Novela por entregas, Capítulo 13 por Ignacio Barroso

Recuperas el conocimiento. Tu cabeza parece estar acostumbrándose a los golpes. Lo que antes era volver al mundo de los vivos con un punzante dolor en la nuca y sensación de mareo y náusea, ahora no es mas que un leve zumbido en los oídos y un pequeño entumecimiento en el cuello. Nada que un cigarro no pueda curar.
Te han dejado en la mitad del despacho. Te incorporas y avanzas hacia la mesa, despacio en plan artrítico camino del parque a dar de comer a los patos del estanque y tocarse un rato viendo pasar chavalas que podían ser sus nietas. No puedes evitar lanzar un bufido. El cambio de posición ha venido acompañado de una presión en las cervicales que te hace ver las estrellas. Mueves la cabeza de un lado a otro, como los chinos de las películas de Bruce Lee antes de liarse a hostias. Tus vértebras crujen. Decides dejar los estiramientos para otro momento y dedicarte a algo más prosaico. Sacas un cigarro del bolsillo y lo enciendes. Palmeas sobre el tablero de la mesa. Estás ansioso. No sabes muy bien porqué, pero te sientes listo para el combate, pese al dolor. Das una calada. Larga. Carraspeas. Tus manos tocan el canto de algo duro. Lo miras. Una revista. Edición de coleccionista o algo por el estilo. El título suena a machote redneck: «Motores americanos, un orgullo con el que cabalgar hacia la puesta de sol».
Te ríes, preguntándote de dónde coño la habrán sacado. Te sientas y la abres. Lanzas un grito de sorpresa y asco. El cigarrillo se te cae en los pantalones. Pasan unos segundos que se te antojan eternos. El olor a quemado y una molesta sensación de quemazón en las piernas te hacen responder.
—¿Qué coño es esto? —preguntas, cogiendo el cigarro y volviendo a fumar como si nada.
Temiendo encontrar algo traumático entre sus páginas, coges la revista. «Gay Pride», lees la primera página con letras doradas sobre un grupo de tíos cachas y musculados untados en grasa que parecen pasarlo en grande ensartándose los unos a los otros. El recuerdo de Bobby y tus miedos homófobos vuelven a revolotear a tu alrededor.
Tiras el cigarrillo por la ventana y empiezas a pasar páginas. Lo que ves te resulta repulsivo, tirando por tierra cualquier duda que aún tuvieras sobre tus inclinaciones sexuales. Eres un macho americano de pura cepa que para nada se siente atraído por las imágenes cargadas de perversión que protagonizan los maricas que miran fijamente a la cámara vestidos de marineros mientras sacan brillo a lengüetazos a una polla del tamaño de una botella de ginebra.
Asqueado la cierras, pensando qué hacer con ella, y por qué te la han dejado antes de irse.
La coges con ambas manos, sopesando la posibilidad de arrojarla por la ventana. La idea resulta tentadora. Te pones en pie y algo cae de su interior. Es una nota manuscrita: «Páginas 83-85. Nadie es lo que parece».
Sin pensarlo miras los números de página para darte de lleno con algo que suena a japonés y depravado: Bukake multirracial. No sabes si seguir leyendo o no. Te enciendes otro cigarro. De haber tenido alcohol a mano, no habrías dudado en echar un trago para estar preparado ante lo que te espera.
Pasas la página. 84-85. Páginas centrales. Una superposición de fotos en la que se ve a un tío vestido de jardinero, arrodillado en el medio de una habitación repleta de pollas como mástiles. Seguir el orden de las instantáneas es sinónimo de ver la evolución de un glande empapado en saliva que acaba escupiendo semen en un bol de cristal. La última te niegas a verla. Tratas de evitarla. Te conformas con leer el pie de foto para imaginarte el resto:
« Y así, el bueno de Timmy toma su tazón de leche calentita antes de ir al cole».
Sientes arcadas. Ha sido una experiencia dura. Das una calada. Sí, definitivamente la revista va a volar por la ventana. ¡No! ¡Un momento! Te detienes en seco. Vuelves a abrirla por las páginas señaladas. Ahí sigue el amigo Timmy desayunando; y ahí está. Una foto movida. De espaldas a la cámara. Un tío con una cicatriz en la espalda. Una lengua de carne parda surcándole los lumbares de lado a lado, y debajo un tatuaje descolorido: Made in Japan. ¿Dónde has visto eso antes?
Tratas de hacer memoria. Imposible. Lagunas. A la mierda. Hay otra forma de salir de dudas que es menos frustrante que tratar de recordar. Sales del despacho. Cierras la puerta. Bajas las escaleras con cautela. Lección aprendida. No hay nadie. En la calle te detienes, orientándote en dirección al coche. Sacas la llave del bolsillo y aprietas el paso. Tienes una cita y no quieres llegar tarde.

Sabes a dónde vas. Zona industrial de Santa Mónica. El mismo recorrido de días atrás cuando seguiste a Patterson. Tu destino, la imprenta de la que salió la revista. No tienes otro cabo al que agarrarte. Si tus visitantes la han dejado en tu despacho, por algo habrá sido. Esa gente no da puntada sin hilo, ni golpes que no conduzca a una pérdida de conocimiento.
No sabes qué te vas a encontrar, y te jode. Te guste o no, ya no eres poli. No vas a poder presionarlos de verdad. Un par de hostias. Plas plas. Una amenaza de dar el soplo a Antivicio y ver cómo el encargado de turno empieza a recobrar la memoria de manera milagrosa. Te va a tocar montártelo de otra manera, pero ¿cómo?
La carretera está más concurrida. El tráfico es lento y denso. Mejor así. Tienes tiempo para pensar. La idea de seguir dándotelas de periodista ávido de noticias no parece la más adecuada en esta ocasión. ¿Qué puedes estar investigando para acabar allí?
Nada. Descartada.
Otra.
Un gay deseoso de mambo que pasa por la imprenta para ver si le pueden poner en contacto con los tíos de la revista. Ni de coña. Todo eso se mueve en círculos clandestinos. Ir preguntando resultaría estúpido. Te quedas sin recursos. Te va a tocar improvisar.
Un descapotable pasa a tu lado. Lo conduce un mulato con dos rubias despampanantes en biquini. Sientes rabia. Los verdaderos americanos se están dejando las tripas en las praderas de Vietnam, y los soplapollas como el tío del coche se están poniendo las botas. Lujos. Tías. Drogas. El país se va a la mierda mientras la amenaza comunista sigue extendiéndose por medio mundo. En los viejos tiempos las cosas eran de otra manera. Tíos que sirvieron en la Guerra y volvieron de una pieza, recibidos como lo que eran: héroes, para seguir con su vida. No como ahora con esos jodidos melenudos quema-banderas, apólogos del amor libre y el vivir sin trabajar. A veces desearías que el gobierno creara un virus de transmisión sexual que acabase con toda esa chusma.
El coche, el mulato y las rubias se pierden en la distancia. Te enciendes un cigarrillo. Prefieres rumiar tus pensamientos en silencio sintiéndote acompañado por el humo. Tomas el desvío. Te toca esperar antes de entrar en la zona. Hay varios camiones atravesados y, al parecer, van a tardar bastante en ponerse de acuerdo sobre quién tiene preferencia y quién no.
A la mierda.
Dejas el coche tirado en el arcén, coges la revista y sales al asfalto. Compruebas la dirección y avanzas con paso firme. Ni rastro de las putas de la otra noche. Mejor así, sin distracciones.
El cierre está bajado. Llamas con fuerza. Nada. Miras a tu alrededor. Todo el mundo va a lo suyo. Trabajar. Producir. Echar horas extra. Ganar pasta. Los pilares del sueño americano.
Vuelves a intentarlo. Más de lo mismo. Tratas de escuchar acercando la oreja al cierre, pero el ruido que te rodea lo impide. Decides dar un paseo por las inmediaciones. Quizá haya una puerta trasera esperando a que entres por ella, o te encuentres a algún currito almorzando que te pueda indicar.
Definitivamente hoy no es tu día. Las ventanas están tapiadas, rodeadas de basura, escombros, pañuelos de papel y condones usados. Piensas en volver a llamar una vez más. Descartas la idea. Es hora de volver a casa y aceptar la derrota. Tal vez hayas seguido la pista equivocada. Un señuelo para tenerte entretenido como a un niño pesado una tarde de verano.
Abres la puerta del coche. Tiras la revista al asiento del copiloto y te marchas. Los camioneros siguen discutiendo. Pasas de largo. Aquí, nadie es lo que parece, murmuras entre dientes, sintiéndote impotente al tiempo que el polígono industrial se pierde en tu espejo retrovisor y tú tratas de poner en orden tus pensamientos.

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