Venecia bajo la agonía-Relato corto

Con ‘Venecia bajo la agonía’, nuestra colaboradora Marisa Arias presenta un relato situado entre góndolas y canales.

Venecia bajo la agonía

Próximo al puente màs antiguo de los cuatro que cruzan el Gran Canal, Rialto, ‘Alessandro’ podría contemplar, desde su pequeño apartamento, un universo bajo sus pies. El suave avance de las góndolas podía fundirse con el paso de los turistas. Pequeñas historias llenas de color y vida. El eterno e inmortal espíritu veneciano bajo alguna copla de amor de fondo y el sol mediterràneo.

Pero él fijaba también la mirada en otros rincones. En esos, que pocos o muy pocos, sabían de su existencia. Alessandro rebuscaba en otros lugares muy alejados del ruidoso paso. Almas en silencio escondidas en una habitación. Personas con caminos sin retorno o con heridas abiertas. Vidas que sangran en su interior en mundos tenebrosos. En Venecia todo es posible y Alessandro estaba dispuesto a descubrirlo.

Su excedencia voluntaria como abogado de divorcios en una importante firma de Madrid, le había trasladado a la ciudad de los canales para llevar a cabo su única pasión, escribir.

Alessandro en su realidad, se entregaba a su particular Venecia. Cada día, vagaba sin rumbo y pisaba descalzo, sin hacer ruido, por las vidas golpeadas de otros.

Un manoseado cuaderno de tapa azul y un boli algo mordisqueado, era la única tecnología en su chaqueta.

Él habitaba espacios reales y desconocidos que sin quererlo, se apropiaban de lo irreal en su imaginación. Observaba con sutileza y anotaba.

Un día la curiosidad o casualidad, le llevaron a un sombrío pasaje. No era peatonal y el olor a canal putrefacto inundaba todo el sitio. Un estrecho canal separaba las dos viejas casas con pequeñas ventanas a un lado y otro. La mayoría cerradas, algunas deshabitadas y en ruinas. En otras colgaba ropa amarillenta y sucia. A penas un par de ellas delataban un hilo de vida. Un micromundo gris escondido en el gran cielo véneto.

En una de esas viviendas, con una persiana algo semiabierta, se podía escuchar la voz de una mujer recriminando la ausencia durante semanas de su pareja. La tristeza primero y luego el sentimiento de culpabilidad por amar, encontraron hueco en esa calle lúgubre.

Él a cambio repetía con dulzura una y otra vez:

Giuliana, non smetterò mai di amarti.

Morirei per te, el mio amato estraneo, le dijo ella una sola vez.

Su escaso italiano aprendido un año en Roma gracias a una novia de su juventud, le permitía entender algo de esa conversación.

-Podría resultar un amor incondicional o terminar en un desastre, se decía mentalmente Alessandro.

Expectante, permanecía en soledad e imaginando un final a esa intrigante historia.

Atraído por lo que podía ocurrir a continuación o por su final, no apartaba la vista, ni el oído, de ese pequeño ‘kilómetro cero’ de emociones.

De repente tras esas voces y un pequeño paréntesis de silencio, un hombre alto y fuerte, vestido con una larga túnica negra y ocultando su rostro bajo una màscara blanca, se deslizaba con rapidez y agilidad por dicha ventana. Con precisión, cayó en el centro de una pequeña lancha colocada estratégicamente. Cómo si lo hubiera hecho màs de una vez. Cómo si fuera un plan ya trazado.

La puso en marcha y se percató como ese extraño enmascarado también le devolvía su mirada durante unos largos segundos como si el tiempo se parara.

Curiosamente no se oyó nada más, excepto el notable ruido de la lancha avanzando ràpidamente.

Alessandro volvió a casa inundado en misterio con preguntas sin respuesta pero con  escenas reales y ficticias que se mezclaban sin parar en su cabeza y que terminaban asentándose en su cuaderno.

‘Asesino sin rostro’ era ya a las pocas semanas, una realidad en papel de casi 400 pàginas que se presentaba en Barcelona  para el concurso como finalista al Premio Planeta.

Según investigaciones posteriores que salieron a la luz, Alessandro pudo saber que en esa misma calle donde él se percató de tales hechos, encontraron bajo un terrible olor a descomposición en una de esas pequeñas viviendas, a una joven mujer semidesnuda, dentro de su bañera, con signos de estrangulamiento y desfigurada el rostro a cuchilladas. Le faltaba el dedo anular de su mano derecha.

Un par de meses más tarde, un pequeño niño irlandés de vacaciones con sus padres por Venecia, encontraba por su destacable brillo, un extraño objeto flotando en el Canal de los Suspiros, cerca del  la Plaza San Marcos. Era un dedo humano algo negro y deformado por la descomposición. En el centro tenía aún, un ajustado anillo con un notable rubí. Y su interior grabado: Giuliana.

“Ninguna otra ciudad abraza su magia flotante como Venecia. Un lugar especial pero a veces de odio visceral”.

Texto: ©Marisa Arias, 2018.

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