Relato por entregas, Crímenes de archivo (Parte 1) por Héctor Vico

Crímenes de archivo – Primera parte

1 –

Nunca supo a qué atribuirlo. Tal vez era un trastorno obsesivo compulsivo no tratado a tiempo, o posiblemente a un trauma que arrastraba desde la niñez, la realidad era que cualquier cosa o detalle que llegara a su vida, le molestaba sobremanera si, por algún motivo, él tenía la sensación de que estaba fuera de lugar.

Esa compulsión de querer arreglar o acomodar todo, abarcaba un amplio espectro. Su obsesión iba desde los útiles que usaba diariamente en su despacho de Inspector en Jefe del Precinto 43 del Bronx y que ordenadamente disponía sobre su escritorio hasta los legajos que año a año se arrumbaban en el archivo bajo el rótulo de Crímenes sin resolver.

Por esta razón acomodaba sus lápices y bolígrafos por tamaño y colores sobre el cristal de su escritorio, ponía por medidas, en distintos recipientes, los clips, pegaba etiquetas identificadoras a cuanta caja con papeles depositaba sobre las bibliotecas y, en especial, llevaba a su casa, para ver en las horas de descanso, los legajos de los asesinatos sin resolución que el resto del departamento había olvidado.

No siempre disponía de tiempo. Tenía, cada vez con mayor frecuencia, semanas agotadoras en las cuales los delincuentes se mostraban muy activos y creativos. En esos períodos llegaba cansado y ni por asomo tomaba alguno de los legajos ordenados  prolijamente sobre la amplia mesa de la sala. Viudo y sin hijos, esta costumbre de hurgar en el pasado fue la mejor manera de paliar la soledad.

Daniel Quinn de cincuenta años, además de Inspector en Jefe era un ratón de bibliotecas y, gracias a su memoria fotográfica, recordaba detalles mínimos de cada historia en la que posara sus ojos. No solo leía a los clásicos de la literatura universal sino que devoraba cualquier libro, del tema que fuera. Tenía predilección por el género negro, en especial Chandler y Hammett pero no le tembló el pulso cuando leyó de cabo a rabo, la saga completa de Harry Potter. Así de amplio eran sus gustos literarios.

No elegía cualquier caso sin resolver, escogía solo aquellos que le significaban un desafío intelectual, los más creativos y osados que muchas veces resultaban ser los más sangrientos. Para el fin de semana que se avecinaba escogió una gruesa carpeta sobre cuya cubierta alguien garabateó “Crimen de los números romanos”. Se sintió provocado y sin dudarlo se lo puso bajo el brazo.

Saludó a todos y se marchó, deseoso de arribar a su solitario departamento del tercer piso  del edificio Heraldo sobre la Avenida Lafayette, frente al Soundview Park, a escasas cuadras del río Bronx.

Apenas llegó, se preparó un emparedado y abrió una cerveza. Mientras comía, sentado a la mesa del comedor comenzó a hojear el viejo expediente:

Cuerpo de Detectives del Departamento de Policía de Nueva York, con la colaboración del Precinto 43 Inspector Roger Mancini. Febrero 15 de 1999 Expediente N° 100 – 20617/99 Hipótesis: Muerte violenta con arma blanca. Víctima: Connolly, Molly Jean. Hipótesis: Asesinato. Estado: No resuelto

1 – La víctima vivía sobre la Avda. Washington y la calle 167 en la zona de Morrisania, Bronx. Joven de veinticuatro años, blanca, desocupada. Ciudad natal: Boise, Idaho. Fecha del deceso: en la madrugada del día febrero 15. En la noche del 14 al 15 de febrero se desató sobre la ciudad un fuerte temporal, de manera que no existen testigos que pudieran haber visto a algún intruso. A pesar de no tener ocupación conocida, por el mobiliario y su guardarropa, en apariencia, gozaba de un elevado nivel de vida. Fue muerta por una profunda herida en el cuello, desde el lado izquierdo hasta el centro de su garganta. El corte le cercenó la arteria yugular. Falleció ahogada en su propia sangre. No hubo acceso carnal y se descarta el robo. Se encontraron joyas, adornos y objetos de valor. No había signos de pelea. La vivienda estaba en orden. La puerta no fue forzada lo que da a suponer que la víctima conocía a su posterior asesino. Nota: sobre la pared del dormitorio, con sangre de la propia víctima el asesino pintó un círculo irregular y dos rayas verticales paralelas.

2 – febrero 18: el cuerpo de forenses no halló huellas dactilares salvo las de la víctima, tampoco fue posible dar con el arma homicida. A juzgar por el corte y su profundidad, el atacante es un hombre de aproximadamente un metro setenta a un metro ochenta, diestro.

3 – febrero 23: los vecinos no oyeron ninguna discusión ni ruido de pelea. La muchacha llevaba una vida tranquila, nunca llamó la atención de sus vecinos de piso. Comentan que recibía visitas masculinas con cierta frecuencia.

4- febrero 28: los contactos de su agenda, en especial la Srta. Russo, Anne, antigua compañera de cuarto, comenta que le conoció una sola relación seria con un profesor de la escuela preparatoria Fordham, colegio jesuita. Nombre: David Douglas, 28 años. Su coartada es sólida: juego de póker con colegas.

5 – marzo 9: se entrevistó a dos de los colegas citado por Douglas. Ambos confirmaron sus dichos.

6 – mayo 17: miembros del cuerpo de detectives volvió a entrevistar a los miembros del círculo íntimo de la Srta. Connolly por si recordaban algún detalle anormal. Mantienen su versión anterior y no aportaron nuevos elementos.

El inspector Quinn cerró con fastidio el legajo. No encontraba ningún cabo suelto como para retomar la investigación. Ya se imaginaba lo ocurrido. Otros crímenes y otras urgencias hicieron que la muerte de Molly quedara atascada olvidado por todos, en el cajón de algún oscuro escritorio. Más de lo mismo. Muchas veces lo agobiaba la idea de que Nueva York estaba construida sobre una base de concreto y crímenes impunes. Fue a la heladera a buscar otra cerveza. Olvidó el expediente. Se dedicó a descansar para poder enfrentar  lo que fuere que el destino y el hampa le depararan en el Precinto 43 la semana entrante.

Cómo solía sucederle, entre redadas de putas y drogones, más los habituales robos, extorsiones, golpizas entre vecinos y ataques aberrantes a mujeres que caminaban solas por lugares inconveniente, olvido por varias semanas realizar sus excavaciones arqueológicas al archivo del departamento.

Dos meses después de haber revisado el grueso papelerío que había generado la muerte de Molly, volvió a escoger un abultado volumen, esta vez del año 2001

Repitió la acostumbrada ceremonia: emparedado de atún y cerveza ligera. Apoyó ambos codos sobre el cristal de la mesa del comedor y sosteniendo su cabeza con las manos  se concentró en los polvorientos folios cosidos:

Cuerpo de Detectives del Departamento de Policía de Nueva York, con la colaboración del Precinto 43 Inspector Maurice Flanagan. Mayo 23 de 2000 Expediente N° 110 – 28576/00 Hipótesis: Violación y muerte posterior. Víctima: Cárdenas, María Rosario. Hipótesis: Violación grupal y posterior asesinato. Estado: No resuelto.

  • La víctima, portorriqueña, de veintidós años de edad, fue vista por última vez cuando el matrimonio Spencer regresó a su hogar en dónde la joven había pasado gran parte de la noche cuidando a los hijos del matrimonio.
  • Manifestaron que quisieron llevarla a su casa, distante cinco cuadras del domicilio de los Spencer pero se negó. Eran las 22 horas. Adujo que debía pasar por un cajero automático. El hogar del matrimonio está en la calle 168 entre las avenidas Nelson y Ogden, a escasas cuadras del Departamento de Policía.
  • El cuerpo, prácticamente masacrado, fue encontrado en el Campus del Highbridge School, por un trabajador que se dirigía a la fábrica que opera en las inmediaciones. Eran las 6 de la mañana del día 24 de mayo.
  • Los forenses estiman que el deceso se produjo a las 23 o 24 horas del día 23. Presentaba evidentes signos de violación, golpes, quemaduras cortes en sus senos, cara y cuello, le faltaban dientes productos de los golpes. Se estima que la violaron más de dos personas.
  • No hubo testigos. El lugar es casi descampado. Se archiva el caso en julio de 2000

Quinn  arrojó con desconsuelo el grueso legajo. Pobre niña ―pensó―, la mataron dos veces: la primera vez por bonita y luego por latina, cuando archivaron el caso sin mover un dedo.

El lector comprenderá que, para no agobiarlo con detalles,  no voy a dar cuenta de todos los legajos que el Inspector Quinn leyó en la primavera del año 2017 hasta encontrar las perlitas que siempre tenía la esperanza de hallar cuando acometía esta especie de viajes al pasado.

El primer descubrimiento se produjo por casualidad o por justicia divina, como le gustaba pensar. Se trataba de un expediente flaco, que trajo por descuido junto a otro más voluminoso creyendo que era un segundo cuerpo, como a veces suelen archivarse los dosier cuando superan determinada cantidad de folios.

Le dio prioridad al más grueso. Lo que comenzó con grandes esperanzas culminó en un fiasco total.  Siempre la misma mierda burocrática; los testigos que no quieren involucrarse y el resultado es invariable: otro crimen que va a vía muerta. Casi sin ánimos tomó lo que él supuso un apéndice del primero pero se encontró con la sorpresa que llevaba un número identificatorio distinto:

Cuerpo de Detectives del Departamento de Policía de Nueva York, con la colaboración del Precinto 43 Inspector Maurice Flanagan. Agosto 17 de 2001 Expediente N° 143 – 43985/01 Hipótesis: Muerte por apuñalamiento. Víctima: Jorovich, Isabel. Hipótesis: Asesinato. Estado: No resuelto.

 1– La occisa, de 30 años, blanca, de profesión abogada, fue encontrada por su colega y socio del bufete que ambos llevaban en el centro del Bronx desde hacía cinco años. No son pareja. El hallazgo fue en la mañana del día 18 de agosto cuando el abogado James Abramovich fue a trabajar como lo hacía todas las mañanas desde que abrieron el estudio. Ambos egresados de Harvard, de buenas familias y excelentes relaciones, desarrollaron con éxito sus carreras.

2– La Srta. Jorovich acostumbraba quedar hasta tarde revisando los expedientes que debería presentar, al día siguiente, en las distintas instancias en los Tribunales Federales. Se había especializado en Derecho Sucesorio y Corporativo.

3 – Informe del forense: el cuerpo presenta cortes profundos en la zona del tórax, en especial uno en la zona del corazón aplicado con fuerza y a juzgar por el tamaño de la herida se supone que se trata de un cuchillo de gran porte, semejante, posiblemente, a los que usan los carniceros. No hubo actividad sexual previa. No registra huellas de defensa. No se encontraron resto de piel en sus uñas ni cabellos en sus manos. No sería demasiado aventurado suponer que el ataque fue de improviso mientras el agresor se encontraba frente a ella. La modalidad de las heridas hace descartar el ataque por la espalda. Es muy probable que el asesino sean un varón, diestro y de una altura que oscilaría entre un metro setenta a un metro ochenta.

4 – Se presume que el asesino ya se encontraba en el edificio cuando la Srta. Jorovich quedó sola en su oficina.

5 – De acuerdo a su agenda, el día de su muerte la abogada mantuvo entrevista con las siguientes personas: Arthur C. Travis (asesoramiento para el lanzamiento de su sociedad al NYSE; David, Douglas (lectura de testamento y adjudicación de bienes); Joseph Duncan y Timothy Gowers (firma de contrato societario); Eleonor Parker de Baxter y sus hijos Ezra y Sara Baxter (testamento). Todos pudieron justificar que se encontraban en otros sitios en compañía de personas que ratificaron sus declaraciones

6 – Nota: En una de las paredes del estudio, más precisamente la que se encuentra frente al escritorio de la muerta, con la misma sangre de ella estaban pintados un círculo irregular, el número 8 dos veces, escritos en romano: (VIII – VIII)

Daniel Quinn dio un brinco. Esa última nota le resultó familiar. Comenzó a hurgar entre los apuntes y expedientes  que tenía apilados en su mesa de comedor. Tenía muy presente la página en la que había leído algo parecido. Rebuscó hasta que dio con el legajo.

Se trataba del caso de Molly Connolly. Las paredes pintadas con sangre era una coincidencia muy grande como para tildarla de casualidad pero… había algo en ese esmirriado expediente que le molestaba y no atinaba a descifrarlo. Lo leyó otra vez y otra más. Entonces sí. Todo encajó. Las piezas fueron a su lugar y tuvo la certeza que estaba tras de algo importante.

 

©Relato: Héctor D. Vico, 2020.

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