Memorias de un reportero indecente de Pedro Avilés por Manu López Marañon

MEMORIAS DE UN REPORTERO INDECENTE. Pedro Avilés. Moody Waters Books (2021)

 

 

Memorias de un reportero indecente no es el primer libro que edita Pedro Avilés (Madrid, 1956). En 2018 ha publicado dos novelas en El Candil: Katoucha y El whisky del muerto. Con su nueva obra literaria Avilés nos propone una inmersión «de lo más humana» en el periodismo de sucesos, esos reportajes en caliente que demuestran la valía de cualquier novato y que se convierten en auténtica escuela de periodismo.

Como aclaran los editores de Memorias de un reportero indecente, para ser periodista de sucesos «hay que pringarse a base de bien», y, aunque Pedro Avilés no vivió los días de oro de este tipo de periodismo en España –allá por los 50 y 60–, se formó con leyendas vivas como Margarita Landi y aún pudo desarrollar su trabajo en aquellos días en que se respetaba a este tipo de reporteros, en nómina de los medios en donde trabajaban. A ese ingreso fijo mensual se añadían las dietas y los gastos estipulados en los convenios de prensa y en los convenios de cada medio en particular.

Este libro de apetecible y rápida lectura, escrito desde la experiencia y que en ningún momento aburre (gran mérito en estos tiempos), a veces cínico y muchas veces repleto de un humor macabro y corrosivo, surca España entera para ofrecer las crónicas de un alucinante abanico de crímenes cubiertos in situ por Pedro Avilés y su inseparable compañero. De paso muestra, en tono desengañado, los últimos años de una profesión cuya decadencia llega, a principios de los 90, con las televisiones privadas.

Antes, en 1980, Pedro Avilés complementaba sus estudios de periodista en la Complutense y un trabajo de albañil de obra. Por si no fuera suficiente a las noches era reportero de calle para el programa radiofónico Centro de noche, de Radiocadena Española.

En 1984 inició una breve pero fructífera etapa como freelancer. En Marruecos trata de cubrir las revueltas originadas por la subida del precio del pan haciéndose pasar por turista, pero es detenido en la misma frontera de Tarajal. «Nunca pasé tanto miedo como durante esas seis horas retenido por la policía marroquí», confiesa. Ese mismo año viajó a Nicaragua para informar sobre las acciones con que la Contra (grupos de insurgentes terroristas financiados por los Estados Unidos) hostilizaba al gobierno revolucionario sandinista. En esos cinco meses –que compartió con una periodista norteamericana– hace entrevistas y reportajes que envía a Madrid por valija diplomática, a través de nuestra Embajada en Managua. Inolvidables anécdotas del país y sus gentes sazonan unas peripecias que recuerdan no poco a la película El año que vivimos peligrosamente, de Peter Weir.

Pero el grueso de Memorias de un reportero indecente lo ocupan las estancias de Pedro Avilés en dos publicaciones que marcaron época, ya desaparecidas ambas: El Caso (fundado en 1952 por el periodista y empresario Eugenio Suárez y cerrado en 1997) e Interviú (1976-2018).

 

Reportero en El Caso

 

 

Pedro Avilés llega a la madrileña calle Covarrubias 1, redacción de El Caso, en 1987. Calcula el periodista que –en 17 años de trabajo– escribió sobre 1.000 muertos (tantos como goles metió Pelé): «A muerto por semana», dice entre festivo y grave.

Define a El Caso, periódico semanal, como «escuela del periodismo de investigación». En estas páginas despacha el autor, con sucesos espeluznantes, lo que llama «hacerse un muerto». Metodología que arranca contrastando testimonios (base de cualquier reportaje), algo que supone asumir riesgos físicos para el periodista a la hora de hacer entrevistas, tanto a familiares del asesino como del muerto, desgarrados y sujetos a imprevisibles reacciones. El inevitable desplazamiento al lugar de los hechos sigue unos protocolos al que no son ajenos los valiosísimos contactos con la Policía Nacional, la Guardia Civil y, también, con abogados criminalistas. Hasta 11 casos que a nadie dejan indiferentes registra Avilés para que sus lectores nos hagamos idea de lo que supuso para él trabajar en El Caso.

Por confesión propia, el que más le impresionó fue uno ocurrido en 1988 en la localidad pacense de Táliga. Allí un esquizofrénico de 24 años degolló a un niño en un bar y colgó luego la cabeza de los hierros de su ventana para que todo el pueblo la viese. Antes de ser reducido por la Guardia Civil, el perturbado partió el cráneo y devoró los sesos del pequeño. Es aquí cuando Pedro Avilés comprueba que lo más duro de su oficio es entrevistar a la familia de la víctima, y después –en aquel caso paradigmático– a la del asesino, bien conocida en Táliga. En esa tremenda tesitura se doctora en la entereza y preparación requeridas a la hora de abordar a familiares, algo a lo que deberá recurrir durante toda su vida profesional.

 

 

Al suceso extremeño siguen otros que cortan el aliento. Así, por nuestros ojos desfilan dos jóvenes gallegos enamorados que deciden suicidarse juntos; el cadáver descompuesto sobre una cama de la madre de dos niños que no avisan de su muerte hasta pasados seis meses; la carmelita descalza asesinada en la catedral a machetazos por un hermanastro; el descubrimiento de tres cadáveres en el mismo edificio donde Jarabo mató a sus primeras  víctimas, o el asesinato cometido por un joven cántabro que asesinó a su pareja, una anciana de 82 años, para heredarla.

Por el camino Avilés ha desperdigado perlas como la figura de ese «Cuasimodo», empleado del Anatómico Forense de Madrid que por mil duros te abría la nevera y descorría la cremallera del hule que protegía a la víctima que le solicitases. O las indudables ventajas de ser reportero de El Caso, rememoradas con indisimulada nostalgia (dietas, coche de alquiler, hoteles, viajes de tres días…) y que los actuales periodistas leerán asombrados.

Pero resaltan también dificultades de todo tipo, como era hacer fotos en un velatorio: el reflejo de los cristales impedía sacar con nitidez a los finados (y a veces –con gran caradura– no quedaba otra que entrar al cubículo), o casualidades como que en un bar de Santander el hijo de una víctima te reconozca como autor de una foto robada a su madre, una criada ultimada por unos drogadictos en un piso madrileño. En ocasiones la labor de investigación incluía allanar moradas (abundan ejemplos de estas temerarias decisiones) o levantar precintos policiales: tanto Pedro Avilés como su inseparable compañero José Montoro –13 años juntos– tuvieron denuncias por estas acciones y que rendir por ellas ante la justicia.

 

En plantilla de Interviú.

 

 

 

En 1989 Avilés y Montoro deciden dejar El Caso y fichar por Interviú. El mismo día que se ofrecen a un redactor jefe de la revista ya están trabajando, con bonos de hotel a su disposición y dinero por adelantado para gastos (pruebas indudables del prestigio que ambos tienen en la profesión). Los hoteles entonces pasan a ser de cuatro estrellas, siempre en habitaciones individuales o dobles para uso individual. A pie de aeropuerto los esperan coches Hertz.

Coincide la estancia en Interviú del autor de Memorias de un reportero indecente con crímenes de gran influencia mediática. Hay varios recogidos en este apartado del libro pero nos centramos en tres muy significativos.

Una carnicería. En agosto de 1990 se produjo el crimen que los hermanos Izquierdo cometieron en Puerto Hurraco contra la familia Cabanillas. A dos hijas de esa familia acompañaron otros siete vecinos del pueblo extremeño pasaportados todos a tiros de posta, con cartuchos para caza mayor (del 12). Gracias a una estratagema los flamantes periodistas de Interviú consiguen colarse en el velorio de los Cabanillas, haciendo fotos de las víctimas (reposaban en sus ataúdes con trajes de primera comunión); unas fotos imponentes y exclusivas. No contentos con esto, Avilés y Montoro fueron a Monterrubio, localidad de los autores de los nueve crímenes. Saltando un muro entraron a la casa y se hicieron con los carnets del PSOE de Antonio y Emilio Izquierdo, así como con el DNI de la madre (muerta en un incendio presuntamente provocado por un Cabanillas). Rodeados por el indignado pueblo, los reporteros fueron arrestados por la Guardia Civil y meses más tarde se celebra su juicio por allanamiento de morada. La sentencia son 200.000 pesetas de multa y dos meses de cárcel, que ninguno cumplirá. La multa la abonó el Grupo Zeta, al que pertenecía Interviú. El director de esa época, el periodista Ignacio Fontes, se dio el gusto de publicar material exclusivo; lo habitual cada semana, por otra parte, en una revista a la que caracterizaba la búsqueda de la información más veraz.

 

Antonio y Emilio Izquierdo. En el centro las hermanas,

sorprendidas cuando viajaban a Madrid para pedir audiencia con Felipe González.

 

Alcàsser, un crimen corriente y moliente. Este otro caso, que en noviembre de 1992 también conmovió al país, fue para Pedro Avilés un crimen brutal, sí, pero vulgar en ejecución y resolución. Cometido por Antonio Anglés y Miguel Ricart sobre tres muchachas menores de edad, Ricart, detenido por la Guardia Civil el mismo día de los asesinatos, confesó su culpabilidad, así como la de Anglés (tanto miedo tenía a Antonio que exigió no compartir celda con él). Hechos ajenos al crimen fueron lo que aumentó su repercusión mediática: por un lado, la rocambolesca fuga de Anglés (se desconoce si murió en las costas de Dublín o si permanece oculto en alguna favela brasileña) y, por el otro, lo más significativo para el autor de Memorias de un reportero indecente: la manipulación que entre el padre aprovechado de una de las niñas asesinadas –Fernando García– y un ex colaborador de El Caso –el desvergonzado Juan Ignacio Blanco– hicieron del sumario judicial de Alcàsser. Los sumarios contienen verdades y contraverdades, fotos, testimonios contradictorios de los testigos, informes policiales, forenses y periciales de todo tipo, narrados con una literatura judicial profesional ardua para los legos. Un sumario así, tan heterogéneo, caído en manos inapropiadas puede ser fácilmente manipulado, nos informa Avilés. Y justo eso pasó para mayor gloria de las televisiones privadas, que durante aquella época empezaban y que, en sucesos de este tipo, inflándose en progresión, tenían el gran filón de audiencia. Que se lo pregunten al Pepe Navarro de Esta noche cruzamos el Mississippi. La basura de Alcàsser se extiende a nuestros días: en las redes todavía se encuentran friquis convencidos de cómo las niñas fueron secuestradas por poderosos empresarios que las violaron filmando, en directo, sus posteriores muertes.

 

 

Las tres niñas asesinadas.

 

El crimen del rol. Junto al caso del niño degollado en Táliga (cubierto para El Caso), el otro suceso que más impresiona a Pedro Avilés, periodista entonces indecente («teníamos la misma sensibilidad que un asesino a sueldo que hace su trabajo», reconoce), pero hoy sensible –como demuestra el poder hacer este ajuste de cuentas consigo mismo en público–, fue la muerte, en 1994, de Carlos Moreno (51 años): un trabajador asesinado a puñaladas a manos de Javier Rosado y Félix Martínez (20 y 17 años). Obsesionados con los juegos de rol, confundiendo realidad y ficción, eligieron a Moreno porque «era mayor, gordito y con cara de tonto». El diario de Javier Rosado, en manos de Avilés gracias a un contacto de la Policía, fue publicado íntegramente por Interviú. Su dueño decide reproducirlo en este libro (avisando de cómo el contenido puede herir la sensibilidad). En efecto, estamos ante un bestial descenso a la sima de un alma enferma, –psicótica–, que haría las delicias del austríaco Michael Haneke, especialista en retratar terroríficos sujetos con un grado de empatía menor que cero (recuérdese su película / documento clínico, Funny Games, de 1997).

 

Javier Rosado y Carlos Moreno

 

En las páginas que quedan de Memorias de un reportero indecente nos cuenta su autor cómo estuvo en el programa de Tele 5 Día a día, donde aprendió el oficio de reportero de calle con cámara, e hizo, junto a Montoro, reportajes de crímenes sin resolver. Tras tres años allí se produjo el divorcio profesional de Pedro y José. Ya solo, Avilés ficha por Antena 3 para el programa Sin noticias de… pero ahí solo dura 2 meses. Su olfato para desentrañar sucesos no resulta demasiado popular entre sus bisoños compañeros. Demasiada realidad aportaba Pedro para una televisión ya convincentemente infantilizada, obsesionada con finales felices…

Un breve regreso a Interviú en 2005 donde pergeña algunos reportajes, ya desde el hartazgo, precede a su adiós del periodismo. Pedro Avilés estudia durante dos años Técnico Superior de Restauración. Con el título de cocinero profesional abre un restaurante en una isla del mar Egeo. De vuelta a España ha escrito este formidable libro que recomiendo con fervor, y ahora planea abrir un restaurante de comida griega, esta vez en Madrid.

 

ENTREVISTA CON PEDRO AVILÉS:

 

Resulta poco creíble que periodistas de raza como tú, curtidos en mil batallas (y el número no es baladí), decidan dar carpetazos definitivos a su profesión. Nadie duda de que seas un magnífico restaurador y que disfrutes cocinando… Pero seamos serios: por lo visto en las películas y leído en novelas, el instinto del periodista nunca se pierde, y sus ganas de estar en el centro de la noticia, menos aún. ¿Si te hicieran una buena propuesta no volverías a la carretera en busca de la más rabiosa actualidad?

 

La verdad es que es imposible para un reportero como yo he sido. Verás como sí es creíble. En primer lugar, porque ya nadie me pagaría en las condiciones en que nos deberían pagar a los reporteros y con todas las seguridades jurídicas cubiertas. Piensa que, si pidiese proporcionalmente lo que tendrían que pagarme ahora en nómina, comparado con lo que cobrábamos en los años 90, la cosa ascendería a unos casi 5000 € al mes más dietas y todos los gastos pagados. Y te puedes imaginar las risas que produciría eso en mis supuestos contratadores.

 En segundo lugar, porque los responsables del periodismo ya no son periodistas, son gestores económicos y miran más por la rentabilidad de lo que publiquen, que por la veracidad y contraste de las noticias, que es una obligación básica para un periodistas. Luego salí de allí cuando comprobé que el periodismo estaba en proceso de muerte.

 Por otra parte, ya tuve mis cinco minutos de gloria como reportero de una época en que ser periodistas era rentable y justo y estabas apoyado por las empresas periodísticas, porque un periodista tiene mucha responsabilidad. Informar profesionalmente conlleva esa responsabilidad. Así que ahora me conformo con poder escribir sosegadamente lo que no pude escribir mientras ejercía la profesión porque no tenía tiempo. Pero llevas razón, uno no deja de ser la puta que ha sido siempre.

 

Aparte de entrañable, la figura de tu compañero, José Montoro, resulta de gran eficacia a la hora de cubrir cientos de sucesos, ya que vuestro nivel de complementariedad, así lo reconoces en varias ocasiones en Memorias de un reportero indecente, iba sincronizado como pasos de ballet. En tu etapa de reportero de calle con cámara para Telecinco estás también con él. Es cuando fichas por Antena 3 cuando empiezas a trabajar ya solo. ¿Qué diferencias significativas encontraste trabajando sin Montoro?

 

El divorcio profesional con mi compañero Montoro se produce después de esos tres años de trabajar en televisión y es, como digo en el libro, muy normal dentro de la profesión. Aquel divorcio fue total. En Interviú también había veces que, por diversas circunstancias, teníamos que trabajar con fotógrafo y no el uno con el otro, pocas, pero lo hacíamos.

Tanto él como yo sabíamos trabajar sin el otro. Y lo que sé de él es lo que sabía hace ya casi treinta años, que le encantaba dedicarse a las inversiones en bolsa. Fíjate que no tengo contacto con él desde entonces. No sé ni su número de teléfono, no está en las redes sociales. Lo dejamos y lo dejamos. Y trabajar con él fue toda una experiencia muy positiva porque el suceso es mejor trabajarlo, o tú solo, o con alguien que comparta tus sensaciones. Y Montoro y yo compartíamos eso entonces.

Antes de trabajar con él yo trabajaba igual. Montoro era un tipo muy organizado y yo, aparte de sus cualidades como reportero y periodista, lo utilizaba como secretario, porque yo siempre fui muy despistado. Guardaba los teléfonos de todos nuestros contactos desde años atrás. Le decía: Montoro, mañana nos vamos a Logroño a hacer tal tema, ¿tienes el teléfono de aquél inspector de homicidios? Y me contestaba ¡Aviles, qué preguntas más tontas tienes! Luego yo era el más lanzado de los dos y tiraba de él en muchos casos cuando las cosas venían jodidas. Nos complementábamos el uno al otro.

 

Aparte de periodista eres escritor. Como tantos en tu profesión, publicas novelas. Desconozco sus temáticas, por eso disculpa si lo que voy a preguntarte está de más. Queriendo entonarme para este trabajo he revisado una de las mejores películas de nuestro reciente cine, La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014). El periodista de El Caso, magníficamente interpretado por ese actorazo que es Manuel Solo, no tiene empacho en soñar despierto que algún día será otro Truman Capote (autor de A sangre fría, libro que tantas vocaciones literarias despierta). De entre los 1.000 muertos cubiertos en años de ejercer el periodismo de sucesos, ¿no tuviste tentaciones de «guardarte» alguno para desarrollarlo novelísticamente?

 

Si te soy sincero, nunca me planteé hacer una novela de los temas que hicimos, nunca lo he pensado. Lo que si me aportaron en su conjunto es experiencia suficiente como para escribir las tres novelas que he escrito, que son novelas de intrigas con crímenes de por medio. Por cierto, que el protagonista de las tres novelas (de momento es trilogía) es un tal Mario Candil, un periodista de la vieja escuela que trabaja como reportero en temas delicados.

Ya has hablado de El whisky del muerto y de Katoucha, también he publicado en Amazon Las mariposas sobre la tumba, que cierra la trilogía de momento. Las tres novelas parten de hechos sucedidos en la realidad. En unas más y en otras menos. Por ejemplo, Las mariposas sobre la tumba fue un reportaje que iba a hacer para Interviú y que por circunstancias diversas no realicé. Pero al documentarme para el reportaje descubrí cosas apasionantes. No hubo reportaje, pero sí novela.

 

A veces te gusta mostrar cinismo, pero durante la lectura de Memorias de un reportero indecente el lector acaba convencido de cómo eres un experto en sucesos bastante sensible. Entre todos los bestiales crímenes que cubres destacas el del niño degollado en Extremadura y el crimen del rol. ¿Puedes explicar un poco más por qué esas dos barbaridades pudieron afectarte tanto, y en cambio permanecer frío, por ejemplo, ante el triple crimen de Alcàsser?

 

Es que el oficio te convertía en cínico. Y bueno, no me afectaron tanto, las recuerdo porque las destaqué en mi catálogo de afectación. El crimen de Táliga, con el tipo que le cortó la cabeza a un niño, no fue uno de mis primeros reportajes, ya estaba baqueteado, pero por circunstancias que no sé explicar con certeza, sí que me impresionó. Los crímenes en que las víctimas son niños siempre afectan más. Te contaré otra anécdota.

Hicimos el reportaje de un tipo de la Once que había tirado a sus tres hijos desde un sexto piso en que vivían en Lugo y luego se tiró él detrás. Entrevistamos a la madre, invidente también, en su mesa camilla durante una hora, hora y media y, como en el resto de los temas que ya llevábamos hecho, ni nos conmovimos. Es un lujo que no nos podíamos permitir trabajando. Ese fin de semana Informe semanal emitió su reportaje también con una entrevista a la madre.

En la tranquilidad de mi casa, sí que me conmoví. Eso demuestra que en un caso me comporté como emisor de la noticia, que era mi obligación, y en el otro me comporté como receptor de la noticia, ya desconectado en mi casa. En cuanto al crimen del Rol, lo que me pareció espeluznante es la descripción que de él hizo por escrito uno de los propios asesinos. Una descripción hecha en detalle sobre cómo asesinaron a la persona elegida. Una descripción de una muerte lenta porque el tipo no se les moría. Una descripción de su agonía. Es una descripción que un matarife de cerdos antiguo, con intenciones de escribir un diario, podría hacer de su trabajo, pero con un ser humano.

 

Tu percepción de las televisiones privadas en España no es positiva. Y eso que, cuando directamente afectaron a tu trabajo, estaban en su inicio… ¿Fue su irrupción causa principal para que semanarios de toda la vida, como El Caso, echaran el cierre?

 

Precisamente ya en sus inicios pudimos comprobar de manera clara y distinta que las televisiones planteaban los sucesos como una basura auténtica desde el punto de vista de la información que nosotros hacíamos de manera minuciosa. Ya digo en el libro lo que sostuvimos siempre, que el suceso es espectáculo en sí mismo y no es necesario añadirle más. Porque la TV no es información, es espectáculo y el espectáculo es mentira, simulación, no es información. En la actualidad las TV han convertido en espectáculo hasta a los propios informativos.

Yo hace ya más de una docena de años que no veo nada de televisión. Cero. Nada. La televisión no es necesaria. No sirve ni para informar. Es otra cosa. Un injerto hacedor de opiniones interesadas para dirigir a las audiencias a zonas que les son confortables a los propietarios y accionistas de las cadenas que, recuerda, son bancos, grandes empresarios, inversores en fondos buitres y demás parafernalia económica controladora de la sociedad.

La televisión crea una opinión interesada siempre a favor de quién la produce y sin que te des ni cuenta. Y que las televisiones sigan existiendo me pone triste, porque me hace saber que la sociedad está jodidamente podrida. Siempre digo que la culpa de que las televisiones sean como son la tiene en su gran mayoría, sus audiencias. Y por eso digo que las audiencias de las televisiones son tontas. Bueno, suelo decir que son gilipollas de natural ser, porque esto no es Facebook, ¿no? Desde que no veo televisión, estoy menos gilipollas y mejor informado, que es algo que a un periodista siempre le viene bien.

La televisión es el peor medio para estar informado. Es un medio justo para lo contrario, para desinformar o informar interesadamente en beneficio de sus inversores exclusivamente, no es ya ningún beneficio para la sociedad, si es que alguna vez lo fue. Eso lo saben también los gobiernos actuales, que han encontrado un modo de aparecer incluso en programas basura para vendernos sus políticas impactantes en épocas de elecciones que luego nunca cumplen, porque saben que la audiencia de las televisiones son las más maleables. Dicho lo cual, si una televisión me llamase para hablar de mi libro, no tendría ningún problema en asistir para malear a la audiencia para que se venda mucho.

 

Dadas las penosas circunstancias que sufren los periodistas de hoy (muchas veces no solo no cobran, sino que –en no pocas ocasiones– pagan por trabajar), enterarnos de cómo viviste la profesión en El Caso y después en Interviú se antoja el paraíso del plumilla… A jóvenes que desconociendo las dificultades de todo tipo con que van a encontrarse… ¿Los animarías a iniciar estudios de periodismo?

 

Bueno, lo que tú llamas un paraíso de las plumillas, para nosotros era lo normal. O era así, o que trabajase su puta madre. Sinceramente, animaría a los jóvenes vocacionales a que lo sean. Los periodistas siempre son necesarios. Pero los animaría también a que se uniesen y exigiesen sus derechos laborales, los mismos que teníamos nosotros antes.

Además, ahora cualquiera que quiera ser periodista, tiene que serlo necesariamente por vocación pura. En nuestra época siempre podías caer en la tentación de hacerte periodista para tener un oficio bien pagado. Ahora, qué risas. Y para acabar, la información actual es muy basura. Imagínate cómo sería si su elaboración no estuviera en manos de profesionales del periodismo. Los periodistas siempre serán necesarios. Pero hablo de periodistas profesionales, no el que se lo crea que lo es con un móvil en la mano y replicando lo que los gabinetes de prensa y las redes sociales les dictan.

 

¿Qué escritores marcan tanto tu vida de periodista como de literato?

 

En primer lugar, todos aquellos escritores periodistas que escribieron en Rolling Stone y Enquirer y el periodismo Gonzo, con su campeón, Hunter S Thompson o PJ O´Rourk, a la cabeza. Thompson escribió, Los diarios del Ron, que fue convertida después en una deliciosa película con el mismo título y protagonizada por Johnny Depp. PJ O´Rourk escribió un libro desternillante titulado Vacaciones en la guerra que cuando lo leí me descuadró y me hizo saber que el periodismo es algo más que el Qué Quién, Dónde Cuando y Porqué. En ese libro cuenta sus experiencias como reportero desde el punto de vista del periodismo Gonzo, es decir, pasándose por debajo de las piernas la norma de la Pirámide Invertida que todos los periodistas debemos seguir a la hora de escribir una noticia. Por supuesto que Tom Wolfe, un referente esencia del llamado Nuevo Periodismo.

 En cuanto a mis influencias literarias son diversas, pero te puedo decir que los clásicos españoles del Siglo de Oro son los faros que me hacen no encallar en este océano de aguas oscuras que es la literatura. La lectura de Vida de este capitán, Don Alonso de Contreras, contada por él mismo, un soldado de los tercios españoles en el siglo XVII, que fue protegido de Lope de Vega, es el mejor manual para un escritor que existe. De hecho, esas memorias suyas, cuya lectura aconsejo, tienen ciertas similitudes, salvando los siglos, con estas que yo he escrito. Por supuesto El Quijote y todas las novelas ejemplares de Cervantes.

En este sentido de la literatura del Siglo de Oro yo estaría más con los conceptistas que con los culteranos, sería más Quevedo que Góngora. Odio, por falsa, la prosa sonajero. A quien escribe prosa sonajero se les saltan todas las costuras en sus obras.  En la España actual admiro profundamente a Luis Gutiérrez Maluenda, un escritor de negra.

Sus novelas son otro manual para escritores que no quieran perder el tiempo en “Escuelas de escritura”, aunque entiendo que todo el mundo nos tenemos que ganar la vida de alguna forma, porque escribiendo no va a ser. De los guiris, Cormac McCarthy. No es país para viejos es una delicia literaria sin concesiones a la vacuidad del sonajero literario. Al igual que la mayoría de los autores de la negra norteamericana de los años 40 y 50, o de Truman Capote y su A sangre fría, que surgió como reportaje después de entrevistarse en la cárcel con los autores de los crímenes reales y que puede ser considerado el comienzo del llamado Nuevo Periodismo.

 

¿Cuáles son tus próximos proyectos literarios?

 

Sobre trabajos literarios, ahora mismo estoy metido en el proyecto de escribir lo que yo llamo una biografía novelada de un detective muy mediático del que ya daré a conocer el nombre. Crímenes reales. Es estupendo porque él y yo hemos descubierto muchos nexos en común y no hay cosa peor ni más vergonzosa para un escritor que ponerse a escribir de algo que no conoce, como ocurre tan a menudo. Ser escritor es un oficio. Normalmente los que se creen artistas de la muerte escribiendo no producen más que vulgar psicología disfrazada de literatura. Todos tenemos nuestras propias pajas mentales y no es de buen gusto airearlas.

 

¿Cómo va ese proyecto de abrir un restaurante de cocina griega?

 

Con respecto a la gastronomía, tengo ahora en proyecto abrir un negocio de alta gastronomía al vacío montando una Dark Kitchen para servir a restaurantes, a supermercados y a particulares. El Covid se ha cargado la restauración clásica y además estoy cansado de gente. Pero necesito financiación. Y nadie me la da porque no tengo nada con que avalar, ni perrito que me ladre. Sé el cómo, pero no tengo el con qué. Así, que como digo al final de Memorias de un reportero indecente, convertid este libro en un best seller y me dejaré de elaborar comida para los demás. Sería estupendo guisar sólo para los amigos en casa mientras me gano la vida sobradamente escribiendo libros. Pero me temo lo peor.

 

El autor de Memorias de un reportero indecente en acción

 

©True Crime: Manu López Marañon, 2021.

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