BRIGADA DE ÉLITE

Perfecto Motril, el sempiterno aspirante a inspector, estaba llegando al límite de lo que es capaz de soportar un ser humano. Rayando en la ofuscación, pensaba que, debido a su arriesgada y aventurera profesión, ya lo había visto todo. Pero no. Se prometió a sí mismo que nadie sería capaz de arruinarle ese día grandioso. Se estaba acicalando con sus mejores galas, cuando un presuroso soldado raso le avisó de una emergencia en la calle Fuencarral.

Un chivatazo de Ángel “el muelas” le aseguró, hacía varios días, haber visto movimientos extraños en el Club La Misión de la calle Fuencarral número diecisiete. En ese lugar, que conocía de sobra el Inspector Motril  por ser su amante una de las componentes del citado club, se estaban produciendo ciertos movimientos cuanto menos, irregulares. De momento, Ángel el muelas se estaba portando. Le estaba transmitiendo como un partido de fútbol al minuto, las idas y venidas de su novia. Le pagaba con religiosidad si la noticia adquiría tal consideración y/o relevancia. Si no, pues nada. Bueno, para ser justos, algo siempre caía: que si un paquete de tabaco, que si una botellita de algo…Perfecto Motril sabía ser generoso si la cosa merecía la pena. Le transmitió el muelas en voz baja, que las damiselas se hacían llamar entre ellas bromeando, la “Brigada de élite” por su conocida posición desahogada en la escala social.

Mientras se colocaba un pin en el pecho regalo de Fuencisla de la Fuente y Serena, su amante secreta a voces, no dejaba de sonreír a pesar de que por dentro, la indignación le cortaba la respiración. Ése, entre otros, era el efecto que le producía cada vez que pensaba en ella. Tal cúmulo de  contravenciones, no podían resultar buenas para su precaria salud. Entre los meneos de su ardorosa y furtiva  relación, y las carreras alocadas persiguiendo delincuentes, no le restaba mucho sosiego, la verdad.

Después de rociarse de cabeza a pies con colonia barata, pero cantosa, apretó el timbre del Club La Misión por tercera vez. Sonaba la música de “Campanilleros en la madrugá”  a golpe de campana, muy propio por cierto. Al tercer concierto de campanilleros, se dio por vencido. A su lado, en apenas un minuto, se presentó Ángel el muelas rozándolo en el hombro. “No se moleste en llamar, salieron todas emperifolladas hace un rato, agente”, le dijo medio en susurros su espía en propiedad. Con una mirada fulminante, acompañada de una voz atronadora, le respondió Perfecto Motril:

-Soy cabo aspirante a sargento, listillo.

-Perdone usté; pues hace falta tener buena vista pa ver los galones…

Corrían tiempos convulsos. Cuando Perfecto Motril se alistó en el ejército, el reenganche le supuso avanzar un pasito más. Un cuarto de  galón y mucha hambre le costó. Rogando caridad y recibiendo ultrajes a cambio. Pero todo se quedó en nada, cuando se sintió cómodo realizando la meritoria misión que se le había impuesto. Los problemas surgieron cuando Claudio Bonilla Trapero quiso optar  al puesto de sargento como él.  En consecuencia, ya eran dos aspirantes para la misma plaza.

El cabo Bonilla Trapero,  antiguamente hombre del campo y de profesión civil capador de cerdos, seguía practicando puntería en el patio de armas lanzando puñales a una diana de corcho. De espaldas más anchas que su propia total envergadura, parecía sentirse orgulloso de su antigua miseria. Para lucir más si cabe su bestialidad, se hurgaba los dientes sin ningún reparo con la propia daga que lanzaba, propiciando que su rival, si le estaba observando, se lo pensase un tanto antes de lanzar su siguiente amenaza. Tenía por costumbre repetir ante quien fuera, como una especie de mantra: “Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”…Probablemente, debido a  su pasado miserable.

Era público y notorio, que ambos aspirantes a cabo andaban enemistados y no solamente por el puesto. También por doña Fuencisla de la Fuente y Serena, dama infelizmente casada con don Felipe Écija Molón, conde venido a menos por circunstancias naturales. “Por gastos corrientes y reales”, decía su señora esposa muy digna levantando la nariz al techo, cuando le preguntaba el Interventor de Cuentas de la Real Casa de Moneda y Timbre, una vez al año. Ese día, pactado con la debida  antelación, el servicio de la casa de doña Fuencisla se encargaba de poner la plata y los demás objetos de valor a buen recaudo. Llevadas a cabo las medidas oportunas, podía permanecer tranquila para todo el año.

Todo se torció de forma radical, cuando Fuencisla de la Fuente y sus amigas de alta alcurnia, aburridas de la monótona vida que llevaban, decidieron una tarde, tomando absenta en el salón de la familia Écija, hacer el bien sin mirar con quién. Para ello, con sus gargantas cargadas de anisete, para suavizar  la absenta, urdieron un plan que se les antojaba infalible por necesidad. Elaboraron un documento privado y fuera de toda duda, en presencia de Lola, la criada, quien firmó estampando una cruz. Fuencisla de la Fuente y Serena; Eusebia Ruiz Tagle, marquesa de Romanos; Clarisa Vélez de Prusia y Carmen Écija Molón, cuñada de Fuencisla, fueron las abajo firmantes. Al finalizar, estaban tan contentas que, para celebrarlo, tomaron un poco más de champán. Y luego otro poco. Acabaron la tarde llorando todas juntas, incluida Lola, la criada, quien se unió al grupo de plañideras lamentando su desdichada vida.  Llorar juntas las unió aún más si cabe.

El plan que habían plasmado en el documento era cargarse a algún marido que estorbase mucho; o mejor, que no molestase nada, que fuera como un mueble. “¡Yo, yo!” dijo la marquesa de Romanos, aplaudiendo como una chiquilla. Fuencisla de la Fuente, intentando calmar las súbitas muestras de entusiasmo, les dijo, sesudamente, que llevar a cabo tal ardid implicaba una buena planificación y que como ella tenía contactos, remarcando la palabra contactos, reforzándola con un aleteo de pestañas, “hay que atar cabos y no dejar suelto ni uno, ni medio”; concluyó, dando por zanjada su perorata.

Naturalmente, a Fuencisla de la Fuente le faltó tiempo para ir con el cuento a su amado Perfecto Motril,  casi sargento en ciernes. En la cama del hotel Miraflor, disto a unos cuantos kilómetros al sur lejos de miradas indiscretas, se encontraban Fuencisla y Perfecto dando rienda suelta a su desbocado amor. A Perfecto no le extrañó la exagerada voluptuosidad de su amada, pues ella era siempre así; un auténtico torbellino. Pero esa tarde, se mostraba cariñosa en demasía. Se lo explicó todo Perfecto, cuando le insinuó su acuerdo subversivo con sus compinches y socias. “¡De ninguna de las maneras!”, le gritó al primigenio exordio. Con un par de íntimas refriegas más, Fuencisla consiguió hasta un plano para escapar si, hipotéticamente, se les ocurría hacer alguna barrabasada. Así fue como nació oficialmente el Club La Misión, hacía ya dos meses.

 Rojo de ira, se encaminaba hacia la ridícula sede de su amada para evitar que se cometiese una auténtica masacre.  El cartel no podía ser más expresivo: Club La Misión en letras doradas. Al llamar al timbre, sonó como a lo lejos un tintineo de campanitas sonando “Campanilleros en la madrugá”. “Vaya ridiculez de timbre”, pensó para sí.  Esta vez sí que le abrieron la puerta. En medio de lo que parecía ser un recibidor, había una gran caja de madera rodeada por las componentes del club con la tez muy pálida y los ojos llorosos.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Perfecto muy profesional, sacando pecho-.

Entre carraspeos nerviosos y tartamudeos, el cabo Motril  no lograba entender nada. Fuencisla, con la autoridad propia que concedía  el derecho de uso y disfrute del cabo, tomó el uso de la palabra.  Explicó, a grandes rasgos, que su teoría del crimen no había arrojado los resultados que esperaban. En principio, las señoras habían pensado que, dado que el objeto social del Club primariamente había sido cargarse  algún desarrapado en pos de entrenarse, no hubo unanimidad  por desacuerdo en cuanto a la identidad y a la candidatura de la víctima potencial. Todos los aspirantes les parecían   igual de válidos. Y era en ese punto crucial, donde se desataban las desavenencias; muchas veces, con  formas un tanto cruentas. Todas querían que sus maridos fuesen los elegidos.

Ante tantos acontecimientos y discusiones, se formó una turba con el resultado de una víctima mortal. “Pero volvamos al principio”, dijo Perfecto, sin comprender todavía el alcance de la tragedia.

Dado que no había manera de ponerse de acuerdo en cuanto a la víctima elegida, las damiselas decidieron echarlo a suertes si no querían acabar matándose entre ellas. Juraron un nuevo pacto sin testigos de cargo, más rudimentario por falta de tiempo, y decidieron cargarse al primero que pasara, por lo del entrenamiento, ya se sabe. Y así lo hicieron tras alcanzar el acuerdo unánime. Estaban satisfechas con el resultado, pero ahora se enfrentaban con otro problema: no tenían nada claro, cómo deshacerse del corpus delicti sin dejar rastro. En ese punto muerto se encontraban.

Echándose las manos a la cabeza, Perfecto Motril se asomó a la caja de madera barata, y vio que dentro estaba medio colocado su oponente, Claudio Bonilla.  Les preguntó cómo demonios había ido a parar aquel hombre allí y le respondieron, casi al unísono, que había sido el único hombre que había llamado al timbre esa tarde. Perfecto  lanzó un sonoro resoplido, agradeciendo a los astros no haber sido él pues de lo contrario, estaría ocupando ahora la caja de madera.  Por su parte, el supervisor que se suponía le prestaba sus servicios de vigilancia, se había accidentado esa misma tarde retirándose de la sacra labor de observación, aquejado de una torcedura de tobillo con muy mala pinta. “Así, no hay manera de perseguir a nadie, jefe”  le dijo el muelas, con voz quejumbrosa por teléfono.

Perfecto Motril echó a las damiselas del Club con un “déjenme pensar” frotándose las sienes. A empujoncitos suaves, con delicadeza, las acompañó a la entrada con rostro pétreo y preocupado.

Ahora, le tocaba limpiar la escena del crimen,  pero él solo no podía. Necesitaba ayuda urgente. Para tal fin, le urgía la colaboración de su lacayo por muy cojo que estuviera. Mientras se encaminaba hacia el chamizo de Ángel, el paseíllo  le permitía pensar con un atisbo de claridad. Una maquiavélica sonrisa, adornaba su cara durante el corto traslado. ¡Qué buena suerte había tenido sin buscarla!, pensaba satisfecho de sí mismo. En un pispás, se había topado con un chollo que no esperaba.

Sustrajo Perfecto Motril una camilla del hospital General, mostrando con felonía y perspicacia su carnet del Club de lectores del Tiempo Libre, sirviéndole el gesto para que le prestaran la debida atención, casi haciéndole la ola. Pertrechado con la camilla por toda la calle Fuencarral, se encaminó presto a la búsqueda  y captura de su colega, El muelas. De los pelos, literalmente, se lo trajo acomodándolo en la camilla.

Según la versión del pobre desgraciado, las señoras del Club celebraban no sabía qué cosa, pero como siempre estaban de celebración, no prestó la debida atención a tan frecuentes eventos. En lo que sí se fijó Ángel, es que las señoras del Club prestaban cierta  inusual atención a los indigentes que deambulaban  por el barrio. “Sin duda, algo tramaban, jefe” –le decía con contundencia  desde la camilla, el muelas-.

La sonrisa no se la iba a borrar nadie de la cara a Perfecto Motril, de eso estaba convencido. No podía tener más suerte. Y contaba con ese factor inesperado para terminar de hilar su plan de limpieza. De un solo plumazo, se había quitado de encima a su acérrimo rival, de plaza y de amoríos, con la fortuita y venturosa colaboración de las damiselas del Club La Misión. Confiaba en que las damas del Club mantuvieran el pico cerrado. Puede que acaso fuese mucho pedir, pues no podía cargárselas a todas.

Ya solo le faltaba deshacerse de las pruebas incriminatorias. Por el camino, a Perfecto Motril le había dado tiempo más que de sobra de maquinar la forma…

 

Texto: © Ana María-Ángeles Bayot Carrascosa, 2019.

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