El delator orgánico- Relato esencial

En la tradición de la más genuina distopía literaria, publicamos ‘El delator orgánico’, relato de Txema Arinas

EL DELATOR ORGÁNICO

No me voy a andar con medias tintas; recojo lleno de emoción y orgullo la medalla al mérito ciudadano como una atención personal hacia mi persona de parte de nuestro gran líder. Una más, siquiera la más importante de todas las que me ha dedicado desde que ensalzó por primera vez en público el valor de mi obra literaria, y con toda probabilidad la que de verdad me consagra como la máxima figura de las letras patrias. Desde entonces hasta hoy todos han sido halagos cada vez que un libro mío ha visto la luz. Soy, según parece y no se cansa de afirmar nuestro gran líder cada vez que tiene la oportunidad, el escritor que mejor ha sabido captar y presentar al mundo los profundos y definitivos cambios que ha conocido nuestro país desde el triunfo de la Revolución que derrocó a los antiguos amos y estableció el poder del pueblo para el pueblo. No lo niego, soy sincero, nunca he vacilado en mi apoyo al proceso revolucionario que arrasó con todo lo que habíamos conocido hasta el día que llegó nuestro gran líder y mandó parar. La revolución se impuso desde el primer momento crear un modelo del nuevo ciudadano que fuera el compendio de todas las virtudes inexcusables para que el triunfo fuera imperecedero. Yo creé ese modelo de nuevo ciudadano con mi pluma. “La Hija” es la novela que consagra ese prototipo de ciudadanos nacidos tras el triunfo de la Revolución y que crecieron bajo su égida. No lo digo yo, lo ha dicho el gran líder en numerosas ocasiones: “La Hija” es la gran novela de la Revolución, ella nos explica y justifica.

Por eso me dolieron siempre tanto los ataques gratuitos que recibió, no sólo “La Hija”, sino la mayoría de mi producción literaria, por parte de muchos colegas escritores y críticos del ramo, los cuales, o no llegaron a entender el mensaje que quise transmitir al lector, al mundo en suma, acerca de la profunda transformación que había experimentado nuestro país desde el triunfo de la Revolución, o es que se movieron en exclusiva por la envidia que tan frecuentemente anida entre los de nuestro gremio, cuando no por la simple y pura inquina hacia mi persona. Así se lo hice saber a nuestro gran líder con no pocas reservas y siempre en respuesta a sus interrogantes, cuando, siendo como es él un apasionado de las letras como no podía ser de otra manera en una persona de su talla intelectual, reclamaba mi opinión acerca de tal o cual autor del que se decía que cuestionaba en sus escritos los logros de la Revolución, los cuales en mi gran novela “La Hija” y otras se muestran como verdaderos axiomas. Llegados a ese punto yo sólo podía hacerle partícipe al gran líder de mi perplejidad por las infamias y falsedades vertidas en los textos de buena parte, si no la mayoría, de los escritores de nuestro país, los cuales eran, son, todo hay que decirlo, jóvenes que no han conocido el viejo mundo de los amos que la Revolución borró de la faz de la tierra. Calumnias a una revolución, y en particular al papel de nuestro gran líder como principal garante de ésta, con el único fin, o al menos esa era mi opinión, de adquirir una notoriedad a través de la crítica infundada, insidiosa como pocas, la cual les era negada a la inmensa mayoría de ellos por carecer de verdadero talento literario.

Ese fue siempre mi juicio sincero hacia aquellos que se empeñaban en mancillar los logros de una Revolución gracias a la cual ellos habían podido recibir una educación, exactamente la misma que en la mayoría de los casos les había sido negada a sus mayores con los antiguos amos. Pues, para qué engañarnos, de todos los escritores de mi generación, y algunos pocos de las que me precedieron, que habían apoyado el proceso revolucionario encabezado por nuestro gran líder, yo era el único que todavía permanecía fiel a sus principios fundacionales. La inmensa mayoría, o había abandonado el país hacía ya tiempo, o había abandonado este mundo de alguna u otra manera, y aquí prefiero no entrar en detalles. Sólo quedaba yo como representante de aquella generación de intelectuales que se había opuesto a los antiguos amos cuando hacerlo representaba un verdadero peligro. Por eso me sentía una especie de institución de las letras, puede que hasta un ejemplo a seguir, y sobre todo alguien al que no se le podía poner en tela de juicio solo por querer hacerse notar, por mera ambición, que es lo que me temo que muchos tienen en mente cuando arremeten contra mí o mi obra pretendiendo disimular que en realidad lo hacen en contra la Revolución y nuestro amado líder. De ese modo, y consciente de que no era mi persona a la que se atacaba sino lo que representaba, nunca me tembló el pulso para denunciar a aquellos escritores, o aspirantes a serlo, cuyo trabajo consideré una amenaza, no sólo a la consistencia de mi obra, sino a todo lo que habíamos construido bajo la batuta de nuestro gran líder. No me extraña entonces que éste tomara nota de lo que le decía acerca de tal o cual autor que no era de mi agrado, que tomara las medidas pertinentes como era de esperar en un líder cuya principal tarea no es otra que velar por la salvaguardia de una Revolución que todavía era cuestionada, ya no sólo desde fuera por algunos colegas escritores que nunca supieron reconocer mis méritos y prefirieron tomar el camino del exilio antes que vivir a la sombra de mi éxito, sino incluso por los escritores llamados emergentes del interior. Ambos actuábamos única y exclusivamente en defensa de la Revolución que tanto bien ha hecho al país y contra la que algunos de entre los más jóvenes arremeten con apenas disimulada ingratitud a pesar de la inmensa deuda contraída con ella.

Así que era de esperar que se desencadenara contra mi persona una campaña de calumnias orquestada sobre todo desde el exilio. Y lo peor de todo, lo que ya da una idea de la inquina de la que eran capaces algunos con tal de excusar su fracaso como literatos y hacerse perdonar su traición al país que les había visto nacer y cuya Revolución les había proporcionado una educación y la oportunidad de revertir el dispendio que ésta había hecho en tiempo y dinero, en sus diatribas no sólo me tildaban de esbirro del poder, la gran vaca sagrada de las letras de la Revolución, el ojito derecho de nuestro gran líder. Algo que desde mi punto de vista no deja de ser un honor, no voy a negarlo. También me acusaban de haberme valido de mi situación privilegiada como escritor oficial del régimen, y en especial de mi relación personal con el gran líder, para deshacerme de todos aquellos autores, ya fueran todos los de mi misma generación o aquellos otros más jóvenes que pudieron haberme hecho sombra en algún momento. Para ello decían que llevaba décadas emitiendo todo tipo de juicios negativos, insidiosos a más no poder, cuando no verdaderas denuncias de activismo antirrevolucionario e incluso de colaboracionismo con los enemigos externos, sobre la práctica totalidad de aquellos que por lo que fuera parecían haber sido destinados a sucederme en el podio de la literatura patria. Todavía peor, toda esa jauría de envidiosos y resentidos del exilio me hacía responsable de la caída en desgracia de muchos de ellos, la mayoría obligados a abandonar sus puestos de trabajo en la enseñanza o en la administración, desde luego que de volver a publicar nada de nada, al menos sobre el suelo del país que les vio nacer. Y lo que ya no tiene nombre, lo que ya es una ignominia en todo regla que atenta, no sólo contra mi honor, sino que no tiene otro propósito que destruirme como persona, son las acusaciones de haber alentado la desaparición física de no pocos de esos escritores, y en concreto los más talentosos en opinión de la canalla contrarrevolucionaria que nos ocupa. De ese modo citan una larga lista de autores que habían conseguido destacar al inicio de sus carreras, y ello a pesar de todos los baremos de calidad literaria y vigilancia ideológica a los que el sistema sometía a los aspirantes a escritores, echando mano de un ingenuo inaudito, por no decirle mala fe tal cual, al objeto de poder así burlar la censura y de ese modo poder deslizar entre las líneas de sus obras más de una crítica mejor o peor velada al régimen encarnado por nuestro amado líder. Pues bien, esas hienas al servicio de las potencias enemigas de nuestra Revolución no tienen empacho en afirmar que yo era la persona que había señalado con el dedo a todas esas promesas de la literatura que de repente, como quien dice de la noche a la mañana, habían desaparecido sin dejar rastro, ya no sólo de la atención de los medios nacionales, sino incluso de la vista de sus familiares, amigos, vecinos y todo tipo de conocidos. Hasta se permiten el lujo de verter bulos acerca de las supuestas torturas a las que los supuestamente desaparecidos debieron ser sometidos. Afirman que abundan los testimonios de presos comunes que compartieron con ellos celda y en algunos casos también castigo. Por no hablar ya de las  ejecuciones sumarias de los presos sacados de sus celdas en mitad de la noche para formar en el patio de las cárceles que la morralla revisionista denuncian repletas de disidentes desde hace ya décadas. De hecho, no tienen reparo en asegurar a todo aquel que les quiera escuchar con no poca ingenuidad, que son mis manos las que están manchadas de sangre, según ellos lo único con lo que he escrito desde hace mucho tiempo, en concreto el capítulo más negro de la Historia de nuestro país.

Comprenderán entonces que esta medalla al mérito ciudadano que ahora me otorga nuestro gran líder sea una especie de desagravio por todos los ataques de los que he sido víctima desde hace ya tiempo por la única razón de ser el escritor más leído y encomiado de nuestro país. No es mi culpa haber carecido de sucesores a la altura de mi obra, siquiera una nueva hornada de escritores capaces de superar con creces ese hito de nuestra literatura que fue “La hija”. Juro que los he buscado entre aquellos que destacaban en las revistas literarias y las primeras obras publicadas al amparo de nuestro ministerio de la Cultura. Pero no he encontrado a nadie digno de ser mi sucesor en el puesto al que fui encumbrado por el pueblo con nuestro gran líder a la cabeza. Todo lo que he descubierto han sido generaciones de autores noveles dispuestos a echar por tierra todo aquello que sus mayores habíamos levantado con no poco sacrificio tras siglos de tiranía a mayor gloria de los antiguos amos. ¿Cómo no denunciar entonces el revisionismo de aquellos a los que les dimos todos y que en pago pretenden destruirnos? ¿Acaso soy un criminal por defender aquello en lo que siempre he creído? ¿Incluso un sicópata sediento de sangre como me califican nuestros eternos enemigos? ¿El delator orgánico del régimen? En realidad poco o nada me importa mientras siga teniendo el cariño de mi pueblo y la amistad sincera e inquebrantable de nuestro gran líder. Por eso recibo emocionado como pocas veces antes esta medalla al mérito ciudadano con la que se reconoce por enésima vez el valor de mi obra y con la que sobre todo creo recompensada toda una vida al servicio de la Revolución que lo cambió todo, empezando por mí mismo.  

Texto: ©Txema Arinas, 2019.

 

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