La parada de guaguas


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JOSÉ LUIS CORREA| Las Palmas de Gran Canaria

¡Que la guagua no llegue, que no llegue! Qué más da que haga frío, un frío de mil pares de narices. Las mañanas de marzo tienen eso, como si se hubiera concentrado en ellas todo el relente del invierno pasado. Sobre los coches, sobre las farolas, sobre las señales de stop y las de ceda el paso, en las marquesinas verdosas de la parada se ha posado una fría capa de aguanieve. Hoy llevo enrojecidos los nudillos, hinchados por el cambio de tiempo y ahora, encima, se ha metido viento, un viento chinchoso que te encoge el cuerpo. Que la guagua no llegue es lo que espero. Menos si es ese nuevo invento que juega a ser lata de cerveza, que no te deja ver a los viajeros, que golpea en el paisaje, urbano, pero paisaje al fin y al cabo. ¡Qué manía la de esta gente de ser originales con la publicidad!; al fin y al cabo, el amarillo guagua no era un mal color, pero no, caramba, hay que rizar el rizo y decorar la ciudad de serpentinas verdes con ruedas con el agobio que eso da, no soporta uno estar sentado entre el olor a sudor rancio y la prisa por llegar o volver, en una lata que no deja transpirar el aire.

Lo único bueno de la espera es ella. Una muchacha linda a la que le quedan de maravilla los vaqueros. No es fácil que te queden bien los vaqueros, no, qué va. Lo normal es que queden horrorosos: o requintados, que parece que te has embutido en ellos como una salchicha, o flojos, lacios, a modo de pañal en el que te sobra el fondillo. A ella, sin embargo, le quedan de película. Ella llega normalmente cinco minutos más tarde que nosotros a esperar su guagua. La vemos venir, primero como un puntito a lo lejos, una cabeza a la que le va creciendo un cuerpo y unas piernas a medida que se acerca, hasta hacerse realidad y aparecerse del todo en la esquina de Las Teresianas. Cruza la calle sin mirar a los lados, segura de que a estas horas no pasa ningún coche por el callejón, y se sienta en el borde del banco de madera, verde como la marquesina, como las rayas pintadas en el suelo, como la guagua en forma de lata de cerveza. Se sienta en el borde y no nos mira, acaso nos intuye, nos imagina, supone nuestra presencia porque siempre estamos ahí cuando ella llega.

Entonces —lo recuerdo como si fuera ayer— era cuando yo cambiaba de mano el portaplanos, para poder mirarla de reojo más a gusto, para ver de reojo sus ojeras recién amanecidas, su bostezo mal disimulado, su nariz roja, su encogerse de frío. Yo trabajaba por aquellos días en un despacho de arquitectos, nada que ver con mis estudios de arte, pero por algo había que empezar. Por eso llevaba siempre un portaplanos marrón de esos de tubo que me llegaba casi al pecho y, cuando estaba sentado, me tapaba la cabeza. Así que, cuando ella llegaba a la parada, yo permutaba, casi de memoria, el tubo marrón de lugar con la cartera. Tan de memoria que, a veces, los tenía en principio bien colocados —la maleta en la izquierda y el artefacto aquel en la derecha— y llegaba ella y yo los descolocaba de modo que ella me quedaba en el ángulo ciego y yo ya lo dejaba estar por la vergüenza de que ella sospechara que yo la observaba y qué lío.

Así continuábamos diez o doce minutos, a menos que mis plegarias fueran escuchadas y mi guagua se demorase por alguna avería. Esas mañanas llegaba tarde al trabajo, pero valía la pena. Entonces llegaba la de ella primero, haciendo psssss al abrirse la puerta y ella se subía con el bono en la mano listo para pincharlo. Se subía e iba directamente a sentarse al lado de un amigo que siempre le guardaba el sitio en el penúltimo asiento. Era mi última visión de la mañana: ella recorriendo a trompicones una guagua en marcha, ella con una gracia inmensa zigzagueando por un largo pasillo, ella sonriéndole a aquel chico sentando en lo penúltimo, qué envidia le tenía yo por entonces, hubiera dado un huevo por ser él, claro que entonces para qué me hubiera servido ser él con sólo un huevo. A partir de ahí, las cosas volvían a su rutina, a su desesperante costumbre: trayecto de ida al despacho, trayecto de vuelta a comer, trayecto de tarde al despacho, trayecto de noche a cenar.

Aquello duró casi a diario hasta el otoño, interrumpido sólo por los períodos de vacaciones, en Semana Santa, el día de Canarias, algún puente perdido en el almanaque. El verano —lo juro— resultó interminable. En octubre ella volvió como vuelven esas hojas naranjas de los árboles de la alameda. Había engordado un poco, lo noté enseguida por los vaqueros. Le seguían quedando de vicio, pero más ajustados. Su pelo era más largo y lo recogía en una coleta con uno de esos coleteros de terciopelo de colorines, a juego con la blusa. Se había hecho mayor. Yo también había cambiado, pero ella, claro, no iba a poder notarlo, sobre todo porque no me había mirado ni una sola vez cuando yo era el que era antes del verano. Me había dejado bigote, pero ella, claro, nunca sabría que era yo el mismo tipo que antes no lo llevaba. Lo único que permanecía inalterable, intacto en mi recuerdo, era el psssss de la puerta al abrirse y el trastabilleo hasta llegar a su amigo sentado en la penúltima fila.

Algo pasó en noviembre, que ella faltó a la cita. Un día llegó el pssss de su guagua, el psssss de la mía y ella no estaba allí, como el bolero aquel de esta tarde vi llover y vi gente correr pero sin gente corriendo, ni lluvia ni ella. Me subí con la esperanza de verla llegar corriendo, haciéndose realidad poco a poco, a tiempo de tomar la siguiente, a tiempo de alegrarme la cara, a tiempo de enseñarme el sol de otoño instalado en su sonrisa. Pero no apareció. Ni esa mañana ni la siguiente ni la mañana que siguió a la siguiente. No volvió más. Llegó la Navidad y con ella el invierno y llegó el nuevo año y otra vez marzo y recordé el marzo en que la conocí. La eché de menos cada día, cada mañana de cada día, cada segundo de cada mañana de cada día. La eché de menos siempre y empezó a revolvérseme el estómago, a hacérseme pequeñito de modo que ya casi no podía comer nada sólido, ya casi no podía respirar del todo bien porque como una mano me jalaba del pecho, porque me daba cuenta de que ella se había ido y yo no había sido capaz ni siquiera de decirle «buenos días». Ya no «buenos días, mi cielo», que eso hubiera sido pasarse. Sólo «buenos días», un «buenos días» cortito, incluso un «mmmdías» hubiera bastado, una inclinación de cabeza hubiera bastado, una caída de ojos hubiera bastado para que ella supiera que yo existía, para que ella comprendiese lo grande de mi amor, lo eterno de mi espera.

Una mañana de mayo entró en la librería —entonces trabajaba en una librería porque me echaron del despacho de arquitectos, a ver quién coño me creía yo que era para llegar tarde un día sí y otro también, quién coño era yo para dejar escapar hasta dos guaguas seguidas esperando por si a última hora ella llegaba, quién coño me creía yo que era para enamorarme, a mi edad, de la muchacha de la parada—, entró en la librería, digo, un pollillo al que recordaba de pasada. Era el amigo de la guagua, el que le guardaba siempre el sitio en la penúltima fila. Venía buscando algo para regalar a una novia, qué cursilada, en su primer mesiversario. Así lo dijo, con cara de pánfilo y todo, «Es nuestro primer mesiversario». Estuve a punto de pegarle un guantazo, de aplicarle tortura para que me dijera qué había hecho con la muchacha de mi recuerdo, a dónde había ido a parar aquella muchacha de mi parada, pero me contuve.

—¿La primera novia? —le dije.

—No, qué va, pero la última se quejaba de que nunca le regalaba libros. No quiero que me pase lo mismo con ésta.

—Claro, por eso te dejó.

—¿Cómo?

—Que te dejaría por eso, digo. Tu anterior novia.

—No, ella no me dejó.

—¿Y entonces? —le pregunté a pique de que me mandara a hacer puñetas por curioso. Sin embargo, le cambió de pronto la cara.

—Berta no me dejó. Se llamaba Berta, ¿sabe? Pues se mató en un accidente.

—Lo siento, no quería ser indiscreto.

—No importa, ya pasó. Fue hace seis meses, en noviembre pasado.

—Pero, pero… —no sabía qué decir—… ¿cómo fue eso?

—La cogió un coche una mañana. Iba medio dormida, ¿sabe?, ni siquiera lo vio venir. Ya yo le había dicho que fuera otra vez en guagua, que era más rápido y más seguro, pero no, no quería volver a aquella puta parada…

Y allí fue cuando algo se me quebró en el pecho, que ya no pude oír el final de la historia, el aire como que se me fue de golpe y se oscureció todo para que yo no pudiera oír el final de la historia, para que no pudiera oír que Berta se levantó una mañana dispuesta a ir caminando a clase, a ir a gatas a clase si fuera preciso, todo para escapar de aquel tipo siniestro, de aquel tipo extraño que la vigilaba por las mañanas en la parada de guaguas, el tipo aquel que no paraba de observarla de reojo, el tipo asqueroso con un portaplanos de color marrón.


 

Escritor. El detective nostálgico (Alba Editorial, 2017) es la novena entrega de la serie que protagoniza el investigador Ricardo Blanco.

José Luis Correa es profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Tras una breve etapa como autor de relatos cortos, en la que obtiene algunos premios como el Julio Cortázar (La Laguna, 1998) o el Campus (Las Palmas de Gran Canaria, 1999), se instala definitivamente en la novela con títulos como Me mataron tan mal (Premio Benito Pérez Armas, 2000) y Échale un ojo a Carla (Premio Vargas Llosa, 2002). Con la novela Quince días de noviembre (2003) irrumpe en el género negro e inicia la serie que tiene como protagonista al detective Ricardo Blanco, que continuará con Muerte en abril (2004), Muerte de un violinista (2006), Un rastro de sirena (2009), Nuestra Señora de la Luna (2012), Blue Christmas (2013), El verano que murió Chavela (2014), Mientras seamos jóvenes (2015) y El detective nostálgico (2017), todas ellas publicadas en Alba. La obra de Correa ha sido traducida al alemán, italiano y finlandés.

 

Texto ©  José Luis Correa – Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados

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