Coser y cantar- Relato esencial de Ángeles Navarro Peiro

Con ‘Coser y cantar’, Ángeles Navarro Peiro nos abre una interesante oferta para completar la pensión por jubilación

Coser y cantar

Todo el mundo tiene la vista fija en una mujer de pelo blanco. No parece demasiado mayor. Poco más de sesenta quizás. Lleva ya un buen rato ante una de las mesas del recinto destinado a la expedición de documentos de identidad. La funcionaria que se sienta enfrente de ella le ha dicho con una voz tan elevada de tono que todos la hemos oído que se ponga de pie para ver si así es posible.

—Si es posible, ¿el qué? —me pregunta mi vecina Carmen.

Me encontré a Carmen esta mañana en la escalera. Yo llevaba a Fly, mi pequeño Terrier blanco, a dar su paseo matutino. ¿Adónde vas tan temprano?, pregunté curiosa. A renovar el DNI, me dijo ella. ¡Espera, que dejo al perro y te acompaño! No desperdicio ocasión de visitar el lugar dedicado en las comisarías a tal efecto, mis razones tengo. Al llegar, ha habido que negociar con el policía que controla la entrada. No quería dejarme pasar. Solo se lo permite a los que tienen cita previa. Pero finalmente le hemos convencido de que yo tan solo soy una acompañante y que, además, por mi edad y la artrosis —las dos señalamos el bastón como prueba contundente— necesito sentarme. Al fin ha cedido y nos hemos acomodado en sendos asientos de plástico de una hilera pegada a la pared.

—¡Jacinto, venga a ayudarme!

La funcionaria ha vuelto a alzar la voz. Jacinto, que no es otro que el cancerbero que no quería dejarme entrar, se acerca a la mesa. La mujer de pelo blanco sigue de pie.

—A ver, sujétele los dedos en el lector de huellas a esta señora.

Mientras habla, ha sacado de un cajón lo que parece ser una cajita de crema, similar en la forma a las de vaselina para los labios, aunque no se trata de vaselina sino de algo como pasta de dientes seca con tacto de polvos de talco. Lo conozco bien. Con ese mejunje unta los dedos de la mujer.

—Venga, Luisa, coloque el índice de la mano derecha.

La mujer, que por lo visto se llama Luisa, se apresura a poner el dedo indicado en el cristalito de tonalidad anaranjada del lector de huellas. Jacinto, el poli, se lo aprieta con ganas. La funcionaria observa la pantalla de su ordenador.

—Nada. Pero no apriete tanto, Jacinto, que se lo va a romper.

La funcionaria pasa una toallita húmeda por la superficie del lector.

—Ahora ponga el índice de la mano izquierda.

Que si quieres arroz, Catalina. A pesar del ímpetu con el que Jacinto fuerza los dedos inocentes de Luisa, no hay suerte con el pulgar de la mano derecha, ni con el de la izquierda. Repetidas veces la funcionaria vuelve a limpiar el cristal con la toallita y a untar los dedos de la mujer con la mencionada crema. Parece que ya le da igual que Luisa utilice el índice o el pulgar. En estos momentos le valdría cualquier dedo de cualquier mano, incluso el meñique, si el lector se dignase a cumplir con su misión. Pero, según indica la pantalla, nada de nada, las huellas de la señora se han volatilizado.

Finalmente, y tras insistir en la operación unas cuantas veces más, la funcionaria indica que, al parecer, una huella ha sido captada. Le hace una seña a la mujer —que ya tiene el rostro cubierto de sudor debido a tanto esfuerzo— para que se siente hasta finalizar con el trámite de emisión del documento. Cuando se lo entrega, Luisa, haciendo gala de una ingenuidad insólita, pregunta a la funcionaria si podría realizar una comprobación introduciendo el DNI en el punto de actualización que se encuentra a la salida. La respuesta es contundente:

—¡Ni se le ocurra!

Le digo a mi vecina Carmen, que no ha parado de cuchichearme al oído comentarios sobre todo lo que ha ocurrido, que se me está haciendo tarde para realizar una gestión de la que no me acordaba. Se me queda mirando un poco sorprendida, pero, como la llaman desde una de las mesas porque ya le llegó el turno, se despide de mí con un ligero y rápido beso en cada mejilla. Yo me apresuro a seguir a Luisa, la mujer del pelo blanco.

—Hola, perdona que te pare así. Me gustaría hablar contigo.

La noto desconcertada, quizás algo avergonzada por la escena de la que ha sido protagonista involuntaria.

—No te conozco de nada, ¿o sí? —me dice.

Me doy cuenta enseguida de que mi aspecto de abuelita con bastón está derritiendo todos sus recelos hasta las últimas defensas.

—No, no nos conocemos. Solo quería comentarte que a mí me ocurre lo mismo que a ti. Tampoco se reconocen mis huellas. El caso es que formo parte de una asociación de gente como nosotras.

Me permito la licencia de utilizar el nombre impreciso de asociación para la organización que tenemos montada. Ahora me toca acometer la fase, algo espinosa, de la persuasión. En cuanto hemos empezado a hablar distendidamente, me ha confesado quejumbrosa el monto de la pensión que le ha quedado: una mínima de viudedad de poco más de seiscientos euros. Ella se dedicaba a coser para arreglar pequeños desperfectos en la ropa, acomodar tallas —meter cuando se adelgazaba, sacar cuando se recuperaba el peso—, incluso confeccionar algún vestido o blusa sencillitos. Sus clientes siempre han sido amigos o vecinos. Por lo tanto el dinero que recibía no lo declaraba, vamos que era negro puro. Aún ahora, me confiesa, sigue haciendo algunos arreglillos para sobrevivir. Después de escucharla, he sabido que la tengo en el bote. Se conserva bien. Anda con agilidad y se mantiene tiesa. Nos sirve. Lo más difícil será convencerla de que delinquir, bueno no nos andemos con rodeos, ¿a quién vamos a engañar?, se trata de matar, pues eso, de que no es tan malo matar cuando puedes cobrar miles de euros por fiambre.

De momento, solo somos unos pocos pensionistas sicarios: un pianista, una mecanógrafa, un par de escritoras y un programador informático. A todos nosotros, por causa de la edad y de nuestras respectivas profesiones, en las que nos veíamos obligados a aporrear continuamente las teclas, se nos fueron desvaneciendo las huellas dactilares. Ah, se me olvidaba, también contamos con un químico, que nos es de gran utilidad, al que le desaparecieron las huellas por «jugar» con sustancias fuertes. Ni que decir tiene que sus conocimientos nos ayudan muchísimo a cumplir con los encargos.

Todo empezó cuando coincidí en comisaría con Pepe, el informático, la primera vez que no nos encontraron las huellas. Salimos cabizbajos lamentando nuestra anomalía. No podríamos utilizar el DNI electrónico, cuando a los dos —luego lo supe de él— nos vuelven locos los ordenadores y todo lo hacemos por internet. No nos conocíamos de nada. Nos miramos cariacontecidos y no sé qué tipo de flechazo telepático se produjo que rompimos a reír. Soltamos la misma frase a un tiempo: Nos podemos cargar a quien queramos. Nada más decirlo, supimos que había comenzado entre nosotros una hermosa y lucrativa amistad.

Luisa se nos unirá. La adiestraremos e irá cogiendo confianza, porque lo de matar es como el coser y el cantar, todo es empezar.

Texto: © Ángeles Navarro Peiro, 2018.

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