No tenía ninguna salida… Había pasado los últimos años de mi vida luchando, entrenando y dirigiendo la que sería la mayor organización terrorista de la historia de este país. Fui la primera mujer que llegó tan lejos ahí y todos los militares que tenía bajo mi mandato me respetaban, los de arriba me admiraban y yo no quería dejar de formarme, ansiaba la libertad por la que luchaba, me conmovía convencer a otros de lo maravillosa que era la causa, inculcarlo en su cerebro con una aguja que encajara de manera perfecta en el lóbulo occipital, nadie podría sacarlo jamás.

Hubo un tiempo que me dediqué a estudiar estrategia, formas de presión contra el Gobierno, convertirme en la espía de políticos que manejaban a sus anchas nuestra desdicha, la represión. Sentía que me encontraba en una cárcel en vida, y todos los que formaban parte de ello, también. Pronto me convertí en la mejor, y la responsabilidad que me otorgaba la cúpula era inmensa, tenía que dirigir a todo un comando para conseguir la misión: Destrozar el Palacio de La Moncloa como reivindicación. Para ello debía ser muy audaz y sigilosa, nuestros movimientos debían pasar como una suave brisa de verano y una regla de oro en nuestras hazañas: Si no sale bien la misión, si no sale como estaba detalladamente planeado hay que dejar todo y huir, salir corriendo, lo más rápido que se pueda para que no capturen a nadie y si alguien es detenido, jamás debe abrir su boca o nosotros mismos iremos a por él. Comencé a preparar a mis militares, debían eliminar a los dos Policías que vigilaban la puerta, esquivar las cámaras de seguridad con los planos que habíamos conseguido de un infiltrado; cinco militares por atrás preparando los explosivos y los de la puerta comenzarían a disparar indiscriminadamente cuando sólo quedaran tres minutos para detonar las bombas.

Diez militares de la organización serían los elegidos para pasar a la historia, uno de ellos mi pareja, con quien tuve un hijo que ya tenía un año de edad. Los había preparado para completar la misión con éxito, pero al más mínimo desliz tendrían que abandonar y volver al piso. Se pusieron en marcha, a las 19:00 tenían que llegar al Palacio, y tan sólo en 5 minutos poner los explosivos… Cuando cuatro de los militares llegaron a liquidar a los Policías de la puerta aparecieron dos furgones repletos de antiterroristas, los detuvieron a todos excepto a dos; uno de ellos, mi pareja. No sabía cómo actuar, esperé en el piso con la televisión puesta, mi pareja y el otro militar volverían al piso. A los veinte minutos la televisión se cortó, la pantalla cogió un color negro y enseguida un telediario apareció con la detonación de diez kilos de explosivos en un centro comercial, el reportero estaba a unos metros de toda la carnicería que habían creado, niños dentro, mujeres, ancianos, hombres, fue indiscriminado… Mi corazón no dejaba de pegarme martillazos, mis ojos veían sangre en mi rostro, en vez de sudor, al mirarme al espejo y casi infartada cuando oí un mensaje de reivindicación de mi organización, yo no sabía nada ni había ordenado ese atentado con treinta y nueve muertes.

A los minutos sonó el teléfono móvil, era la cúpula que susurraba traidora… Resultó que había un infiltrado de la Guardia Civil dentro de mis militares, era el que había escapado con mi marido… Le di por muerto, tenían preparado otro comando éste atentado por si el del Palacio salía mal, me horroricé, no tenía sentido, estábamos matando por odio, por rabia y egoísmo, le habíamos quitado la vida a niños, ésta no era la lucha de origen, esto se había convertido en la guerra de egos construida con el servicio militar de monstruos que una vez soñaron con ser asesinos a sueldo. Colgué el teléfono y salí huyendo del piso, mi cuerpo recorrido por cinco escalofríos a la vez durante horas, hasta que recogí a mi hijo en la otra punta de la ciudad y en ese momento, sin maleta, sin ropa, corrimos al aeropuerto, a coger un avión que nos llevara lo más lejos posible, fuera de este país, fuera del alcance de los monstruos que me perseguían. Pensaron que había sido yo la que infiltró a ese Guardia Civil, que les había traicionado, los conocía y sabía lo que me iba a pasar si me quedaba con mi hijo en cualquier escondite del país, me encontrarían.

Pronto pintarían las calles con mi nombre seguido de un enorme TRAIDORA, mi foto para que cualquiera que me vea diera el aviso, con recompensa, me jurarían muerte. Lo mejor que pude hacer fue alejarme, cambiar de continente con mi hijo al lado. Según llegamos al que sería nuestro nuevo país, usé una cabina de teléfono y llamé a la Policía Española identificándome y pidiendo protección a cambio de dar todos los nombres y lugares que usaba la organización terrorista que dirigía. Me prometieron que en unos años podría volver, cuando el peligro pasara y el olvido llegara. Me sentía muy sola, la única alegría se concentraba en mi hijo, que sin padre crecía, de algún modo por mi culpa, le lloré todos los días, y a los dos años me moví a buscarle, por guías telefónicas, noticias, pistas…

Me cansé, vivíamos en la más absoluta pobreza, no teníamos nada, como la mayoría de aquel país al que huimos… Pasaron dos años más y el dolor se fue convirtiendo en el frío hielo, aprendí a vivir, a conformarme con la vida y a disfrutar de lo poco que poseíamos que era lo que la misma naturaleza nos daba, aprendí que es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre, al menos así no me vería obligada a vivir en la misma pobreza que todos degustaban, seríamos distintos, lo que siempre he querido ser, diferente dentro de una gran masa de gente que acribillan a explosivos a gente inocente sólo porque una persona lo ordena.

Mi hijo cumplió siete años, yo estaba trabajando en una tienda y salimos adelante, pero muy pronto recibimos una llamada, era mi pareja, había escapado muy lejos, como yo, por las posibles represalias que conllevaban estar al lado de una traidora. Se encontraba en España y me aseguró que todo ello después de seis años, pasó a la historia, mi nombre no resonaba en las casas de los pueblos, no lo podías leer en pintadas de edificios, mi rostro ya no era reconocible, porque los carteles con mi foto desaparecieron. Me alegré tanto de que apareciera, mi visión se nubló con ansia de verle, de que por primera vez en seis años viera a su hijo. En cuestión de un mes con ayuda del envío de dinero que me hizo, volvimos a mi pueblo natal, quedamos en la plaza del pueblo, nos veríamos allí el día de las fiestas, estaba muy nerviosa y emocionada; comprobé que no había nada contra mi persona, ni rastro, se habían esfumado… Hacía años que no sentía tanta seguridad.

Bajamos a la plaza, allí mi hijo fue corriendo a jugar con los columpios, me di la vuelta y de frente estaba él, mi pareja, el padre de mi hijo… Una lágrima cayó de ojo, y me abalancé a abrazarle… al minuto me apartó empujándome hacia atrás y sus labios pronunciaron “traidora”. Sacó una pistola y me pegó dos tiros en la cabeza, caí al suelo delante de mi hijo, gritos y horror de todos los que estaban alrededor. Casi en un segundo, él se esfumó y nunca volvió.  

Cuando terminé de escribir el diario que había comenzado mi madre, cogí una pistola y salí en busca del verdadero traidor…

Texto: ©Nora Vázquez Martínez, 2018.

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