Presentación de Territorio negro de Manu Marlasca y Luis Rendueles

MANUEL MARLASCA

 

 

LUIS RENDUELES

 

 

Manuel Marlasca (Madrid, 1967), tras más de treinta años como reportero de sucesos en diversos medios como Ya, El Mundo, El Sol, Interviú, Antena 3 o Radio Nacional de España, actualmente dirige el programa ‘Expediente Marlasca’ en La Sexta. Es coautor de El Solitario, junto con Lorenzo Silva, y autor de Cazaré al monstruo por ti. Ha sido distinguido dos veces con el Premio Fundación Policía Española, el Premio de Periodismo de la Guardia Civil, la Cruz al Mérito Policial con distintivo blanco, el Premio Fundación QSD Global y el Premio El Mejor de los Nuestros del Festival Aragón Negro.

Luis Rendueles (Gijón, 1967) ha trabajado desde 1990 para el diario El Sol, Televisión Española y Antena 3. Fue reportero y subdirector de la revista Interviú y ahora forma parte de El Periódico de Catalunya. Participa en El programa de Ana Rosa, Ya es mediodía y Cuatro al día. Obtuvo el galardón al Mejor Periodista del Año por sus reportajes sobre el secuestro de la farmacéutica de Olot, así como el Premio Fundación Policía Española. Su libro Los ratones de Dios fue finalista del Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón en 2020.
Juntos presentan «Territorio negro» en el programa ‘Julia en la Onda’ de Onda Cero y han escrito los libros Así son, así matan, Mujeres letales y Una historia del 11M que no va a gustar a nadie.

 

TERRITORIO NEGRO

 

 

Los crímenes españoles más famosos y sorprendentes del siglo XXI

 

Los distintos tipos de asesinos son un buen indicador de los problemas de cada sociedad y reflejan nuevas realidades criminales: jóvenes criminales que cuentan su asesinato en directo por WhatsApp; mujeres que traman su delito sin mancharse las manos; homicidas que se apoyan en la tecnología para salir impunes.
«Hemos pretendido en todo momento guardar un absoluto respeto a las víctimas, un principio que siempre ha guiado nuestros pasos profesionales, así como a quienes se encargan de sacar de las calles a aquellos que tanto daño han hecho. En estas páginas verán a policías, guardias civiles y mossos haciendo su trabajo, muchas veces poco comprendido o desconocido para el público.»
Los crímenes, sus autores, sus métodos y sus motivos revelan lo que anda mal ajustado en una sociedad y forman el retrato de las zonas de sombra de un país.
Las personas capaces de asesinar a sus propios hijos, los asesinos de mujeres, los que matan a un ser humano para robarle algo de dinero, los psicópatas, los asesinos en serie, los que pagan a terceros para que eliminen a quien les estorba… Todos esos también son seres humanos y viven entre nosotros. Manuel Marlasca y Luis Rendueles, dos veteranos y prestigiosos cronistas del género negro, han recopilado en este libro trece casos de entre los que se han venido ocupando en los últimos años y que más les han llamado la atención. Algunos, como el de los hijos de José Bretón o el del niño Gabriel Cruz, han tenido un gran eco mediático. Otros son poco o nada conocidos.
Territorio negro está entre el ensayo y el libro de relatos. Pues si cada uno de sus capítulos en una historia en sí mismo, un relato detectivesco con su suspense, su desarrollo siguiendo la investigación policial y su desenlace, el conjunto ofrece frecuentes ocasiones para la reflexión sobre la condición humana y la sociedad en que vivimos. El libro es una suerte de paseo –inquietante, desasosegante en ocasiones, espeluznante por momentos- por la cara oscura de un país. Una primera conclusión es que ya no se mata como antes; los asesinos han cambiado, igual que los investigadores y sus técnicas. Si bien los móviles han variado poco, Se mata por celos, por dinero, por interés o pragmatismo o por simple locura: la amplia gama de las pasiones humanas. Otra gran diferencia es que en el siglo XXI han entrado también las mujeres como protagonistas. A veces como asesinas, otras como policías, investigadoras o científicas, capaces de resolver los sucesos más atroces.
¿Quién puede matar a un niño?
Esa pregunta clásica cuya mera formulación parece antinatural, y que debería carecer de respuesta, tiene, sin embargo, una que, no por antinatural, es menos real. A veces, los niños mueren a manos de sus propios padres o de las parejas (no siempre hombres) de estos. Territorio negro recoge cuatro de estos casos. El de César Juanatey, un niño de 9 años, asesinado por su propia madre, una psicópata de manual. Esta fue condenada a veinte años; hoy, lo hubiera sido a prisión permanente revisable. El de los niños Ruth y José de seis y dos años, asesinados por su padre, José Bretón, para hacer daño a la madre. El de Gabriel Cruz, al que toda España conoció por el apodo familiar de el Pescaíto, asesinado por la pareja de su padre. El de Sara Feraru, de cuatro años, asesinada por el amante de su madre.

 

Violencia contra la mujer

 

Por supuesto, y desgraciadamente, la violencia contra la mujer tiene una amplia representación en esta obra. Está el caso clásico de la mujer asesinada por su pareja tras anunciarle su intención de romper con él, como les ocurrió a Sonia Iglesias o a la ucraniana Marina Okarynska. Está el caso de la adolescente (Vanessa Ferrer, quince años), víctima de un amigo algo mayor, un drogadicto y delincuente de veintiún años, un “malote rural con pretensiones de hampón”, asiduo de los servicios de salud mental, incontrolado y violento. O el de la turista norteamericana asaltada en el Camino de Santiago por un tipo marginal convertido en depredador.

 

Un iluso en manos de una depredadora

 

Cuando es la mujer la que quiere eliminar al hombre, los métodos utilizados suelen ser distintos. Tradicionalmente, se han asociado los crímenes cometidos por mujeres a procedimientos menos relacionados con la fuerza bruta, como el veneno, todo un clásico del crimen femenino. Otra posibilidad es recurrir a terceros. El libro recoge un caso de este tipo, el de una atractiva mujer de veintisiete años, acostumbrada a manipular a los hombres apoyándose en ese atractivo. “Ni las mujeres fatales de la era dorada del cine negro de Hollywood llegaban a tanto”, dicen los autores a propósito de su comportamiento.
María Jesús Montero Cantó convenció a uno de sus amantes para que eliminara al marido que la estorbaba. La relación que se estableció entre la asesina por inducción y el autor material del crimen la resumió la abogada de este en pocas palabras. Se trató de “un iluso en manos de una depredadora”. Tanto fue así que a ella, como , inductora y planificadora, le cayeron veintidós años de cárcel y al autor material, diecisiete.

El crimen no siempre paga

 

Como el libro de Marlasca y Rendueles trata casos de la vida real, en ellos no siempre se da un final feliz. En alguna ocasión excepcional el criminal no paga, a pesar de que los investigadores (muy reivindicados también en esta obra) hayan hecho un trabajo riguroso. En el de Sonia Iglesias, por ejemplo, el absoluto convencimiento de la policía sobre la identidad del asesino no pudo respaldarse con las pruebas necesarias. Ni apareció el cadáver de la víctima (el presunto culpable nunca dijo dónde estaba) ni, por tanto, pudo castigarse el crimen.
En otra ocasión fue la política la que se entrometió en los procedimientos judiciales. Huido el asesino a Venezuela, y solicitada por España su extradición, el gobierno de aquel país la pospone sine die tras el reconocimiento por parte del gobierno español del líder de la oposición, Juan Guaidó, como “presidente encargado” de Venezuela.

 

Historias policiales

 

Recopilación de trece true crimes, Territorio negro tiene los ingredientes de los buenos relatos policiales. El lector acompaña a los investigadores en sus pesquisas, conociendo sus métodos y técnicas de trabajo. La investigación de los crímenes del siglo XXI es muy diferente de la de décadas anteriores sobre todo por el uso de nuevas tecnologías. Hoy, la policía puede introducir micrófonos en casas o coches, localizar a sospechosos por el rastro de sus teléfonos móviles, analizar muestras de ADN. De todo ello hay ejemplos en el libro. Uno llamativo a propósito del ADN es el del hombre que, para probar que había hecho el amor con su pareja (lo que indicaría una buena relación con ella frente a los indicios de culpabilidad que le apuntaban), dejó su esperma en un preservativo. Pero la policía, además de la sospechosa casualidad de que apareciera un preservativo en la basura un par de días después del crimen, contó con una prueba más definitiva: el único resto de ADN encontrado allí era del sospechoso, sin la menor huella genética de la víctima ni de otra mujer, algo imposible si se había mantenido una relación sexual.
Junto a esas técnicas, hay cosas, como los seguimientos o los camuflajes, que no cambian. El interrogatorio sigue siendo “todo un arte policial” y el peor sospechoso, aquel que tiene que confesar algo que sólo él conoce. Conseguir que los jueces autoricen medidas como pinchar un teléfono se convierte a veces en una verdadera pugna en la que los policías deben convencer con sus argumentos a unos jueces en general garantistas. Cuando se investigan homicidios, dicen también los autores, las prisas son muy malas consejeras. “La acción del homicida acaba en el instante en que su víctima deja de respirar. A partir de ahí, los investigadores tienen veinte años”, el plazo de prescripción de un asesinato, para encontrar pruebas y encerrar al culpable.
Y, en fin, el libro nos recuerda que quienes investigan crímenes para apartar de la circulación a los asesinos son seres humanos. Hombres y mujeres que arriesgan su vida y a veces la pierden; capaces de implicarse en un caso mucho más allá de lo que les exige el deber y la profesionalidad, comprometidos por su cuenta, una vez cerrado el caso, con la localización de un cuerpo (caso de Sonia Iglesias) que poder entregar a los familiares como pequeño consuelo. Hombres y mujeres que pueden derrumbarse al encontrar un cadáver; sobre todo si es el de un niño al que se lleva días buscando con la esperanza de encontrarlo vivo.
A fuer de policiales, estas historias verídicas contienen algunos ingredientes del género criminal: el método deductivo, la presencia del sexo o la violencia que puede llegar a ser puro horror. En cuanto a lo primero, los autores recuerdan que “la historia del crimen y sus resoluciones está llena de pequeños detalles”, esos pequeños detalles que Sherlock Holmes tenía una singular capacidad de observación para detectar. Hay mucho sexo en historias como la de María Jesús Montero Cantó, cuyo caso fue bautizado por la policía como el de la viuda negra, o la de la venezolana Candy Arrieta que usaba el sexo como cebo para atraer a sus víctimas. Y hay horror es escenas como la de la aparición de unos huesos quemados que acabaría comprobándose que eran restos de los hijos de José Bretón; en las actuaciones del asesino de mujeres del Camino de Santiago, un depredador que actúa encapuchado y lleva a sus víctimas a una cabaña, que parece salido de El silencio de los corderos; o en la violencia sufrida por la niña Sara Feraru, de cuatro años, a manos de un monstruo pervertido y violento.

 

Psicópatas y asesinos banales

 

Hay muy pocos asesinos natos, dicen los autores. Pero la personalidad de los asesinos es tan variada como sus móviles. Hay auténticos psicópatas y otros que esconden una personalidad vulgar, cuando no banal (la terrible banalidad del mal). Un personaje así es José Bretón, apodado el Cebollo en su adolescencia por sus compañeros de instituto, y cuya intrascendencia asoma en sus escritos, algunos de los cuales se recogen en el libro. Banal y estúpido es el cómplice de María Jesús Montero Cantó, sometido a una seductora hasta ser capaz de asesinar por ella.
Hay asesinos que, tras la violencia ejercida, se vienen abajo al ser detenidos. Y los hay que disfrutan con la fama que les procura la detención, que alardean de su habilidad al planear y ejecutar el crimen (“si no llega a ser por eso, no me cogéis”) y que mantienen una frialdad insólita, como la asesina del niño Gabriel Cruz, capaz de coquetear con los policías que la detienen.
Esta España nuestra
Al trasluz de las historias recogidas en Territorio negro se adivina una imagen de España, una cara oscura que habitualmente no vemos o no queremos ver, pero que también nos define. Entran en esa cara oscura los exhibicionistas, ladrones y agresores sexuales que acechan a turistas solitarias en el Camino de Santiago, un tabú del que nadie quiere hablar. El fangoso mundo de los abogados penalistas “en el que todo es posible”, y hacia el que la policía muestra una gran desconfianza. O el ambiente de pobreza cultural y económica del entorno de Vanessa Ferrer: un padre inválido, una madre sobrecargada de trabajo con horarios interminables que imposibilitan ocuparse de la hija adolescente, y unos amigos peligrosos, con un currículum delictivo desproporcionado para su edad. O la situación en una gran ciudad como Barcelona, donde, sólo en la zona delimitada por la policía para buscar a un asesino en serie, viven a la intemperie ochenta personas. Un asesino dedicado a matar mendigos sin móvil ni causa, y destinado a acabar en un establecimiento penitenciario para enfermos psiquiátricos. “Hace mucho que los reclusos con problemas mentales son el gran agujero negro de nuestro sistema penal”, dicen los autores a este respecto.
Detrás de los casos del libro hay una serie de historias humanas que no suelen aparecer en las informaciones que dan los medios y que son fruto de la investigación de los autores. Historias terribles de maldad, locura, inadaptación o mala suerte. Historias como las de Candy Arrieta o Ana Julia Quezada, la asesina del niño Gabriel Cruz, experta en manejar a los hombres por su experiencia en clubes de carretera y con otros posibles asesinatos no probados a sus espaldas. Ana Julia Quezada, que, seguramente sin haber leído a Edgar Alan Poe, remedó el comportamiento de uno de sus personajes, el asesino de El corazón delator.
A pesar de que estas páginas son un catálogo de la maldad terrible a la que pueden llegar seres humanos que conviven con nosotros como iguales, también es un ejemplo emocionante de la sabiduría, la profesionalidad y la entrega de quienes se encargan de perseguir a esos mismos asesinos y velar porque sean localizados.

 

Articulo: Juan Aranzadi, 2021.

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