Novelas por entregas, Capítulo 14 por Ignacio Barroso

Hora de la comida en el Roastbeef Cafe.
Polis ociosos, pululando como universitarios un viernes por la noche en la zona de bares de Los Ángeles. El camarero vuelve a ser tu amigo, el gigantón con pinta de granjero. No hay ni rastro de la tía seca de la última vez. Estás comiendo una hamburguesa acompañada de una cerveza. Tus ansias alcohólicas por encontrar algo con que paliar el mono han pasado definitivamente; y total, una cerveza de vez en cuando no te va a matar.
Entre las mesas, apartado como de costumbre, Russell come en silencio, ojeando un libro. Mastica despacio. Parece no tener prisa. Te amoldas a su ritmo. Vas a pedirle un nuevo encargo, y éste puede hacer que se le indigeste la comida. Mejor dejarle que disfrute de su sándwich.
—¿Hubo suerte? —pregunta el camarero.
Dejas el botellín en el mostrador. Te limpias la boca con el dorso de la mano y asientes.
—Ya te lo dije. Ése era tu hombre —hace una pausa y se acerca a ti. El aliento le apesta a cebolla cruda—. ¿Necesitas más información?
Le miras fijamente, como dudando qué decirle.
—Por mí no hay nada que temer. Soy una tumba —aclara, mirando a su alrededor, temeroso de que algún muchacho de placa le haya oído. Nada. Los polis van a lo suyo: zampar, beber y hablar de sus mierdas—. Pero, ¿qué hay? ¿Algún caso nuevo?
La cháchara sigue. El camarero pregunta y tú respondes con evasivas, rezando para que le entre una comanda y te deje tranquilo.
Sonríes, mirando de reojo a Russell. Parece que ha terminado. Por si no te habías fijado, el redneck del mostrador te avisa con voz de agente doble confesando secretos nucleares.
—Si quieres hablar con nuestro hombre, acaba de terminar. Es sobre algún caso nuevo, ¿verdad?
Resoplas. Es bastante cansino. Te pasas una mano por la cara y respondes:
—No. Sólo concretar algunas cosas que quedaron pendientes.
—Eso está muy bien. Ya lo decía mi padre, hay que hacer…
Dejas de escuchar. Russell acaba de salir. Das un trago a la cerveza. Dejas cinco pavos en la barra y sales. Sabes perfectamente adónde va, pero quieres salir de allí.
—No mire atrás, Russell. Siga caminando —dices al llegar a su altura—. Tenemos que hablar.
—Como quiera —responde, acomodando sus pasos a los tuyos—. Pero mejor hablemos en el parque. Aquí las paredes oyen. Ya sabe…
La entonación de sus últimas palabras no te gusta. Parecen encerrar una amenaza mal disimulada, pero le restas importancia. Estás cansado e irascible, y no quieres perder un confidente de primera por un simple malentendido.
—Bien, ¿de qué se trata? —pregunta, sentándose en un banco.
Tú permaneces de pie, mirándole desde arriba. Servilismo silencioso, te gusta.
—Necesito que me consiga información sobre Patterson.
Se frota las manos de manera nerviosa. Evita mirarte. Se limpia las gafas varias veces. Definitivamente, cada vez resulta más fácil entrar en el Cuerpo, piensas al ver cómo le tiembla el mentón antes de hablar.
—Eeeso es difícil. No puedo hacer eso. No tengo acceso a esa información. Patterson es un pez gordo. No tengo acceso a…
—Mil pavos más cuando me des la información —le interrumpes, sacando trescientos de la cartera.
—Pervertidos. Enfermos —protesta un anciano de andares castrenses al pasar a vuestro lado.
Te ríes a carcajadas. Los ojos de Russell brillan. Al parecer, la situación y la pasta han ablandado un poco su congoja.
—Necesitaré más tiempo —dice, cogiendo el dinero.
—72 horas, más que suficiente —tu voz suena áspera, cortante. Con gente como Russell lo mejor es seguir recordándoles la mierda que son en todo momento. Es necesario para el buen funcionamiento de tus intereses atarle en corto y presionarle en su justa medida.
—Está bien —se quita las gafas y las vuelve a limpiar una vez más, sopla sobre uno de los cristales, las mira a contraluz y vuelve a ponérselas— En 72 horas, ¿dónde te busco?
—No. No me has entendido —nuevo paso de rosca. Nivel de agresividad medio-alto—. En 72 horas yo estaré aquí por la noche. Tú vienes a recogerme y me dices qué problemas has tenido.
—Pero…
—Mil pavos. Uno de los grandes. Creo que las normas y la rutina están hechas para romperse de vez en cuando, ¿no lo ve así, Russell?
Traga saliva. Ves cómo su gaznate sube y baja. Agacha la cabeza. Está pensando. De manera inconsciente escarba con la punta de un zapato en el suelo. Aguantas. Estás deseando largarte de allí, pero tienes que seguir presionándolo un poco más. El nivel baja. Si le aprietas las tuercas demasiado, la experiencia te ha demostrado que la gente como él se desmorona con facilidad y no te interesa. Un tropiezo a estas alturas supondría tener problemas y serios. No sabes cómo, pero la conexión Patterson-McGregor ahí está.
—Necesito más tiempo. 96 ho…
—72. Mi última oferta.
—Soy yo el que se va a jugar el tipo —protesta.
Al parecer el rollito colega que te estás marcando no le mola. Tiene pinta de que le vaya algo más hardcore.
—Y el que va a ganar 1300 pavos en tres días.
—Aún así…
Ya has escuchado bastante. Le miras fijamente a los ojos. Sacas un cigarro. Lo enciendes con mucha parsimonia y das una calada.
—En ese caso, no hay negocio. Los 300 cubren las molestias —dices, dándote la vuelta.
—Un momento, Dax —casi suplica, incorporándose a toda prisa—. Un momento, por favor.
Sonríes con malicia. Estos mierdas son demasiado previsibles, piensas girándote hacia él.
—Dime, Russell —la situación se ha relajado y ya no hace falta seguir siendo exprimiendo el papel de poli cortante, mejor aflojar y tutearse.
—72 horas. Está bien.
—Así me gusta, chico.
Un apretón de manos. Tú, mirándole a los ojos. Sus pupilas miopes contrayéndose mientras tratan de no desviarse de las tuyas. Le das una palmada en la espalda. Se despide a toda prisa y se marcha. Le ves irse. Das otra calada. Tan fácil como robar un caramelo a un niño manco, murmuras.
72 horas. Tres días para organizar tus movimientos. Ya has encontrado una pista que seguir. Lo siguiente que necesitas es encontrar a O´Connor. Tienes un encargo especial para él, y hacer una visita al tercer elemento del menage a trois en el que pareces moverte. Ha llegado la hora de sacar a relucir el as en la manga que te guardas y ver cómo responde.
Te mueres de ganas por descubrir si su comportamiento se corresponde con el de un padre dolido por la pérdida de un hijo, o, como sospechas, detrás de la desaparición de Willy McGregor hay algo más turbio que nadie se ha molestado en contarte para hacer de tu trabajo una experiencia arriesgada y divertida.

 

©Novela por entregas, Ignacio Barroso, 2020.

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