LA ANFISBENA – # 1

Miguel Ángel Contreras | Las Palmas

Donde existen reglas también hay excepciones. Esta es una de ellas dada la intensidad y amplitud del relato, en esta ocasión nos vemos obligados a publicar este excepcional trabajo de nuestro amigo y colaborador GUSTAVO EDUARDO ABREVAYA en tres ocasiones #1, #2 y #3.


La Anfisbena es una vuelta de tuerca de un relato de Borges, There are more things, y que es el homenaje de Borges a H. P. Lovecraft.

Mi relato es un homenaje al homenaje de Borges. Y es mi idea de lo que hubiera pasado si Phillip Marlowe hubiera estado investigando algo en los escenarios donde Borges ensaya su, creo yo, único relato Lovecraftiano. Relato, que si no lo han leído, recomiendo fervorosamente. No es un cuento policial clásico, pero así como Philip K. Dick [¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?] ––Blade Runner, en su versión para el cine–– tampoco lo es, creo que en ese mismo espacio amplio de la narrativa negra se puede instalar este relato.

Gustavo Eduardo Abrevaya. Buenos Aires 2017


La Anfisbena

Por Gustavo Eduardo Abrevaya

 

A Jorge Luis Borges, el verdadero Número Uno.

Y a su viuda, que confunde devoción con robo, escuela con plagio.

Mi nombre no es Juan Milton, pero eso a quién le interesa. Creen que nací en Bolivia y que vine a Buenos Aires hace muchos años, como tantos bolivianos, y tampoco es cierto, y la verdad es tan difícil de aceptar que mejor lo dejo ahí. Yo nunca nací. El Número Uno, como siempre, hace lo que quiere, tampoco es que tenga con quien consultar, aceptemos eso, y conmigo decidió que le sería útil, pero al final todo salió mal y me tiró por la borda. Uriel y los muchachos de las terrazas, que hoy combaten como guerreros heroicos, tuvieron algo que ver ahí.

Peor les fue a los otros.

Es raro, todos creen en mi historia hasta que les cuento que a mí me ocurrió eso que les dicen en las clases de catecismo. Si hoy apareciera un pobre Cristo a decirles “volví, hermano, abrazame, te he perdonado” lo mandarían al manicomio derecho, que era un lugar al que, todavía, yo no sabía que me estaba dirigiendo. Si hablas de tu origen, los creyentes fervorosos te toman por mitómano, y  eso si ese día están de buen humor. Así que me callo la boca y les digo que mi nombre es Juan Milton y que nací en Oruro. La verdad y lo que cree la gente son asuntos ajenos.

Ahora vivo en el Doque, en la peor de las torres, me hago amigo de toda clase de personajes de este mundo y de otros, algunos letales, otros apenas detestables, y todos me respetan porque no tengo el mejor de los humores y cuando me enojo eso puede ser muy malo para la salud. La de los otros.

Yo hago lo que puedo para ver si algún día vuelvo.

Porque arriba, y a veces abajo también, la guerra continúa y aunque ya no estoy en ningún ejército no puedo hacerme el distraído. Trabajo para que el número uno se digne a mirarme un segundo, nada más que eso, estar en sus ojos  un suspiro de tiempo que quizás me permita revistar en las filas de los héroes otra vez.

Es mi purgatorio privado.

***

Me habían contratado para encontrar a Axel Garibaldi Guttenberg, un uruguayo de alta alcurnia que se había metido en problemas y había desparecido hacía diez años.

Su hermano mellizo, Bruno, volvía a Buenos Aires y estaba dispuesto a pagar lo que fuera. La culpa lo estaba horadando, llevaba diez años sin tener noticias y recién ahora aparecía.

No soy detective, no fui policía, ni tengo nada que ver con eso, pero sé buscar. Veo algunas cosas con mejor mirada que la gente común, un rasgo que me permitieron conservar entre los muchos que perdí al caer en este lugar de mierda. Quién sabe, los de más abajo al menos tienen la dignidad de no tener perdón. Quizás no sea tan malo vivir sin esperanzas.

De Bruno y su hermano no tenía idea pero de las circunstancias en que había desparecido sí. Y era claro que me venía a ver porque a él le habían hablado de mí.

Dos nombres: Axel, el hermano desparecido, Virginia, una novia sin apellido. ¿Había hijos? Bruno desconocía ese dato, pero intuía que no. Los mellizos suelen tener esas percepciones.

Pocos datos. Axel y Virginia, las desapariciones en Buenos Aires, tan comunes en estos tiempos. En todos los tiempos. Y con los desaparecidos desaparecían los entornos, los datos, las pistas. Axel tenía que haber sabido de eso. Y, me daba cuenta, Bruno también.

Habló de un departamento en Recoleta, en la calle Vicente López, donde había vivido con Axel hacía ya diez años, de un allanamiento tras el cual él había escapado a Montevideo. Dijo que no sabía quién había entrado a ese departamento. Pero sabía. Agregó que su hermano era un tipo temperamental, aficionado a las armas, que amaba las guerras y que, creía él, eso no era ajeno a su desaparición.

-¿Usted cree que lo secuestraron?

-Podría ser, pero el corazón me dice que no.

-¿Algo más?

Bruno hizo silencio, encendió un cigarrillo, se puso de pie, fue hasta la ventana, miró los copos de nieve que no terminaban de caer.

-¿Usted sabe? -preguntó-.

-Usted llegó hasta mí así que ya conoce la respuesta -dije-.

-Mi hermano también -agregó-.

-¿Qué hacía él?

-Colaboraba, los pobres mortales no pueden hacer otra cosa. Pero quería ir más arriba. Quería pelear.

Hacía varias semanas que estaba nevando, otro efecto de la guerra, todo se congelaba y yo andaba sin un cobre. Sus cheques me calentaron el bolsillo. Pagó hasta el último centavo por adelantado, después se fue.

Me quedé solo, guardé los cheques en la cajita de lata, me puse mi gorra irlandesa, un gabán y me fui a buscar al Gato, mi informante preferido, un coleccionista desaforado de datos que una época fue un suboficial de grado bajo y que había recalado en la Policía después de dar tumbos por incompetente. El tipo manejaba camiones llenos de cadáveres, contaba, y los llevaba a un destino que, en cambio, no revelaba. A veces agregaba: no puedo. Un día se le rompieron los lentes, (el Gato no veía una vaca a medio metro), y empezó a decir cosas raras, tuvo extraordinarias revelaciones acerca de conjuras contra el rey de Suecia, que denunció como un patriota y por eso fue recompensado con mil millones de dólares y el amor de una actriz famosa, dijo haber tenido un hijo con ella, viajó a Júpiter subido a los rayos gamma que emitía la vagina de la actriz famosa cuando hacían el misterioso hijo. Dijo que en Júpiter habló con Platón en persona, que le explicó en detalle su metáfora de la caverna y que por eso él se había convertido en un helenista incomparable y lo estaban contratando en las mas importantes universidades del mundo para revisar las teorías sobre Platón. Un gran pensador, comentaba el Gato, al que Aristóteles entendió mal. Él mismo me lo dijo. Lo mandaron al psiquiatra, lo internaron y cuando salió, ya retirado por invalidez, volvió a su departamento y se dedicó a juntar papeles. Miles de papeles amontonados con información de asuntos que nadie entiende, excepto él. Si existe un archivo confiable en Buenos Aires, ese es el archivo del Gato. Documenta todo lo que le ocurre, y eso es todo de verdad, vive anotando, describiendo, consignando. Como era de esperar, mientras hablábamos tomó notas y eso fue a parar a la carpeta con mis iniciales: JM. Lo mejor de todo es que nunca pasa datos equivocados. El Gato no miente, no puede, no sabe, no está en su cabeza esa opción. Si mintiera, supongo, algo de su equilibrio se vería forzado y terminaría otra vez en un loquero. Algún día iba a hablar con él de esos camiones.

-Vaya a Turdera, Milton -me dijo cuando le pregunté cómo encontrar a Axel-. Me lo dijo después de sacar, como al descuido, una carpeta de una columna de cartapacios que acariciaba el techo. La columna amenazó con venirse abajo pero siguió firme mientras el Gato pegaba una hoja a su cara y leía alumbrándose con una linternita de bolsillo. En la portada de la carpeta se leía una sigla: SMA.

-¿Y qué hay en Turdera?

-Un sanatorio psiquiátrico, San Miguel Arcángel. Los manicomios son agujeros negros, pero usted no necesita que yo se lo diga, y algunos personajes, digamos, inclasificables, fueron recluidos ahí, es un lugar que conozco bien, usted sabe que pasé varios años internado. En mi archivo figura una Virginia que cuadra con ese perfil y con la época, pero nunca hablé con ella. Cuando me dieron el alta Virginia seguía allí. No tengo datos de su hombre.

Me puse de pie.

-Cuidado con las amphisbaeneas -dijo el Gato-. Leía un trozo de papel pegado al ojo izquierdo, el derecho estaba cerrado.

No me tomé el trabajo de preguntarle de qué me hablaba

Llegué a Turdera pasadas las doce. Soplaba un viento temible, los árboles se doblaban, los charcos habían empezado a congelarse, algún perro hurgaba en un tacho, con riesgo de quedar en ese lugar, duro, por toda la eternidad. Pregunté en un café y me explicaron cómo llegar. Seguí la instrucción, era lejos, caminé y casi se me congelaron los pies, pero llegué.

El loquero tenía la puerta retirada. Lejos, al fondo, sobre una lomada, detrás de los cuatro pabellones y de una verja verde, oxidada y retorcida, distinguí una casa roja, cercada hacia el poniente por araucarias, con techo de tejas de pizarra a dos aguas, cubierto por la nieve, y una torre cuadrada, con un reloj, que afeaban más aún, si cabía, la desagradable construcción. Era una vista opresiva y parca, que se vislumbraba como escondida detrás de un lugar opresivo y parco, también, cuya única razón era la locura. El guardia que me abrió me acompañó hasta el hall de entrada, cruzamos una puerta de vidrio, ingresamos a una sala calefaccionada y, recién entonces, me pidió documentos. Agradecí el gesto, aquel era un hombre piadoso, normalmente eso se hace en la entrada, al aire libre. Le dije que venía a inspeccionar una historia clínica y, de ser necesario, a entrevistarme con la paciente. Para tal efecto, exhibí mi carnet de inspector de Salud Pública, con mi foto y todo, gentileza de los chicos del barrio, gente ideal para estas fullerías. El guardia lo observó, me miró la cara, comprendió que era yo el inspector del carnet, sacó un enorme llavero que colgaba del cinturón, abrió un portón metálico y me franqueó el paso a una sección cerrada. Antes de volver a cerrar me indicó el camino a enfermería.

La enfermera resultó una bonita rubia, algo regordeta, friolenta y bastante apropiada para aquel clima, de nombre Selene. ¿Dije ya que mi debilidad son las mujeres? Selene estaba tomando mate, masticaba bizcochitos de grasa y sonrió al verme. Devolví el saludo con una sonrisa ancha y encantadora, yo era el Dr. Milton, expliqué, me enviaban de Salud Pública, mostré mi carnet, a chequear el estado de una paciente, agregué. La paciente se llamaba, era presumible, Virginia, aunque desconocía el apellido, me disculpé, usted sabe cómo son en el Ministerio, estimada Selene, lamenté, me habían dado el lugar y el nombre, pero no el apellido, si había dos Virginias estaría en problemas, mentí. Selene pareció conmovida por mi burocrática tribulación, sonrió más y me invitó a sentarme en la enfermería, un anafe encendido caldeaba el pequeño recinto, me convidó un mate, no me gusta el mate pero agradecí y bebí la insistente infusión, que siguió sin agradarme. El mate se estiraba, tomé pero preferí no comer, se estaba bien, la chica se mostraba gentil, estudiaba psicología, me contó, hacía el esfuerzo por las noches, iba a la Universidad de Lomas, muy cercana. Vivía en Banfield, contó, en la calle Azara, número 1780, ¿conocía yo por ahí? Le comenté que jamás había llegado tan al sur, Banfield o Lomas me eran indistintos, aunque, agregué, estando ella por allí ya tenía razones para simpatizar con la zona. Sonrió, cebó otro mate y entonces pasó el médico de guardia que observó la escena, Selene le hizo un gesto con la mano libre, en la otra tenía el termo, el médico respondió con una inclinación de su cabeza y siguió su ronda. Cuando desapareció, Selene me miró, volvió a sonreír, se encogió de hombros y se puso de pie. Se paró luego sobre el banquito y buscó la carpeta. Veamos, dijo, debe ser la única Virginia que recuerdo, a menos que la que busca tenga otro nombre, usted sabe, a veces las anotan por los sobrenombres. El comentario me inquietó un poco, pero decidí esperar y, entre tanto, miré sus piernas, largas, fuertes, torneadas, sinuosas, macizas, redondas aquí, alargadas más allá, con pocas y precisas delgadeces, enfundadas en medias blancas, y tan brillosas. Las vi ascender y extraviarse en la pollera blanca, adiviné, allá, arriba, en la cumbre misma, una sombra oscura bajo la tela opaca, curvándose hacia atrás; pese al frío polar mi corazón se reconfortó. Selene encontró la historia clínica y me la alcanzó, pescó mis ojos hurgando en sus profundidades, sonrió más, no sea pícaro, doctor, me dijo, no lo soy, mi querida Selene, es que no se le niega al ojo un momento de alegría, repliqué, y devolví la sonrisa. Selene, desde la altura, me pidió la mano para bajar del banquito, se la extendí, la vi tocar tierra en dos movimientos, su pie izquierdo fue el primero, con lo que el resto de Selene hizo una contorsión que llevó la pollera diez centímetros por encima de las rodillas y el tajo del ruedo, tensado hacia fuera, pareció a punto de ceder y rasgarse, su espalda que culminaba en aquella notoria curvatura posterior quiso mirar al cielo, sus mejillas se arrebolaron, su mano derecha pasó de la presión banal sobre mi mano a un apretón estimulante, pero nunca soltó su apoyo. El pie derecho sostenía la operación y yo la asistía con la mano y con mi mirada. Su equilibrio fue precario y toda Selene resaltó, por abajo y por arriba, mucho, también, hasta que, al fin, retomó su verticalidad y aquel breve universo se normalizó. Traía la voluminosa carpeta en la mano izquierda. Aclaró que esa era la Virginia que ella conocía, un caso difícil. Le agradecí su colaboración y pedí por un lugar con privacidad.

Salió Selene al pasillo, noté la diferencia de temperatura al seguirla, aquel anafe era, sin dudas, poderoso, caminamos hasta una puerta, abrió con su llavín y entramos a un consultorio. Caminó hasta un velador, encendió y vi, desde la puerta, un escritorio de roble, ancho, con dos sillas de madera y respaldo de cuero, un teléfono encima, y el velador con tulipa verde y cuerpo dorado. A un costado, un sillón basculante, de cuero negro y base de madera clara, esperaba detrás del diván, también de cuero, reclinado apenas.

Selene encendió un radiador y dijo:

—Si me necesita marque el 40 —me informó, señalaba el teléfono. Se retiró sin ruido.

Abrí la carpeta. En la portada indicaba la fecha de ingreso, cinco años antes, su nombre, su apellido, Iribarne, su estado civil, soltera, no mencionaba hijos ni a Axel. Busqué datos sobre la última dirección en Turdera, pero no aparecían. Calculé que en los informes médicos podía figurar algo más. Pero no, solo descripciones de la evolución cada vez más degradada de la paciente. Arrancaba hablando de la guerra en los cielos y el doctor entendía que eran bellas construcciones de delirios fantásticos. Los firmaba un tal Doctor Georg Levi Borgersson, Profesor Emérito.

El doctor Borgersson cambiaba tratamientos y Virginia seguía impertérrita en sus ideas, entraba en un mutismo creciente. Parecía lógico, si no tenía con quién hablar, que guardara silencio. Noté, no sólo su supuesta evolución sino, también, la del doctor, que pasaba de la fría mirada del comienzo a una desazón que se instaló conforme Virginia callaba. La paciente no mejora… debo seguir probando nuevas modalidades… cuadro de características excepcionales. No es sólida la idea de una insania, no se desprende de lo observado hasta ahora. Detecto otras cuestiones.

Si eso no era amor, no sé lo que podía ser.

                   Una nota al pie agregaba: Hay material suficiente para escribir un libro. Debo investigar más.

Pasaba el tiempo. Borgersson daba cuenta del progresivo encierro de Virginia: No responde a mis indicaciones, casi no habla. No registra mi presencia… está en oposición a todo. Los informes se hacían anodinos hasta que, al fin, se limitó a repetir la frase sin comentarios, hasta el último parte que firma. Luego se produjo un cambio. El doctor Borgersson dejó de escribir en la historia clínica, salió del tratamiento y en su lugar ingresó el Dr Max Preetorius. Director Médico. Este momento parece una bisagra. Preetorius aisló a Virginia, ya no hubo testigos, sólo los informes escritos y los fugaces contactos con enfermeras; la paciente empeoró, se le dieron medicamentos más potentes, el mutismo se hizo una pared infranqueable, dejó de caminar, se desplazaba por “otros medios”, perdió el control de sus esfínteres dentro de un desplome general, se espaciaban sus informes: cada tres meses, cada cuatro, luego nada.

El último informe decía:

                   Paciente gatosa, se alimenta del plato que está en el piso, está incontinente, autista, pasa los días jugando con su materia fecal.

                                                                                                              Dr. Max Preetorius. D M

 

Marqué 40.

— ¿Qué deseaba, doctor?

—¿Podría explicarme por qué el doctor Borgersson dejó de atender a la paciente?

Selene hizo un mohín.

—Yo no lo conozco, pero está ciego, pobre doctor, parece que vio algo indebido, la luz mala será —comentó, y soltó una risita cristalina—. Me dijeron que se volvió loco, pero de eso no se habla. Lo trata el doctor Preetorius.

— ¿Y dónde está ahora el doctor Borgersson?

—En la casa colorada.

— ¿La que está en la loma?

—Esa misma. Le dicen así, La Colorada.

— ¿Y Virginia?

—En la sala de aislamiento, pero no le va a gustar verla, doctor, hace mucho que no habla. Es como un animal, peor, parece una lagartija, está gatosa. Sabe eso, ¿no?

—Gatosa —dije—. Se refiere a que anda en cuatro patas ¿es eso? Está en el informe —contesté.

—¿Cuatro patas? Eso si está en buen momento, pobrecita. Venga y véala con sus propios ojos —dijo Selene y, para mi amordazada alegría, tomó la delantera.

La seguí.

Su llegada era encantadora, su ida una exaltación.

Caminamos así, luego bajamos a un pasillo oscuro y mal iluminado, era el sector de locos peligrosos. Con celdas a los costados.

Selene se detuvo y me miró:

-¿Está seguro?

-A eso vine.

Me invitó a observar: Algo asomaba en el borde de la mirilla, en el piso, un pie negro, una mano, pelo quizás, trapos sucios.  Selene abrió, me cedió el paso y señaló un rincón: un montón oscuro y vivo de ropa y mugre; miré a Selene con las cejas arqueadas, ella asintió: eso era Virginia. Una bruja tirada en el suelo, comía un puré nauseabundo mientras las dos manos tironeaban, distraídas, de la maraña de canas, deshacían los mazacotes de pelos o, acaso, los rehacían con mayor esmero. Tenía 42 años, pero parecía una anciana machacada a martillazos. El gesto de extraviada, los gruñidos de satisfacción al deglutir aquel potaje infame, el olor a orina y mierda, la ropa inmunda de arrastrarse por los corredores durante años, los ojos abismados, la cara llena de arrugas, costrosa, indecible.

Con esa mujer venía a hablar yo.

Despedí a Selene, que no se hizo rogar, y me quedé a solas con Virginia.

— ¿Virginia? —llamé. Silencio, no hubo respuesta—. Mi nombre es Juan Milton y vengo a buscar a Axel —bufidos, deglución, pedorrea, algunos chillidos—. Virginia —insistí—. El hermano de Axel me envía, lo está buscando —chupeteaba, sacaba su lengua y lamía el fondo del plato, lo volcaba y su cara se llenaba de grumos blanquecinos—. Alguien estuvo en tu casa —dije. Quizás me pareció, pero tuve la impresión de que aquella máquina privada de humanidad se suspendía por un instante y luego retomaba su actividad. Me acuclillé y seguí hablándole al oído—: Uriel, ¿ese nombre te interesa? -un rebullir en algún lado y luego una pausa, como un registro de otro tipo. Estaba escuchando- Ellos se olvidaron de vos, ¿eso es? – su respiración se volvió metódica, alerta. Avancé-. Nadie vino a rescatarte de este pozo, a los guerreros no les importa que estés así. Quizás vengan dentro de doscientos años y pregunten por vos, porque ellos se toman su tiempo. ¿Miento, Virginia? Y siempre llegan tarde, ¿no es así? Yo lo sé muy bien, los conozco tanto como a mis hermanos. Necesito tu ayuda, tengo que saber algo de Axel, al menos hay alguien que lo recuerda —ahora ya no tuve dudas, había dejado de tragar, estaba quieta como una roca. La cabeza suspendida, mirando el suelo, a diez centímetros de su nariz— ¿Vas a hablarme? Cualquier cosa va servir, hermana, estoy buscando a ciegas. El te amó, ¿no es verdad? Vos sabés de él más que nadie, Virginia, te necesito. —Entonces ocurrió algo. Virginia cerró los ojos, apretó muy fuerte sus párpados, eso parecía un gesto de sufrimiento, por un instante creí que iba a llorar. Pero me equivocaba. Su cara se transformó en una mueca de dolor y locura, y se escuchó un siseo, algo, tembloroso, creciente, soplaba como una olla a vapor y, entonces, fue un gemido, penoso, mórbido, el gemido se profundizó, se hizo largo, después bronco, siguió como una queja atormentada y la queja no se detuvo y se hizo grito, primero, alarido en seguida, sostenido, acuciante, hostil a cualquier palabra que intentara penetrar aquella fortaleza. Bramaba una sola, terrible vocal que parecía no acabar jamás, la vocal ululante llenó el aire; vibraron los vidrios, escuché tintinear móviles que colgaban cerca, mis oídos se trabaron en un zumbido maquinal, dolieron y, quizás, sangraron. Aquel aullido se elevó fuera de lo humano, rebotó contra el techo, contra las paredes, vi rajarse un espejo, pareció que iba a hacer estallar el pabellón entero. Entonces se abrió la puerta y entró corriendo Selene, no venía sola, la acompañaba una jeringa de tamaño considerable. Y ya no era la mujercita pícara que acababa de ver un momento antes. Saltó a horcajadas sobre Virginia, que gritaba y se arqueaba, y la inyectó sin sacarle la pollera. Después, subida a su lomo, sin importarle la inmundicia que se acumulaba entre sus piernas, Selene se reclinó, abrazó a aquella mujer degradada y así esperó, hablándole con suavidad al oído, bueno, bueno, mi amor, ya, ya está, tranquila, todo va a salir bien, susurraba, mientras Virginia bajaba de aquel furor hasta que la medicación le hizo efecto y emitió el primer ronquido.

Salimos, yo adelante, Selene detrás, en silencio, fuimos hasta la enfermería. Devolví la historia clínica, ella la miró, yo no había anotado nada, di cualquier excusa, pedí por el doctor Borgersson, Selene asintió y me acompañó hasta la puerta. Abrió y me quedé ahí, frente a ella, que esperaba con el llavín en el pestillo. La miré, hice un gesto de despedida y salí.

La Casa Colorada estaba detrás de los pabellones, en la cima de una lomada suave. Con la nieve que caía sobre los jardines y el techo, parecía la casita de un cuento de los hermanos Grimm, en su momento más siniestro. El reloj de la torre daba la incierta hora detrás de la borrasca: la cuatro de la tarde, aunque la noche era ya cerrada.

Avancé pese a las rachas de nieve y agua, subí la lomada con el vendaval en contra, fue como trepar un risco, llegué hasta la verja y vi sus hierros retorcidos, la crucé y ascendí hasta la puerta. Miré hacia atrás, el manicomio parecía el resto de un pueblo fantasma, hundido en la nieve. La puerta estaba abierta, entré sin anunciarme, por el derecho de asilo que me daba la tormenta y la noche. Mi mano buscó la llave y di luz. Allí, en un piso sin madera, levantado adrede, donde sólo florecían malezales de la tierra fría, entre muebles cuyo sentido no comprendí, vi algo que quizás fue una mesa con demasiadas patas. Junto a otros montajes que me fueron insensatos, en espacios caóticos divididos por paredes a medias derrumbadas, encontré al doctor Borgersson, sentado en un fútil sillón de cuero verde y respaldo alto agujerados: vi que asomaba la estopa oscurecida. El hombre tenía un bastón, que sostenía con ambas manos, entre sus piernas. Su cara, extraviada, parecida, de un modo torvo, a la cara de Virginia, me miró. Pero era ciego.  Detrás ardía un hogar.

—Usted no es el Doctor Preetorius —musitó. Su voz y su gesto eran los de alguien aterrado.

—No, yo soy el doctor Juan Milton, vengo a atenderlo en su reemplazo —volví a mentir. Escuché un suspiro.

—Le agradezco, se ocupan poco de mí. Hoy ni siquiera he comido —parecía aliviado—. ¿Juan Milton, dijo?  —el doctor meditó un instante—. Qué extraño, no será azaroso, sin dudas, todo ocurre en alguna parte, en un tiempo que puede no ser éste, y se reitera en esta casa, así viene siendo, quizás desde que el mono caminó en dos pies y decidió olvidar para aprender. Su nombre es el de un antiguo poeta inglés, contemporáneo de… —decidí interrumpirlo. No estaba para erudiciones.

—Doctor, usted atendió a Virginia Iribarne.

—Virginia Iribarne, sí, claro, cómo olvidarla —hubo otros suspiro—, una mujer bella, tal vez demasiado, espigada, de cabellos castaños —el hombre hablaba pausado, pensaba cada palabra, resignado a volver sobre cuestiones que no le daban respiro—. Fue un caso valioso, algo que, en un principio, creí un delirio místico, una preciosa construcción lógica que degeneró en ideas disgregadas. Al fin ella cayó en un mutismo irreductible. Un fracaso de la ciencia—quedó un momento en silencio, cabeceaba— Preetorius es el culpable de eso, yo luché hasta el final por mantenerme en el caso, si él no hubiera irrumpido, yo hubiera encontrado una salida. Estuve por curarla, pero eso no lo supo nadie. Sólo él.

—Pero usted informó por años que no había comentarios—acoté. Borgersson calló. Pasó un largo rato; el viento azotó las persianas, la temperatura descendió, vi por la ventana que la noche era, ya, irrevocable —. ¿Doctor Borgersson?

—Tiene razón, pero esos reportes son insustanciales. ¿Usted va a ser mi psiquiatra? Bien, supongo que nada puede ser peor que Preetorius y, por otro lado, yo ya no tengo destino, así que, entonces, deberá saberlo todo: yo llevaba los informes del caso en mi diario personal. Iba a ser mi gran libro, un caso irrepetible. Allí está la verdadera historia clínica. Esa mujer no sólo se convirtió en mi mayor obsesión… como médico —hizo una pausa—.  Sospecho que la amé de un modo, diré, inexacto.

—En la historia se nota.

—¿Es así? Usted debe ser  un gran psiquiatra, mucho mejor que yo, que me considero un aficionado experto. Me esmeré en ocultar mis sentimientos, pero la lengua dice sin pedir permiso y siempre algo trasciende. Uno no ama a sus pacientes  —explicó—,  no del modo en que se dice amar. Esa mujer me importaba tanto que… ella, el doctor Preetorius y yo hemos construido, de modo involuntario ella, y yo también, sospecho, una forma de relación que deja abierta la posibilidad de, en fin, acontecimientos —hubo una pausa más larga, Borgersson pareció recapacitar y cambió la orientación de su pensamiento—.  El doctor Preetorius, que por algún turbio motivo dejó de asistirme, sostiene que hay más cosas debajo el cielo… Shakespeare dijo: There are more things… Yo las  he visto, no con la claridad imprescindible. Y andan.

— ¿Andan?

Se produjo un silencio lento, gravoso. Borgersson respiraba con mora, quizás se preguntaba si yo entendería su respuesta. Un leño grande terminó de arder en el hogar y se desplomó con un ruido opaco; el ciego se repantigó; escuché que el viento sopló, con método y sin interés, contra el vidrio de la ventana; un postigo, lejano, indistinto, golpeó con tenacidad.

—Andan —repitió—, sí, por aquí, se arrastran, deslizan, quizás caminen, tal vez no aún. No puedo decirlo, mis ojos se niegan a ver y, acaso, sean más sabios que yo, que todavía siento el impulso, ciego, de mirar cuando llegan. Pero mi memoria es ajena, sólo hablo de lo que escuché. Eso ha dicho Preetorius.

— ¿De qué está hablando?

—Ellos dijeron que yo enloquecí. La verdad es que yo he visto algo, sí, yo vi, no puedo negarlo, aunque a veces quiero creer que fue un mal sueño. Mi vista no cayó en un día, sabe usted, aun cuando todo comenzó de golpe, he perdido mi capacidad con el paso del tiempo, fue una decadencia lenta y, en tanto, he vislumbrado esbozos, trazas apenas, deslizarse como detrás de tachaduras en el espacio, apariencias transitorias, atisbos innobles que uno nunca debería ver, si quiere conservar su cordura —guardó silencio—. Tal vez las he supuesto—me miró—.  ¿Usted cree que estoy loco por eso? Preetorius lo dice, me desmiente, siempre, me quiere enloquecer, pero yo he oído y sé que detrás de él siempre llegan esas siluetas. Aunque él lo niegue. Son susurros, chistidos mientras lo que que viene, algo humillado desde su perversa gestación, se arrastra detrás de él. Doctor Milton, yo escucho reptaciones, ecos sofocados y, cuando el hombre está por llegar, lo preceden olores insoportables.

— ¿Olores insoportables?

— Hieden.

— ¿Qué hacen?

—Se desplazan. Hablo en plural, pero es algo que apenas intuyo, soy un hombre limitado, me he preguntado si son varios y, lo sé, no podría refutarle si me dijera que es uno solo. Es algo opresivo y lento. Y viene con Preetorius, como una suerte de monstruoso perrito faldero salido del infierno. Usted habrá leído a Lucano, tal vez recuerde que él mencionaba a la Anfisbena, un concepto insuficiente para describir lo que aquí ocurre, pero, quizás lo oriente—Borgersson calló, lo vi asentir en silencio, sus ojos descoloridos parpadearon, sus manos angulosas no se movieron del bastón. Cuidado con la amphisbaena, había dicho el Gato—. Es extraño, eso jamás me dañó, hasta ahora, al menos. Pero sí a Virginia, yo lo sé. Fue lo que la empeoró, creo yo, no mis tratamientos, doctor. Yo soy profesor emérito, he dictado seminarios en París, en Viena; en San Petersburgo hablé ante una multitud de frenólogos, alienistas. Han asistido a mis conferencias Pavlov, Binswanger, Kleist, Otto Rank elogió mi tesis doctoral. No sé tanto pero sé atender a un paciente. Y también sé que esa mujer llegó ilesa. No estaba enferma, solo aterrada. Cuando lo supe me declararon insano y me exilaron en este extraño lugar. Preetorius no es ajeno a eso —Borgersson aspiró el aire frío, tanteó una madera y la echó al fuego—. Sé que pronto moriré, aunque no estoy enfermo. A decir verdad, estoy ansioso por morir.

—Cuénteme de Virginia. Acabo de verla, intenté hablarle pero su reacción fue imposible de…

Borgersson me interrumpió:

—Pude escucharla hoy, sí. No se mortifique doctor, no fue su culpa, hay más cosas debajo del sol de las que podemos entender.

—Explíqueme.

— ¿Qué pasó con Virginia?

—Muy pronto lo voy a saber. ¿Usted cree que ella tenía alguna relación previa con esa luz? Ella hablaba de cosas extraordinarias, imposibles, quizás, aunque esto que le digo es, en fin, tan sorprendente que me tienta a admitir sus batallas de los cielos. ¿Usted oyó hablar de esas cosas? Hablaba de guerras milenarias entre el bien y el mal… en las alturas… aquí mismo, en esta ciudad fundada por el espanto.

—No sé de eso, usted es el testigo. ¿Qué hay en su diario, doctor?

— ¿Mi diario? —Borgersson rió, ese tipo estaba loco de remate—,  allí está todo, mi querido amigo. Es mi legado, quién sabe, tal vez sirva de advertencia para que nadie se acerque a este lugar. Puede tomarlo, si lo quiere. Preetorius lo escondió pero yo sé dónde lo puso —señaló una escalera, vertical, de hierro, de tramos discontinuos, que ascendía hasta una buhardilla—. Está en el piso superior, puede que le sea útil, hasta podría publicarlo con su propio nombre, ya no me interesa. Algo más, tal vez le sea de utilidad, hubo un hombre que trajo a Virginia, pero habló poco conmigo. Yo lo habré visto tres o cuatro veces, siempre parecía agitado. Cuando la trajo lo recibí yo, venía con mucho apuro por dejarla internada. Dijo que Preetorius estaba al tanto, no había nada que discutir. Aquel hombre no dijo su nombre y desapareció. Un ser atormentado, me pareció.

—Es posible, doctor, es posible —dije, ya me había puesto de pie.

Caminé hasta la escalera, comencé a subir. Aquellos peldaños, demasiado espaciados, demasiado irregulares, postulaban una forma distinta de la humana, no había allí un concepto de dos piernas iguales, de dos manos como suplemento para el ascenso. Esa escalera había sido diseñada pensando en otra cosa. Los primeros tres escalones treparon presurosos, a corta distancia uno de otro, menor que la que hubiera precisado un niño, los siguientes dos se espaciaron, el cuarto toleró un aumento considerable pero aún menor que mi necesidad, en el quinto la distancia fue escasa, al sexto tuve que ponerme en puntas de pie para alcanzar el séptimo con los dedos extendidos, el octavo se acercó a mi medida, el noveno no existía, o no lo supe ver, o fue el décimo, un esforzado izamiento donde mis piernas fueron el suplemento de mis manos. Abrí la buhardilla, entré y bajé una llave: la única lámpara entregó su luz infectada. El desvarío que mencionó Borgersson, la fragmentación que acababa de ver en la planta inferior, allí arriba se hizo carne bajo aquella claridad vacilante. Algo como una mesa en U apareció ante mis ojos, metálica, con agujeros en ambos extremos: goteaba un fluido espeso. Era vasta, ocupaba casi todo el recinto. Quizás alguien había sido operado allí, especulé, si eso era una mesa de operaciones, o quizás el habitante de aquel lugar dormía en ella, extendido, franco, irregular y supurante. Vislumbré la locura de Virginia, habituada a los guerreros, ahora sometida a algo demencial. No todos están preparados para asistir a cada verdad que espera en el umbral. Busqué, urgente, el diario. Sonó un trueno, la casa retembló y la lámpara se balanceó, aquella luz fue y vino, avancé por aquel recinto, tanteé el suelo con mis manos, gatoso yo también, mis manos palparon aquel líquido viscoso que goteaba de la mesa, no pude evitar olerlo, no supe si eso fue sangre o alguna otra cosa no de este mundo, seguí buscando, hubo pinzas y escalpelos, instrumentos metálicos tan alejados del sentido humano como la escalera y los muebles de la planta inferior, palpé huellas, pies de hombre y de mujer, lo supe por las diferencias, preferí no pensar en pies de niño; tanteé todo el lugar hasta que, al fin, lo encontré: un cuaderno de tapas azules, pringosas, tirado como al descuido, debajo de la mesa, junto al extremo distante. Y en ese momento preciso, un olor dulce me agravió el olfato. Me puse de pie, caminé hasta la ventana y vi que una silueta, oscura, un arbusto más en el parque, se ponía en movimiento, cruzaba la reja retorcida, ingresaba a su casa: Preetorius. Detrás de él venía algo que apenas concebí, una inexacta sombra que, me pareció, sería, acaso, más negra. Y más grande. Entró detrás del hechicero. La puerta de la buhardilla estaba abierta. Hablaron. La voz que acosaba a Borgersson —agria como la posible voz de un escalpelo grasiento— giró hacia mí, su eco ingresó a la buhardilla por la puerta abierta. Hubo un segundo trueno, la casa se sacudió y la luz se cortó. En aquellas tinieblas agónicas pude distinguir que la sombra, inicua y anhelante, ingresaba a la casa y la doblegaba, una vez más, bajo su incierto peso. Escuché el sillón de Borgersson crujir cuando cayó, empujado por aquella implacable irrupción y luego, tan sólo, un suspiro apenas audible. No pude saber qué le había ocurrido y temí lo peor. Preetorius lo desestimó y siguió hablando hacia mí; orientado por su voz, pero yo me escondía en su madriguera, el hedor de aquello se me acercaba. Un rayo golpeó una encina que ardió, velada por la borrasca, el parpadeo destelló en la planta baja. No pude resistir la curiosidad y me asomé.

Por la irracional escalera, eso retrocedía hacia arriba, opresivo y lento y plural.

Sigue  #2,  el 23 de Agosto  y # 3, el 30 de Agosto

Texto ©  Gustavo Eduardo Abrevaya – Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados

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