Concurso Homenaje a los clásicos, Maldita epidemia por Miguel Izu

Extracto del relato presentado por Miguel Izu para el Concurso Homenaje a los clásicos

 

Maldita epidemia

 

            —¿Quiere declarar algo más?

            Pilar Bularra no levantó la vista del vaso con agua que tenía delante, sobre la mesa de la sala de interrogatorios. Se la veía derrotada, demacrada y ojerosa, aunque había demostrado que tenía ganas de contarlo todo. Le había informado de que la declaración oficial se realizaría cuando llegara el abogado de oficio, pero no quiso esperar y no había estado callada. A veces el criminal necesita desahogarse, y yo había escuchado con atención para conocer los detalles que nos faltaban.

            —¿Quiere contarme alguna otra cosa? —insistí.

Negó con la cabeza, pero me lanzó una mirada que sugería que, en otro tiempo, fue una mujer hermosa.

            —Inspector, ¿puedo hacerle una pregunta?

            —Sí, claro.

            —¿Cómo pudieron encontrar el cuerpo?

            El cuerpo de su marido, al que había asesinado con cianuro potásico. Lo había admitido con frialdad. Cuando la detuvimos en su casa, teníamos suficientes pruebas contra ella como para que le mereciera la pena negarlo. Lo había matado para liberarse de una relación que la tenía sometida y humillada. Era un sujeto insoportable; le había puesto los cuernos muchas veces y la había tratado con crueldad durante treinta y seis años de un matrimonio sin hijos. No hubo maltrato físico, pero sí un continuo tormento moral. Y lo malo siempre puede empeorar. Él quedó discapacitado por un accidente de tráfico y ella se convirtió en su cuidadora. Había contratado a una auxiliar de geriatría ecuatoriana, pero solo podía pagarle algunas horas. No habían tenido problemas financieros hasta entonces, él tenía un pequeño negocio, pero tampoco sobraba el dinero. La pensión de incapacidad era escasa, había cotizado por el mínimo sin preocuparse del futuro; convertidos en mileuristas, tenían que administrarse con prudencia. Él se negaba a ingresar en una residencia. Quería seguir viviendo en su casa y atendido por sus dos esclavas. No otra cosa parecían ser para él su esposa y la joven latinoamericana. Su discapacidad no le había vuelto dócil ni humilde; se había agriado aún más y trataba a las dos mujeres de forma brusca, exigiendo que estuvieran pendientes de sus caprichos. Nada le parecía bien y les lanzaba continuos improperios, acusándolas de tenerle desatendido. Su odio por el mundo y su temperamento desabrido habían alejado a parientes, amigos y vecinos. La vida de Pilar, cada vez más solitaria, se había transformado en un infierno. Hundida en la depresión, no había encontrado otra salida que matarle. Ya antes del accidente había fantaseado con separarse, pero dependía económicamente de él y no acababa de reunir suficiente valor. Luego, le daba pánico dar la imagen de que estaba abandonando a su marido cuando más la necesitaba. Le producía más culpabilidad dejarlo que matarlo.

            —Encontramos el cuerpo por casualidad —respondí. Aquel caso estaba atravesado por una buena cantidad de inoportunas casualidades en su perjuicio.

 Pilar había maquinado su crimen cuidadosamente. Sin que él lo supiera, valiéndose del poder notarial que tenía desde el accidente, había liquidado todas sus propiedades. La víspera del asesinato había firmado la escritura de venta del piso donde vivían y despedido a la ecuatoriana. Su plan era desaparecer. Para cuando alguien descubriera el cadáver, ella estaría muy lejos. Tenía un billete de tren para Madrid y otro para volar a Brasil. Había elegido ese país de forma instintiva, le sonaba que los fugitivos de la justicia encontraban refugio allí y ella hablaba portugués, la lengua de su madre, natural del Alentejo.

            —Otra casualidad —me respondió, con desaliento. Una trágica casualidad más le había impedido ejecutar su plan de huida.

           (Continuará)

 

©Concurso Homenaje a los Clásicos: Miguel Izu para Solo Novela Negra, 2021.

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