Una mañana odiosa (Hugman) por Juan Pablo Goñi

Si algo odiaba Hughman, era llegar tarde. A lo que fuera, pero en especial al trabajo. Maldijo —en inglés, aún no se hallaba puteando en castellano— al descubrir que se había pasado una hora del ingreso. Olvidó el baño y el desayuno, se vistió rápido, cogió la pistola y salió para la comisaría. El remedio para la noche resultó caro a la hora de la resaca. En los últimos meses, la ausencia de una mujer en su vida lo trastornaba, le mostraba el vacío en que se movía. Fuera de un breve romance veraniego, y unos discretos encuentros olvidables, no conseguía establecer una relación; las comparaciones con Alicia eran inevitables, y se sabe que la muerte confiere ventaja en esos trances.

Harto de sostener una batalla con los recuerdos, los propósitos y la impotencia, había recurrido a la ayuda de Johnny para caminar las horas oscuras. Tres cuartas partes de la botella se fueron en esos paseos oníricos, hasta que el sueño se conmovió y vino por él. Tanto cargar el vaso, olvidó conectar la alarma del teléfono. Y allí estaba, presentándose tarde, desprolijo, hambriento y con la boca pastosa. Ni hablar de los ojos enrojecidos y los bostezos. O la camiseta térmica que se había dejado puesta, sin atender al pronóstico que auguraba una jornada cálida. Para aumentar su enfado, le avisaron que el comisario Bermúdez lo  requería en el despacho. Nueva maldición, atrapado como un colegial. Se preparó para una reprimenda, acomodó mejor la camisa en el pantalón y golpeó la puerta.

Le abrió Corelli. Su subordinado lucía limpio y perfumado, olió que planeaba escaparse para una de sus citas prohibidas.

—¡Inglés! Al fin llegaste.

Bermúdez se abanicaba con unos formularios. Nueve y media de la mañana, un exagerado. Por algún motivo no había encendido el aire acondicionado; el inglés lo agradeció. Respondió al saludo y se sentó junto al detective.

—Bien, tenemos una denuncia por el caso de ayer.

—Le estaba explicando al comisario que es un error, debe tratarse de alguna confusión. Nosotros fuimos los primeros en recorrer la casa, ¿o no?

Correcto. Los vecinos habían llamado por el olor fuerte. Los patrulleros no recibieron respuesta al timbre. Convocaron un cerrajero. El comisario, al recibir la información, olió a muerto y envió a la brigada; fueron Hughman y Corelli. Bermúdez estuvo acertado; hallaron un hombre de ochenta años, tendido en el pasillo, muerto días atrás. Muerte natural, entendieron. Hughman se preguntó si la autopsia había arrojado otro resultado.

—Perdón, Bermúdez, ¿no fue una muerte natural?

Bermúdez, perplejo por unos segundos, detuvo el movimiento de la mano derecha.

—¿No estamos hablando de eso?, ¿de qué denuncia hablan?

—No, inglés, hablan de una pelotudez que falta de la casa. Que dicen que falta de la casa.

Corelli le resultaba cada vez más insoportable. Por una pelotudez no los hubiera citado Bermúdez.

—¿Es así?

El comisario suspiró y recogió otra de las hojas que tenía dispersas sobre el escritorio. Leyó para sí. Corelli se movió en la silla, tenía el teléfono en la mano, con ganas de revisarlo. El inglés dedujo que se aproximaba la hora de su cita. Lo único que tenía en la mente Corelli, mujeres. Quizá podía imitarlo un poco, en vez de someterse a torturantes sesiones de insomnio. Justo recordó que el detective libraba ese día; por una vez, reconoció que había sido injusto con él.

Bermúdez apartó la hoja, ¿por qué no había leído para todos?

—Perdón, quería leer bien la descripción del objeto. Bien, Samuel Brivaja, hijo del fallecido, denunció que falta de la casa una escultura pequeña, de oro, valuada en más de cincuenta mil dólares.

Corelli se sacudió al oír la cifra. Hughman repasó las imágenes de la mañana anterior. Varias esculturas había sobre el hogar, en la sala. Unas cuantas eran doradas, pensó que eran de oropel cuando las vio expuestas sin cuidado alguno.

—A ver si a vos te cree, decile que no vimos ninguna escultura.

—En realidad había varias, sobre la repisa de la chimenea.

—¿Qué decís? ¡Ah! ¿Esos muñequitos? ¿Desde cuándo se llaman esculturas unas pendorchadas de este tamaño?

Corelli mostró las manos separadas por diez centímetros. Bermúdez había vuelto a recoger la hoja, la alejó para ver mejor. Presbicia. El inglés sonrió, estaba empezando a experimentar los mismos síntomas que su superior. Trató de no pensar en los treinta y nueve años que cumplía en quince días.

—Acá dice una escultura de unos doce centímetros, un cazador, con un carcaj en la espalda, lo que mierda sea eso, armando el arco y la flecha.

Estaba. La mente fotográfica de Hughman compuso la hilera de muñecotes dorados. Había otros, chinescos, con telas y maderas. Los dorados eran cinco. Una copia de la Venus de Milo, un soldado romano, el cazador descripto por Bermúdez, un pastor y una mujer sentada.

—¿Cazador? No, eran muñequitos chinos.

El inglés sospechó. En cada intervención, Corelli incorporaba más datos. Primero, nada había visto. Después, habló de  muñequitos. Ahora, agregaba que eran chinos. A eso sumó el gesto de sorpresa al oír la valuación de la escultura. Se había llevado el objeto y lo había vendido por mucho menos de lo que valía, concluyó. Buscó confirmar su intuición.

—No, los chinos eran de tela. Los dorados estaban en la punta, recuerdo que me quedó grabada la imagen de una copia de la Venus de Milo.

El escritorio evitó que Bermúdez viera las manos de Corelli. Hughman sí estuvo atento. Las movió, se rascó las rodillas, no pudo dejarlas quietas. Sudó, pese a estar de camisa solamente.

—Ahora que decís… ¿unas mujeres desnudas?

Más confirmaciones. Al inglés le corrió fuego del vientre hasta la boca. Estimó que no tenía pruebas para exponerlo ante el comisario, debía solucionarlo a solas. Un policía ladrón. Le vinieron ganas de abofetearlo. Inquieto en el asiento, Corelli barruntó una explicación.

—Comisario, este hijo tan preocupado por una estatuita de mierda, que seguro no vale lo que dice, hacía más de seis meses que no veía al padre. ¿Cómo iba a saber si había vendido algún muñequito de esos?

—Como sea, inglés, ¿viste la estatuilla famosa?

Corelli no lo miró, se ocupó de estirar el pantalón. Mentir le sentaba mal, ni que hablar cuando el estómago vapuleado por la noche sumaba el regusto amargo de la traición al mandato policial.

—Puede que sí, no estoy del todo seguro.

—¿Quiénes entraron después de ustedes?

Corelli se anticipó.

—Todo el mundo. El médico, los de la morgue, los de la científica, los policías que estaban dando vueltas al pedo. Hasta Martínez Rossi.

El jefe de calle no se perdía ningún evento que involucrara policías; Hughman no lo vio, pero él fue de los primeros en abandonar la casa, cuando consideró que no había caso alguno que investigar. La defensa de Corelli era astuta: aunque la escultura estuviera, pudo llevarla cualquiera.

—Entonces será necesario que descubran quién se la llevó. No quiero que la policía salga en los diarios por robarse cincuenta mil dólares de la casa de un viejo muerto.

Hughman estaba más cerca de la puerta, al salir primero del despacho impidió que Corelli escapara. Lo apretó con el cuerpo contra una pared.

—¿Qué hiciste con la estatua? —inquirió en voz baja.

Corelli, pálido ante el grandote de ojos celestes, balbuceó unas palabras torpes.

—Devolvé la estatua o te denuncio.

Hughman se apartó. Por el extremo del pasillo circulaban un par de uniformados. Corelli bufó, se acomodó las mangas de la camisa y sonrió.

—Pedí un allanamiento, a ver si encontrás la famosa estatua, pelotudo.

El puño del inglés estalló contra la pared. Corelli se esfumó. La flaca Sinolfi, encargada del papeleo, salió de la oficina al unísono con el impacto. Estupefacta, vio al inglés frotarse los nudillos doloridos. Sin comentarios, agachó la cabeza y pasó tratando de no ser vista. A Hughman le lloraron los ojos, había pegado duro y el dolor en la mano era intenso. Odió tener que cumplir las instrucciones del comisario e interrogar a todos los que pasaron por la casa, cuando sabía quién había sustraído la pieza que faltaba.

Órdenes eran órdenes. Aunque hubiera dicho que sí había visto la estatuilla, no podía asegurar que Corelli la había llevado; resultaba obvio que fue así, pero carecía de evidencias, no lo vio sacarla. Y seguro ya no la tenía consigo, de allí su bravata.

Malhumorado y taciturno, camino a la brigada advirtió a Martínez Rossi fumando un negro en el patio. Como tantas veces, el jefe de calle lucía ojos rojos, barba incipiente y ojeras. Esta vez, estaban parejos. Salió y le lanzó directo el problema.

—Corelli sustrajo una estatuilla de la casa del muerto de ayer. Casi seguro que ya la vendió.

—Sustrajo, a veces me olvido que te gusta hablar en difícil. ¿Cómo se llevó una estatua?

—Estatuilla, uno de esos muñequitos dorados de la chimenea. De oro, cincuenta mil dólares.

Martínez Rossi silbó.

—Me acuerdo que los vi, creí que eran pintados de dorado.

—Yo también.

—Eran… tres o cuatro, los otros eran chinos.

—Cinco, falta el cazador. Llegaste después que Corelli se lo metió al bolsillo.

El jefe de calle arrojó la colilla al piso, la pisó.

—No me acuerdo de un cazador. Pero tranquilo, inglés, te noto sulfurado.

—¿Tranquilo? El comisario quiere que investigue a todos los que pasaron por ahí.

Martínez Rossi ladeó el cuerpo para enfrentar a Hughman. Inició un interrogatorio rápido.

—¿Quién hizo la denuncia?

—Un hijo que llegó hoy.

—¿Qué pruebas tiene?

—¿De qué?

—De que existía la estatuilla, para empezar, y que seguía ayer en la casa.

El inglés titubeó.

—No lo sé, Corelli dijo que hacía seis meses que el hijo no iba por la casa.

—Ahí tenés, no hay pruebas de que la estatua estuviera en la casa. El tipo puede ser un estafador que quiere sacarle plata a la policía.

—Pero yo vi la estatua, flaco, la estatua estaba cuando entramos.

—Ahí está el problema, entonces. La solución es fácil, decís que no la viste y se terminó el caso. Nadie vio la estatua, el tipo no puede saber si el padre no la vendió; sin el cuerpo del delito, no hay crimen.

El flaco apoyó una mano en el hombro del inglés y se dispuso a regresar al interior. Hughman lo detuvo.

—Flaco, Corelli robó, ¿te das cuenta? Robó en plena tarea policial.

Martínez Rossi lo miró como quien observa un pájaro exótico en un bestiario.

—¿Y? ¿Te vas a preocupar por un tipo de mierda, que ni siquiera iba a visitar al padre? ¿Una basura que aparece ahora y en lo primero que piensa es en la guita?

Martínez Rossi lo palmeó y se alejó. El inglés se sintió acalorado, le dolía la cabeza y tenía la garganta seca. ¿Corelli se saldría con la suya?, ¿tendría que seguir trabajando con un ladrón? Apoyó la espalda en la pared. No vio manera de probar el delito. Ni siquiera encontrarían la estatua. Y mientras él se debatía en la impotencia, el detective estaba metido en la cama de una mujer. Seguro su esposa pensaba que trabajaba.

Movió con esfuerzo el cuerpo y alcanzó las oficinas del fondo. Se preguntó hasta cuándo serían tan pocos en el equipo, con lo bien que le vendría un subalterno para encargarle la odiosa tarea de investigar al pedo, molestando a los compañeros. Corelli no merecía salir impune. Encendió la computadora y revisó la lista de teléfonos.

—¿Sí?

—Habla Hughman, de la brigada, ¿está Corelli? No me responde al celular.

—No, está en la brigada.

—Imposible, hoy tiene franco. Bueno, seguiré buscando. Disculpe, señora.

Terminó de imaginarse el diálogo con la esposa más frustrado que antes; nunca caería en una bajeza así, por más que Corelli mereciera ser echado a patadas de la casa. ¿Por qué no podía tomarse las cosas como los demás? Detuvo el insulto que le nacía; se le ocurrió que podía argentinizarse un poco. Antes de empezar a interrogar compañeros, se tomaría un buen desayuno. Si no se adaptaba mejor, su país de adopción acabaría matándolo.

 

© Relato: Juan Pablo Goñi, 2020.

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