Concurso Homenaje a los clásicos, Sangre aguada por Adrián Pernas

Extracto del relato presentado por Adrián Pernas para el Concurso Homenaje a los clásicos

Sangre aguada

 

Cuando me vi obligado a dejar la policía, lo único que en ese momento me consoló fue que nadie se aparecería de improviso a interrumpir mis mañanas de domingo. Sin embargo, fue justamente un domingo mientras aún dormía que alguien que llamaba a mi puerta cambió mi vida para siempre.

Beatriz Bonet, amiga mía de la infancia, ahora una estrella de la Warner, venía a mí con una propuesta cuanto menos suculenta. Cien verdes diarios por encontrar evidencias que demostraran que un tal Juan Torriente la acosaba. O mejor dicho, todavía la acosaba, pues había sido juzgado con anterioridad por el mismo delito en contra de Beatriz y había sido imputado con una orden de alejamiento que le impedía encontrarse a menos de cien metros de ella.

Beatriz recibía constantemente notas de amenaza hechas con recortes de periódico. Por desgracia nunca se encontraron en ellas pruebas que las conectaran con Juan. Ella también aseguraba que todos los días —cuando no estaba de viaje por cuestiones de trabajo— era perseguida, aunque de esto tampoco tenía pruebas, y además, según decía, Juan siempre se encontraba a al menos una cuadra de distancia, así que no estaba violando la ley. Aún… Pero Beatriz tenía la certeza de que lo haría, quizá en un futuro no muy distante. Fue por esto por lo que, convencida de que su vida corría peligro y viéndose sin otra opción, acudió a mí.

Tras cuatro días de vigilarlo, había descubierto que Juan llevaba una rutina poco emocionante. A las ocho de la mañana se encendían las luces de su apartamento. Luego, sobre las once, salía. Se sentaba a leer el periódico en un parque a unas tres cuadras. Al terminar regresaba al apartamento y se quedaba en él otra hora, tras la que tomaba rumbo a casa de Beatriz. Siempre a al menos cien metros de distancia, observaba la casa. Si Beatriz había salido antes, solo se mantenía en su misma posición, sin irritarse ni cansarse, esperando que llegara. Cuando por fin aparecía, comenzaba a escribir en una libreta que cargaba consigo. Si Beatriz volvía a salir, la seguía, y con cada movimiento de ella una nueva nota iba a su libreta.

 

(Continuará)

 

©Concurso Homenaje a los Clásicos: Adrián Pernas para Solo Novela Negra, 2021.

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