El hijo del pregonero

El hijo del pregonero por Fernando Gracia Ortuño

 

No es que no me guste leer historias negras o criminales al estilo moderno. Lo que pasa es que no tengo tiempo. Hay críticos que han estudiado literatura que me cuentan que se llevan las manos a la cabeza cuando les toca leer el último éxito de tal o cual editorial para hacer la reseña oficial u oficiosa.

Es para volverse loco, dicen. Los entiendo, porque los autores se copian las historias unos a otros, y lo que es peor: el estilo, lo cual es ya una inmensa desfachatez, te echas a reír sólo con leer el título. En estos tiempos ya se ha perdido la vergüenza como para eso y mucho más. Resulta que la historia ahora va de monstruos, por ejemplo, a raíz de un título afortunado con ese nombre, pues hete aquí a todos los escribidores del género machacándose los sesos cinco o seis meses para poner a su novela el título de Yo no soy un monstruo, Un monstruo en mi habitación, El último monstruo, Si te dicen que fui un monstruo, etc.

Pero el caso es que a mí me gustan los best sellers donde siempre reconoces el género y no el autor, que pasa a segundo plano y a ser el mismo, puesto que ya el escritor no cuenta, es una plantilla pergeñada por el márketing, un testaferro de la editorial que seguramente, como diría un amigo mío, se está beneficiando a alguien importante, o a lo mejor y lo más probablemente, le está succionando algún órgano, y es por eso que comparten gastos y ganancias en la edición y creación del pequeño gran monstruo, benefactor y éxito de ventas. Luego, cuando lees unas cuantas páginas, sorpresa, la estrategia creativa es la misma, los trucos que generan interés y suspense -baldío, baladí, soso, rancio, claro, si uno tiene dos dedos de frente-, la estructura, las ideas mismas, las expresiones, todo en sí en tan magnífica y monstruosa creación es copiado, nada es original. Sin embargo, para qué engañarnos, el público está ahí, y eso es lo que vende, lo han amaestrado bien.

No, no, lo que pretendo hoy no es contar alguna historia trillada de policías acérrimos que se estrujan los sesos como cosacos para averiguar quién fue el asesino y en el trayecto nos relatan las mil y una anécdotas, pistas, encontronazos y momentos de los más emocionantes en medio de un mar de escalofríos e intrigas que nos harán valorar las delicias del género. Lo que me gustaría hoy es narrar el extraño caso del hijo del pregonero, muy famoso en mi pueblo y cuya historia ha pasado de generación en generación. A veces como chiste, y otras como horrenda historia de venganza y muerte cruel entre pueblerinos.

Todo comenzó como una broma con motivo del nacimiento de un niño nacido bajo el estigma de la duda más cruel y de la incertidumbre. Ya sabemos que en los pueblos, sobre todo en los de catetos, se rumoreaba mucho, y la ignorancia se aliaba más de lo debido con la estulticia más endemoniada, es decir, con la necedad y vileza propia de cierta indolencia, digamos intelectual, que no hacía precisamente sobresalir a los pueblerinos sobre el nivel general del país, todo lo cual, en una época pasada en que no debería por qué estar también representado el presente, hacía que en aquél pueblo semi salvaje todavía primaran el odio y la codicia, la envidia y el rencor más acerado hacia el vecino, amigo, e incluso el familiar que por lo que sea descollase o no, sobre los demás, o incluso por el simple hecho de ser diferente, o, como en el caso del niño del pregonero, haber nacido bajo el signo de la sospecha permanente y el adulterio.

Todo sucedió una mañana en que a la cotilla del pueblo se le ocurrió ejercer de alcahueta a fin de enemistar a dos familias. Pensó que si esparcía con artimañas y malas artes de bruja la noticia dudosa, emulando el casual y engatusando algún vecino poco perspicaz, el rumor de que tal niño nacido de su vecina, (a la que tenía ojeriza y envidia a ultranza), era en realidad el hijo del pregonero, a lo mejor perjudicaría indirectamente a las dos familias involucradas que más odiaba, a la del pregonero y a la de su vecina, claro. El pueblo, después de aquello, al cabo de cierto punto, ya no fue el mismo. Se seguían cantando jotas al estilo baturro, y se continuaba danzando como descosidos, claro está, pero ya no era lo mismo.

Más que jotas parecían maldiciones improvisadas con toda la mala baba, y en lugar de baile de garrotes, llegaba un punto en que en las fiestas se liaba una guerra de garrotazos entre partidarios de ambas familias que a punto se estuvo de dejar sin catetos al pueblo. Eso sí, todos eran muy valientes, y por eso mismo, cobraban todos, y algunos, los más valientes, por cierto, el doble, pero estos además por tontos. Porque, la verdad, ningún pueblerino se daba cuenta de la tremenda manipulación de la tía cotilla, de la que había sido objeto todo el pueblo, desde el campesino al alcalde. Todos creyeron, por el contrario, su versión de los hechos, y hasta se hizo una jota burlesca en nombre del pobre niño, el que menos culpa tenía. Claro el padre del niño murió en una riña, intentando darle de hostias al autor de la canción, la madre también murió, de un infarto, en las fiestas del pueblo, cuando la cogieron entre muchos y comenzaron a tirarle de los pelos arrastrándola y humillándola. Y así, al cabo de cierto tiempo, el niño, el hijo del pregonero, pasó a formar parte de una mueca social y recurrente en los guateques y teatros de la comarca. Todo el mundo se pasó a reír del hijo del pregonero con la cancioncilla ingeniosa que se inventaron los catetos del pueblo. A pesar de que jamás se demostró infidelidad alguna en su familia. Y aunque la hubiera habido, ¿qué culpa hubiera podido tener él?

Al cabo de unas décadas me enteré que el hijo del pregonero se hizo militar. Estudió arduamente durante años y consiguió un puesto relevante en la aviación militar de combate, pilotando cazas y aprendiendo a enviar misiles y bombas.

Un día, el pueblo desapareció bajo las bombas enemigas, supuestamente, claro, antes de la contienda mundial, como todo el mundo sabe y dicta la Historia. Todo el mundo le echó la culpa a los alemanes y a los italianos, pero yo sé, por un informante, que fue él, el hijo del pregonero, el que, cantando la cancioncilla que tanto había sido motivo de burla, lo bombardeó hasta no dejar ni un alma con vida en él. Seguro que mientras los hacía estallar en pedazos a todos, cantaba aquello de: “¡Mamá, ma-má, por qué, papá, pa-pa, matóoo, al preeegoneroooo!”. Y alejándose por los aires con el caza, continuaba cantando y riendo y volviendo a cantar, una y otra vez, el mismo estribillo, una y otra vez, tan burlesco y cruel como un pueblo de palurdos: ¡Mamá, mamá, por qué, papá, papá, mató al preeegonerooo!

Texto ©  Fernando Gracia Ortuño – Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados

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