LA MÁS DIFÍCIL DE LAS PROFESIONES (Hughman) por Juan Pablo Goñi

Ni siquiera eran las ocho de la mañana y Hughman, todavía en slip y ojotas, ya sabía que estaba ante un día terrible. Como un autómata colocó el infusor en la tetera humeante. No sólo mantenía la adicción al té, requería que fuera en hebras. Sus ideas estaban alejadas de su infusión favorita; no se permitió, como otras mañanas, aspirar el aroma del Earl Grey. Se preguntaba qué hacer, cómo seguir el día a partir de ese amanecer diferente. Era sencillo dar opiniones, advertir los riesgos y tomar decisiones cuando las cuestiones concernían a otros; ¿por qué costaba tanto aplicar los mismos parámetros a uno mismo? El regreso del sexo a su vida, al parecer con ánimo de permanencia, le resultaba complejo, ¿por qué no podía manejarlo como sus colegas? Una risa sardónica acompañó el siguiente interrogante: ¿cuál de ellos tenía una tranquila vida sexual?

Tres años desde la muerte de Alicia; al final del segundo notó que volvía a excitarse, su cuerpo recuperaba la capacidad de desear.  Esquivó a la primera que lo excitó, para terminar cediendo ante los encantos de Yanet: menor, prostituta, madre de dos niños e integrante del clan Orijuela, de los más famosos delincuentes de Blanca. Fue una sola vez. Después, la evadió espantado de las posibles consecuencias; la chiquilla, para agravar las cosas, terminaba metida en cuanto crimen de renombre se produjera en la ciudad. Le costó renegar de esa única noche, resultó una experiencia fascinante, la chiquilla le dio clases aventajadas.

Se creyó curado tras ese alivio, pero el verano siguiente le tocó cumplir funciones en la playa y conoció a Matilde en Villa Azul. Casi dos meses de relaciones, más cercanas a las vividas con Alicia. El otoño los separó, el inglés escapó a profundizar la relación. Decidió tomarse un tiempo, alejarse; estimó que pasaría por una temporada de alivio en sus pulsiones. Y allí estaba, con Denisa, la dueña del culo que lo había excitado un año atrás, durmiendo en la habitación. ¿No podía disfrutar una relación sencilla?, ¿necesitaba meterse en situaciones comprometidas para satisfacer la libido? Sirvió una taza de té; se preguntó si Denisa bebería té por las mañanas.

Fue hasta el dormitorio. La chica dormía boca arriba, las piernas bien abiertas. La melena azul cubría casi las dos almohadas; Hughman contempló las tetas paradas, el pene fláccido descansando sobre los testículos mustios. No la despertó. Regresó a la cocina. Yanet estuvo a punto de involucrarlo mal en un asunto de los grandes, ¿dónde podía conducirlo, de continuar, un affaire con Denisa? Monaguillo, Denisa había sido monaguillo. Ahora se dedicaba a la prostitución, como la pendeja. ¿Su inconsciente le imponía misiones redentoras? No había pensado en redimirla unas horas atrás, cuando la penetró a gusto. Tampoco se le ocurrió cuando pasó lo de Yanet. Como aquella vez, esta mañana la experiencia le dejaba un regusto triste en la boca; ¿era un hipócrita que justificaba su deseo pretendiendo una actitud compasiva, como si fuera un acto altruista amar a esos seres desvalidos?

Bebió la taza de té, se sirvió una segunda. Denisa no asomaba por la cocina. Se acercaba la hora de salir a trotar —ni siquiera se planteó que no era una obligación impostergable el ejercicio—, ¿debía despertarla o dejarle un mensaje con las llaves? La imaginó ingresando en la comisaría, recorriendo el edificio, cruzando el patio para llegar a la brigada, exclamando a los gritos «¡traigo la llaves de mi novio!». Casi escupió el té, sintió una puntada en el costado. Había tenido, —sin buscarlas— no menos de tres oportunidades de llevarse a la cama a mujeres de las consideradas normales, una fiscal incluida en el lote; las había abortado sin llegar siquiera a proponerles profundizar las charlas en un sitio más íntimo. Un fantasma aparecía en esos instantes cruciales, nublándolo, boicoteándolo. El fantasma de Alicia.

Alicia, por más deslumbrante que hubiera resultado en su vida, pertenecía al mundo de las mujeres normales; ninguna otra residente en el lado blanco de la vida resistía la comparación. ¿Sería ese el mecanismo mental que lo había empujado primero a Yanet, ahora a Denisa?, ¿el que había cerrado las puertas a una continuación de su romance veraniego con otra mujer de las comunes, de las integrantes de las mayorías?

El celular lo sacó del análisis. Mensaje de Pérez. ¿Vida normal la de sus colegas de brigada? El inspector Pérez no perdió la vida por centímetros en uno de sus encuentros extramaritales. ¿Qué quería ahora Pérez, cuando el inglés ni siquiera estaba de turno? ¿Se odió, esa era otra cuestión que lo enloquecía, ¿por qué no podía decir que no? Libraba, ¿qué le costaba dejar el wasap sin abrir, como acostumbraban los colegas más jóvenes? ¿De verdad tenía alma de policía?

«Llegaron los chinos inglés. Corelli y el alemán están conmigo. Parece que es la grande.»

Por eso atendía, por si acaso era un mensaje importante; este lo era. Los chinos venían a ser una banda de piratas del asfalto buscada en toda la provincia. Les decían chinos pero no lo eran; otro prejuicio de la aburguesada mente argentina. No eran chinos y pocas veces eran supermercados chinos los que comercializaban la mercadería robada, igual les enchufaron el mote para el código de la operación.

El inglés se vistió, cargó la pistola en la sobaquera. Denisa dormía, no la despertaron sus acciones. En el sueño, se acarició los huevos; ¿soñaría con él? Dado que el trabajo había tomado la decisión que no pudo tomar él mismo, garabateó en un papel que se marchaba y le dejó encima el segundo juego de llaves. Lo colocó en la mesada, junto a las hornallas, para que no se le pasara por alto. Seguro se pondría contenta, ¿cómo seguiría la relación tras ese gesto de confianza?

Pisó el acelerador del Focus, cruzó el arroyo. A media cuadra se detuvo, Pérez no había dicho dónde se encontraban. Lo llamó, odiaba los mensajes, ¿para qué tenían teléfonos? Maldita tacañería de clase media. Decían que ahorraban y después se morían los minutos sin gastar.

—¿Dónde están?

—Delante de Consumo Fácil, están descargando un camión de sidra.

Ganas de robar un camión de botellas de sidra cuando faltaban ocho meses para navidad. Hughman buscó la avenida San Martín y giró a la derecha. Pérez no habló de refuerzos, ¿pensaban hacer el arresto ellos solos? No sería tan imbécil. ¿No lo sería? Puteó y golpeó el tablero, estaba harto de cuestionarse cada cosa esa mañana. Avanzó hacia las vías, las cruzó por el horrendo puente elevado. Consumo Fácil estaba sobre la avenida Rauch, donde acababa el barrio Stella Maris. Llegó en segundos, giró hacia la izquierda, a la derecha era casi descampado. A doscientos metros vio el auto de Pérez, estacionado sobre la otra mano. El ingreso al mayorista estaba de la suya, frenó veinte metros antes, donde se iniciaba el cerco perimetral.

Descendió y cruzó la calle. Corelli abrió la portezuela y el inglés se sentó en el asiento trasero. Los tres señalaron, como si el inglés fuera un imbécil que no distinguiera el único camión detenido en la playa de estacionamiento. La caja cerca del portón del almacén, abierta; Hughman vio dos hombres cargando cajas.

—¿Tenemos refuerzos?

—¿Para qué los necesitamos? —dijo Hersenmann y amartilló su nueve milímetros.

—Son dos, inglés, más los empleados de acá. ¡Una papita! —cacareó Corelli, como buen gallito.

El inglés se preguntó qué no diría de él el detective, de enterarse con quién había pasado la noche. ¿La noche nada más? Sacudió la cabeza, necesitaba todas las luces. Corelli sonrió, hizo un gesto calificando al inglés de miedoso. Ninguno lo apreció. Hersenmann miraba a Pérez, apurándolo para que diera la orden de partida. El inspector a cargo acariciaba su panza, la boca, el volante.

Concentrado, Hughman estudió la vereda opuesta; nunca era tan fácil. Detrás de su auto, en la esquina, del otro lado de la calle perpendicular, había una van blanca. Bien en la esquina, cosa que nadie se les interpusiera. Dos personas en el asiento. Observó la mano en la que estaban. Hacia adelante, nada sospechoso. Hacia atrás, cuarenta metros despejados. Igual que la van, en la esquina tras la bocacalle, un auto oscuro, dos personas en los asientos delanteros. Estaban en desventaja, los criminales habían dejado sus coches detrás. Les bastaría con girar en las calles laterales para perderse.

—¿Y?, ¿vamos?

Hersenmann no soportó más la falta de acción. Pérez respiró profundo. El inglés intervino.

—Llamen a Bermúdez y pidan refuerzos, no menos de cuatro patrulleros, con Ithacas. ¿Filmaron?

Hersenmann alzó el celular.

—Llamen al fiscal de turno y pidan orden de allanamiento. Si los tipos se van antes, los siguen.

Pérez se volvió; los detectives se quejaron. Pérez los calló.

—Inglés, no pienso llamar a Bermúdez para que salga en la foto, vamos nosotros y los capturamos.

Ambicioso, tonto y ambicioso; la brigada seguía sin cabeza y Pérez quería anotarse para el puesto de jefe. Hughman les quiso explicar de qué iba, pero Corelli se le adelantó.

—Inglés, hoy está al mando Pérez, ¿entendés? Gracias que te llamamos para que salgas vos también en el cuadro.

El inglés calló. Estaba rojo, le latía con fuerza una vena en el cuello.

—¿Saben qué? Hagan como quieran, yo les prometo enviar flores.

Bajó y cerró de un portazo. Se dispuso a cruzar la avenida; debió esperar, dos coches de pequeño porte venían lanzados a más de cien kilómetros por hora. La imbecilidad es contagiosa, se dijo. Esos segundos le permitieron serenarse un tanto; no podía irse, no quería cargar con la muerte de sus compañeros en la conciencia. Los cuatro custodios del cargamento, además de ir armados, debían ser gente curtida, no en vano los perseguía la fuerza policial de la provincia entera desde hacía más de ocho meses.

Corelli fue el primero en bajar, Hughman lo empujó al auto a la vez que cerraba con fuerza la puerta que el alemán intentaba abrir. Pérez se detuvo, tenía un pie fuera.

—Miren bien, imbéciles. ¿Ven esa van? Ahora el espejo, ¿ven el auto azul? Media cuadra libre, ¿por qué estacionaron ahí?, ¿están esperando la hora del baile?

Se refería a los bailes populares del club Sarmiento; el gimnasio estaba en la misma cuadra del auto de los facinerosos. En tanto los compañeros, estupefactos, captaban la realidad en sus lentos cerebros, el inglés vio que un hombre de camisa desprendida cerraba la puerta del camión. Había finalizado la descarga.

—Hagan como quieran. Yo les recomiendo que anoten rápido las patentes y pidan órdenes de captura. Además del allanamiento. Y si tienen ganas, sigan al camión o a alguno de los vehículos de custodia.

—¿Vos que vas a hacer, inglés? —inquirió Pérez.

—Me voy a la cama. Como dijo Corelli, no estoy de turno, no es mi problema.

Sin más, el inglés los dejó. Esta vez no hubo émulos de Alonso sobre el asfalto, pudo atravesar la avenida sin demoras. Encendió el motor del Focus y marchó a casa. En el camino, insultó con consistencia a sus colegas, ¡la puta que era difícil ser policía en Argentina! Ojalá designaran pronto a un jefe en la brigada, estaba harto de ser la niñera de tres machos que se creían los reyes de la calle y no daban siquiera la talla para ser pajes. Se acordó de apagar la frecuencia policial, estaba de franco, no era su problema.

Cinco minutos después tuvo que enfrentarse con el que sí era un problema que solo a él le atañía. Abrió la puerta de casa, sonaba cumbia en el estéreo. Arrojó las llaves sobre la mesita. Denisa se asomó de inmediato, sacudiendo la melena azul, desnuda, apetitosa, sonriente. El inglés asumió que vivir era la más difícil de las profesiones.

 

©Relato: Juan Pablo Goñi, 2020.

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