Desde la oscuridad – Relato

La escritora Ángeles Navarro presenta un relato que podría alimentar nuestras peores pesadillas.

Desde la oscuridad

 

            —¿Abuela, estás muerta?

No, mi niño, no, quisieras decirle, pero no te sale la voz. Tampoco puedes levantarte, ni siquiera mover un dedo. Está asustado, lo notas, aunque no lo ves, solo lo oyes. No sabes qué hora será ni el tiempo que llevas así. Recuerdas que cogiste la escalera plegable de la terraza de la cocina y te propusiste ordenar los maleteros. ¡En mala hora! Ahí guardas la ropa que no es de temporada, las mantas, todo eso. No llores, mi amor, por favor.

            —¿Abuela, te has muerto?

            No, solo me he caído, cielo. Pronto llegarán papá y mamá. Volverán de su viaje, ya lo verás. Si al menos llamaran por teléfono, piensas. Aunque solo tenga cinco años, él se apaña bien para coger el teléfono. Lo que no ha aprendido todavía es a memorizar los números, porque marcar sabe. Los niños de ahora nacen sabiendo. Se ha debido cansar de estar a tu lado. Su llanto y sus pasitos se alejan por el pasillo. ¡Ha encendido la tele! Mejor, así se distraerá. «La patrulla canina»; es un crac, cómo sabe encontrar el canal que quiere ver.

            Y ¿qué pasará cuando tenga hambre? A veces abre el frigorífico. Busca algún huevo Kinder o chocolatinas. Ya se sabe, las abuelas. Siempre le dejas algo a mano, porque solo llega a la primera repisa, la que está encima del cajón de los embutidos. También le gusta coger el fuet y comerlo a mordiscos. Sueles reñirlo por hacer eso, pero ojalá se le ocurra. Bueno, si se empina puede alcanzar la segunda balda; ahí normalmente están los yogures y los actimeles. Pero ¿qué hay hoy exactamente? No te acuerdas. ¿Cómo va a estar todo el fin de semana sin comer? Al grifo del lavabo alcanza. Si tiene sed, podrá beber agua en el vasito con el que se enjuaga los dientes. Seguro que se le ocurre. También le gusta la fruta y encima de la mesa de la cocina hay un cuenco con plátanos, manzanas y peras. No, de hambre no se va a morir.

            Te has quedado adormilada. Te está zarandeando. Te grita.

            —¡Abuela, despiértate, no juegues más!

            Hueles su desesperación. Quiere creer que estáis jugando a haceros el muerto. A veces jugáis a eso y «os resucitáis» haciéndoos cosquillas. Esta vez no, mi vida, no estoy jugando. ¡Dios mío! Suena el teléfono. Sabe que te lo guardas en el bolsillo de la sudadera del chándal. Lo encuentra y lo coge. No, por favor. Una voz metálica que anuncia una compañía telefónica saluda.

            —¡La abuela no habla! ¡Está muy quieta!

            Chilla entre sollozos. Pero la operadora virtual sigue a lo suyo y tu nieto tira el teléfono. Te das cuenta porque oyes el ruido al chocar con el suelo. No ha colgado y queda en el aire el sonsonete que emite el aparato. Parece que está muy enfadado porque la emprende a patadas conmigo.

            —¡Despierta de una vez, abuela! ¡Ya no quiero jugar a esto! ¿Me oyes?

            Después, como si se hubiera arrepentido, notas sus besos en tu cara.

            —Abuelita, porfa.

            Lo escuchas alejarse otra vez. Te imaginas que a consolarse con la tele. En efecto, ahora son «Las tortugas ninja».

            Por más que lo intentas no puedes. Tu cuerpo no te responde en absoluto. Y quieres. ¡Ay! Te parece que has movido un pie, un poquito solo, pero ¿lo has movido? De hablar, nada. Imposible. ¡El timbre de la puerta! Le has dicho mil veces que no abra, que espere a que llegues tú, que hay que mirar para ver quién es. Oyes sus pasitos.

            —¿Quién es?

            Su vocecita te imita.

            —Lecturra del contadorr del gas.

            Parece que vacila. Abre, por favor, que alguien nos ayude. Aunque hay algo que te resulta raro. El que viene a mirar el contador nunca dice una frase tan larga, normalmente solo grita: ¡El gas! Pero el niño ya ha abierto la puerta.

            —¿Estás solo?

            No conoces esa voz tan ronca. ¿Y ese acento? Parece eslavo.

            —No, estoy con la abuela. Está dormida.

            —Tu abuela es muy perresosa —eso lo ha dicho otra persona, otro hombre. Dios mío—. Vamos a verrla.

            Crees que estás temblando, aunque no lo sientas.

            Se han parado a tu lado. Este no es el del gas. Deben saber que vives sola y… No, no puede ser, por Dios, mi pobre niño. Aunque no lo sientas, sabes que te están tocando.

            —¡No peguéis a la abuela!

            Llora y chilla.

            —Es parra que se despierrte. Vamos a buscarr una medisina ¿Ayudas?

            Oyes ruido de cajones. Los abren y parece que tiran su contenido al suelo.

            —¿Por qué cogéis dinero?

            —Parra llevarrla a hospital. Los taxis carros, ¿sabes?

            Se van, crees que hacia el salón, seguro que para cargar con las pocas cosas de valor que tienes. Mientras dejen a tu niño tranquilo, que se lleven lo que quieran.

            —¿Quierres jugarr juego diverrtido?

            Lo dice riendo. No, no, no.

            —Mejorr te vienes con nosotros. Buscarremos ayuda, luego jugamos.

            —Vale.

            Eso no, no, no, a mi niño no. No puedes soportarlo. De momento siguen revolviendo cosas. Los oyes. Y de pronto no sabes si es por la desesperación, el dolor, la rebeldía, la angustia o todo junto, pero algo te hace recuperar las fuerzas. Quizás es que al fin y al cabo algún tipo de dios existe. El caso es que empiezas a ver. También te obedecen las manos, los brazos, las piernas, los pies. No puedes enderezarte del todo, la cabeza te da vueltas, pero, aún así, te arrastras como puedes hasta el teléfono que el niño dejó tirado en el suelo. No sabes adónde han ido a parar tus gafas. Solo ves una imagen borrosa. Por eso cierras los ojos e intentas encontrar en tu mente el aspecto usual y nítido de la pantalla. Dejas que tus dedos actúen mecánicamente, primero para colgar, después para encontrar la agenda y marcar el primer número que aparece en ella. Esperas que lleguen a tiempo, porque de nuevo desfalleces.

Texto: © Ángeles Navarro Peiro.

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