Acabo de jubilarme y he fijado mi residencia en un pueblo de la sierra. Ahora ya podré dedicarme a algo que siempre me atrajo pero que nunca, por mi trabajo, pude llevar a cabo. Voy a poner en marcha un huerto para cultivar aquellos productos que nunca conseguí encontrar en el mercado como los que gocé en mi niñez. Simplemente tomates, pimientos y cebollas para hacer el mejor gazpacho.

            Con mucho tiempo libre y ansioso de cubrirlo con actividades variadas, enseguida me integro en la comunidad Tertulias, juegos y paseos de mañana. La rutina diaria empezaba con un largo paseo en el parque. Esta cerca de la Iglesia y por una parte esta rodeado por el cauce de un arroyo, normalmente seco, y de otra por un paseo arbolado en el que cada semana se monta el mercadillo con la serie de puestos tradicionales: lencería, vestidos indi, camisas de caballero, alpargatas y calzado «Made in Spain» y, al fondo del todo, los de frutas y verduras.

            En una esquina del parque habían instalado una serie de aparatos destinados a la «tercera edad» para hacer ejercicio. Ya sabéis a los que me refiero: ruedas enormes para los hombros, pedales para las rodillas, el simulador de pasos para caderas, en definitiva para todas las articulaciones que con el paso de los años se acaban resintiendo, las maquinas se engrasan pero los huesos……

            Sentado en un incomodo banco, repasaba las noticias de la prensa y seguía con todo detalle las referentes a sucesos similares a los que habían ocupado mi tiempo de actividad profesional. Ocupaba los primeros titulares de todos los medios de comunicación la muerte de un indigente, brutalmente apaleado, que había sido encontrado cerca de unos contenedores de basura en los que, se suponía, había estado buscando algún elemento que incorporar a su colección. No había sucedido nunca algo semejante y todo el pueblo estaba estremecido. Aparecía frecuentemente por el entorno del parque empujando un carrito de supermercado con todas sus pertenencias y adornado con una multitud de peluches medio rotos, banderines, y toda suerte de juguetes infantiles.

                En mas de una ocasión había presenciado los intentos de un par de jóvenes trabajadoras de Acción Social, con sus chalecos amarillos, de convencerle para que acudiera al Centro, que pudiera asearse e incluso que le hicieran una revisión médica para solucionar, en lo posible, la persistente tos que le acompañaba. De donde sacaba el dinero para comprar tabaco era un misterio, pero era habitual verle sentado en un banco fumando un cigarrillo.

            Las crónicas periodísticas barajaban dos hipótesis. Una discusión entre indigentes por la disputa de algo que termina en una reyerta con resultados terribles o una agresión por parte de algún radical. Se habían producido en alguna ocasión agresiones a personas, las denominadas “sin techo”, por parte de grupos ultras.

                Cuando llegaba con el periódico bajo el brazo, el pan todavía caliente al que ya le había dado un par de mordiscos, a sentarme en el banco me encontraba con una chica que, sin duda, venia de correr utilizando alguno de los aparatos. Le calculo unos veinticinco. La vestimenta tradicional de la malla ajustada, la camiseta sin mangas y calzada con unas zapatillas, estrepitosas, de color fluorescente, eso sí, todo de marcas que aparecen en las camisetas de los equipos de fútbol.  En su cuerpo perfectamente modelado, se evidenciaba que además de correr por las mañanas había muchas horas de gimnasio. Los estiramientos de los brazos por encima de su cabeza o con las manos entrelazadas por detrás de su cintura resaltaban sus senos que pelean por salir del escote o si eran las piernas las nalgas eran las que tenían mayor protagonismo.

            Las primeras palabras fueron los “Buenos días” y el “Adiós”, enseguida pasaron a comentarios sobre el tiempo, “Que calor” o “Vaya tormenta la de anoche”.  Finalmente era corriente que se sentara a mi lado y mientras se arreglaba el pelo, largo y negro, que sujetaba en la parte superior de su cabeza con una gran horquilla y tomaba unos sorbos de la botella de bebida isotónica, me preguntara por las ultimas noticias.

— ¿Qué dicen del asesinato? – Me preguntó.

— Nada nuevo. Le contesto

— Es un feo asunto. La verdad es que estamos un poco perdidos. Soy Guardia Civil y estamos colaborando con la policía que lleva el caso.

— ¿Habéis conectado con los de Acción Social? Los he visto hablar en varias ocasiones con la victima. Os puede dar alguna pista.

Me mira fijamente a los ojos y dice.

— Es una magnifica idea. ¿Como se te ha ocurrido?

— Soy Detective Privado, ya jubilado, pero siempre se trata de conseguir la mayor información posible sobre la victima y su entorno.

         Me he puesto a ordenar todos los expedientes de los casos en los que trabaje durante mi carrera. La mayoría correspondían a labores de seguimiento y vigilancia de personas para conseguir pruebas que permiten fundamentar los informes que sirven de prueba en procesos judiciales, tanto matrimoniales como laborales o fraudes a las compañías de seguros. Otro grupo importante, este con una enorme carga emocional, era el de búsqueda de personas que desaparecen o que buscan desesperadamente a sus progenitores o a sus hijos «robados».

           Abro la caja donde guardé los instrumentos que usábamos en el despacho: la grabadora, la cámara de vídeo y la maquina de fotos y en el fondo, envuelta en una gamuza, el revolver con su funda y un par de cajas de balas. Nunca en todos los años tuve necesidad de utilizarlo, pero parece una herramienta tan necesaria en nuestra profesión como puede ser el bisturí para un cirujano. Tenia que renovar el permiso para lo que era necesario llevar el arma y munición a la Guardia Civil.

— Vengo a renovar un permiso de armas. — Le indique al agente de la entrada.

— Espere un momento que pregunte a la sargento si puede atenderle.

          Descuelga el teléfono y le contestan. Me mira y me señala la puerta del fondo. Llamo y paso al despacho. Dos mesas, una ocupada por la sargento que resulta ser la chica del parque, perfectamente maquillada y vestida con el verde uniforme tradicional del cuerpo, y la otra por otro agente con gafas en la punta de la nariz concentrado en la pantalla del ordenador, grueso y de edad cercana a la mía.

— ¿Cómo por aquí? ¿En qué puedo ayudarte? – Dice levantándose y extendiendo su mano sobre la mesa.

— Vengo a renovar el permiso de esta arma. Te veo muy ocupada, no tengo prisa. – Abro la caja y le muestro el revolver y las balas.

— Estamos con el informe sobre el indigente que apareció muerto. Por cierto, ¿podrías acompañarme al Centro Social para identificar a las chicas que viste en el parque?

Nos acercamos al Centro Social y la responsable inmediatamente las identifica.

— Las pobres están conmocionadas. Era casi un reto personal el convencerle para que aceptara nuestra asistencia.  Hora mismo vienen.

 Se les solicita su identificación personal y se les informa de que su testimonio se incorporará al informe sobre el suceso de la muerte del indigente.

            Comentan que se reunieron con el en varias ocasiones, que parecía un hombre educado, no quiso hacer ningún comentario sobre su pasado y que nos daba las gracias por la oferta, pero su argumento final era: “Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”

       Han pasado los días, el verano ya se esta terminando y el pueblo se prepara para las fiestas. Ya esta instalado el escenario en la Plaza del Ayuntamiento y anunciados los conciertos para los tres días. Los feriantes han cubierto los laterales del parque con sus atracciones, carruseles, coches de choque, una noria para niños y la inevitable tómbola con la “muñeca chochona” como atractivo principal.

        Las pandillas se adueñan de las noches con sus camisetas impresas y cargados con las botellas de cola y alcohol para los “botellones”.  Juraría que he visto a cuatro chavales con camisetas negras y en pecho, en rojo, un círculo con una A.

Texto: © Guillermo Méndez González, 2019.

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