DIARIO de Pedro Moret IV antología Solo Novela Negra

10 de agosto de 2017

El sol está en lo más alto. Cae plomizo sobre nuestras espaldas dobladas. Es el primer día. No es tan duro como me habían contado. Mi capazo vuelve a estar lleno. Levanto la cabeza a ver si veo a uno de los portadores, pero están lejos. Cuatro o cinco hileras de viñas más arriba. Busco entonces el tractor. Está un poco más cerca, así que decido cargar con mi capazo lleno de uva hasta él. Necesito desentumecer las piernas, que noto totalmente agarrotadas cuando me levanto. El sol sigue cayendo despiadadamente y estoy completamente empapado.
Alzo la vista sobre el inmenso campo. Las viñas se extienden más allá de la línea del horizonte. Echo un vistazo mientras avanzo. La mayoría somos de fuera. Omar y yo marroquís, pero también hay argelinos, peruanos y tunecinos. Somos una legión de esclavos. Sin cadenas. Sin látigos. Pero sirviendo a los mismos amos. También hay una chica ecuatoriana. Bajita, gorda y con la cabeza grande. Siempre responde sumisamente diciendo <<mande>>, cuando le habla el capataz o alguno de sus hijos. Siento asco cada vez que la oigo decirlo.
No sé cuánto durará esto. Hasta cuándo tendremos que seguir haciéndolo. Trabajar por esta limosna. Por fin llego hasta el tractor. Vacío el capazo. Pego un trago de agua y vuelvo otra vez a mi fila. Con la cabeza gacha. Como un autómata. Un autómata de huesos, nervios y carne. Como un autómata que respira. Que sangra. Que odia.
De vuelta no hablamos. Conduce Omar por el tortuoso camino de grava que nos lleva hasta la casa en la que temporalmente vivimos.
Cuando entro en la vieja casa la habitación de Rachid está como siempre, cerrada. Pero hay gente dentro. Lo noto. Oigo sus murmullos. Sus discusiones organizando las tareas. Y también ese olor a acetona que lo invade todo.

11 de agosto de 2017.

El dolor con el que me acosté anoche aún no se ha ido. Se ha cronificado sobre mi espalda. Me acompañará toda la vendimia según dicen los más antiguos. El hijo del capataz siempre me mira mal cuando pasa por mi lado. Hoy le he aguantado la mirada. Otra vez. Sé que eso le cabrea. A veces me ordena que no me agache tanto. Que no apoye las rodillas en el suelo. Que así no se vendimia. También me acusa de ser lento a pesar de que siempre voy en cabeza. Para él solo soy un moro. Uno más. Me azotaría si pudiera. Lo sé. A veces me dan ganas de clavarle las tijeras en el cuello cuando pasa por mi lado a recriminarme algo. Pero eso lo estropearía todo. Todo por lo que hemos luchado. Por lo que hemos venido aquí.
Otra vez los dos viejos que forman la cuadrilla han vuelto a ocupar las filas exteriores. Las que menos cepas tienen. Así pueden pasarse gran parte de la jornada hablando. Así pueden no retrasarse sin esforzarse demasiado. Omar hoy se lo ha recriminado.

12 de agosto de 2017

Está lloviendo. Es una de esas tormentas en las que todo se oscurece de repente. El cielo se vuelve negro y los rayos serpentean junto a las montañas. Hoy no se trabaja. La cooperativa no abre y nos han dado fiesta. Intento dormir, pero el continuo caer de las gotas sobre las cacerolas, esparcidas por el suelo de toda la casa, no me lo permite. Así que me levanto y leo un poco. Una de las revistas que había en la casa cuando la ocupamos; Solo Novela negra. Hasta que Rachid me llama para que les ayude. Yo no sé mucho de lo que él hace. Mi misión aquí es otra. Pero me esfuerzo en hacerlo bien y sigo sus instrucciones minuciosamente.
A veces echo de menos mi casa. Y a mis hermanos. Y a mi padre. Y a mamá llamándome para que me siente a la mesa. Y mi antiguo trabajo. Hace meses que no sé nada de ellos. Pero Rachid dice que es mejor así. Más seguro. También para ellos.

13 de agosto de 2017

Hoy he incumplido las normas. No se lo he dicho a nadie. Ni si quiera a Omar. Después del trabajo fuimos al pueblo a comprar comida. Nos metimos en un mercadillo en el que hay muchos puestos de ropa bastante barata. Uno de ellos lo regenta un marroquí al que solemos ir a comprarle y a hablar un rato. Siempre nos cuenta cosas de la ciudad donde nacimos. De que ahora allí se vive mejor y de que dentro de unos años volverá.
Puse una excusa y me fui hasta la cabina de teléfono que hay en la plaza. Y llamé a casa. Creo que mamá lo sabe. Lloraba. Me decía que volviera. Que me quería. Y también a Omar. Lo sabe. Sabe lo que vamos a hacer. Pero no dijo nada. Ni una amenaza. Ni un reproche. Podía oír a papá de fondo. Susurrándole cosas para que ella las dijera. Pero sin ponerse al teléfono. Como hace siempre. Ni siquiera ahora.

14 de agosto de 2017.

Después de dirigir el rezo de la tarde Rachid nos ha dicho cuando lo haremos. Aún falta más de un mes. Es el tiempo en que estará todo listo. Tenemos que continuar igual que hasta ahora. Trabajando. Sin llamar la atención. Todo saldrá bien si seguimos el plan.
A papá nunca le gustó Rachid. Decía que era peligroso que nos vieran con él. Por eso no le dijimos que veníamos aquí. Pero yo confío en él. Y también en todos los que estamos aquí. Creo que él nos hará sentirnos orgullosos de nuevo. Y no tendremos que volver a agachar la cabeza. Nuestras familias también lo estarán. Aunque ahora no lo entiendan.

15 de agosto de 2017.

El dolor se ha instalado en mi columna permanentemente. Me recorre toda la espalda desde que me levanto hasta que me acuesto. Ya me he acostumbrado a él. A emitir un lastimoso quejido cada vez que me levanto. A tener que ayudarme con las manos si me quiero sentar. Creo que lo echaré de menos cuando ya no esté.
Es curioso cómo puedes llegar a interiorizar algo tan rápidamente. Cuando sabes que hagas lo que hagas seguirá ahí. Que nada puede cambiarlo. Tu cuerpo simplemente lo acepta. Tu mente se resigna. Y entonces dejas de sufrir.

16 de agosto de 2017.

Es casi media noche. Se nos ha hecho demasiado tarde en el pueblo. Hoy es un día importante. A media tarde han traído los detonadores e iban a montarlos.
Conducimos por el camino que nos lleva a la casa abandonada. Pero cuando estamos cerca divisamos unas luces azules y amarillas a lo lejos. Omar para el coche y apaga los faros. Nos acercamos andando. Despacio. Ocultos entre los olivos y los algarrobos. Ya deberíamos poder ver la casa desde esta distancia. Pero no lo hacemos. Lo único que vemos es un amasijo de escombros y de hierros retorcidos. Y a los bomberos intentando buscar supervivientes.

17 de agosto de 2017.

Conduzco solo. No estoy acostumbrado y me resulta difícil maniobrar. Sobre todo por una zona con tanto tráfico. Pero ya casi he llegado.
Todo se ha precipitado. Rachid está muerto. Algo ha fallado. Tal vez los detonadores. No lo sé. No tardarán mucho en encontrar los explosivos, en relacionarlo. En ver que no ha sido un accidente.
Doy un volantazo.
Acelero.
Por fin.
Entro en las Ramblas.

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