DEL CERDO SE APROVECHA TODO por Yolanda Gil

Lidia lo sabe, a Pedro, su marido, le encanta el hígado encebollado. Así lo ha cocinado hoy. Sólo ha preparado una parte. El resto lo ha congelado, era demasiado grande para comérselo en una sola vez. Menos mal que el congelador es un arcón hermoso y cabe todo lo que sacó del cerdo.

Se lava las manos, se seca y se quita el delantal. Antes de sentarse a comer, Lidia sale al recibidor. Se echa un vistazo en el espejo, se arregla el pelo. El moratón del pómulo ya casi no se ve. Sólo le duele por dentro. El resto de los golpes aún le molestan. Sabía que sería difícil matarlo, pero no pensó que se resistiría tanto. Aun así, le compensa. Vuelve a la cocina. Echa el hígado encebollado en un plato y lo pone sobre la mesa. Se sirve una copa de vino blanco. Se sienta, de frente tiene la foto de su boda. Quince años atrás, todo parecía perfecto. Pero no lo era, tardó poco en darse cuenta y mucho en tomar la decisión de que aquello tenía que acabar. Lanza un beso, va por ti, Pedro, levanta la copa de vino. Empieza a comer el hígado. Quizás mañana prepare unas manitas de cerdo o codillo, ya lo pensará después de la siesta.

Por el suelo corretean cucarachas, hormigas y otros bichos. Pensaba que había cerrado mejor las bolsas de basura que contienen lo poco que no ha podido aprovechar de Pedro. A lo mejor se ha roto alguna y por eso hay mosquitos y gusanos por encima. Tiene que decidir si las entierra o mejor las quema.

 

©Relato: Yolanda Gil, 2019.

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