UNA DEL OESTE de Héctor Martín, IV Antología Solo Novela Negra

Eran casi las dos de la madrugada y hacía un frío de cojones. La noche perfecta para ir a investigar un coche abandonado en la autopista. Bueno, eso si eras un pringado o masoquista. Julio no sabía en cual de las dos categorías encajaba mejor. Al recibir el aviso, supo que se iba a arrepentir de haberle cambiado el turno a Sonia. Ella estaba jugando con él y sabía que no tenía ninguna posibilidad de meterse en sus bragas, pero tenía que quemar todos los cartuchos.

Se llevó a Manu, el novato de guardia esa noche. Cómo odiaba a ese capullo. Le sonreía y parecía contento de salir a esas horas, como si le hubieran encomendado la misión de su vida. Julio no le borró la sonrisa a hostias porque ya tenía dos faltas en su expediente y una tercera significaba problemas.

Condujo muy deprisa hasta el lugar donde estaba el coche abandonado, un Volkswagen Golf negro que, por la matrícula, tendría más de diez años. Aparcó en el arcén y le ordenó a Manu señalizar su posición, a pesar de que no pasaba un solo coche por allí.

A unos seiscientos metros había un peaje de la autopista. Era desde donde habían dado el aviso. Se acercaron al Golf para examinarlo más de cerca, y en menos de dos minutos Julio ya tenía su veredicto.

—Me juego la paga a que se trata de un coche robado. Habrán sido unos chavales para divertirse un rato. Unos aficionados —continuó con la pose de experto—. ¿Ves ese rastro? —Señaló una lengua negra en el suelo, de varios metros de longitud, que se extendía desde la parte trasera del coche—. Han intentado quemarlo, para borrar las huellas, pero ni eso han hecho bien.

—¿Por qué no han rematado la faena? —preguntó el novato, que había estado tomando notas de forma obediente, de la explicación de Julio.

—Se habrán acojonado. Igual ha pasado algún coche, o iban puestos hasta arriba. —Se encogió de hombros—. Qué mas da. Comprueba la matrícula por si han denunciado el robo. Yo voy a preguntar —añadió, señalando el puesto de peaje—. Está un poco lejos, pero igual han visto algo.

—¡Joder, jefe! Aquí no hay cobertura —se quejó Manu.

—Pues camina un poco a ver si pillas —respondió Julio, ahogando un bostezo y ya encaminándose hacia el peaje.

Necesitaba sacudirse de encima el frío que le estaba calando, y pensó que las cabinas del peaje tendrían calefacción. La caminata no era muy larga, pero le dolieron los pies todo el rato de lo helados que los tenía, y notó como la nariz le moqueaba.

Solo una de las cabinas estaba iluminada, y al acercarse, un hombre le miró con expresión de asombro tras el cristal.

—Policía. Julio Paredes —le indicó desde lejos.

El hombre abrió la puerta para dejarle pasar. El interior era demasiado pequeño, así que cada uno invadía el espacio personal del otro, pero la temperatura era bastante agradable, como había supuesto.

—Tomás Pérez —se presentó el operario—. ¿Quiere un café?

—¡Coño!, pues no estaría mal. Cortado y sin azúcar —aclaró.

—Ahora se lo traigo.

Julio le observó marcharse. Era un hombre joven, no llegaría a los treinta, pero estaba bastante calvo y el chaleco reflectante que vestía no ocultaba una incipiente barriga. Tomás se dirigió a un edificio cercano que lucía un aspecto abandonado, con pintadas y grafitis superpuestos, que disimulaban las manchas de polución y humedad.

Pensó llamar a Manu, para ver que tal iba, pero comprobó que tampoco tenía cobertura. Se fijó que, sobre la mesa en el interior de la cabina, había un libro abierto y colocado boca abajo, para no perder la página. Entonces llegó Tomás con dos cafés y le tendió uno, quedándose fuera.

—Esto no está muy concurrido, ¿eh? —observó Julio.

—Más bien abandonado. Las noches movidas pasan tres o cuatro coches y un par de camiones.

—Supongo que hay tiempo de sobra para aburrirse. —Señaló el libro sobre la mesa.

—Sí, llevo unos cuantos leídos este año.

—¿Has leído alguna del oeste? —preguntó el policía.

—No, leo solo novela negra —contestó Tomás—. Este va de un hombre que se toma la justicia por su mano…

—¡Bah! —le interrumpió Julio—, la novela negra no tiene nada que ver con la realidad. ¿La justicia por su mano? ¡Menuda chorrada! En las novelas del oeste, el sheriff es el orden, la ley y la justicia —explicó gesticulando con la mano que sostenía el café, que pasó peligrosamente sobre el libro de Tomás, amenazando con derramarse sobre él.

—Bueno, supongo que es cuestión de gustos —contestó sin entrar al trapo.

—¿Siempre estás aquí solo?

—Sí, como no pasa casi nadie y está todo automatizado…

—Vale —le cortó de nuevo el policía—. ¿Has visto algo? —Señaló en dirección al coche abandonado.

—No, ha pasado un camionero hace dos horas y me ha contado que había un coche parado en el arcén sin nadie dentro. He avisado a la empresa, que les habrá llamado a ustedes.

—¿Las cámaras de seguridad habrán captado algo?

—Imposible, están todas rotas. Es por el reto viral ese que hay en internet —continuó ante la mirada inquisitiva de Julio—. Ahora les ha dado por romper las cámaras de los peajes. Aquí, la última vez que funcionaron fue después del incidente, y no duraron mucho.

—¿El incidente?

—Sí, hace cinco años. Unos gamberros asaltaron el peaje. El empleado que estaba esa noche trabajando se les enfrentó y lo mataron. Lo quemaron vivo dentro de la cabina.

—¡Joder! Qué gilipollas. A quién se le ocurre enfrentarse a un grupo estando solo. —Julio dio un sorbo al café, que era casi tan malo como el de la comisaría—. ¿Los cogieron?

—No, creo que la policía no investigó mucho. Con todos mis respetos —se apresuró a añadir al ver que Julio había tensado la mandíbula.

—Bueno, es lo que la gente se piensa. Tenemos muchos casos entre manos y muy pocos medios. ¿Sabes?, esas novelas que lees hacen mucho daño a nuestra imagen.

—Dígaselo a la familia de ese pobre hombre —contestó Tomás sin arredrarse.

Recordaba ese caso, sobre todo que el jefe del muerto les dijo que ese desgraciado solía beber en el trabajo, y no lo habían despedido porque, al llevar muchos años en la empresa, la indemnización les saldría por un pico. Julio hizo la broma de que por eso había ardido tan rápido. Creían que los responsables habían sido cuatro chavales que también habían quemado a un mendigo en un cajero, pero no hubo manera de situarlos en la escena del crimen, así que el fiscal no pudo imputarles nada.

De pronto, recordando las fotos de la cabina después de arder, se sintió incómodo allí dentro, incluso empezó a sentir calor, así que salió, apuró del todo su café y se situó junto a Tomás

—Ya, bueno. ¿No te da miedo estar aquí solo, sabiendo que pasó eso? —esquivó Julio la acusación del otro.

—Como para no tenerlo, pero ¿le cuento un secreto? —Julio permaneció en silencio, así que Tomás continuó—. Tengo esto para protegerme —añadió, extrayendo de un bolsillo trasero del pantalón una pistola táser.

—Sabes que eso es ilegal, ¿no? —respondió Julio sin inmutarse.

Apenas percibió la sonrisa de Tomás justo antes de que este disparase, y después solo pudo sentir el dolor recorriendo todo su cuerpo al tensarse sus músculos, por el efecto de la descarga, para finalmente perder el conocimiento.

Al despertar, no sabía cuanto tiempo había pasado. Estaba entumecido por completo, no solo por la descarga eléctrica, sino también por el intenso frío que había vuelto a calarle hasta los huesos. Se encontró sentado dentro de un coche, en el asiento del conductor, pero atado a él con unas cuerdas que daban varias vueltas a su pecho y brazos. Dedujo que se trataba del Golf abandonado.

Cuando su visión se hizo menos borrosa, en efecto distinguió las luces del peaje a lo lejos y comprendió que estaba jodido. Más aún cuando al girar la cabeza vio que Manu, el novato, estaba igualmente atado al asiento del copiloto y con una herida abierta en la sien izquierda. Tal vez ya estaba muerto.

No tuvo tiempo de evaluar la situación, porque lo siguiente que vio, a través del espejo retrovisor, fue una llamarada que se acercaba a la parte trasera del coche y notó el fuerte olor de la gasolina por todas partes.

Le pareció atisbar también el reflejo de las llamas en un chaleco reflectante, y recordó que aquel hombre al que habían quemado vivo, en ese mismo lugar unos años atrás, tenía un hijo que se llamaba Tomás.

Quizás fue porque todavía estaba atontado, pero no sintió miedo mientras notaba acercarse el calor de las llamas. Le sorprendió que su último pensamiento fuese para Sonia, su compañera. Aunque ya no importaba, tal vez le gustaba más de lo que había querido reconocer.

 

©Relato: Héctor Martín, 2020.

Impactos: 180

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