El ángel caído de los frontones- Relato

Con ‘El ángel caído de los frontones’, Txema Arinas confirma que cualquier ámbito es susceptible de acoger una trama noir. Incluso el de los pelotaris.

EL ÁNGEL CAÍDO DE LOS FRONTONES

No nos podemos llevar a engaño por mucho que digan lo contrario y, sobre todo, por muy alto que esté el volumen del televisor desde donde los tertulianos, siempre los mismos, de cualquiera que sea el programa matinal que esté sintonizado, vierten las consignas partidistas de acoso y derribo del contrario; a las mañanas, en esta cafetería del barrio de Judimendi en Vitoria, los comentarios o discusiones sobre la actualidad no los monopolizan las noticias políticas sino las de sucesos. Y si por lo general los paisanos de la cafetería que nos ocupa están acostumbrados a los crímenes relacionados con la violencia de género, la corrupción política de cada día con el concejal de turno entrando en el juzgado a declarar que él no era consciente de que estaba haciendo algo ilegal dado que todos lo hacían en el Partido, o vídeo del atraco más o menos aparatoso en una gasolinera de Wisconsin con el que las cadenas televisivas rellenan sus noticiarios convencidos de que eso es lo que fideliza su audiencia y no las noticias de la ya inexistente sección de cultura, hoy aparece en pantalla el rostro tan familiar como antaño habitual de un famoso pelotari retirado, o más bien ya casi olvidado, acompañado del titular que informa de su inmediato ingreso en la cárcel para cumplir una condena de ocho años y seis meses de cárcel por los delitos de detención ilegal, amenazas y lesiones.

Y entonces sí, por primera vez en mucho tiempo la parroquia habitual de la cafetería se vuelve hacia la pantalla del televisor asombrada como nunca se la había podido ver por las mañanas, quién sabe si convencida de que la sección de sucesos era esencia una cosa de políticos caídos en desgracia, por lo general del otro lado del Ebro, o al menos eso es lo que por lo general les gusta pensar a nuestros parroquianos, mujeres asesinadas en manos de sus carpetovetónicos maridos, sin ir más lejos como la mayoría de los presentes, o atracadores como los de las películas de Hollywood, y por lo general de raza negra, o eso es también lo que esperan poder corroborar en la pantalla y así reafirmarse en sus prejuicios, y de entre estos y muy especialmente en aquel que les dice que lo del racismo es un cuento chino de los cuatro progres coñazos cuyos sermones llevan toda la vida aguantando a pesar de no entenderles de la misa la media.

Sí, sí, lo que oyes, el Patxi Martínez de Rituerto, el pelotari de Apellaniz, una pequeña aldea de la Montaña Alavesa, el chaval que parecía destinado a revolucionar el aletargado mundo de la pelota a mano con su descaro y físico casi que prodigioso, esto es, tochito pero con ágil y escurridizo como una nutria. El presentador del noticiero explica que, según la condena del juzgado número tres de lo penal de Vitoria, Martínez de Rituerto secuestró, en compañía de una segunda persona, a un individuo al que trasladó posteriormente con las manos atadas a la espalda hasta un descampado en las inmediaciones de la sierra de Entzia, donde primero clavó a la víctima un destornillador bajo la uña del dedo índice derecho, luego propinó un corte con navaja en el dorso de mano derecha. Todo ello en el culmen de una serie de amenazas de muerte físicas y telefónicas a la que el pelotari y su cómplice llevaban sometiendo a la víctima desde hacía una temporada con el fin de cobrar una deuda de diez mil euros. Parece que ser que todo empezó como consecuencia del robo de una plantación de marihuana que el Martínez de Rituerto tenía en una vivienda alquilada en la pequeña aldea de Aletxa en el municipio de Arraia-Maeztu. A raíz de este hecho el pelotari de Apellaniz y una segunda persona, identificada con las iniciales P. G.S.G.E, el cual luego se supo que era un amigo de la infancia de Patxi con el nunca había dejado de mantener relación, acudieron al domicilio de un hombre, en la localidad vecina de Cicujano/Zikuiano, al que acusaron de la sustracción. Allí, y tal y como recoge la sentencia, “le golpearon, procedieron a atarle las manos con una cuerda a la espalda y, en contra de su voluntad, lo subieron a un vehículo y trasladaron durante 30 minutos a un descampado cercano al arroyo de Igoroin” donde “lo retuvieron mientras hablaban por teléfono dejándole después de un tiempo allí”. La víctima sufrió “inflamación del lado izquierdo de la cara y una herida incisa en la cabeza a consecuencia de los golpes”.

La sentencia recoge que, durante la retención de la víctima junto al arroyo, Rituerto profirió a grito pelado: “Te voy a matar, hijo de puta, me cago en tus muertos, o me traes mañana a las 12:00 los 10.000 euros o tú, tu familia y amistades corréis peligro… Venga, hijo de puta, ya puedes traer los 10.000 euros a las 12 o mañana te mando a los de Barakaldo, que esos te van a cortar la pierna”. La sentencia también refleja que para “conseguir amedrentarle” con el fin de que entregara el dinero, Rituerto fue entonces cuando “le clavó un destornillador por debajo de la uña del dedo índice derecho y le realizó un corte con el filo de una navaja en el dorso de la mano izquierda”, mientras el otro condenado “observaba” los hechos. A consecuencia de la agresión, la víctima “sufrió lesiones consistentes en hematoma subungueal circular de 0,5 centímetros en dedo mano derecha y herida en dorso mano izquierda, que requirió tratamiento médico para su curación, tardando 12 días en curar y resultando como secuela una cicatriz de dos centímetros de longitud en dorso de mano izquierda”.

A la mañana siguiente, la víctima entregó la cantidad exigida, que reunió gracias a que su hermano le facilitó 6.000 euros por “miedo a que le hicieran daño”. Dos semanas después del pago, recibió un SMS desde el teléfono del ex-pelotari en el que se le advertía que no dijera nada de lo sucedido si no quería volver a pasar por lo mismo.

Durante la vista oral el pelotari de Apellaniz negó todos los hechos. Aseguró que fueron “tres gitanos de Estella” quienes exigieron explicaciones por el robo la plantación de marihuana al demandante y que su actuación se limitó a “mediar” en “esa movida”. La jueza rechaza la versión de Rituerto y su compañero, los cuales además han sido condenados a indemnizar a la víctima con 10.000 euros por la cantidad obtenida del mismo, 420 por los días de curación de las heridas y 900 por la secuela.

Una historia para no creerla, parecen traslucir los ojos perplejos de los parroquianos de la cafetería. Y no precisamente porque historias como la que nos ocupa no sean el pan de cada día de la sección de sucesos de la prensa local, sino más bien por la sorpresa de que el principal protagonista de esta sea el antaño famoso pelotari de Apellaniz. Y mira que ya se sabía que Martínez de Rituerto había dejado de apuntar maneras de digno candidato a sustituir al gran Retegui en el estrellato de la pelota por otras más de personaje polémico de los medios locales. Alguien más conocido, antes que por su palmarés deportivo, por los escándalos por los que acudía a dar su versión a los programas de media tarde de la televisión autonómica vasca, y eso cuando no los montaba en aquellos realities con supuesto trasfondo deportivo para los que había sido contratado como animador o lo que fuera dado su tirón mediático, el cual consistía antes que nada en su facilidad para perder los nervios al menor roce con un concursante o el otro deportista también famoso por su mal carácter que le daba la replica como capitán del equipo contrario. Fue así como Patxi Martínez de Rituerto se hizo conocido para el gran público no pilotazale, esto es, aficionado a la pelota a mano. Entonces se supo de su accidentada carrera como pelotari, esa en la que había pasado de ser la gran promesa del deporte vasco por excelencia a la temprana edad de diecisiete años, edad en la que dicen que fue descubierto jugando en el pequeño frontón de su pueblo por un ojeador de la empresa que prácticamente controla todo lo relacionado con dicho deporte a nivel profesional, a ser el pelotari al que muchos iban a ver, ya no tanto ya por disfrutar de las proezas que había protagonizado durante sus primeros años, como por ese otro tipo de espectáculo que ya nada tiene que ver con lo deportivo y sí con el circo sobre una cancha a lo Bombero de Torero, o cualquier otro tipo de distracción en la que se mezcla lo cómico con lo patético . Todos recuerdan en la cafetería aquella final manomanista en el Astelehena de Eibar cuando Patxi salió a jugar completamente borracho y se armó la que se armó, sobre todo por parte de los espectadores que ese día habían apostado por él en la convicción de que, como tantas veces antes, podía sorprender a todos con una de sus grandes actuaciones al estilo de sus primeros tiempos. También convienen que fue lo más lamentable que se recordaba haber visto en un frontón desde hacía décadas. Como que la empresa que durante años había confiado en él, si bien ya no tanto para que llegara algún día a hacer sombra al mítico Retegui en el imaginario de los aficionados, como para que por fin consiguiera superar su adición al alcohol y a la droga de una vez por todas y así poder conseguir esa regularidad que justificara su permanencia entre los pelotaris de la élite manomanista, cuestión de apartarle de la noche y sobre todo de ciertas amistades, decían sus más acérrimos defensores, decidió despedirlo en un gesto que pretendió pasar como consecuencia de su estricta política profesional. Y eso cuando todo el mundo sabía que si la empresa había mantenido a Rituerto en plantilla había sido, no tanto por sus cualidades deportivas, como por el innegable tirón que tenía su nombre entre una afición que cuando apostaba por él lo hacía como jugando a la ruleta rusa, pues nunca se sabía si ese día Rituerto sería capaz de sobreponerse a la juerga de la noche pasada gracias a su extraordinario físico dando un verdadero recital de pelota, o acabaría dando tumbos de un lado a otro del frontón como un alma en pena tal y como sucedió aquel día en el Astelehena.

Y tras el despido la caída por el despeñadero de los torneos de verano para hacer caja durante las fiestas de los pueblos -tan celebrado como lo del Astelehena fue el partido de pelota, o más bien amago de, durante la inauguración del nuevo frontón de la localidad alavesa de Labastida, al que Rituerto acudió tarde tras echar toda la mañana en una de las bodegas de la localidad a la que fue invitado por unos viticultores que se decían pilotazales y a mí que les iba más la mojiganga sobre la cancha que otra cosa, y de la que dicen que salió dando eses directamente hasta el frontón-, y ya muy en especial el de las colaboraciones periódicas en los realities a los que nos referíamos antes y en los que llegó a aparecer con un sobrepeso de más de ciento veinte kilos para el metro ochenta y cinco de estatura que tenía entonces. De ese modo, Patxi Martínez de Rituerto acabó convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. Un ex pelotari sobre el que circulaban todo tipo de anécdotas en las que se le relacionaba con peleas a altas horas de la madrugada durante las fiestas de las localidades cercanas a su pueblo natal, acusaciones de trapicheo que él se apresuraba a desmentir desde cualquier micrófono que pusieran a su alcance y siempre a sabiendas de que, a poco que le tiraran de la lengua, acabaría dando la nota acusando a tal o cual de haberle perjudicado en su carrera para favorecer al pelotari en ascenso del momento, amenazando incluso a personas con nombres y apellidos, y siempre con ese desparpajo tan suyo, tan del gusto vernáculo, que tiene a convertir a los más deslenguados y gallitos en una extraña y patética mezcla de bufones y ejemplos a seguir, esto es, al gusto del lumbreras que esté al otro lado de la pantalla del televisor.

Y tal y como suele ocurrir en estos casos, llegó un momento en el que la gente, ese espectador que somos todos según la acerada definición de Guy Debord en su La Societé du Spectacle, acabó hartándose, más que aburrirse, del personaje de ex pelotari chulito y deslenguado, del ángel caído de los frontones. Entonces Patxi Martínez de Rituerto desapareció como de la noche a la mañana de la cotidianidad de aquellos que hasta el momento habían disfrutado de esa vida de los demás convertida en un tiovivo que jamás querrían para sí mismos.

Hasta hoy y por menos por lo que se refiere a los habituales de esta cafetería del barrio vitoriano de Judimendi donde nos encontrábamos. Quién lo iba a decir, comentan todos, un chaval tal majo, que es como vienen a ser considerados todos los chavales del país y en especial aquellos nacidos en el agro, gente sana por principio, por prejuicio más bien, hay que mantener los mitos, puede que hasta la esperanza. Y es que, para qué andarnos con chiquitas, el Rituerto era un notas, vaya que sí lo era, como que no han disfrutado poco ni nada los presentes con sus salidas de tono y ya muy en especial los momentos tan lamentables sobre la cancha como los mencionados a lo largo de estas mismas líneas. Y también, también, apunta el que de momento parece ser el más piadoso de la parroquia, de partidos de pelota excepcionales, de los tenidos por épicos y que todo aficionado recuerda y espera que se repitan cada vez que acude a un frontón. Porque Martínez de Rituerto podía ser todo lo bocazas y mostrenco que se propusiera fuera y dentro de la cancha, de eso no cabe duda, a veces incluso, alguna lengua viperina dice que la mayoría de ellas, también podía dar vergüenza ajena, grima; pero, eso sí, de alguna u otra manera siempre daba el espectáculo, esto es, podías pagar tranquilamente la entrada al frontón que, por lo que fuera, no te ibas a aburrir. Y siquiera ya por eso los presentes confiesan que le tenían aprecio, no sé si alguno ha dicho cariño por los bajines. Eso y que tampoco es nada del otro mundo que un pelotari, un deportista cualquiera en sus años mozos, acabe siendo un bala perdida a poca cabeza que tenga y mucho dinero en el bolsillo. Les pasa a muchos, recalca el más anciano de la cafetería, sobre todo antes de la profesionalización de la pelota, cuando el pelotari era una figura lo más parecida al futbolista inglés, antes también de que las juergas de antes y después de los partidos fuera lo habitual entre el gremio. Pero claro, lo del trapicheo, el secuestro, la agresión… Eso nunca se lo habrían podido imaginado por muy bala perdida que fuera el Patxi. No porque eso no tiene tanto que ver con esa otra historia al margen de los grandes éxitos deportivos que tiene todo deporte, la de los caídos en desgracia por sus vicios a lo Maradona, Ben Jonhson, Lance Armstrong, Tiger Woods, André Agassi y otros. Lo de Rituerto está directamente relacionado con el lumpen en su expresión más cutre y hasta agraria. ¿Qué falta le hacía…? Se preguntan todos en la cafetería. Y lo hacen compungidos porque de entre los muchos prejuicios que guardan en su zurrón imaginario está el de que la gente como el pelotari, en realidad cualquier pelotari o deportista, no suele acabar en el talego por ese tipo de delitos, como mucho, y aunque todavía no se haya visto, por estafar a Hacienda y así. A la cárcel, y por los delitos por los que ha sido condenado el de Apellaniz, van los personajes patibularios que pueblan los extrarradios de las grandes ciudades o los naturales de países como Colombia y el este de Europa, a destacar los rusos, y no los sencillos, y esto por lo que respecta a Martínez de Rituerto ya en el sentido más peyorativo del término, chavales de pueblo. Pero no, no cabe duda de que Rituerto se lo ha ganado a pulso, y sobre todo de que la sentencia no deja lugar a dudas acerca de lo ocurrido. Y claro, eso los descoloca, porque Patxi era como de la familia, sólo que la oveja descarriada. Si Patxi va a la cárcel, que es adonde hasta entonces pensaban que sólo iban a parar los tipos como los que pueblan las novelas y películas negras a las que están acostumbrados, eso significa que cualquiera de ellos podría acabar en el mismo sitio a poco que le vayan mal las cosas a alguno, se mezcle con las personas equivocadas o ya sólo tenga un día malo con el vecino por el quítame de encima de la valla de mi casa en el pueblo las ramas de tu puto manzano. Alguno de los presentes incluso se está planteando dejar de fumar porros o meterse speed. El más piadoso al que hemos aludido antes puede que hasta de deje de apostar en el frontón, que nunca se sabe dónde está la raíz del mal; pero, habiendo dinero de por medio…

En cualquier caso, es evidente que, al menos hoy, la noticia de sucesos del día no ha pasado indiferente para los parroquianos de esta cafetería del barrio vitoriano de Arana. Yo apostaría que hoy hasta se van a servir menos carajillos.

Texto: ©Txema Arinas, 2018.

 

 

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