Quinquis en los tiempos del COVID por Txema Arinas

Ya se siente, pero desde que con lo del toque de queda cierran los bares a las ocho, resulta mucho más fácil dar el palo justo unos minutos antes de que echen el cierre. Lo es porque dar el palo de día también tiene sus ventajas. Como vamos con la mascarilla ya no damos tanto el cante por la calle como cuando nos teníamos que poner las capuchas para que no nos reconociera nadie. Vamos, que podemos salir con el botín a toda pastilla, recorrer varias calles al trote hasta perder de vista al que nos siga, si es que hay alguno que se atreve a seguir a dos quinquis con pipa, y confundirnos luego en medio del gentío enmascarillado de la Gran Vía. Eso sí, hay que elegir locales del centro lo suficientemente alejados de la Gran Vía como para que haya margen para la carrera, pero tampoco tan lejos como para que le dé tiempo a la bofia a echarte el guante si, por lo que sea, aparece alguno antes de lo previsto. Locales con una buena terraza, esto es, que a pesar de todas las restricciones a las que está sometida la hostelería, puedas estar seguro de que han hecho una buena caja. Ya sabes, le digo al Pencas, cafeterías y bares de pinchos, sobre todo, donde puedes estar seguro de que las terrazas han estado llenas desde la mañana con los currelas de las oficinas y negocios de los alrededores y que, por mucho coronavirus y muchas hostias que haya, no están dispuestos a renunciar a sus quince minutos o más de cafeto y pincho de tortilla de patatas. Y si luego resulta que el botín no era para echar cohetes, tampoco pasa nada; vuelves a dar el palo unas cuantas calles abajo o arriba de donde lo has dado antes y otra vez a salir escopetado hasta la Gran Vía para perderse de nuevo entre la masa. El Pencas y un servidor podemos dar uno, dos, tres palos en el mismo día. Eso si no nos venimos arriba por habernos metido más de lo que debiéramos y nos da por hacer el doblete. Aunque tampoco hay que forzar mucho la máquina de recaudar y siempre conviene descansar varios días hasta que se olviden de nosotros.

-Eso o hasta que os pille la policía como el otro día.

-Esa fue una cagada como la copa del  un pino del puto Pencas.

-Ya, pero a tu primo lo han enchironado y a ti no.

-Él se lo buscó.

– ¿Cómo puedes ser tan duro? Menudo colega estás hecho.

-No me sermonees, por favor. Fue el que metió la pata, yo no.

-El Pencas es un crío a tu lado. De hecho, se comporta siempre como un crío. Era tu responsabilidad cuidar que…

– ¿Qué no hiciera el idiota mientras estábamos dando un palo? Mira que se lo había dicho mil veces: cuando estemos de faena limítate a hacer lo que yo te diga, no improvises. Y, sobre todo, déjate tus bromas en casa.

-Porque al Pencas le encanta hacer el tonto…

-Ya lo creo. Pero, como yo soy como soy, que ya me conoces, no le pasaba ni una. Eso y que todo lo que tiene de payaso lo tiene de impresionable. Así que más o menos lo tenía controlado con el cuento de que lo que nos jugábamos no era solo acabar en la trena, sino también que algún cipayo de la escuela de Harry el Sucio nos pegara cuatro tiros a la salida de uno de los baretos donde estábamos dando el palo.

-Pues ir a atracar un bareto puestos hasta arriba de todo, no sé yo si…

-Al contrario, al contrario. No solamente era la manera más rápida y eficaz de inyectarnos ánimos para no titubear a la hora de entrar en un garito con un hierro en la mano, sino también para centrarse en lo que teníamos entre manos sin empezar a hacer el payaso.

-No sí ya sé que vosotros sois muy de inyectaros; pero…

– Ni pero ni hostias. Hasta ese día nos había ido de cine. Entrábamos, salíamos y nos escabullíamos entre la gente sin necesitad siquiera de dirigirnos la palabra, todo programado al milímetro como si fuéramos unos putos robots de las pelis.

-Entonces qué paso ese día. ¿El Pencas no iba lo suficientemente puesto?

-Sería, yo qué hostias sé, con mi primo cualquier cosa, porque fue entrar en aquel bareto de pinchos de Ledesma y empezar a hacer el chorra cuando teníamos encañonados al dueño y a uno de los camareros.

– ¿Cómo?

-Yo gritando al jefe que pusiera la recaudación del día en la cartera de mano que luego, antes de salir a la calle, me metía detrás del pantalón y por debajo de la camisa, y, de repente, que miro hacia mi primo y le veo cogiendo un pincho de los de la barra.

-No me jodas.

-Le pregunto a ver qué hostias estaba haciendo, y a qué no sabes lo que me contesta.

-…

-Que a ver si recordaba por qué le llaman el Pencas.

-…

-Pues que por lo mucho que le gustan las pencas rellenas con jamón y queso Idiazabal rebozadas que le preparaba su vieja de pequeño. Y que como acababa de ver un pincho de pencas como las que hacía su vieja no se había podido aguantar.

-Anda, no me jodas.

-Lo que te estoy contando. Así que me encabrono, le apunto con mi hierro y le pego un grito que hace que los de detrás de la barra se echen la mano a la cabeza convencidos de que lo siguiente va a ser una balacera en toda regla: “¡Suelta ese punto pincho y estate a lo que tienes que estar!”

– ¿Y?

-Ni puto caso el muy cabrón. “¡Ya voy, ya voy!”  Me dice mientras veo cómo se lo zampa de dos bocados. “¿Ves? Ya está, tampoco era para tanto. Riquísimo.”

-Tenías que haberle pegado un tiro ahí mismo.

-Ya te digo. Pero se nos echaba el tiempo encima. Así que recojo la cartera que me alarga el dueño con la recaudación y salgo disparado hacia la calle. Ni miro si me sigue el Pencas por detrás. Pero sí, justo al torcer para meterme por la Avenida Mazarredo oigo una voz que me da el alto, miro hacia atrás y veo a dos munipas que se bajan de su coche patrulla para dirigirse hacia donde está el Pencas a un par de metros a mis espaldas. “¡Corre, hijoputa, corre!”

– ¿Y?

-Y que cuando por fin llegamos a la carrera hasta la Gran Vía y paro para confundirme entre la multitud que en ese momento la inunda, miro hacia atrás y veo que la gente se aparta cuando el Pencas pasa a su lado como si tuviera la peste o yo qué sé.

– ¿Y los munipas?

-Pues que, como la gente le hace el vacío en medio de la calle, los munipas lo tienen más fácil que nunca para alcanzar a mi primo y echarse encima de él al grito de “¿POR QUÉ SALE CORRIENDO CUANDO LE HEMOS DADO EL ALTO AL VERLO SIN LA MASCARILLA PUESTA?

– ¿No me jodas?

-Ya te digo, colega. Resulta que se la había bajado dentro del bar para comerse el pincho de penca rellena y luego se le había olvidado ponérsela al salir a la calle.

– ¿Y por esa mierda lo enchironan?

-Bueno, resulta que luego, al mirar sus antecedentes, el Pencas tenía más de un asuntillo pendiente con la ley. Te recuerdo que mi primo siempre ha sido un puto descerebrado y lo de saltarse la condicional nunca le ha importado demasiado.

-Por lo menos el botín lo llevabas tú.

-Bah, puta calderilla. Se ve que, aunque llenen la barra de pinchos, la peña se resiste a entrar dentro para escoger uno o varios. Y en la terraza, entre que hay pocas mesas y la gente se tira todo el tiempo que puede para aprovechar la suya al máximo, pues ya no es lo mismo, no se consumen tantos pinchos.

-Puta pandemia, nos va a arruinar a todos.

-Ya te digo.

©Relato: Txema Arinas, 2021.

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