Relato: EL CERRAJERO DE BROOKLYN por Héctor D. Vico

 

El cerrajero de Brooklyn

 

Sobre la calle Hickst, en equina con Orange St., existe un modesto local dentro del cual, entre candados, cerraduras y llaves, un anciano de espalda corva y manos temblorosas, desarrolla el silente oficio de cerrajero que alguna vez aprendió en la cárcel.

El negocio, conocido en toda la ciudad, se destaca por dos atributos que le dan esa notoriedad: está muy próximo al célebre Puente de Brooklyn, y además el viejo cuenta, en calidad de aprendiz, con la compañía de Helen, una muy bella joven que engalana la cerrajería. No obstante, lo mencionado, la nutrida concurrencia que a diario entra y sale del lugar, responde a razones que nada tienen que ver con el turismo o con la retahíla de jóvenes que tratan de enamorar a la muchacha.

El veterano cerrajero, de andar pausado y ojos vencidos, posee, además de la habilidad de solucionar los problemas domésticos que originan las llaves con caries y las tercas cerraduras sin lubricar, la sabiduría de los reclusos que purgaron condenas prolongadas, soportando los sinsabores de la vida carcelaria, en una celda de dos por dos. Fue en ese infierno, llamado Rikers Island, en donde su astucia le salvó la vida y su atenta mirada le permitió conocer, en todos sus matices, los aberrantes grados de bajeza que puede alcanzar la naturaleza humana. Un disparo irreflexivo y veinte años a la sombra, lo volvieron sabio, cauteloso y respetable.

Por esa razón, desde los bajos fondos, llegan personajes de toda laya cuando se las ven con situaciones en la que no pueden aplicar sus habituales métodos violentos, sino que requieren un toque especial, una fina estrategia o ardid que los saque de algún atolladero. Si algo no se puede resolver con los puños, la persona idónea para encontrar la solución y ponerle un cerrojo a un mal trance, es Adam Walker, el cerrajero de Brooklyn.

Está acostumbrado a recibir la visita de todos los truhanes pertenecientes a las cinco familias de la mafia de Nueva York. La mayoría de los lugartenientes de los Don, acuden al taller de Walker, cuando resolver un entuerto a escondidas de los viejos, significa no acabar flotando en el Hudson. Esto es lo habitual, pero la vida está coloreada con matices, y a veces, sucede lo impensado.

En el otoño de 1980, en una fresca mañana de septiembre, cuando el agudo tintinear de la campanilla de la puerta, le hizo levantar la vista, el cansado Walker, se encontró con una señora ricamente vestida, que traía sujeto de una correa, a un odioso cachorro Foxterrier, que lucía ropas mejores que las que él acostumbraba a usar. La recién llegada tenía el aspecto de esas damas que no aceptan un no por respuesta, y no escatiman esfuerzos ni recursos, para salirse con la suya. Eso lo apreció el viejo con la primera mirada que le echó, poco antes que un exquisito y persistente perfume Chanel Nº. 5, le diera de lleno en el rostro como un cross de derecha lanzado por Mohamed Alí.

En un tono aristocrático, la señora se presentó:

—Disculpe, soy Margaret Vandervilt y busco al sr. Adam Walker, ¿podría hablar con él?

—Mucho gusto señora, yo soy Adam Walker. ¿En qué puedo servirla?

—¡Gracias a Dios que lo encuentro!, dijo con alivio, para luego agregar — Necesito hacerle una consulta.

—Antes de continuar— replicó Walker, con poco tacto—, ¿Cómo fue que llegó a mi ferretería?

—Lo siento —expresó a modo de disculpa—, perdone mi torpeza. Me lo recomendó un amigo, Ricky Scaglia, me dijo que usted entendería.

Walker, al escuchar el célebre nombre de uno de los capos mafia de la ciudad, se relajó y con mucha amabilidad invitó a la Sra. Vandervilt, a pasar a la pequeña sala, ubicada en el fondo de la tienda, que hacía las veces de reservado, para estos negocios… especiales.

Una vez acomodados, Adam levantó el teléfono y le pidió a Helen, un té para la dama y un café para él. Cuando la joven ingresó con el pedido, su notoria belleza, imposible de ignorar, impacto a la visitante. Terminado el protocolo, ya sin rodeos, Walker preguntó:

—Cuál es la situación que requiere de mis servicios?

La mujer, sentada con la espalda recta y jugando nerviosamente con la correa del perro, se removió en su asiento, y casi con vergüenza, balbuceó:

—Es un tema… algo, tenso con mi esposo —aclaró. En verdad me resulta embarazoso contarlo, pero llegamos a un punto en que necesito la intervención de alguien experto en estas cuestiones.

Esto último lo dijo de corrido y hablando muy rápido, casi como ensayado.

—Comprendo que le cueste sincerarse con un extraño, pero trate, por favor, de ser un poco más clara. Usted, creo que ya lo sabe, desde este momento cuenta con toda mi discreción.

—Disculpe, no estoy siendo reticente, pero sucede que desde hace meses estoy atravesando un problema marital, y el obtuso de mi marido se niega a llegar a un acuerdo.

—¿Estamos hablando de dinero?

—Sí, no hubiera recurrido a usted si se tratara de otra cosa —fue la tajante, lógica y terrenal respuesta de la dama.

—Bien, vayamos al punto.

—Mi esposo tiene una querida.

—¿Entonces?

—El muy necio no quiere darme el divorcio porque le saldría muy caro, además me pasa poco dinero, y usted comprenderá que no estoy acostumbrada a pasar necesidades.

—Lo he notado —respondió casi al borde del sarcasmo, el paciente y sabio cerrajero—, créame, lo he notado.

—Bien, resulta que tenemos una caja de seguridad en el banco Chase, pero él no se desprende de la llave, la lleva siempre consigo.

—Déjeme adivinar. ¿Usted necesita hacerse con esa llave para forzar a su esposo a aceptar el divorcio?

—Exactamente eso. Me entendió perfectamente.

—Ahora bien, ¿está sugiriendo un robo en su domicilio?

—¡No!, de ninguna manera. Ocurre que Ricky me habló de sus métodos sutiles y discretos. Por eso estoy aquí.

El viejo hizo silencio, descargó su espalda en el respaldo de su butaca, mientras sopesaba la conveniencia o no de involucrarse en lo que en definitiva era un problema matrimonial. Evaluando a su potencial cliente, decidió que podría obtener una buena cantidad de dinero de ese enredo de alcoba, y entonces, ya resuelto, dijo:

—Para poder saber cómo procede, es necesario que me cuente detalles de los movimientos de su marido.

—Él es bastante rutinario. De 9 a 5 está en su oficina en Rockefeller Center, pero luego es habitué de la taberna de Pete, en el 129 Este, de la calle 18, en Manhattan. Allí se encuentra con sus amigotes y llega a cualquier hora.

—¿Qué más me puede comentar de la llave de la caja de seguridad?

—Ya le dije, la tiene siempre en su poder, junto a las llaves del automóvil, en el mismo llavero.

—De acuerdo. Voy a necesitar dos cosas. El nombre y una fotografía de su esposo.

—Es Frank Luchessi.

—¿El Frank Luchessi que yo imagino? —Walker, veladamente aludía a uno de los más peligrosos miembros de la violenta familia Luchessi. Comprendiendo esto, mentalmente, y de inmediato, incrementó sus honorarios.

—El mismo.

—Teniendo en cuenta el “calibre” de la tarea, entenderá que la retribución por la tarea, por así decirlo, será elevada.

—Tenga en claro lo siguiente —respondió la Sra.—con un dejo de disgusto—. Si usted consigue la llave, el precio no será problema, y además contará con mi eterna gratitud, ¿me explico?

—Perfectamente, señora Margaret, perfectamente —replicó Walker, interiormente muy satisfecho.

—¿Entonces toma el encargo?

—Desde luego, más viniendo de parte de una recomendada de Ricky. Si todo sale bien, en una semana tendrá noticias mías. ¿Puedo contactarla por medio del Sr. Scaglia? ¿Le parece?

—Sí, por medio de Ricky es más seguro. Le debo confesar algo. Usted es tal y como lo describió nuestro común amigo. Discreto y prudente. Justo lo que estaba buscando. Fue un gusto. Quedo a la espera de sus noticias. Espero que sean buenas.

Adam la acompañó hasta la puerta, feliz del encargo y por haberse sacado de encima al molesto foxterrier. Cuando la Vandervilt, traspuso la puerta, dirigiéndose a su ayudante, dijo:

—Helen, búscate un vestido bien elegante y sexi, que tenga botones en el frente.

—¿Por qué, Adam?

—Tenemos trabajo —dicho lo cual, se sentó para seguir componiendo una desvencijada y testaruda cerradura.

**********

La Taberna de Pete, famosa en Nueva York, y el viejo Walker lo sabía muy bien, tiene, como la gran mayoría de los grandes éxitos, un pasado oscuro. Fue fundada en el año 1864 y aún conserva en su estructura edilicia rastros de aquella época.

Su notoriedad llegó en los años de la “Ley seca” que, disfrazada de florería, permitía a políticos, hombres de negocios y gánsteres —los mal pensados dirán que esta enumeración es en sí misma, redundante—, que poseían la contraseña, ingresar por una puerta lateral para disfrutar de tragos y hacer sus componendas.

Luego de abolida la prohibición del alcohol, los carteles y decorados de la florería fueron desechados, y desde entonces es una concurrida taberna que integra el circuito turístico de la ciudad.

En ella, todas las tardes, Frank Luchessi, se atiborra de licor y flirtea con cuanta señorita se le cruza por la animada barra del establecimiento. Acostumbrado a los excesos, bebe Gin tónic, Cosmopolitan o el trago de la casa, compuesto de vodka, cerveza de jengibre, angostura, jugo de lima y menta fresca.

Cuando Helen, enfundada en un estrecho vestido rojo que realzaba su figura y resaltaba sus abundantes y naturales atributos, hizo su ingreso al local, no pasó inadvertida. Se podría decir que el siempre presente y altisonante murmullo de los parroquianos se atenuó con su aparición; tal era la belleza de la joven.

Su atuendo fue cuidadosamente planificado. Adam sabía que su mejor manera de abordar al díscolo Luchessi, era a través de ese prodigio de mujer, mezcla de asistente, arma secreta y As en la manga. Solamente le había dado una instrucción, y fue la siguiente:

—El vestido deberá ser estrecho, rojo, y esto es fundamental, desbrocha el botón que marca el inicio del escote. Llévate además esta masilla para copiar la llave.

—¿Cómo lo voy a hacer, Adam, si siempre las lleva consigo?

—No te preocupes, tendrás tu oportunidad.

Así las cosas, la joven avanzó por la taberna con paso lento y sensual. No pasó demasiado tiempo para que Frank, esgrimiendo una tonta excusa, y con un Cosmopolitan en cada mano dijera:

—Disculpa, soy Frank Luchessi y creo que nos conocemos. Te ofrezco este trago de bienvenida. Tengo una mesa, siempre reservada a mi nombre, ¿me acompañas?

La joven se mostró algo turbada y titubeante, pero accedió, tal como lo habían convenido con Adam. El gánster, a pesar de sus esfuerzos por darse una pátina de pulcritud y refinamiento, ubicando sus aparentes negocios legales en el Rockefeller Center, no dejaba de ser verborrágico, ampuloso y vulgar. Hablaba y bebía con fruición y no apartaba la vista de ese botón desbrochado que lucía como una promesa.

Sujetos como él, vanidosos y pedantes, caen siempre en el pecado de hablar de sí mismos, y a pesar del desprecio que Helen, sentía por ese tipo de individuos, supo sobrellevar la situación con estoicismo.

Las rondas de Cosmopolitan se sucedían. Frank, hablaba sin parar de sus logros, y haciendo alarde de su dinero, puso sobre la mesa las llaves de su Lincoln Continental. Describió con todo detalle, sus lujos y bondades, destacando al pasar, que su interior espacioso, era muy confortable y que además, estaba blindado.

—Tú sabes, dijo, las personas como yo deben cuidarse, y para rematarla guiñó un ojo, mientras escrutaba el primer botón.

Helen simplemente sonrió, haciendo esfuerzos por permanecer junto a ese imbécil, aguardando la oportunidad que, según Alan, surgiría en cualquier momento.

Extrañamente, eso fue exactamente lo que ocurrió. De improviso, Luchessi, mirando fijamente a Helen, comentó:

—Aguárdame un momento. Debo ir al sanitario. No te vayas, que todavía no amanece, y volvió a cerrar un ojo mientras hacía una sonrisa sugerente.

—Vete tranquilo, aquí estaré, respondió la hermosa joven, redoblando la apuesta.

Frank, dejó sus llaves a merced de ella y desapareció por los fondos de la taberna.

Cuando estuvo segura que el truhan tardaría unos minutos, con movimientos expertos, hundió la llave de la caja de seguridad, fácilmente identificable, en la masilla que le diera Alan, para luego esfumarse del local de Pete.

Al regresar, Frank Luchessi, quedó decepcionado e intrigado, pero nunca supuso lo que en verdad había ocurrido.

**********

Una semana después de lo acontecido, luciendo muy buen humor que, por alguna extraña eventualidad también le había transmitido a su cachorro de foxterrier, hacía su entrada en la cerrajería la Sra. Margaret Vandervilt de Luchessi.

Adam Walker fue a su encuentro, y ella con su mejor sonrisa y grandilocuentes ademanes, dijo:

—Me comentó Ricky, que tiene noticias para mí.

—Es verdad. ¿Me acompaña?

Fueron a la oficina privada. Helen trajo dos cafés, y mientras lo bebían, sacando un lujoso estuche, el cerrajero de Brooklyn, mirándola a los ojos, le dijo:

—¿Creo que esto le pertenece?

Ella lo tomó con ambas manos, y abrió el pequeño objeto. En su interior estaba, reluciente, la preciada llave que facilitaría su divorcio o su desgracia. Adam, aún lo estaba meditando.

—Esto es fantástico. ¿Cómo lo hizo?

El viejo Walker, permaneció en silencio unos instantes, y al final respondió:

—No debería decirle como lo hice, eso forma parte de mi secreto profesional, solamente agregaré lo siguiente: Nunca subestime el poder de lo sutil. La belleza y el alcohol, son poderosos, pero si a ese conjunto lo aderezamos con un botón desabrochado como al descuido, entonces, es posible obrar milagros. Mucho más que luciendo un escote lujurioso.

La mujer guardó silencio. Se puso de pie, al tiempo que entregaba un abultado sobre con dinero.

Se retiró sin saludar, apretando en un puño la anhelada llave. Solamente la providencia sabía a qué destino la conduciría, y peor aún, cuál sería el desenlace.

 

©Relato: Héctor D. Vico

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