(cuento)

                                                                       “You look at me and smile, I understand”

                                                                         (De “El hombre que amo” de George e

                                                                         Ira Gershwin)      

-¿Tendrá pa’ pagarles a las orquestas, patrón? Vea a esa gente. Solo piden una medida de ginebra. Vienen de la ranchada. No tienen trabajo. Están a punto de convertirse en delincuentes.

     El encargado le palmeó un hombro.

-Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre. La Gran Depresión la lleva a que sea sórdida. Jesús nos libre de que se convierta en mediocre. Estaríamos en serios problemas. Dejemos las cosas así. Las orquestas y la cantante vendrán igual, aunque sea por un plato de comida.

     “Smile” terminó de cantar y agradeció. El hombre, que tenía la piel tan clara como una rosa blanca de verano, sonrió. Tenía un porte impresionante y la claridad de su piel contrastaba con la de ella y la mayoría de los presentes. “Ya entendí lo que quieres” pensó ella acorde con la letra de la canción. Bajó de la tarima y un sexteto empezó a ejecutar “Swett Georgia Brown”.

     “Smile” se sentó frente a una de las mesas e hizo una seña. Después de un rato le trajeron una copa. El hombre blanco, situado en el rincón más expuesto del salón,  seguía sonriendo. La mujer bebió medio vaso y volvió a pensar: “Yo entiendo lo que quiere”.                                            

     El sexteto empezó a tocar “El caimán se arrastra”. Tras los primeros acordes, el hombre empezó a caminar, hasta que llegó hasta la mitad de la sala. De pie, entre dos mesas, no dejó de sonreír. Ella miró miró el reloj: en media hora volvería a cantar. Tomó un pañuelo y se secó la frente transpirada. Pensó que tenía que tener paciencia: si el hombre no dejaba de sonreír, estaba claro lo que quería. Un mozo pidió permiso para pasar entre las  mesas y el hombre, siempre sonriendo, le cedió el paso. El sexteto había vuelto a atacar, ahora con “After you gone”. El pianista, empezó a cantar con voz cascada. Ella tomó lo que restaba del vaso y miró de reojo al hombre que esperaba con una paciencia rayana en lo intolerable. Pensó que no era justo hacerlo esperar tanto pero, antes de acercarse, debía cantar. El sexteto terminó su actuación y empezó a retirarse. “Smile” se puso de pie y se acercó al escenario. Un pianista de color café con leche ocupó el piano. Ella subió al estrado, tomó el micrófono y dijo “nuevamente estoy aquí”. La aplaudieron y gritaron. Ella miró al pianista para acordar el comienzo. El hombre blanco, aún anidado entre las dos mesas, pidió mesuradamente “El hombre que amo”. La mujer supo que algo iba a suceder  cuando dijera, como la vez anterior, “tú me miras y sonríes, yo entiendo”. No obstante dio la orden y el pianista inició la introducción. Ella, ante la inmovilidad del hombre de la sonrisa, empezó a cantar. Entretanto, él dejó pasar a otro mozo que llegaba con otra bandeja. “Smile” intentó frenar la velocidad de la música y perdió el ritmo. El pianista la miró. Ella sabía que al decir la frase esperada, el hombre seguiría sonriendo. Se preguntó si, momentos más tarde, debía ceder sin resistirse; ¿debía tomar la mano del hombre y llevarlo hacia el reservado? “you looke at me and smile, I understand…”

    El hombre prosiguió con su sonrisa que ya parecía un rictus latente e interminable. La canción llegaba a su fin. Ella pensó en George e Ira  Gershwin y se dijo que una buena canción podía servir de apertura para todo: la melodía lo había incitado a seguir sonriendo y la frase, aunque ambigua, era entendible: los romances podían nacer así, debido a la magia de una canción sugestiva.

     El público empezó a aplaudir; algunos, se pusieron de pie. Ella dijo “thank you” y acercó la boca al micrófono.

– Por el momento es todo -dijo-. En breves minutos estaré otra vez con ustedes.

-¡No, “Smile”, sigue cantando! -dijo un negro muy flaco.

-¡Se me caerá la boca si no descanso!                                                               

-¡Bueno, entonces ven y chúpame… — no pudo terminar la frase porque otro, desde atrás, le pegó en la cabeza.

      El hombre de la sonrisa se acercó.

-¡Negro de mierda! -dijo y, con un “croos,” lo tiró al piso.

-¡Nadie es de mierda! ¡Solo somos negros! -gritó otro.

-Está bien, lo siento -dijo el hombre de la sonrisa y regresó a su lugar.

     El sexteto subió al escenario apresuradamente, mientras ella intentaba bajar. El sexteto arrancó con “Who sorry now”. “Smile” bajó la breve escalera y se acercó al hombre. Le tomó una mano y lo arrastró hasta la intimidad del reservado. El hombre dejó de sonreír pero la siguió sumisamente. Entraron. Los acordes del sexteto llegaban atenuados.                                                                                                                

-No puedo tardar demasiado -susurró ella-. La gente espera.                               

– Tampoco puedo tardar yo.

-¿ Me desvisto?                                                                                                     

     El se acercó y, con una mano, le tomó ambas mejillas. Con la otra, le clavó una navaja en el vientre. Ella, atónita, se dobló.

– Esto servirá de lección – dijo él -. La droga, de una manera o de otra, siempre se paga.

       Texto: ©Edmundo Kulino, 2018.                               

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