El agente judicial se fue de la casa sin mediar palabras, la mujer se quedó en el porche en silencio, observando como el auto se alejaba por el carril de gravilla. Los grillos empezaban a llenar el crepúsculo con sus cantos y el sol se filtraba entre los arboles del bosque como intensas lanzas de luz. Miraba con ojos trémulos la carta de embargo sobre aquella casa, la antigua casa de sus abuelos. Firmó con  recelo los documentos que la hipotecarían animada por aquel cerdo seboso que por aquel entonces era su marido. Años después se fugaría con una fulana llevándose los escasos ahorros y dejándola con sus dos hijos pequeños. Ahora aquel trozo de papel la echaba de su casa en apenas unos meses.

El chico miraba desde la maleza a su madre. No la veía con claridad pero sabía que estaba llorando. Como cuando escuchaba aquel vago rumor después las palizas que recibían de aquel hombre que decía ser su padre. Él se echaba sobre su madre y su hermana y sentía como el cuero se llevaba parte de su carne. Llegaba un momento que ya no sentía dolor y aquello solo hacía enfurecerlo más. Los golpes eran más aviesos y los gritos se confundían con el pestazo a alcohol barato. Escuchaba el cinturón blandir el aire y desde lo más profundo de sus fueros maldecía aquel gordo, deseando su muerte.

Sentía como la rabia se iba apoderando de él y se desahogaba desollando a un pobre perro que había caído en sus manos. El olor a sangre le embriagaba. Su madre se introdujo en la casa. Dentro de poco se haría de noche y la voz de su hermana le llamaría en la oscuridad gritándole que la cena estaba en la mesa. Aquella noche sabía que no habría conversaciones. Solo silencio.

Había seguido a su madre hasta el pueblo. Había bajado en su bicicleta BH por la serpenteante carretera de montaña que separaba su casa de la civilización. Aquella mañana la escuchó hablando por teléfono con un desconocido emplazándola para aquella tarde, habían pasado tres semanas desde la notificación… El callejón era oscuro, a lo lejos un lujoso auto ronroneaba en las sombras. Al lado estaba su madre con un tipo con un lujoso traje italiano. Consiguió llegar oculto en la oscuridad hasta un contenedor de basura donde les escuchó.

Se despidieron fríamente y el extraño le dio una tarjeta a su madre.

-Espero su llamada. Ya sabe que si todo está en condiciones recibirá una generosa cuantía.

Su madre asintió con la cabeza. Vio sus manos.  Estaban temblando. Y su madre era una persona dura como una roca.

Se apresuró a marcharse antes de que se percataran de su presencia. Mientras pedaleaba miró hacia el bar de moda del pueblo donde los turistas se divertían. Las chicas se pavoneaban mostrando sus encantos y los chicos hacían el estúpido para llamar su atención. Les odió.

Las sombras se tragaron la bicicleta carretera arriba solo iluminada por aquel pequeño faro. La noche era como un tul que ocultaba hasta los más recónditos recuerdos.

Los días siguientes su madre estaba apesadumbrada, con un  peso invisible que la hundía. Evitaba su mirada y él sabía que su lucha interior con esos demonios no la dejarían actuar. Supo en ese preciso instante que tendría que ser él, que su momento había llegado. Cerró los ojos y vio carne cortada y rojo, todo de color rojo. Sonrió.

Estuvo bajando al pueblo durante los días posteriores. Incluso se tomaba una Coca cola en el bar. El dueño le miraba con recelo. Sabía lo que hablaban de él. Que le tachaban de introvertido y raro. Él le devolvía la mirada con una leve sonrisa mientras saboreaba su refresco observando a los forasteros que acudían a aquel pueblo que se había puesto de moda hacía unos años. Se lo imaginó con la oronda barriga abierta y los intestinos cayendo a sus pies como una masa pegajosa.

Vio a su madre bajar al cobertizo. Un habitáculo que utilizaban para la salazón de embutidos y que estaba en un nivel inferior bajo la casa. Cuando su madre abandonó la estancia entró. La débil bombilla alumbraba dos tristes salchichones que pendían de las vigas del techo. En ese momento recordó una frase que su madre les decía mucho a su hermana y a él: “Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”. Pero él adoraba su mediocridad donde pasaba desapercibido para el resto de la gente…Vio el arcón congelador y a su lado observó algo que antes no estaba allí. Dos neveras portátiles de corcho. Abrió el congelador. Había hielo, mucho hielo. Su madre lo tenía todo preparado.

Todo ocurrió sin previo aviso. Aquella tarde, poco antes del ocaso, que dibujaba un horizonte naranja entre los árboles, su bicicleta se pinchó. Maldijo su mala ventura y se bajó para arreglar el pinchazo. Estaba allí en medio de aquella solitaria carretera, en aquel asfalto aún caliente por el sol de finales de la primavera cuando vio aquel coche que se acercaba cuesta arriba. Los faros del auto le parecieron dos ojos infernales. El coche se detuvo a escasos metros de él. Un hombre surgió del auto y se dirigió hacia donde estaba a largos trancos. Le esperó con la rueda en una mano y en la otra con una llave 12/13. El sol casi había desaparecido en la espesura del bosque. Las criaturas de la noche comenzaban a surgir de sus guaridas.

-¿Algún problema, amigo?

-Esta dichosa bici. Es la segunda vez que pincho este mes.

-¿Necesita ayuda?

Miró por encima del hombro de aquel hombre. No vio a nadie más en el coche.

-Si usted es tan amable de sujetarme la bicicleta terminaré antes y no llegaré tan tarde a casa. Mi madre me va a matar.

-Venga, no será para tanto, si ya eres un hombrecito. Si quiere le acercó cuando termine de montar la rueda.

-Usted no conoce a mi madre. Pero sería genial. Me ahorraría una buena pedaleada.

El coche arrancó con un leve temblor y los arboles pasaban como estelas difuminadas, el olor del bosque penetraba en el habitáculo y se instalaba en los pulmones.

-¿Está usted de vacaciones?

-¡Oh si, este lugar es maravilloso!

-¿Y ha venido solo, sin compañía?

-Amigo a veces es mejor estar solo que mal acompañado. Lo necesitaba. Y este sitio es magnífico para desconectar. Tenéis mucha suerte de vivir en lugar así.

– Si, mucha suerte.

No hablaron nada más hasta que le indicó el carril que le llevaba a su casa. Su madre le esperaba en el porche, inquieta.

El extranjero le ayudó a bajar la bicicleta y se presentó.

-Buenas noches, señora. Aquí le traigo a su hombrecito, sano y salvo.

Su madre le miró. Pudo descifrar en aquellos ojos cansados lo que estaba pensando.

El golpe fue seco, directo. El hombre ni se enteró, cuando quiso reaccionar la llave 12/13 le había entrado por el ojo derecho y se instaló en su cerebro con un sonido abrupto.

-Sé lo que hay que hacer, madre.

Su hermana pequeña acababa de salir de la casa, primero observó a su madre y después le miró con aquellos grandes ojos azules… supo que todo iba bien. El hombre aún se sacudía en los últimos estertores de la muerte. Solo hubo silencio, acompañado por el rumor de los grillos y de algún que otro cárabo. Entre los tres bajaron el cuerpo al cobertizo.

-¡Yo lo haré, traedme los cuchillos para el despiece de los cerdos!

-Las neveras y el hielo las tienes ahí hijo. Procura no dañar el material.

– Tranquila madre, es como descuartizar un cerdo.

-Voy a llamar- dijo su madre con el rostro pálido.

La débil luz de las lámparas iluminaba el cuerpo desnudo sobre aquella mesa de aluminio. Al lado yacían unos cubos de plástico y cada uno de los cuchillos ordenados en fila, los había de diferentes tamaños, cada cual para su cometido. Cuando levantó la cabeza vio a su hermana. Estaba saboreando un Chupachus de fresa.

-¿Quieres uno? Tengo más arriba en la habitación.

-¡Lárgate de aquí!

-Quiero mirar.

-Está bien pero no digas ni pio.

Y la afilada hoja comenzó a rajar la carne como si ésta fuera mantequilla.

Cuando salió a la intemperie sudaba. Ya era noche cerrada. Su madre le esperaba con un bocadillo.

-Come algo. Debes de estar rendido.

– Gracias, madre.

– Cuando termines de comer deshazte del coche, échalo al pantano… Ya están en camino, mandarán un helicóptero.

-Sí, madre. ¿Servirá para pagar las deudas?

-Por lo pronto no nos echaran de casa. La próxima vez procura no estropear ningún órgano. No sabes el dinero que hemos perdido por un par de ojos tan bonitos.

Él la sonrió mientras lavaba sus manos en el abrevadero. En ese instante el agua era una mancha escarlata que reflejaba la luna. A lo lejos se escuchaba el rumor de unas hélices.

Los cerdos casi habían devorado los restos. Tres de sus perros se peleaban por los huesos. Al alba quemaría lo que hubieran dejado. Poco, sus animales llevaban sin comer una larga temporada.

Estaba deseando que llegara la próxima vez.

 

  Texto: ©Francisco Medina Troya, 2018.

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