento. Se acercó a la cama. Hombre en los cuarenta, desmejorado, cabello revuelto. El inglés se presentó.

—No hay nada que decir, inspector. La maté porque me engañaba. Supongo que estoy acá porque después que lo hice… quedé en blanco. Van a ver cuando hagan el ADN, la violé también. Por puta.

La declaración convertía el asunto en un caso cerrado. El inglés no la creyó. El desprecio por la esposa era genuino, la mención a la violación no cuadraba. Verdad que el sexo oral forzado contaba como violación en términos jurídicos, pero no funcionaba así en el habla de los legos; para la gente, violación incluía penetración vaginal o anal. ¿A quién cubría Lopreite?

—Necesitamos más, ¿cómo la mató?

—¿De verdad me lo pregunta?, ¿no vieron el cuerpo? La acuchillé no sé cuántas veces, ciego de odio.

Confirmado: mentía.

—La acuchilló, ¿antes o después de penetrarla?

—Empecé mientras la tenía adentro de la cajeta de la puta, cuando acababa, después seguí. ¿Está conforme?

Por supuesto que sí. El inglés dejó el hospital. No había heridas defensivas, las puñaladas vinieron tras la muerte. De inmediato, o no hubieran sangrado. Disparó y la acuchilló. ¿Quién? Lopreite estaba seguro del ADN del semen. El inglés llamó a Mendoza.

—La inútil no sabe hacer su trabajo y necesita que el jefe la controle todo el tiempo.

Tras la frase escogida por Martina Mendoza para atender el llamado, el inglés prefirió no alimentar una discusión y fue al grano.

—Martina, hay novedades. Hablé con Lopreite. Miente para cubrir a alguien con su mismo ADN. ¿Estuviste con los chicos?

—Estoy en la puerta, están en casa de la tía, la hermana de la víctima.

—Dame la dirección y esperame.

El tono cambió, Martina aceptó sin presentar objeciones. Hughman condujo hasta una casa del barrio siciliano. Encontró un patrullero detenido, Martina había acudido con refuerzos. Más bien, con un chofer. Apostó que era el agente Pereyra, ex compañero de rondas de la morocha. Acertó. Lo saludó y se acercó, junto a la escultural detective, a la puerta pintada de azul.

Los atendió una mujer ojerosa, el cabello recogido como única solución para el peinado.

—Policía, necesitamos hablar con Diego Lopreite.

Recién recordó que interrogar legalmente a un chico de catorce años, requería compañía específica del ministerio de menores. Tarde. Igual, tendrían tiempo para recolectar las pruebas, por el momento quería certezas.

—No me parece bien, los nenes están conmovidos, el padre asesinó a la madre.

Era la oportunidad para retirarse, no precisaba resolver el caso en un día. Tenía definida la relación de hechos que culminó con la muerte de Vilma Lopreite, también las líneas generales del proceso que había detonado la reacción adolescente. Dudó en insistir, vacío que aprovechó Martina para tomar la iniciativa.

—Entendemos la situación del joven, pero pensamos que puede ser aún más grave. Necesitamos urgente hablar con él para buscarle ayuda.

La mujer se llevó una mano a la cadena del cuello; en nada se parecía a la víctima, circunstancia previsible dado que la gente no suele lucir muy bien cuando la han acuchillado. La mínima retirada fue aprovechada por el inglés para pisar la sala.

—Los voy a buscar.

—A Diego solamente, gracias.

Cerraron y permanecieron de pie en una anodina sala de clase media sin rasgos distintivos. En las fotos que poblaban la pared opuesta al televisor, había imágenes de las dos hermanas donde lucían algo más cercanas; igual, nadie las hubiera tomado por mellizas. El inglés se concentró en los retratos para desviar la atención del jugoso cuerpo de la compañera, entretenida con unos adornos, actividad que la ponía de espaldas al superior. Había demostrado rapidez mental, comprendió quien era el asesino con la mención al ADN, sin necesitar un dibujo. Era placentero trabajar con alguien tan inteligente, lástima que fuera tan atractiva.

El pibe apareció, la tía detrás, las dos manos sobre los hombros. Diego vio el uniforme de Martina, abrazó a su pariente y se echó a llorar. Fue innecesario preguntar, el pibe estalló.

—¡Hizo que se la chupara! Las putas la chupan. No era amor, me mintió, todas las veces que hicimos el amor fue una mentira. Era una puta…

Aturdida, la tía dejó las manos congeladas en la espalda del chico; Diego la apretó más fuerte. Hughman hizo una seña y salieron.

—Nos quedamos acá, Martina, para que no salga. Yo llamo a la Nostrela y le pido instrucciones.

Martina se colocó a la sombra. El inglés sacó el teléfono. Se dirigió sin embargo a la detective.

—Mendoza, una cosa más, ya no estás en seguridad, no es necesario el uniforme.

Se volvió para no escucharla. Podría venirse tan sexy como quisiera, que no lograría superar el efecto de las costuras tensas en los muslos, entre los glúteos, en los flancos del pecho. Pulsó el teléfono. Momento de despejar esa visión de la mente y avisar que el caso estaba resuelto, aunque ninguna resolución que se tomara sobre el joven homicida haría justicia.

 

©Relato: Juan Pablo Goñi, 2020.

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