UN CEMENTERIO EN LAS AFUERAS

El cementerio del pueblo quedaba algo apartado del mismo.  Como alejado para que los muertos no molestasen a los que todavía quedaban vivos…o al revés.

—¡Mejor así! —decían algunos. —¡Quién sabe! —opinaban otros.

   Cuando se producía algún óbito, la costumbre marcaba que solamente los hombres fueran los que acompañaran a la comitiva al camposanto. Las mujeres preferían quedar con las familias componiendo casas y espíritus una vez finalizado el trance.

El camposanto era relativamente pequeño.  Casi de juguete, —argumentaba algún niño pequeño—. Al mismo se accedía por una cancela enorme de hierro que costaba manejarla por su peso, cuyo encomendado el enterrador Caetano Marcelo de origen portugués, cuidaba con esmero de engrasar a menudo sus cierres con jirones de tocino rancio que escamoteaba al presupuesto de víveres que le otorgaba el municipio. Lo hacía con celo para que el sonido de la herrumbre oxidada no aumentase todavía más el carácter lúgubre y tétrico de la escena. Por su desmedida afición al vino y por las infidelidades continuas de su mujer, se dejaba engatusar por cuatro miserables monedas que le distrajesen o le hicieran pasar de los momentos amargos.

Los muros del lugar eran bajos. En la población corría el bulo de que cualquier día los ladrones por esa circunstancia, podrían hacer de las suyas apoderándose de determinados candelabros y cruces de plata que los más pudientes depositaban al lado de las sepulturas. ¡Que quizá en el viático han de necesitar dinero!

—Decían los más radicales—.

En la pared más septentrional del mismo y en el lugar más frío y desangelado por las corrientes heladas que venían del norte sin pedir la venia, se establecía una escasa formación de nichos de ladrillo de barro cocido que poco a poco iban admitiendo inquilinos pese a la costumbre general de enterrar en el suelo a cada uno de los vecinos a los que les acariciaba la parca. ¡Como cambian las costumbres! Se pensaba…

Dado que los recursos de la mayoría de los habitantes del territorio eran escasos, la imaginación de estos no tenía límites a la hora de sacar algún dinero incluso del fondo de la tierra.  Luciano y Rufo —ambos hermanos—, eran dos de esos vecinos que apenas malvivían porque sus trabajos no daban para más. Así, tenían siempre alguna ocupación con la que llevar algo más de recursos o comida a sus familias. De carácter humilde pero sagaces como aguiluchos, habían ideado determinada patraña dadas las condiciones del cementerio en abierta complicidad con la única carpintería que fabricaba ataúdes haciendo igualmente labor de funeraria en la localidad. No se sabe de quién fue la idea de robar ataúdes y revenderlos. ¡Qué más da! Lo cierto era que una vez el difunto estaba enterrado o preferiblemente depositado en los nuevos nichos de ladrillo rojo visto con los que contaba el alejado cementerio, robaban el ataúd para revenderlo sin más miramientos. Pero para ganarse la confianza de Caetano Marcelo y asegurarse que en un futuro no fuese descubierto el latrocinio, le prometían con aranas que cuando pasados unos años los nichos fueran de nuevo abiertos para la cremación de los difuntos, ellos mismos harían tal cuestión por tratarse de hombre fuertes además de trabajadores como nadie.  También porque la susodicha tarea quedaba en sus manos antes de que Caetano tuviese que ejecutarla con el consabido esfuerzo dada su edad avanzada y las pocas fuerzas físicas que le restaban.

Cuando alguno de los vecinos moría, no tardaban en acceder al cementerio después del entierro trepando por los bajos muros del mismo para retirar la lápida provisional que cogida casi con alfileres y en espera de ser rematada con otra de mármol o granito más duradera, hacía las veces de tapadera temporal del catafalco. Con esmerado cuidado, y con más miedo que vergüenza, procedían sigilosos a altas horas de la madrugada a retirar los ladrillos enyesados del acceso para sacar posteriormente el ataúd. A continuación, depositaban el cadáver en el nicho sin la preceptiva caja de madera que revendían al día siguiente al mismo carpintero que hacía las veces de gestor de la funeraria. Este, ante un nuevo fallecimiento y dependiendo de la talla del difunto, procuraba adecentar el artilugio con ceras y barnices para meter gato por liebre o caja nueva por usada, sin que los afligidos familiares del fallecido apreciasen un segundo uso.

—¡Una noche de esta nos pillan y nos llevan al calabozo hermano! —Decía susurrando casi al oído Luciano a su familiar compinche. Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre.

—Calla y sigue quitando ladrillos ¡Que todavía tienen el yeso blando y como te descuides nos cuesta la misma vida volver a colocarlos en su sitio una vez sacada la caja!

—¡El yeso es difícil de trabajar! –contestó jocoso Rufo el hermano de Luciano. Porque mientras más lo manejo más duro se pone…

—No hagas chistes fáciles a estas horas de la noche y termina la faena…y procura limpiarte las manos de la mezcla para no dejar rastro alguno.

—Como tú digas hermano. El trabajo está a punto de ser acabado y ya veo los dineros en nuestra bolsa por el flamante ataúd que nos llevamos…

La historia se repetía después de cada vez que las campanas de la torre de la iglesia del pueblo doblaban a muerto, mientras que la fortuna del soberbio carpintero iba en aumento. Algo deberían sospechar los del lugar, porque tanto el empresario como sus ladrones cómplices en el asunto, habían dado otro aire en su estilo de vida y lucían mejores galas que antes de emprender el macabro negocio. Pero todo tiene su fin. Una noche de luna nueva con el cementerio más iluminado que nunca por la luz generosa y blanca del satélite, procedían a acometer un nuevo robo de un ataúd que Caetano acababa de depositar horas antes en un nicho que no había conocido inquilino. Cuando fueron a levantar la tapa del mismo para sacar al muerto y llevarse la fuente de sus ingresos, la luz de la luna descubrió por casualidad como la parte inferior de la tapa con más contacto con el difunto se encontraba totalmente arañada y el cristal pequeño que la acompañaba estaba resquebrajado. Daba la impresión de que el difunto ocupante del angustioso espacio había querido salir nada más ser depositado en su lugar de descanso. Al momento igualmente, el cadáver exhaló un leve suspiro de alivio cuando encontró la muerte al recibir los rayos de luna en su cara. Con seguridad lo habrían enterrado en un estado de muerte catatónica, y las pericias de Luciano y su hermano Rufo habían terminado por quitarle la poca vida que le restaba.

El susto fue aterrador. Casi de muerte. Ambos ladronzuelos no fueron capaces de volver a colocar la tapa de la caja ni de introducir la misma en el lugar de origen, por lo que saliendo de estampida y saltando la tapia del camposanto cada uno por un sitio, abandonaron como pudieron el lugar de sus fechorías. La torpeza de salir gritando y su premura, hizo que la casualidad hiciera el resto. A pocos metros de la tapia una pareja de guardias civiles advirtió a los que huían, y dando el alto con sendos disparos de carabina al aire, hizo que su miedo acabase cuando en el cuartelillo terminaron de cantar las maldades del negocio que durante más de dos años llevaban realizando.

Poco tardo la justicia en apresar al carpintero y colocarlo junto a sus compinches, mientras el pueblo en general a punto estuvo de linchar a los tres porque consideró que habían ultrajado a sus seres queridos, y las ánimas benditas de estos podrían traer consecuencias inesperadas a vivos o muertos.

 La torpeza de los hermanos asaltantes de tumbas acabó con ellos. Fueron encausados porque se fueron de la lengua rápidamente y las pruebas los delataban. Incluso la dejadez de uno de ellos en otra noche de asalto hizo que dejase plasmadas las huellas de sus manos manchadas de yeso en otros muebles de la carpintería imputada.

De momento y según se cuenta, siguen en prisión por mucho tiempo.  A pesar de todo, el dueño de la funeraria quedó en libertad, aunque trasladó su negocio a la otra punta de la comarca con la intención de retomar el asunto en las mismas circunstancias. ¡Hay que tener poca vergüenza!

 

Texto: © Alfonso Cantador Alias, 2019.

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