Novelas por entregas, Capítulo 15 por Ignacio Barroso

Tu siguiente parada es la casa de McGregor.
No sabes cómo andará de agenda, aunque tampoco te importa demasiado. Podrías haberle llamado y ponerle al corriente, pero prefieres el factor sorpresa de un vis a vis. Tienes una pista caliente y demasiado tiempo libre por delante.
Primer imprevisto.
En la puerta hay un mastodonte que no te deja pasar.
—¿Dónde crees que vas? — pregunta con voz gutural.
—Vengo a ver al señor McGregor —respondes con tranquilidad, sacando la cabeza por la ventanilla—. Trabajo para él.
—Ya… —se rasca la barbilla, como pensando qué añadir—¿Tienes cita?
—No.
— Ya… El señor McGregor no está disponible en este momento.
Y yo voy y me lo creo, piensas, si bien evitas decirlo en voz alta. No sabes cómo puede tomarse el hecho de que dudes de su palabra, y su lenguaje corporal tampoco te invita a descubrirlo.
—¿Va a tardar mucho?
Te mira como si no te entendiera. Bajo el traje oscuro que viste imaginas sus músculos en tensión, deseosos de entrar en acción. Cautela.
—En estar disponible, digo.
Se encoge de hombros. Tus teorías se confirman. La cabeza no le da para mucho. Te mira con aspecto bobalicón, rollo niño grandullón del cole con el que nadie se mete por miedo a recibir una paliza de órdago. Gigante. Grandullón. Castillo… Nombres que pasan por tu imaginación tratando de adivinar cuál sería su mote en la más tierna infancia.
—Un momento, por favor — dice al fin, desapareciendo dentro del jardín.
Le ves irse. No hay prisa. Apoyas la nuca en el reposa cabezas y te enciendes un cigarro. En el asiento del copiloto la americana está arrugada, ocultando tu 38. Después de la última visita que recibiste a domicilio prefieres ir preparado ante las sorpresas que pueda depararte el futuro.
—Pase —dice, volviendo a la carrera.
Obedeces. Entras en el jardín. Él está en medio, cortándote el camino. Le miras armándote de paciencia. Vuelves a sacar la cabeza por la ventanilla, con las manos en el volante y el cigarrillo colgando de la comisura de la boca. Un ojo cerrado a causa del humo.
—Aparque ahí —añade, señalando con un dedo grueso como el cañón de un revólver. Vuelves a obedecer. Apagas el contacto y guardas el 38 debajo del asiento. En su lugar coges la revista y la tapas con la americana. Hora de empezar la función.
—Está en el invernadero. Le acompaño.
—No hace falta. Sé llegar.
—Ya. Pero…
—Tranquilo, conozco el camino —dices, dándole una palmada en el hombro.
Por el rabillo del ojo le ves plantado en mitad del jardín, mirando alrededor como diciendo y ¿ahora qué?
A medida que te acercas al invernadero, el olor a hierba resulta más penetrante. Al parecer la cosecha se ha dado bien.
—¡Dax! ¿Cómo tú por aquí? —dice McGregor saliendo a tu encentro. Viste de manera impoluta, como siempre— ¿Sabes algo de mi hijo?
Su voz suena informal. Ni rastro de rasgo de preocupación alguna. Tomas nota mental de ello.
—Por eso venía, McGregor.
—Por favor, llámame Fred. Estamos entre amigos.
—Como quieras, Fred. Por eso venía. Estoy en un punto muerto. No he logrado avanzar mucho, y por eso…
—¡Qué modales los míos! —te interrumpe, haciendo aspavientos— ¿Quieres tomar algo? Hace un calor horroroso. ¿Agua? ¿Un refresco? ¿Un combinado con hielo?
Le miras. No sabes si está actuando o simplemente pecando de histriónico. De lo que no tienes dudas es que es un maestro en eso de manejar las conversaciones hacia los derroteros que mejor le convienen.
—Un refresco no estaría mal —dices, siguiéndole la corriente.
—Vayamos dentro —señala el invernadero—. Dentro de la oficina tengo un ventilador. Ahora pido al servicio que nos sirva algo de beber.
Cruzáis entre plantas de marihuana de las que cuelgan cogollos del tamaño de un puño. La atmósfera es húmeda. Narcótica. Del techo cuelgan unos potentes focos que parecen deflectores militares.
—Así hacemos que las plantas crezcan más y más rápido —te aclara, como si acabara de leerte el pensamiento—. Es un negocio muy lucrativo, pero hay que estar a la última. La competencia es feroz y los mexicanos juegan con la ventaja del clima.
—Comprendo —mientes. En otro tiempo le habrías entendido a la perfección, pero tus codeos con las drogas hace años que quedaron diluidos en alcohol.
Llegáis ante una habitación con paredes de plástico pintadas de blanco. Tu anfitrión abre la puerta y te cede el paso. Dentro todo se reduce a lo mínimo. Una mesa. Un armario metálico con cajones. Dos sillas y un ventilador que se encarga de mover mecánicamente el mismo aire caliente de un lugar a otro.
—Siéntate, Dax —dice—. ¿Qué has dicho que querías?
—Un refresco. Una Coca-Cola, a poder ser —respondes, sintiendo cómo rompes a sudar y la camisa se te pega al cuerpo como una mortaja.
Te mira con gesto pícaro. Te sientes incómodo y desvías la mirada.
—Perdona, no quería importunarte. Pero no sé… No tienes demasiada pinta de ser de esos que van tomando refrescos. No sé si me explico.
Claro que te explicas, hijo de puta, piensas. Te acomodas en el asiento tratando de disimular tu malestar. La revista y la americana en el regazo. El zumbido del ventilador resulta incómodo, pero deduces que de no ser por el movimiento de sus aspas, respirar allí dentro sería tan fácil como hacerlo con la cabeza sumergida debajo del agua.
—Estoy de servicio, Fred.
—Entiendo —responde antes de pulsar un botón oculto bajo el tablero de la mesa—. En unos minutos nos atenderán. Mientras, podemos hablar tranquilamente. No todo va a ser trabajo, ¿no?
Encoges los hombros. No sabes de qué hablar con él. Te parece un tipo oscuro y sin escrúpulos, capaz de cualquier cosa.
—¿Qué tal los puros de la última vez? Tengo más —pregunta, señalando el armario.
—No, no, tranquilo. Aún tengo. Los guardo para momentos especiales —mientes una vez más.
—Eso está bien. Por cierto… Te voy a hacer una pregunta un… Un tanto especial. Si no te importa, claro.
Le miras fijamente, a los ojos. Asientes, como diciendo: dispara, vaquero.
—Estoy recolectando la cosecha —señala a tu espalda, hacia las plantas de maría—. ¿Quieres un poco? Sería gratis, claro. Un regalo por las molestias ocasionadas, o… O como un regalo entre amigos.
Dudas. Esa mierda que fuman los pachucos en callejones para matar su desidia nunca te ha llamado mucho. Lo tuyo era el alcohol y la coca. Aunque, por otro lado, quizá podría resultarte útil. Hay mucho arrastrado por ahí que se rebajaría a lo que fuera por un cuelgue a cambio de información.
—Ten, pruébala. Es una hierba muy potente —dice, dejando sobre la mesa dos bolsas de cierre hermético del tamaño de un paquete de tabaco.
Lo coges con reticencia. Inconscientemente aplastas las bolsas con la mano. Los cogollos resultan duros ante la presión. Una pasta en verde en caso de verte necesitado. Los servicios de Russell te están suponiendo un gasto considerable y, tal vez, montar tu propia franquicia de droga en el barrio podría resultar beneficioso. Todo sería cuestión de hablarlo con Joe. Tú le suministras. Él lo corta y lo pasa. Un negocio redondo. Los dos salís ganando. El sueño americano en su versión bajos fondos.
—Es muy potente —repite como un profesor repitiendo la resolución de un problema de matemáticas avanzadas—. La llamamos Amnesia Rapid. Es una mezcla de índicas de regustos afrutados y muy resinosas… Perdona por la charla de botánica, pero es que la Amnesia Rapid es la bomba. Rica en THC y CBD. No como esa mierda que fuman los negros en su distrito ni lo que traen los mexicanos de su tierra. Esto es el futuro.
—No te preocupes, Fred. Cualquier información sobre esto es bienvenida —bromeas, mientras el sabueso que aún llevas dentro empieza a despertar—. Lo tendré en cuenta cuando la pruebe.
—No te va a decepcionar.
—¿Cuánta marihuana puedes producir, Fred? —dejas caer la pregunta como quien no quiere la cosa, añadiendo a continuación algo que evite levantar recelos— La última vez que estuve aquí, las plantas eran poco más que esquejes.
Fred McGregor te mira. La pelota está en su tejado. Te dedica un gesto, como diciendo: buen intento, chico. Otros lo han intentado antes que tú y no han sacado nada en claro. Sonríe. Una dentadura blanca, brillante, como si acabaran de pulirla con piedra de esmeril asoma entre sus labios. La deja ahí, deslumbrándote, antes de responder.
—El instinto de policía nunca muere, ¡eh! Pero sí. Produzco una cantidad importante de hierba que distribuyo, siempre y cuando los del DPLA no se metan donde no les llaman, claro —dice lo del DPLA con una modulación de voz que no deja claro si habla de incautaciones o sobornos por hacer la vista gorda—. Utilizo una variante de crecimiento rápido, que junto a los focos que has visto y hormonas de enraizamiento…
Apoyas los codos en el reposabrazos de la silla y le miras, acariciándote el mentón, como diciendo: sigue Fred, sigue hablando,por favor. Pero la cosa no pasa de ahí. McGregor está de vuelta de estas cosas y se le nota cuando calla y te aguanta la mirada.
—Seamos francos, Dax. No has venido a oírme para hablar de marihuana.
Jaque. Te toca mover ficha. Te guardas los paquetes de hierba en el bolsillo y te dispones a cambiar de tercio.
—Así es, Fred. Las cosas están en punto muerto. Desde que nos vimos la última vez, no he podido avanzar gran cosa. He presionado a algunos confidentes, he pedido favores a viejos compañeros — vuelves a mentir, ahora con total descaro— y nada. Las cosas siguen como al principio.
—Vaya, lamento no poder serte de gran ayuda, Dax. Te pago por encontrar a mi hijo. Si supiera dónde está, me lo ahorraría —ironiza, dejando entrever a las claras que eres una pieza prescindible en todo esto. Un mero peón al que sacrificar llegado el caso, por aquello de seguir con el símil ajedrecístico.
La atmósfera dentro de la habitación se te antoja asfixiante por momentos. Hace un calor húmedo y pegajoso cuando la puerta se abre de par en par y entran dos camareras. Una lleva una nevera de camping llena de hielo picado y botellas en su interior. La otra dos vasos.
—¿Qué desea el caballero? —pregunta una de ellas con voz dulce y juvenil.
—Una Coca-Cola— respondes a toda prisa, porque esos labios y esos ojos te invitan a pedir algo más fuerte, demostrando que eres un hombre de pies a cabeza y demás gilipolleces de machotes vinculadas al cromosoma Y.
Te la sirven en un vaso de tubo. Tu acompañante se decanta por una cerveza que él mismo coge y despide a las chicas con un ademán. Cuando la puerta vuelve a cerrarse, el aire parece algo menos cálido e irrespirable.
—Sigamos, Dax.
—Fred, estoy trabajando en tu caso. Te lo aseguro. Pero me gustaría saber algo más sobre Willy, tu hijo —dejas caer estas dos últimas palabras con malicia, al tiempo que observas con atención cómo responde.
McGregor encaja el golpe, pero se repone rápido. Te sonríe y da un trago a su cerveza.
—Buen intento, otra vez, Dax. Sé que parece importarme poco lo que le haya podido pasar a Willy, pero estás equivocado —dice, cruzándose de piernas—. Muy equivocado. En el maletín había un dossier.
—Así es, había un dossier. Pero quiero saber más —a la mierda el buen rollo y el colegueo. Es hora de empezar a aclarar algunas cosas. El poli malo se abre paso y temes que el poli bárbaro le acompañe, porque de ser así, tendrías muchas papeletas de salir de los dominios de McGregor con los pies por delante, o sirviendo de abono para la próxima cosecha.
—Como quieras, Dax. Pero es una historia larga, muy larga —responde con voz cansada.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —te cruzas tu también de piernas, adquiriendo una pose un tanto chula. Preferirías el sentarte al revés en la silla, con los antebrazos apoyados en el respaldo, en plan pasma sádico en un interrogatorio, con el 38 en la funda sobaquera y ninguna prisa para exprimir a McGregor. Pero no puede ser. Así no van las cosas.
—Por dónde quieres que empiece, Dax.
—Por el principio.
—Como quieras.

Media hora después.
Dos Coca Colas, una cerveza y cuatro colillas flotando a la deriva en el hielo medio derretido de la nevera, lo que sabes es esto:
William Jr. McGregor es el único hijo de Fred McGregor Lo tuvo con su primera esposa que murió en drásticas y terribles circunstancias (no ha contado más al respecto y no has preguntado). Era un viva la vida. Homosexual desde su más tierna infancia. Disfrutaba acosando a sus compañeros de colegio para practicarles tocamientos. Por lo demás fue un chico bastante normal. Quiso estudiar medicina, pero se echó para atrás en el último momento. Los nuevos aires de libertad, melenudos, banderas en llamas y protestas contra la guerra de Vietnam, el amor libre y las drogas le resultaban más llamativas. Empezó a comportarse de una manera liberal y alardear de sus conquistas amorosas. Fred McGregor estaba cansado. Sus negocios corrían peligro. Los excesos de su hijo iban de la mano con la incautación de su hierba. Lo encerró por un tiempo en un centro de desintoxicación. Abstinencia… Duchas de agua fría… Sufrimiento…
Para nada. Al poco tiempo volvió a las andadas. Desaparecía por un tiempo indefinido y volvía como si no hubiera pasado nada. Las peleas domésticas se sucedían. Faltaba pasta en la caja fuerte. Lo típico cuando un miembro de la familia es un yonqui con el mono, vamos.
Dos semanas antes de desaparecer, Willy dijo que había roto con su último chico, el mismo que hacía poco le había presentado entre arrumacos y promesas de felicidad pensando en un futuro juntos. Dijo además, dejando claro su dolor, que si llamaba preguntando por él o rondaba por la casa, le dijeran que había muerto. Muy dramático y grandilocuente, pero al parecer, el bueno de Willy McGregor además de ser un drogota de cojones era una locaza de tomo y lomo digna de una novela victoriana. Como había previsto, el chico llamó y asedió la casa. Al poco tiempo, Willy desapareció y él dejó de dar por el culo, metafóricamente hablando, ha aclarado McGregor sin poder evitar ruborizarse.
El tiempo fue pasando. Willy no volvía. La gente estaba nerviosa. Él, Fred, el primero. El desaparecido, a fin de cuentas, era su hijo. Mandó a sus chicos a buscar al acosador bajo la orden de que le hicieran cantar. Se esmeraron más de lo aconsejado y el chico murió. Fin de la historia.

La idea de enseñarle la revista para ver si reconocía a su hijo entre los sementales que salían de espaldas a la cámara no te parece adecuada. Has interrogado a mucha gente durante muchos años, y sabes perfectamente cuándo alguien miente y cuándo no. Y McGregor, pese a su máscara imperturbable, te ha dicho la verdad. La voz se le ha quebrado en un par de ocasiones, y no crees que vayas a sacar nada en claro. Apuras tu refresco y apoyas la espalda en el respaldo de la silla. Estás sudando.
—¿Qué puedes decirme de los amigos de Willy? —preguntas, juntando las yemas de los dedos a la altura del pecho.
—Poca cosa. No me metía en sus cosas. Bastante duro es para mí tener un hijo así, como para encima conocer a todos y cada uno de esos invertidos que le soplaban la nuca —su voz suena cargada de ira contenida.
Clac-Clac. Dos piezas más casando en su sitio. McGregor padre vive su propio calvario. Por un lado trata de encontrar a su hijo perdido; por otro, su condición de mariposón es tabú y no te facilita demasiado las cosas.
Miras el reloj. Es media tarde. McGregor te lee el pensamiento y hace ademán de ponerse en pie. Le pides una última cosa.
—Lo que voy a pedir es crucial —anuncias—. Necesito que me deis nombres, teléfonos, lo que sea. Si Willy escribía un diario, necesito leerlo. Si queremos dar con él, cualquier prueba puede ser vital.
McGregor pone cara de que no le ha gustado demasiado la idea. No sólo va a tener que mirar la mierda y los trapos sucios de su hijo en su propia casa, si no que además va a tener que compartirla contigo.
—Está bien, Dax —dice, poniéndose en pie y estrechando tu mano—. Buscaré entre sus cosas. Si encuentro algo, lo que sea, lo meto en una caja, la lacro y se la doy a uno de mis chicos para que te la lleve.
—Perfecto.
—Quiero resultados, Dax.
—Cuenta con ellos, Fred. Y no temas. Nada de lo que hemos hablado aquí, va a salir de estas cuatro paredes.
—¿A qué te refieres? —pregunta, fingiendo no saber de qué hablas.
—Del tema de la marihuana, Fred. Del tema de la marihuana.
Los dos os reís. Salís del invernadero y te acompaña hasta el coche. Os despedís con otro apretón de manos y ves cómo esa zona rica y opulenta se pierde en el retrovisor. Es hora de volver a tu zona. Tienes dos días por delante antes de encontrarte con Russell y descubrir de qué tamaño es la mierda que Patterson esconde debajo de la alfombra.
Hasta entonces, poco más puedes hacer. Evitar pensar, relajarte y no adelantar acontecimientos.

 

©Novela por entregas, Ignacio Barroso, 2020.

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