El recluso por Héctor Vico

 El recluso

Alan “el oso” Turley tiene dos atributos: un tamaño enorme y, contra todos los pronósticos, dado su aspecto, también posee un cerebro brillante. Estas cualidades le permitieron, a poco de ingresar, hacerse con el control del pabellón en donde fue alojado, en la temible cárcel de Sing Sing.

Una mente sagaz y músculos disuasorios, sumado a las soluciones creativas que genera para poner paños fríos a los conflictos de los internados, le permiten ganarse el respeto y la obediencia de la población carcelaria.

Posee una celda exclusiva, pues a las autoridades les conviene un personaje de sus características, que mantenga el control de la situación y evite la violencia entre los reclusos.

Purga una condena de diez años, producto de haberse cruzado con alguien más inteligente e inescrupuloso que él. Su cambio de sino se produjo en el fatal instante en que coincidió con una rubia sensual y voluble, dueña de un instinto voraz para el dinero. Juntos, cinco años atrás, supieron montar una operación para estafar a incautos inversores, enviándoles pronósticos de suba o baja del mercado de Valores y, a cambio de ello, recibían por correo dinero para invertir.

Las direcciones de las potenciales víctimas surgían de una base de datos que proveyó su socia, Dolly Spencer, oportunamente escamoteada a un corredor de bolsa con quien había trabajado. A la mitad de las personas que figuraban en dicho registro les informaban que el mercado accionario, en un plazo muy corto, subiría. A la mitad restante les brindaban la información contraria. De esta manera se aseguraban que el cincuenta por ciento de los contactados recibirían el vaticinio correcto. Con este sencillo método comenzaron a recibir dinero que por supuesto quedaba en su poder. Cuando algunos de los damnificados efectuaron la denuncia por fraude, no le costó demasiado al F.B.I. aprehenderlos.

En este punto fue que la rubia demostró ser más ágil que el “Oso” Turley. Hizo buenas migas con el abogado de oficio asignado a su socio; un letrado muy pocos escrúpulos, adicto al alcohol y al jazz. El resultado fue que Turley, acabó en prisión mientras que la platinada beldad y el abogado desaparecieron con el dinero.

Cuando escuchó de boca del juez, que pasaría una década recluido en el penal, Turley se fijó dos objetivos: sobrevivir a como sea y diseñar una venganza tal que, sin involucrarlo, castigue implacablemente a Dolly.

Desde hace tres años, en la soledad de su celda, maquina su desquite, con la paciencia y determinación de un felino. En las interminables noches en solitario, cuando la luz se apaga, su cerebro funciona a pleno y así, paso a paso, tuvo por fin diseñado su peculiar ajuste de cuentas. Para consumarlo aleccionó a un truhan de poca monta, joven e ingenuo. Le ofreció protección a cambio de ser el ejecutor para que la versátil Dolly, termine en la cárcel.

—Billy, sales mañana. ¿Recuerdas lo que debes hacer?

Todas las semanas, desde hace tres meses, el “oso” repasa cada paso del plan e interroga al pobre Billy Donovan, sobre el libreto que diseñó desde el primer momento que sus huesos fueron a dar a Sing Sing.

—Sí, Oso, debo ir al Dizzy Club. Preguntar por Spike Shelton.

—¿Qué debes pedirle?

—Le diré que voy de parte tuya. Le pediré un lugar para vivir y una pistola.

—Bien, no te olvides. Es lo primero que debes hacer.

—Tranquilo “oso” —responde siempre el pobre Billy.

—Recuerda, y esto es muy importante. Una vez que te instales en dónde te indique Spike, todas las noches tienes que ir al Dizzy Club. Que te conozcan y se acostumbren a tu presencia. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Así lo haré.

Turley, más tranquilo, viendo que el chico había memorizado todos los detalles para consumar la venganza, preparó unos cientos de dólares para que pueda instalarse y pensar solamente en el encargo. Antes de entregárselos, formuló la última pregunta:

—¿Recuerdas en dónde vive, Dolly?

Billy, no contestó. Sólo tomó el dinero.

*****

El Dizzy Club, es un lupanar sobre la Avenida Ámsterdam, en el Harlem profundo en donde meretrices, proxenetas, alcohólicos y músicos bohemios gastan las horas tratando de hacer su agosto. Se ingresa descendiendo una empinada escalera para dar con una puerta doble custodiada por un afroamericano de descomunal contextura y cara de ser poco sociable. Cuando el diminuto Billy, se paró delante de él, agachándose para poner su rostro muy próximo a la cara del muchacho, dijo:

—¿¡Qué quieres, pequeño!?

—Busco a Spike.

—¿Para qué lo quieres? Spike, no pierde el tiempo con desconocidos.

—Vengo de parte del “Oso” Turley.

El gigante se apartó: —Búscalo en la barra.

Billy, bajó el último tramo de la escalera e ingresó a un ambiente neblinoso, que olía a tabaco, sudor y perfume barato. Casi sin mirar a los costados se dirigió a la extensa barra del fondo del local. Un mostrador con cubierta de metal, sobre el que reverbera el azul neón de los letreros de cerveza., cobija la caterva noctámbula que ingiere el alcohol de las horas vacías. Acodados al estaño, copa en mano, con sus pies siguen el ritmo de la música que ejecuta la banda de jazz en el escenario, mientras que su mente viaja a los lugares en los cuales, alguna vez, rozaron la felicidad. El muchachito, tímidamente, buscó un lugar apartado e hizo una seña al barman.

—¿Qué desea, señor?

—Necesito hablar con Spike.

—¿Lo espera?

—No, dígale que vengo de parte de él “Oso” Turley.

—Un momento.

Al cabo de un rato, un moreno de rastas, collares y aros de brillante metal dorado, lo llamó desde un costado del mostrador y le indicó que lo siguiera. Fueron a un pequeño cuarto que oficiaba de oficina.

Spike, cerró la puerta y cuando estuvieron a solas, dijo:

—Así que vienes de parte de él” Oso”. Cuéntame, ¿cómo está? ¿Sigue en Sing Sing o ya salió?

—Sigue adentro, le faltan muchos años.

—¿Entonces me traes saludos?

—No, yo recién salgo. Me indicó que apenas saliera, viniera a verlo.

—¿Y por qué razón deberías verme a mí?

—Por ayuda.

—¿Qué clase de ayuda piensa “El Oso” que yo debería darte? Explícate mejor.

—Me dijo que usted debería darme un lugar en dónde vivir y una pistola que no pueda rastrearse.

—Creo que en la cárcel se están drogando con mala mercadería. ¿Por qué debería hacer eso?

—Dijo que usted entendería —agregó tímidamente, Billy

Spike, lo miró un largo rato en silencio, por fin, cuando habló dijo:

—Es verdad, entiendo perfectamente. Le debo unas cuantas a ese grandulón. Existen códigos que no debemos romper. El día que eso suceda estaremos perdidos. Te diré que haremos…

—Billy, replicó el chico

—Bien, Billy, te acompañarán a una buhardilla a pocas cuadras de aquí, es un lugar limpio y seguro. Tómate el tiempo que quieras. Ahora recuerdo todo. Hace un tiempo me mandó un mensaje diciéndome que alguien vendría. Agregó también una serie de recomendaciones, para más adelante. ¿Dime necesitas un revolver o una automática?

—Un revolver será suficiente.

—De acuerdo, aguarda aquí. Uno de mis muchachos te vendrá a buscar y te acompañará. Cuando lleguen a tu cuarto te dará el arma. Ponte cómodo y no olvides, te esperamos por aquí.

—Gracias, Spike. Voy a venir todas las noches. Se lo prometí a Turley, y también se lo prometo a usted.

*****

 Billy, cumplió a pies juntillas sus promesas. No faltó una sola noche a las veladas del Dizzy. Trabó amistad con el barman, compartió tragos con los contertulios, intimó con alguna de las chicas que, veladamente vendían amor dentro de las instalaciones del Dizzy, pero muy especialmente, pasaba largas horas hablando con un hombre de mediana edad, aficionado al alcohol y al jazz.

Honró también lo pactado con Turley. El “Oso” le encargó que verificara si la última dirección que tenía Dolly aún pertenecía a ella. De ser así,  debía continuar con el plan, de lo contrario su trabajo era ubicarla y luego sí, concluir su tarea.

Los informantes de Turley le habían comunicado que la rubia casquivana, luego de esquilmar al abogado y gastarse todo su dinero, sencillamente lo había abandonado. Ahora vivía en un reducido departamento cercan al Dizzy Club y tenía un pasar menos que modesto.

El joven, muy temprano por la mañana, caminó hacia el sur por la Avenida Ámsterdam, como yendo hacia Manhattan y al llegar a la 143 torció a la derecha. Sólo anduvo unas pocas cuadras. Al llegar a la dirección indicada, se apostó junto a un árbol, como quien toma un descanso, mirando a la vereda de enfrente, hacia el sector de apartamentos en alquiler, aguardando a que la rubia de la fotografía que Turley le diera, saliera por la puerta N° 4 de la calle 143

No tuvo que esperar demasiado. Al cabo de unos minutos de haber iniciado su vigilancia, una mujer, bastante más desmejorada que la mostrada en la foto, salió de la vivienda, ataviada con un uniforme de una cadena de supermercados y con un apuro que evidenciaba que estaba llegando tarde a su trabajo. Verificada la dirección de Dolly, solamente le quedaba poner en marcha el mecanismo de relojería, tal como le repitiera mil y una vez Turley, en las interminables sesiones en la prisión.

Por la noche, buscó la compañía de su nuevo amigo, el melómano ebrio. La idea era sonsacarle información y verificar si estaba en la senda correcta.

—Oye, le dijo, nunca me contaste que haces en las horas en que estás sobrio. Siempre te encuentro aquí, pero no sé nada de ti.

—Querido amigo, en mis horas sin alcohol, que son las menos, trabajo de abogado de oficio, pero cada vez menos. Por eso caigo aquí, noche a noche. El alcohol y el jazz me ayudan a soportar la vida miserable que llevo.

—¿Por qué dices vida miserable?

—Porque lo perdí todo.

—¿Qué significa eso? ¿Alguna desgracia?

—Podría decirse así. La desgracia fue conocer a una maldita mujer.

—¿Una mujer te dejó en este estado?

—Es una historia larga.

—Cuéntame, tenemos tiempo. Recién actúa la primera banda de jazz.

—Habíamos dado un golpe genial. Nos quedamos con el dinero de un incauto. Fue un buen golpe. Hicimos mucha pasta.

—¿Un atraco?

—No, Billy. Soy abogado. Era un estafador al que debía defender, sólo que no lo hice demasiado bien, adrede, y logré que lo condenaran. La rubia se quedó con el producto de la estafa y nos fuimos a vivir junto.

—¿Qué ocurrió luego?

—Lo de siempre, cuando se acabó el dinero me abandonó.

—¿Eso te tiene en este estado?

—Te voy a dar un consejo, Billy. Nunca te enamores. Nunca.

Billy, pidió una botella de bourbon y le propuso a su amigo abogado, un brindis por los ebrios de corazón roto.

Siguieron hablando y contándose confidencias hasta que el letrado acabó la botella. A la hora de despedirse no pudo mantenerse en pie.

Billy, le propuso acompañarlo, cosa que su amigo aceptó de buen grado. Salieron dando tumbos, aunque el joven simulaba un estado de ebriedad mayor al que tenía. En la calle, con mucho tacto y precaución Billy, fue buscando los lugares más apartados y poco iluminados, hasta dar con el lugar adecuado. Se retiró unos pasos del desdichado abogado que al perder el apoyo del joven comenzó a trastabillar. Billy lo observó un momento y con asombrosa sangre fría, sencillamente disparó.

Rápidamente le quitó la billetera, las llaves que tenía en los bolsillos y salió apresuradamente del callejón.

Al llegar a su buhardilla, fue muy apurado al baño. Vomitó todo el alcohol ingerido y luego, sin remordimientos ni sobresaltos, se durmió

*****

A la tarde siguiente, a la hora en que Dolly, regresaba del supermercado, la detuvo frente al apartamento N° 4 de la calle 143

—¿Disculpe, usted es Dolly?

—Sí. ¿Por qué lo pregunta?

—Me pidieron que le entregara esto —le dijo mientras alargaba la mano para hacerle entrega de un paquete.

La rubia, intrigada y a la vez interesada, lo tomó.

 —¿Quién lo envía?

—No me dijeron, señora. Lo siento.

Billy, se retiró sin volver la vista atrás.

Dolly, sopesó el paquete. Tenía un peso interesante. Lo sacudió. El interior sonaba dando señales de algo voluminoso. Abrió con apremio la puerta, miró hacia ambos lados de la calle. No vio a nadie, ingresó y puso llave a la entrada.

En el interior de la vivienda se desembarazó de su bolso, se quitó los zapatos e inmediatamente abrió el paquete.

En el interior había una billetera con mil dólares, un manojo de llaves y un revolver. Tomó el revólver, sabía de armas y pudo verificar que estaba cargado con cinco balas. Abrió la billetera y, para su asombro, constató que pertenecía a su antiguo amante, el abogado. No comprendía nada, menos aún, el dinero que le habían enviado. Puso lo recibido sobre la mesa del comedor.

En ese instante, unos golpes a la puerta la sobresaltaron.

—¿Quién es? —alcanzó a preguntar.

—La policía. Abra o entramos por la fuerza.

Entonces, alarmada, miró el contenido del envío. Empezó a comprender, pues no era tonta.  Recordó entonces, a un sujeto enorme, de cerebro brillante, recluido en Sing Sing.

 

©Relato: Héctor D. Vico, 2021.

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