La Catedral del bosque por Emilio Chapí

Todo el mundo sabe que cuando un teléfono suena a las tres y media de la madrugada nunca es para dar buenas noticias. El inspector Julian Palacios se incorporó en la cama y sujetó el dispositivo con las dos manos y entornó los ojos hasta que la visión se le enfocó para poder distinguir quién le llamaba.

Juan Aranjuez.

El móvil seguía vibrando entre sus dedos. En la parte superior de la pantalla se acumulaban seis notificaciones verdes de otros tantos mensajes. Miró el hueco vacío en la cama junto a él. No le hizo falta leer los mensajes para saber que La Rubia le decía que iba a estar unas horas más con las chicas, y que volvería en cuanto acabase, que no la esperase despierto, cosa que ya había decidido no hacer.

Juan Aranjuez era un supuesto vidente, un telépata, un médium y una serie de títulos más que Palacios no acababa de creer pero que se acumulaban pulcramente escritos en inglés en su tarjeta de visita. Era natural de Zaragoza, pero hacía años que se había afincado en Dublín, donde ejercía su profesión asesorando a algunos de los directivos de las principales compañías tecnológicas con sede en Irlanda. Palacios seguía sin tener claro como había pasado de trabajar instalando líneas de ADSL a regentar un exitoso consultorio psíquico, ni que acreditaciones le permitían asegurar que sus predicciones eran fiables, o por lo menos más fiables que la del resto de “vende humos” que pululaban por ahí asegurando poder predecir el futuro. Pero a juzgar por su estilo de vestir y por el hecho de que llevaba tres semanas alojado en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad no le iba nada mal.

—Dime —gruñó.

—El viaje astral ha sido un éxito por fin. Aquel muñeco que encontramos debía significar más para él de lo que creíamos y esta noche he contactado con su mente en los planos superiores, se dónde podemos encontrarla.

Palacios soltó un hondo suspiro y se levantó de la cama. Dio tres pasos en dirección al armario y abrió una de las puertas. Aún no había encendido la luz, y el interior estaba oscuro.

—En media hora pasamos a por ti.

—Necesitaremos luz, toda la que podamos reunir a nuestro alrededor.

—¿Es alguna clase de metáfora? Son las tres de la mañana y, sinceramente, no estoy de humor para desentrañar tus juegos de palabras —Palacios volvió a mirar el hueco de la cama donde se suponía que debía estar La Rubia.

Juan Aranjuez soltó una risa que le recordó al gruñido de un cerdo. Por la pausa que hubo, Palacios supo que estaba subiéndose las gafas de montura de alambre por el puente de la nariz y alisándose el pelo engominado que se le rizaba en la nuca formando caracolillos en torno a las orejas; empezaba colocando ambas manos en el nacimiento del cabello, allí donde terminaba una amplia y brillante frente que había ganado terreno a la que debía haber sido una espesa cabellera.

—He visto un bosque, al sur de la ciudad, allí donde la oscuridad campa a sus anchas sin que la luz de la civilización la moleste. Son palabras de él. Y huele a mar.

Palacios dedicó unos segundos a pensar mientras colaba la cabeza por el cuello de una sudadera. Cerca de Valencia solo había un bosque que pudiese oler a mar, y casualmente estaba al sur de la ciudad.

—La dehesa del Saler, necesitaremos hombres. Hasta dentro de media hora Juan.

Apenas un cuarto de hora más tarde la subinspectora Mari Carmen García le recogía en el portal. Era noche cerrada. Las farolas hacían lo que podían por ahuyentar la neblina que ascendía de las frías aceras en jirones en aquella madrugada de febrero. Palacios se cerró la cremallera de la chaqueta de cuero, se caló la capucha hasta las cejas, y se palmeó los muslos con fuerza para intentar que las manos entrasen en calor mientras el coche giraba la curva al final de la calle y la luz de los faros barría la sucia calzada revelando todas las imperfecciones del pavimento.

—Buenas noches, jefe —dijo la subinspectora con su fuerte acento andaluz mientras Julián Palacios se acomodaba en el asiento —Le he traído un café.

Tomó el vaso de cartón, el calor de la bebida le templó los dedos y le permitió recostarse. Dio un sorbo.

—¿Qué coño lleva esto?

—Brandy.

—¿Brandy?

—Solo un poco para entrar en calor —García se acercó su vaso a los labios.

—Estoy seguro de que el tuyo no lleva.

—Un simple gracias habría bastado. Es usted un gruñón.

—Sí, lo siento ¿Qué piensas de la llamada de Juan Aranjuez? —Palacios dejó que la vista se perdiese al otro lado del cristal, en el fondo el café no estaba tan mal, y notaba como el frío abandonaba sus extremidades.

—No me gusta su forma de convertir cualquier ocasión en un espectáculo, pero tenemos que reconocer que sin sus sugerencias no habríamos llegado a este punto de la investigación.

—¿Y dónde estamos exactamente? Hemos encontrado una serie de pistas que según el telépata de Dublín están vinculadas con el secuestrador de la joven y nada más.

Palacios obviaba intencionadamente que Juan Aranjuez les había conducido hasta el parque donde la joven había desaparecido, y hasta los rastros que habían quedado detrás como la botella de agua o la zapatilla de la talla treinta y ocho que había aparecido a escasos metros del parque, donde a todas luces se había producido un forcejeo entre los dos. La policía científica había encontrado una gota de sangre de la que no habían podido extraer ADN; pero el grupo sanguíneo coincidía con el de la joven y todo hacía pensar que se había producido al intentar zafarse de su secuestrador.

Del contacto con Juan Aranjuez habían pasado ya tres semanas. Fue a las seis horas de realizar el primer comunicado oficial sobre la desaparición. El psíquico había entrado en la comisaría demandando hablar con el inspector a cargo del caso: “Quiero hablar con Julián Palacios”, había gritado a la entrada de la comisaría. “La vida de Laura depende de que nuestros caminos se crucen, tal y como está predicho”. Por aquel entonces nadie sabía que Julián Palacios era el responsable de la investigación. El comunicado lo había realizado el comisario Brines junto con el alcalde. Su nombre aún no había aparecido en los periódicos. Simplemente Juan Aranjuez no tenía forma de saber que el caso recaía sobre sus hombros.

Laura Torres.

Tenía veinticuatro años, había desaparecido mientras corría por el bulevar sur hacía ya casi un mes. La joven solía recorrer el bulevar desde el hospital general hasta el final; donde el puente de l’assut de l’or pasa por encima de la Ciudad de las artes y las ciencias. Se trataba de una joven de pelo negro con el lozano aspecto atractivo que suele acompañar a los deportistas de élite. Por lo que había podido juzgar Palacios a partir de las fotografías que la familia les había proporcionado, y las que la subinspectora García había conseguido obtener de las redes sociales de la joven, su rostro era agraciado, pero sin destacar entre la multitud, con unos ojos pequeños negros y duros, la nariz respingona y las orejas ligeramente separadas del cráneo. Laura tenía unas piernas firmes y torneadas, los brazos fuertes y los hombros anchos.

Palacios observó la forma en la que los poderosos músculos del cuello de la subinspectora se tensaban al tomar las curvas. Laura no tenía tanta fuerza como Mari Carmen García, ni su experiencia en técnicas de defensa personal, pero no se trataba de una presa fácil. Un cualquiera, un simple oficinista, no habría podido reducir a la joven, a no ser que…

Recordó una frase de la primera sesión con Juan Aranjuez. Se produjo en el despacho del comisario Brines, junto a la jefa del gabinete de prensa y la secretaria de la concejalía. Las luces estaban apagadas y solo el sol de una decadente tarde iluminaba la estancia poco decorada del comisario. “Siento una jeringuilla. La tengo entre las manos. Unas gotas brotan de la aguja. Mis dedos están impacientes por apretar el embolo.”

A punto de terminar un doble grado en educación física y nutrición, Laura Torres había sido seleccionada recientemente por el equipo de atletismo nacional para participar en el próximo campeonato. Aun así, no parecía la clase de joven a la que el éxito se le sube a la cabeza. Seguía viviendo en casa de sus padres y apenas salía por la noche. Como habían corroborado sus amigos más cercanos, su vida era el deporte y la competición, y por ello llevaba una rutina casi militar, con un régimen de entrenamientos que a Palacios le había producido vértigo nada más leerlo, y que había merecido un silbido de admiración por parte de García, algo realmente inaudito.

Cuando llegaron al hotel de Juan Aranjuez, el psíquico les esperaba en el hall, arrellanado en un sofá y leyendo un periódico con desinterés, el reloj marcaba las cuatro y veinte. Llevaba un traje de tres piezas marrón que resaltaba su cara aniñada y barbilampiña, con sus rasgos finos y poco llamativos, pequeños para las dimensiones de su cabeza. Se levantó y fue a saludarles con una tímida sonrisa entre los labios; y después de estrecharles la mano se la limpió en la pernera del pantalón.

—Está noche la conexión ha sido mucho más fuerte de lo habitual —les explicó mientras salían del hotel y subían al automóvil—, por fin se está abriendo, dentro de poco le atraparemos. Puedo sentir en cada fibra de mi cuerpo como la sincronicidad se está plegando entorno a nosotros. Os aseguro, sin ningún tipo de duda, que él caso se cerrará está semana.

—Si queremos que no nos cuelguen de los tobillos de la torre de correos más nos vale que sea así. Hay muchos que ya piden nuestra cabeza —apostilló Palacios.

El camino hasta los aparcamientos de la dehesa estuvo acompañado por la charla incesante de prestidigitador de Juan Aranjuez. Con su voz delicada habló de planos superiores, de visitas de espíritus y de leer las líneas ley que recorren la provincia de Valencia. De la ubicación del Monasterio de Monserrat y del obelisco del parque Ribalta. La charla era tan abrumadora que Palacios notó presión en la parte de atrás de la cabeza, una incipiente migraña, y deseó decirle que cerrase la puta boca de una vez por todas. En lugar de eso se aferró a la puerta del vehículo y cerró los ojos. Estaba cansado y tenía frío. Echaba de menos a La Rubia. Las cosas entre ellos no iban bien últimamente.

Cuando llegaron a la entrada alguien había quitado ya el candado que sujetaba la cadena entre dos postes de madera para impedir que entrasen vehículos. La cadena, con sus gruesos eslabones donde se acumulaba la herrumbre, descansaba en el suelo como los restos de un ofidio prehistórico. A partir de ese punto el camino se internaba en un denso bosque mediterráneo. Pinos, eucaliptos, lentiscos, y palmitos se alzaban a ambos lados del camino como muros impenetrables. La oscuridad era total salvo por los tristes haces de los faros que intentaban en vano cortar el oscuro manto.

En el aparcamiento las luces de los coches patrulla les dieron la bienvenida con sus destellos azules, rojos y blancos. Una veintena de agentes uniformados y con cara de haber sido expulsados de la cama por el llamamiento a filas, se arremolinaban en torno a un furgón donde repartían café y bollería, así como linternas, planos y cámaras de fotos. El primero en saludarles fue el comisario Brines, que movió su orondo cuerpo con pesadez hasta donde estaban ellos y, sin molestarse en estrecharles la mano, dijo:

—¿Estamos seguros de esto? La prensa no tardará en enterarse y no sé si podremos contenerlos mucho tiempo. La concejalía no quiere más problemas, hay que encontrar a Laura Torres ya.

—¿A caso no lo sentís? —Juan Aranjuez hinco la rodilla en el blando manto húmedo que cubría el suelo, sin preocuparse por la mancha que iba a quedar en sus pantalones, y palpó la tierra —El bosque entero está gritándolo con fuerza. La línea Ley nos llevará hasta ella.

El comisario Brines se giró hacía el grupo de agentes, y haciendo bocina con las manos, gritó:

—Muy bien chicos, ya sabéis lo que hay que hacer. Grupos de dos, os van a repartir planos con la zona que os ha tocado batir. Si encontráis algo lo marcáis, lo fotografiáis y avisáis por radio. Recordad, todo es importante, por pequeño que sea. Si un conejo ha cagado en las últimas cuarenta y ocho horas en este bosque quiero saberlo y tener una foto de las deposiciones.

Una risa nerviosa se extendió entre los agentes.

Se internaron en el bosque armados con sus linternas formando bastones de luz que se agitaban espasmódicos entre los altos árboles. El frío era atroz, húmedo y pegajoso, subiendo desde el suelo como millones de dedos de muerto aferrándose a los pies y las piernas con desesperación. Palacios se cubrió la cabeza con la capucha, metió las manos en los bolsillos y deseó estar en otra parte. Por todos lados se escuchaba el cantar de las perdices rojas y los búhos, el arrastrarse entre las zarzas de pequeñas alimañas que, o bien huían de sus pisadas, o se preparaban para atacarles. Juan Aranjuez avanzaba sin miramientos, apartando la vegetación con las manos desnudas, sorteando los árboles, hundiendo los pies en la arena suelta. La respiración de los tres eran cañones de vapor blanco de locomotoras obsoletas, y a los pocos minutos de andar entre la vegetación Palacios se encontraba cansado y magullado, con las manos llenas de cortes y las entumecidas piernas plagadas de pinchos y arañazos. A la subinspectora García no parecía molestarle, es más, se abría paso en silencio, siguiendo de cerca al psíquico y sosteniendo la linterna con fuerza.

—Cuenta la leyenda que estos bosques los habita una gigantesca serpiente —Dijo Juan Aranjuez en un susurro—, la serpiente Sacha. Se dice que un pastor de la zona tenía por amiga a una serpiente a la que alimentaba con leche de cabra. A la serpiente le gustaba enroscarse en el cuerpo del pastor, y juntos recorrían estos mismos caminos. Pero el pastor tuvo que marcharse a la guerra, y cuando regresó la serpiente había crecido hasta volverse monstruosa. Pero el animal recordaba a Pedro, recordaba cómo les gustaba a los dos pasear juntos por este bosque. Cuando fue a su encuentro y se enroscó en su cuerpo, la fuerza de la serpiente era tal que se quebraron todos los huesos del pastor como si fuesen pequeñas acículas de pino secas.

Juan Aranjuez hizo una pausa dramática mientras avanzaba sin miramientos entre los arbustos bajos. Palacios pensó que el psíquico podía buscarse un tema más agradable del que hablar, uno que no incluyese monstruos gigantescos.

—Esa leyenda no habla en realidad de serpientes, trata sobre la línea Ley que transcurre por estos mismos bosques. Es una línea pequeña, sin apenas fuerza. Pero si hacemos caso a esa leyenda, crecerá, se hinchará de poder hasta acabar con todo lo que una vez la conoció. Estoy seguro de que él conoce está leyenda, por eso ha escogido este lugar y no otro.

Sus pasos se volvieron inciertos a medida que penetraban en aquella catedral del bosque. Los pinos, cubiertos de helechos, eran columnas adornadas con festones elaborados con exquisitas telas, elevándose hasta la bóveda celeste, solapándose hasta formar un muro impenetrable a la vista. Las linternas no conseguían alumbrar más allá de unos escasos metros y avanzar parecía una tarea imposible por la densidad de las matas que cubrían el arenoso suelo.

—Jesús — dijo Julián Palacios al pisar un charco.

A pesar de ser un ateo convencido, él mismo sentía la presencia del mal y de la oscuridad, una oscuridad muy diferente de la ausencia total de luz, entre los muros formados por la maleza y los pinos. Se sentía en el ambiente, cargando el aire de un olor característico que el aroma del salitre del mar no conseguía disimular.

Los muros se abrieron de repente y los haces de luz vagaron por el firmamento como aves perdidas en la noche hasta que los agentes que sujetaban las linternas se dieron cuenta de que habían llegado a una “mallada”. El suelo estaba cubierto por un palmo de agua, y de está brotaba un denso campo de cañizos que les llegaban hasta el pecho. A duras penas, apartando las cañas con las manos, se abrieron paso. Avanzaban lentamente, sin ver donde ponían los pies. En alguna parte un agente cayó al suelo. Se escuchó un breve chapoteo y una sonora imprecación.

Juan Aranjuez abría la marcha, desapareciendo en ocasiones bajo las cañas para volver a emerger a los pocos metros. Tenía el traje sucio y en algunas partes se observaban desgarrones en la cara tela.

—¡Aquí está! — Gritó uno de los agentes. El haz de luz de su linterna se elevó al cielo como una columna para indicar su posición.

—¡Por la radio, dilo por la puta radio! —Fue la única contestación audible por parte del comisario Brines.

El transmisor que Mari Carmen García llevaba colgado del hombro emitió un chasquido estático, hasta ese momento la radio había permanecido en completo silencio, como si tratase de guardar la reverencia que el lugar exigía. El silencio iba a desaparecer por completo.

—Hemos encontrado un cuerpo en el cuadrante H-21. Repito, hemos encontrado un cuerpo en el cuadrante H-21.

Vadeando la mallada, Juan Aranjuez, la subinspectora García y el inspector Palacios se acercaron al origen de los haces que trazaban figuras libres en el cielo nocturno.

—Quiero un perímetro de cien metros de radio en torno al cuerpo —La voz del comisario Brines a través de la emisora ladraba ordenes como quien muerde un trozo de madera—.  ¡Vosotros! Preparad el grupo electrógeno y los focos y llevadlo todo al cuadrante H-21. Con mucho cuidado de no tocar nada que no tengáis que tocar, ¡Jesús!

Todas las teorías y explicaciones descabelladas de Juan Aranjuez le habían preparado para encontrar una escena meticulosamente preparada para la ocasión en la que la policía encontrase el cuerpo sin vida de Laura, algo así como un retablo pintado con los restos de la joven y preparado para causar consternación; cargado de significado que él tendría que desvelar. La forma en que había sido abandonado era a la vez un alivio y una decepción. Aun así, el hedor de la descomposición y la visión del cadáver desnudos de la que en otro momento había sido una joven atractiva, provocaron que más de un agente tuviese que alejarse de la escena presa de las arcadas.

Apenas flotaba en los escasos centímetros de agua que cubrían el suelo. El cabello castaño se enredaba entre las cañas y sobre el simétrico rostro vagaban insectos que habían hecho del cuerpo en descomposición su hogar. Entraban y salían por las fosas nasales y la boca para alzar el vuelo en cuanto las linternas los iluminaban. La rigidez de la tonificada figura de Laura comenzaba a desaparecer. Presentaba cuchilladas en pecho y abdomen, sobre todo en torno a la vulva.

Los grupos electrógenos y los focos no tardaron en llegar, y con ellos el forense y el juez para el levantamiento del cadáver. Todos los ojos estaban puestos en el cuerpo de Laura, atentos a las palabras que el forense pronunciaba dirigidas a su grabadora, pero lo suficientemente altas como para que los demás las escuchasen y no se viese obligado a repetir todo lo que había dicho. Todos menos Palacios. Sabía que podría leer el informe del forense cuantas veces quisiese, no iba a cambiar. En cambio, solo tenía una ocasión para analizar a Juan Aranjuez. El psíquico solo iba a presenciar aquella escena una única vez.

Se encontraba a escasos metros del cuerpo, entre Mari Carmen García y el comisario Brines. Lo suficientemente cerca como para ver todo lo que hacía el forense, pero a una distancia que no dificultase su trabajo. Tenía las mejillas encarnadas y sudaba profusamente a pesar del frío. Su rostro reflejaba la tensión del momento, la emoción de la consecución de una tarea en la que se habían volcado en cuerpo y alma la últimas semanas, que les había quitado incontables horas de sueño y los había puesto en la cuerda floja.

Pero allí había algo más, algo que crecía y se hinchaba a medida que el forense recitaba los hallazgos, aumentaba con cada herida y con cada magulladura, con cada pista cargada de significado que era revelada. Allí donde sus compañeros eran presa del asombro más extremo, Juan Aranjuez se sentía… orgulloso. Estaba expectante, como solo lo puede estar un escritor mientras un buen amigo lee su último relato y está esperando a que llegue a la parte donde la trama da un vuelco que nadie espera, como un artista que observa a los críticos discutir sobre el significado de su obra más reciente.

Para Palacios aquello era la confirmación de lo que había sospechado desde la primera vez que vio los astutos ojos de Juan, y escuchó su atiplada voz elevarse para ser el centro de atención. Ahora solo le faltaba lo más difícil, demostrar que Juan Aranjuez había matado a Laura Torres.

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