ME CAGO EN EL AMOR por Juan Pablo Goñi – IV Antología Solo Novela Negra

—¿Qué pedís?, ¿justicia, pibe? E un mondo difficile, como dice la canción.

            La risa suena en sordina, el sarcasmo brota de la boca que pretende acento italiano. Ezequiel boquea; el policía se interpone entre su cuerpo maltrecho y el sol tibio, privándolo de un mínimo calor que mitigue el dolor que irradia la herida en el costado. La chimenea es un hueco sin fuego, ha sido la primera visita de Bettina a la quinta de sus padres en meses. Bettina yace en la cama de la única habitación; Ezequiel no puede cambiar la última imagen de la joven, la sangre pintando de locura y salvajismo el cuerpo más bello que ha conocido; no logra colocar el rostro sonriente o las piernas inmaculadas que un rato antes había desnudado para él.

            El policía fuma, espera el regreso del compañero. El humo pica las narices del joven. Estornuda, tose; cada espasmo es una nueva puñalada en el vientre. Al policía no parece importarle si muere o sobrevive, él tiene un crimen resuelto. En esa resolución, el criminal es él, Ezequiel, el novio de la víctima. Ha consumido energía y oxígeno en relatar los sucesos a los oficiales, hasta casi agotar la poca que le quedaba. Él mismo llamó al 911, ¿acaso eso no cuenta? Fue otra puñalada oírlo decir por la radio que había atrapado al violador de una joven de veintidós años. Ni siquiera agregó que estaba herido. El otro policía ha salido hace unos buenos diez minutos, Ezequiel ignora qué misión debe cumplir; se ve envuelto en una trama oscura, un film con Humprey Bogart, un relato de Solo Novela Negra.

            La respiración se apacigua, se pregunta si la herida será mortal. Tiene apretada contra ella la camisa celeste que el policía le arrojó como único auxilio. En calzoncillos lo encontraron, como antes lo habían encontrado ellos. Una puntada lo obliga a cerrar los ojos; vuelve a abrirlos, el policía ríe ante un video en el celular. Oye la música, le tritura los oídos. El policía larga una carcajada.

            —¡Ay!

            Ezequiel se odia por la muestra de debilidad. Debe aguantar, debe llegar ante una audiencia, ante un juez que lo escuche y entienda lo que sucedió.

            —¿Qué pasa, pibe? —el policía se pone a canturrear—. Y aunque parezca, no tienes la culpa, la culpa es del amor.

            El amor, ¿qué tiene que ver el amor con esa catástrofe? Quisiera tener allí delante al padre Higinio, el cura de la escuela primaria, para recitarle «por mi culpa, por mi gran culpa». Maldita escuela primaria, maldito José. Siete años sentando pupitre con pupitre, ¿cómo iba a imaginarse la vida que había escogido el timorato José? Ezequiel lo defendía de los del curso superior, él se plantaba cuando le querían quitar los anteojos para arrojarlos al inodoro. Un nuevo tirón lo fuerza a otro quejido lastimero.

            —¿Qué pasa, pibe?, ¿no te gusta la canción?

            Maldito malnacido, ¿se mofa? ¿No ha pedido una ambulancia, planea dejarlo morir desangrado en esa sala desolada, destinada a otras estaciones del año? Hace frío para estar desnudo, el policía lleva sobre el uniforme una campera gruesa. José trajo una de cuero, una ajustada al cuerpo. Trajo la campera y al otro, al inesperado, al que hizo todo ante la pasividad de su compañerito del alma. Cada momento que surge del recuerdo lo fuerza a soportar otra andanada de dolor. ¿Cómo se le ocurrió decirle que estaría en la quinta el fin de semana?, ¿por qué le habló de Bettina, del dinero de sus padres, del futuro magnífico que le esperaba? Por el auto, hay que aceptarlo Ezequiel; abrió la boca por el auto.

            Cuando José detuvo el Audi en la puerta del bar, Ezequiel lo sintió como una bofetada. El tímido, el niño que no podía valerse solo, regresaba de golpe a su vida, quince años después, en plan de triunfador, mientras que él mismo apenas podía exhibir un trabajo mediocre como logro vital. Por eso habló de Bettina, y la hacienda del padre, y la quinta donde tenían dos pinturas auténticas de famosos pintores franceses. «Nos internamos el fin de semana, como para probar, ¿viste? Es el último paso, después, a gozar de la estancia». Maldito ego, maldita cerveza, maldito abrazo de José cuando lo reconoció sentado a la barra.

            El viento se despierta, se filtra y genera un sonido atroz. Castañean los dientes de Ezequiel, el policía bosteza. El joven alza la vista, recorre los muebles cercanos, cubiertos por telas descoloridas; en la pared, la marca rectangular del cuadro ausente es una acusación más. El policía bosteza. José sacó los cuadros, los llevaron con los marcos. José. Sobrevivir para encontrarlo, para hacerle pagar; sobrevivir a ese anochecer imposible, a esa historia que se ha colado en su vida sin permiso. La sangre sobre sus muslos es la suya, no se engaña; no pensar en eso, no pensar en el líquido vital que huye del cuerpo llevándose la vida consigo. Ocupar la mente en otra cosa; basta proponerlo para que se cuelen los instantes fatales.

             La secuencia se repite, maldita película que lo acompañará para siempre, si es que existe otro día, si es que llega la ambulancia. Bettina se desnudó antes, lo esperó pataleando en la cama. Él llegó hasta el slip. No cerraron la puerta, no encendieron fuego en la chimenea; ya habría tiempo, tenían otra urgencia. No hubo tiempo. Los dedos en la cintura del slip, el golpe de la puerta abriéndose, el grito de José: «¡amiguito del alma!». La sorpresa de Bettina, el movimiento rápido que no alcanzó la velocidad suficiente para cubrirse antes que José llegara a la habitación. Con el otro. El otro que no demoró un instante en lanzarse sobre ella.

            José le dio un golpe en los testículos cuando pretendió defenderla. El debilucho José lo sostuvo amarrado, lo obligó a ver las despiadadas arremetidas sobre el cuerpo amado, los pantalones descocidos a las rodillas y el culo peludo subiendo y bajando.

            Los alaridos de Bettina, la trompada que le destrozó la boca. El cuchillo de José cortándolo cuando Ezequiel consiguió librarse de sus brazos. De nuevo al piso. El otro, el horrendo personaje, se volvió a José y le preguntó si quería pasar con Bettina, como si se tratara de una sesión de sexo pago. José dudó, su mirada lastimosa medio que lo obligó a negarse. La sonrisa horrenda del otro, su giro, y la mano que apuñaló una y otra vez a la joven violada. La sangre, la sangre. El otro se acercó a él, lo midió; la voz de José: «no va a durar mucho, vamos por los cuadros». Salieron del cuarto, recién entonces vio que tenían guantes.

            Hubo ruidos varios hasta que la puerta se cerró. La secuencia sigue presente, la mente se la detalla otra vez. El esfuerzo en erguirse; un vistazo al cuerpo de ella, las piernas abiertas, los tajos en el cuello, entre los pechos, en el vientre, en la entrepierna. La fuerza lo dejó; volvió al piso, se arrastró hasta la sala. Apoyándose en una silla llegó hasta el celular y llamó a la policía. A esta policía que lo acusa, que lo condena.

            La impotencia supera la dignidad que pretende mantener.

            —Por favor, me tiene que creer, es injusto.

            —Vos te lo buscaste. Es lógico, pibe, ¿qué esperabas al juntarte con esos rufianes?

            —¡Van a dejar un asesino suelto!

            Tose, le brota sangre de la boca, escupe; el esfuerzo lo supera, el ardor crece, la sangre cálida elude con facilidad la presión de los dedos sobre la camisa.

            —Los otros, no sé, yo tengo un asesino que no se va a ir a ningún lado.

            La puerta otra vez. Ezequiel reza, tiene que ser el otro policía. Se esfuerza en oír; no es necesario, hablan fuerte.

            —Listo, Potes, borré todas las huellas del otro auto, este gil fue el único que vino a la quinta.

            —¡Hijos…!

            Imposible continuar la frase, el pensamiento se desvanece. Comprende que está sentenciado, que no llegará ante un juez. Los policías, como buenos amantes de la obviedad, lo subrayan.

            —¿Tiene para mucho?

            —No, Medina, en cinco minutos podemos llamar a la ambulancia.

            Ezequiel ve las figuras borrosas que se separan de él. El sol por fin le llega, ya no alcanza para detener los temblores. La mano que sostiene la camisa pierde fuerzas, cae sobre el muslo. Las últimas neuronas alcanzan a oír la canción que tararea el tal Potes, la canción de despedida.

            —Y estoy sufriendo y no me arrepiento, me cago en el amor.

 

©Relato: Juan Pablo Goñi, 2020.

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