CONTIGO EN DOGGERLAND

Nunca hubiera pensado llegar a una situación como esa: encerrado entre tres paredes y una reja con candado en la cárcel provincial. Un sitio que no es del gusto de nadie.

Allí estaba Alber, con una hoja de papel delante y un bolígrafo en la mano, sentado ante el pequeño pupitre; al lado, un váter indigno, a la vista de cualquiera; un poco más allá, el camastro y para de contar. A ver qué nuevas explicaciones se le ocurrían para convencer a Chela de que todo estaba en orden.

«Querida mía: los trabajos en la plataforma petrolífera avanzan». Esto le pareció convincente. Llevaba años teniendo que amasarse los sesos cada día con historias creíbles para que su mujer pudiera vivir tranquila. Ella era el amor de su vida, su única admiradora, la diosa de su Olimpo particular y él no podía decepcionarla. Eso, para Alber, hubiera sido la antesala de la muerte. Si tal cosa se produjera, se quitaría la vida en la celda.

Lo primero fueron pequeños embustes, cuando entró a trabajar en un comercio y le cayó encima un encargado abusador. Solo tenía veinte años, ella tenía diecinueve.

–¿Qué tal por el trabajo, cariño?

Estaban recién casados y no era para decirle que hacía muchos días que no pisaba la tienda y que, en lugar de ello, se iba a las rocas a perder el tiempo con los pescadores jubilados.

–Perfecto. El encargado dice que me va a ascender, que no me voy a pasar la vida de reponedor.

Ella se entusiasmaba con aquellas hazañas que iban a más, de día en día, entre los ultramarinos.  Hasta que fueron acumulándose las facturas en el taquillón de la entrada.

Una de esas jornadas de ocio extraño por ser en horario laboral, y que no estaba para pescar, Alber se fue de paseo por las calles de un polígono bastante alejado de su vivienda a la espera de una ocurrencia para solventar las deudas. «Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre», esa frase, escrita en la pared de una de las naves, le hizo devanarse los sesos para averiguar la diferencia. Concluyó que la pobreza es, sencillamente, terrible.

De improviso, se cruzó con un compañero del instituto y entraron en un bar a tomar algo.

–¿Lo de siempre, señor Riqui?

–¿Pero tú no te llamabas Ricardito? –preguntó Alber.

–Amigo, ya no soy aquel mocoso del colegio.

Riqui tenía razón, ya no era un jovencito sin más. Iba muy bien vestido: traje gris, ajustado; reloj grande, sumergible y zapato lustroso: algo impropio para un barrio como aquel. Por los demás, igual de moreno y chaparrete que antes. Alber llevaba su chándal de todos los días.

–¿Qué tal va la vida? –preguntó Riqui.

–No tan bien como la tuya; vamos, mal, muy mal, horrible.

Ya llevaban unas cuantas cervezas cuando Alber se lanzó a decirle a su camarada del colegio que estaba sin blanca y lleno de deudas.

–Será porque quieres –dijo Riqui–. Pásate mañana por mi oficina. Toma mi tarjeta.

En la celda en que Alber estaba metido recordaba, como una fotografía mental, aquella tarjeta con el nombre de su amigo escrito en caracteres elegantes, que llevaba debajo la palabra business y más abajo, muchos, muchos teléfonos.

Al llegar a casa, se encontró a Chela en la cocina, pensativa, con la última factura del gas entre las manos; llamó por teléfono y, al día siguiente, estaba en la oficina recibiendo el primer encargo.

–Muy fácil Alber, de Alberto –dijo Riqui entusiasmado–. Una cosa simple: vas al punto A, donde te dan un paquetito; coges el coche y lo llevas al punto B, allí se lo das a un tío rubio, muy alto, que se llama Tono. Más fácil, imposible.

Todo venía especificado en un mapa que le dio su jefe; después le dio un billete de doscientos euros, una cosa que Alber no había visto nunca.

Llegó a su casa con una sonrisa resplandeciente en los labios.

–Ya te lo dije, Chela, ¡te lo dije!: llegó el ascenso. Toma, para que pagues lo más urgente.

Ella se lanzó a los brazos de él, tan guapa, con su cabello largo, dorado, y su cara de niña. Alber, en aquel momento, vio la solución definitiva a sus problemas. Quizá podrían pensar en una casa propia y un hijo que fuera buen estudiante y sacara una carrera. Un hijo que tuviera padre y madre de verdad. Chela dijo que estaba pensando, por su cuenta, en poner en arriendo una habitación que tenían libre para sacar algo de dinero e ir tirando, y Alber estuvo de acuerdo.

Cuando le detuvo la policía para un simple control de alcoholemia no se alarmó demasiado: nunca bebía cuando iba a ponerse al volante. Había cogido el envío en el punto A, era un sobre pequeño que pesaba bastante y lo metió en la guantera del coche.

Le hicieron soplar y después le pidieron la documentación. Abrió la portezuela de la guantera cuando un perro, que llevaba uno de los policías, se arrancó a ladrar en dirección a la ventanilla abierta.

–¿Puede usted salir, por favor?

–¿Qué pasa, agente? He dado negativo.

–Sí, claro. Pero hay que revisar su coche.

–Hice la ITV, mire la pegatina.

–Salga, caballero.

Esperó fuera del coche acompañado por uno de los policías, mientras el que llevaba el perro registraba el interior. Este sacó de la guantera el sobre y, del sobre, una tableta marrón como de chocolate para hacer a la taza. Aquella pastilla soltaba un olor muy fuerte; el policía cogió una muestra y la echó en un tubito.

–Queda detenido por posesión de drogas.

–Eso no es droga porque me lo dio mi amigo Riqui, para que lo lleve al punto B.

Los policías se cruzaron una mirada y después observaron el mapa que les mostró Alber.

–Si colabora usted, se le rebajará la pena: es decir, la cárcel.

¿Cárcel? Esa palabra le dio un respingo de electricidad por todo el cuerpo, seguido de un ataque de pavor y, después, casi un desvanecimiento. El perro seguía ladrando.

–Tranquilo. Usted va delante y hace la entrega; nosotros, detrás.

No había otra opción: Alber aceptó con la esperanza de evitar la prisión, una alternativa que le horrorizaba porque tenía pánico a los sitios cerrados. Se puso al volante con el sobre colocado en su lugar, las piernas le tableteaban sobre los pedales como cuando se examinó para el carnet de conducir.

Llegó al punto B, situado bajo una farola, delante de una chabola destartalada, y vio a su amigo Riqui que le estaba esperando.

Bajó del coche con el sobre en la mano.

–¿Cómo tú por aquí? –preguntó Alber.

–Era el primer envío. Tenía que comprobar tu lealtad, colega –respondió Riqui, y le dio una palmada en la espalda–. Veo que puedo confiar, haremos un gran equipo.

Los policías aparecieron en un soplo y bajaron del coche empuñando sus pistolas. Se efectuaron las detenciones y, antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Alber estaba delante de juez y, poco después, en su celda carcelaria.

Se mesó los cabellos, apoyó los codos en el pupitre y se sujetó las sienes. Pensó en Chela, la mujer que amaba, la única chica de su vida; la que le había querido de verdad después de salir del hospicio en el que se crió, abandonado por unos padres desconocidos. Un orfanato donde su único consuelo era la lectura de libros que hablaban de historias maravillosas de hadas, duendes y dragones.

Pensó que su vida se había vuelto cada vez más complicada. Cogió el bolígrafo y siguió escribiendo la carta.

«Dirás que qué hago yo trabajando en el petróleo. Pues bien, el encargado de la tienda me dijo que su hermano trabajaba en una plataforma en el Mar del Norte y que le había dicho que ese mismo día cogían trabajadores nuevos y que se cobraba una millonada. Que me lo decía a mí porque me tenía afecto; que yo valía, que era un gran trabajador. Pero que había que coger ese avión in extremis, que el billete estaba pago. Así que ahí me tienes a mí, dispuesto a todo para que salgamos adelante. Ahora estoy en este sitio terrible, encerrado y aislado, pero con mucha esperanza de que, en poco tiempo, pueda volver a verte. Mientras tanto, con la habitación alquilada podrás valerte para lo más necesario. Yo, por mi parte, solo necesito una cosa: que tú me quieras y me esperes. Tuyo siempre, Alber».

Introdujo la carta en el sobre y escribió la dirección de su casa. Se tumbó en el camastro y pensó en cómo sería la existencia en la plataforma petrolífera, anclada en un mar profundo y frío, donde había leído que, una vez, existió un bosque perdido, sepultado bajo las aguas tras un cambio climático.

Y en ese bosque remoto llamado Doggerland había una ninfa con cara de niña y cabellos largos, dorados, y él era su enamorado esposo. Residían bajo árboles frondosos, con su tribu olvidada durante milenios, y se alimentaban de caza y frutos silvestres. Llevaban una vida sencilla y libre.

«¡Qué envidia!», pensó Alber, y cayó en un profundo sueño.

 

Texto: © Emilia García Castro, 2019.

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