Novelas por entregas, Capítulo 16 por Ignacio Barroso

48 horas dan para mucho y lo sabes.


Una presión extraña creciéndote en la boca del estómago. Nervios. Tentaciones de volver a beber. Ansiedad. Tabaco, mucho tabaco. Las paredes del despacho resultando claustrofóbicamente claustrofóbicas. Necesidad de salir de allí. Respirar aire limpio y fresco. Una visita a Joe. Una bienvenida fría, distante. O´Connor, desaparecido en combate. El mismo taburete de siempre. El mismo ambiente decadente. Tú, bebiendo Coca-Colas como un jodido scout. El antro en el que te encuentras, vacío. Joe, saliendo de su ensimismamiento para mirarte a los ojos y soltarte sin tapujos.
—Dax, olvídalo. No quiero saber nada. Pero déjalo, los tiempos pasan. Nuestra época dorada pasó. Los malos han evolucionado. Nuevas generaciones. Nueva savia. Coge la pasta que te han dado y vete.
Tú, pasando del tema. Una pista. Un puto sabueso olfateando el rastro de una presa. Ciego. Sordo. Centrado en eso. En dejar pasar los días hasta tu cita con Russell. El resto es secundario. El caso de los McGregor te ha hecho despertar de un sueño demasiado largo y vuelves a sentirte vivo. Imparable. Como un yonqui dándose un homenaje de PCP sin pararse a pensar en las consecuencias. A fin de cuentas de algo hay que morir, o eso repites con determinación a modo de mantra para convencerte de que nada va a pasarte.

De regreso a la rutina previa a la resolución de un caso.
Paseas por las zonas cercanas a comisaría. Mente ocupada y manos sudorosas. El motor del coche consumiendo gasolina. La hierba de Fred McGregor a buen recaudo, a la espera de un confite al que untar con ella.
McGregor… Su desnudez ante ti… Su voz quebrada al correr el velo de hombre de negocios al margen de la ley… Su hijo desaparecido… El dolor silenciado… Las plantas de marihuana brillando bajo los focos… Olor a resina flotando en el aire… Tu determinación… Tus visitas al polígono industrial… Día y noche. Trabajo y placer. Extorsión a prostitutas. Vigilancia a proxenetas. Cabezas de turco. Resortes que pulsar para obtener información. Cautela. Interrogatorios dentro del coche con los cristales empañados y fluidos empapando la tapicería. Ampliación de horizontes. Las putas las sigue controlando la gente de siempre. McGregor no está en el ajo. Sus intereses no interfieren en los negocios ajenos y los herederos del imperio de Cohen no tienen nada que ver en toda esta mierda. Un suspiro de alivio al saberlo. Las cosas parecen no estar tan jodidas y con tanta euforia, la teoría del berrinche de un mariposón huyendo de casa ganando peso. Solo conoces la versión de McGregor padre, y ésta no deja de ser parcial. Te aferras a ella. No te queda otra.

O´Connor vuelve a dar señales de vida el día antes de tu encuentro con Russell. Tiene mejor aspecto. Ya no parece un adicto decrépito y moribundo, ahora sólo un adicto que, a juzgar por sus mejillas, los últimos días ha comido caliente con bastante frecuencia. La visita no es para felicitarte por lo acertado de tu nueva decoración, va a lo que va: pasta a cambio de información.
Noticias frescas. Te cuenta que la imprenta de la que salió la revista es una tapadera (algo que dedujiste cuando pasaste horas mirando un cierre echado y ni un alma alrededor, pero tampoco quieres cortarle y quitarle la ilusión al chaval). El negocio potente es un bar centrado en la explotación sexual exclusiva de y para hombres. Un local de chaperos. No te cuenta más. Diez pavos cambiando de mano. Pagando a Russell lo acordado, aún te queda lo suficiente para tirar un poco sin demasiados excesos.
Una nueva idea sacudiendo tu cabeza: encontrar a alguien metido en el negocio. El niño-jardinero podría darte la información que necesitas y de primera mano. Con pelos, tamaños y señales. Una idea cojonuda. Ambiciosa. La descartas. El niño-jardinero puede estar en cualquier lado, y ni tienes ni tiempo ni ganas de molestarte en encontrarlo. Bastante tienes con encontrar a un invertido como para buscar a otro.
Plan B. Trabajo de campo. Arrancas un par de hojas de la revista y las guardas en la americana. Hora de salir a la calle y poner tu pellejo, y tu culo, en peligro.

Zona gay de la zona deprimida de la ciudad. Tíos musculosos con el torso al aire. Pantalones de cuero marcando paquete. Pinta de vendedores de crack. Lascivia flotando en el ambiente, en plan por un gramo me lo trago. Nada que ver con el glamour del Andros.
Caminas por la calle atento. Al loro. A la caza de un pardillo, aunque algo te hace sentir a ti como el pardillo en cuestión. El 38 a buen recaudo en la funda sobaquera. Los locales más sórdidos abriendo sus puertas. Luces de neón sucias derramando lágrimas luminosas sobre el asfalto. Un par de chaperos hablan sentados en el bordillo mientras comparten un cigarrillo. Un bote de vaselina entre los dos. Pasas de largo. Uno de ellos se te insinúa con malicia, invitándote a probar algo nuevo. El otro está demasiado colgado como para articular palabra. En los viejos tiempos habría dormido en el calabozo acompañado por ti y los chicos, comprando papeletas para la rifa de hostias, o recibiendo a cala y a prueba golpes con la impunidad que confieren una placa y un gobierno homófobo. Pero los tiempos cambian, ya lo dice Joe.
Te metes en un callejón oscuro que apesta a orina. Un gato maúlla subido a un cubo de basura. Te enciendes un cigarrillo apoyado en una esquina, sintiéndote como una puta desamparada. Y así es como estás en la realidad: solo. Sin refuerzos. Metido de lleno en una idea que poco a poco va ganando puntos para convertirse en una gilipollez de tamaño descomunal.
De entre un montón de desperdicios aparece un mendigo. En una mano lleva un pañuelo que huele con desesperación. Te mira fijamente. Ojos vidriosos y eclipsados por el cuelgue químico que
calza. Se fija en ti y levanta las manos temblando.
—No quiero líos, pasma —dice, tartamudeando—. No tengo nada. No me pegues. No. No, por favor…
Le aguantas la mirada. Sientes asco. Está sucio. Mugriento. Una dentadura podrida asoma entre sus labios cuarteados a cada palabra que pronuncia. Deja el pañuelo en el suelo, agachándose sin perderte de vista mientras mantiene la otra en alto. Te entran ganas de patearle y liberar tensiones. Te abstienes. Prefieres no perderle de vista. Ni a él ni a la calle que tienes al lado.
Sin mediar palabra se incorpora y sale a la carrera. Gritando:
—¡Pasma! ¡Pasma! ¡Cuidado tíos, que hay un pasma!
De puta madre. La noche se pone interesante. La mano en la funda. Estudiando la situación. Estás a la entrada de un callejón sin salida. Dudas entre atrincherarte ente la mierda que te rodea y empezar a escupir plomo a todo cuanto se mueva; o seguir las pasos del indigente pero en sentido contrario.
Esperas unos segundos. En la calle nadie parece hacerle mucho caso. Te acercas al pañuelo y lo coges haciendo pinza con dos dedos. Apesta a disolvente. Lo dejas caer antes de marcharte de allí despacio. Nada. Los mariposones siguen a lo suyo, revoloteando entre grupitos y pasando de tu culo. Al parecer no resultas llamativo para las reinas de la noche. Sacas otro cigarrillo, el último. Arrugas el paquete y lo tiras sin miramiento. Una gota de mierda en un mar de basura.
Das una calada catalogando la situación. La cosa empieza a parecer ridícula. Ha llegado la hora de volver al despacho, dormir en tu catre de lona y esperar. Mañana es el día. La cita con Russell está a la vuelta de la esquina y necesitas estar descansado.

Día D. Hora H.
El parque está oscuro. Convertido en un puto picadero en el que los arbustos se mueven de manera rítmica y los jadeos ponen la banda sonora de lo que está pasando. Russell se retrasa. Te sientas en un banco y fumas en silencio. Esperas. Una pareja pasa a tu lado. La chica dice algo al oído de su maromo. Éste responde y los dos se ríen, mirándote. Sientes ganas de hacerle una limpieza dental contra un bordillo al machote. Respiras hondo y das una calada.
Unos focos te ciegan. Dos ráfagas rápidas. Plas-plas. Es Russell. Te acercas. Abre la puerta del copiloto desde dentro y te montas.
—Lo siento. Patterson estaba dando por el culo en comisaría —dice a modo de disculpa.
Ni te molestas en contestar. Tu papel de abusón te impide este tipo de empatía con el prójimo y esas gilipolleces. Algo te molesta en la axila. Palpas. La sobaquera con el 38. La has cogido de manera automática. Tu acompañante no supone una amenaza seria y ahora te toca cargar con ella. Suspiras.
—Arranca. Tenemos cosas que hacer —ordenas, sacando el brazo por la ventanilla y jugueteando con la brisa de la noche.
La misma mierda del otro encargo repitiéndose. Silencio. Kilómetros. Luces de gasolineras y moteles quedando atrás, en el asfalto. Miras de reojo a Russell. Se le ve tenso. Angustiado. Tiene la mandíbula apretada con fuerza y los ojos le brillan de manera febril. Si ese pedazo de mierda tuviera algo de valor, piensas viendo cómo una vena en su frente palpita, podría darme darme problemas.
Conoces esa mirada. Esa manera de mantener las manos crispadas en el volante. El gesto desesperado de un animal acorralado. Inconscientemente palpas el revólver. El tacto del tambor bajo la tela de la americana resulta tranquilizador.

Las costas del Pacífico empiezan a perfilarse en un lado de la carretera. Una mancha oscura. Negra. Salpicada por las luces de los barcos que se pierden en alta mar. Queda menos. La tensión en el coche empieza a ser palpable. De tener hambre, bien podríais hacer tortitas y extenderla a modo de sirope. No te gusta la situación. Tienes la sensación de que hay algo que se te escapa y eso te jode.
Repasas mentalmente todos tus pasos de los últimos días. Una y otra vez. Nada. Nada que se salga de lo normal. Sin embargo tu sexto sentido se niega a bajar la guardia, a la espera de algo, pero ¿qué?
¿Una encerrona por parte de Russell? Impensable. Le faltan pelotas para ello. Por si acaso, giras la cabeza al asiento trasero y echas un vistazo por si le da por un montar una fiesta al estilo Bobby. Ni un alma, tal vez os estén esperando allí. Tampoco suena demasiado muy creíble. Tratas de mantener la mente en blanco. No ganas nada adelantando acontecimientos. Además, un rehén y un 38 te ponen en condiciones más que óptimas ante una posible negociación. Algo del tipo: dejad las armas en el suelo y este hijo de puta sigue respirando. Polis achantados bajando las reglamentarias. Russell meándose la pierna abajo. Tú dándole un empujón y saliendo de allí quemando ruedas. Todo muy fantástico, pero real como la vida misma.
—Hemos llegado —anuncia tu acompañante, apagando el contacto y jodiéndote el desenlace
de la peli que te estabas marcando.
Aprovechas tus últimos instantes abordo del coche para evaluar la situación. El suelo es de arena de playa y ves numerosas rodadas de coche; aunque no haya ninguno a la vista. Os bajáis. Russell va delante con la llave del bungalow en la mano. Abre. Entráis. Dentro huele a soledad y mar. Al parecer nadie ha entrado en los últimos días. Todo está tal cual lo dejasteis y el polvo del suelo no desvela pisadas recientes.
—Por favor —Russell señala la mesa y las sillas.
Os sentáis frente a frente. Su cara es la del empollón temeroso de la hora del recreo, como siempre. Te mira fijamente. Saca un sobre pequeño, de tamaño carta abriéndose la americana. Un vistazo rápido y un chispazo de rencor en sus pupilas te lo confirma: va armado y puede ser peligroso.
—¿La pasta?
Dejas el fajo de billetes en la mesa, a mitad de camino entre los dos. Él hace lo propio con su mercancía y coge los billetes. Los cuenta delante de ti, con mucha parsimonia y una sonrisa cínica. Al parecer hoy no va a montar el numerito de dejarte a solas para que tomes nota. De todas formas te importa una mierda. Abres el sobre. Está vacío.
—¿Qué es esto, Russell?
Te mira, riéndose de ti. El niñato asustadizo ha pegado el estirón. Se abre la americana, para dejar bien a la vista la automática.
—¿Qué creías, Dax?, o, ¿debo decir Sulivan?
Ahora eres tú el que le mira. Te palpas los bolsillos del pantalón buscando el tabaco. Se te debe haber caído en el coche. Mierda. Lo único fumable que llevas encima son los paquetes de hierba de McGregor. Tratas de mantener la calma.
—Sé quién eres, escoria. Te echaron por ser una mierda. Tu primer encargo lo cumplí porque la pasta me venía bien —a medida que habla se va acercando a ti—. Walter Sulivan. Número de placa 120658, ¿me equivoco? Eras de esos polis de antes. Como Donald Writte. Número de placa: 310161, y Mickey Harns, 300589. Lo único es que a ti te faltaron pelotas para acabar con dignidad. Quitarte de en medio cuando llegó el momento. Cosa que ellos sí que hicieron.
No le escuchas. Tus manos están cerradas en dos puños deseosos de partirle la cara. Sientes cómo algo en tu cabeza empieza a zumbar como si fuera una mierda a medio comer por un enjambre de moscas. Respiras de manera acelerada. Está ahí, a un palmo de ti. Todo sería tan fácil como agarrarle de la nuca y estrellarle la cara contra la mesa. Una vez. Dos. Tres. Las que hicieran falta hasta que la ira desapareciera o él dejara de presentar constantes vitales. Lo que llegara antes.
—… Sí, Sulivan. ¿Ves cómo he hecho los deberes? La pasta me la quedo. Si me tocas los huevos, iré con el cuento a Patterson. No creo que le guste demasiado saber que un expoli alcohólico anda husmeando en su vida.
—Russell …
—¿Qué esperabas? Patterson es un héroe nacional. Corazón púrpura. Una granada japonesa le acarició los riñones. Estuvo más muerto que vivo durante meses por dar su tiempo y casi la vida por su país y la libertad. Mientras tanto, la gentuza como tú evitaba el servicio militar. ¿De verdad creías que le iba a traicionar? ¿Que iba a darte cualquier tipo de información sobre él? Deberías dejar la bebida, Sulivan. No sé qué te traes entre manos con el caso de McGregor ni si Patterson está metido en algo turbio. No me importa— dice, poniéndose en pie—. ¡Ah!, se me olvidaba. Yo me voy y tú te quedas aquí. No echaré la llave. Hay una gasolinera a un par de kilómetros al este. Cuando llegues espero que tengas monedas para pedir un taxi…
Tardas en reaccionar. Estás tratando de asimilar lo que está pasando, al tiempo que le ves acercarse a la puerta como a cámara lenta.
Al fin respondes.
Te pones en pie. Él abre la puerta. Russell, dices con aire quejumbroso. Se gira con gesto de fastidio. Sus ojos se abren como platos. Se lleva la mano a la automática. Tu 38 escupe dos plomazos antes. Pum-pum. Cae de rodillas, sin dejar de mirarte, como preguntando ¿qué está pasando aquí? Le ves desplomarse. A ojo, le queda el ratito para ser polvo de un futuro pasado. Te agachas a su lado. Tus labios rozan su oreja.
—Russell. La ambición es algo que puede llevarte a la tumba. Hay que ser honesto en los negocios. Más cuando son al margen de la ley y se es poli —de su boca escapan pompas rojas que estallan en algo que suena plof-plof—. Deberías habértelo pensado antes.
Te levantas. Le pisas la cabeza con rabia. Joder, él solo se lo ha buscado. Tienes que encontrar una manera de salir de allí. Vuelves a palpar los bolsillos buscando el tabaco. Misma respuesta. Los dos paquetes de hierba. No te valen. Pruebas suerte en la americana. Encuentras dos páginas de la revista. ¿Por qué no?
Las colocas en el suelo, junto al cadáver aún caliente de Russell y desordenas todo para que parezca que ahí adentro ha habido una pelea dejando el fajo de billetes a la vista, con un poco de suerte lo relacionaran con un cliente no satisfecho que le ha puesto dos balas de reclamación tras un servicio poco agradable.
Le quitas las llaves del coche y miras la pasta con lástima. Está manchada de sangre, inservible. Sales. No hay nadie. Te montas en el coche. En el suelo, junto al asiento del copiloto, el jodido paquete de Pall Mall. Te enciendes uno. Das una calada larga, tratando de asimilarlo todo. Arrancas y te marchas de allí a toda prisa. El bungalow y el cadáver de Russell se pierden en el espejo retrovisor.
En un par de horas pararás en una gasolinera. Dos litros de gasolina. Una nueva parada cerca de la ciudad, el coche de Russell convertido en chatarra calcinada y tú andando hasta el despacho. Fin de la historia.
Te acomodas en el asiento sin perder de vista la carretera y pisas el acelerador. Te quedan muchos kilómetros por delante y no quieres que una mala postura los convierta en un jodido infierno de calambres y dolores musculares. La ciudad te llama al otro lado del horizonte y tú conduces hacia sus entrañas deseoso de ver qué te depara el futuro.

 

©Novelas por entregas, Ignacio Barroso, 2020.

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