Una de detectives por Ana Arroyo

Que la novela negra ha evolucionado desde sus inicios es algo que hemos ido observando y dentro de ella se observa también la evolución de todo aquello que es elemento imprescindible dentro del género como es la figura del detective.

Los felices años 20 quedaron atrás. La Gran Depresión lo ha trastocado casi todo y alumbra el nuevo decorado de una sociedad empobrecida y violenta donde pululan seres desconfiados y desesperados.

Este nuevo paisaje cultural y urbano transformó por completo la literatura de crímenes, sus ingredientes y sus escenarios. Los personajes de Hammet o Chandler no eran ya superhombres con inmensas capacidades deductivas capaces de resolver los casos con sólo echar un vistazo al lugar del crimen. Los refinados ambientes del S. XIX sobre los que se movían las mentes prodigiosas de Auguste Dupin, Sherlock Holmes o Hércules Poirot dan paso al delito de calle, de suburbios y burdeles y los ingeniosos planes de aristócratas criminales son ahora mucho más terrenales.

Estos nuevos detectives han de utilizar armas que no usaban sus antecesores, como la obtención de información por métodos violentos o no muy lícitos. Se ubican así en una franja social fronteriza con la de los delincuentes y ponen de manifiesto el desorden en el que vivía inmerso el mundo en ese primer cuarto de siglo. Para estos detectives la resolución del misterio no es un simple juego intelectual, en muchos casos se convierte en venganzas personales y pueden llegar a implicarse emocionalmente con la víctima.

¿Y desde Philip Marlowe o Sam Spade hasta nuestros días? ¿Hay realmente tanta diferencia? Juzgad vosotros.

Philip Marlowe es solitario, cínico y escéptico, no vacila en ser despiadado incluso a veces brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto, nadie podrá corromperlo. En la ciudad, todo está en cambio corroído. El crimen es el espejo de la sociedad: muertes, robos, estafas, extorsiones. Y en esa sociedad es el dinero y la ambición por el poder lo que siempre está detrás, convirtiendo la moral y la dignidad en una simple moneda de cambio. Pero ahí está Marlowe, él solo, haciendo frente a un mundo en descomposición. Un hombre con una misión en la vida y con una botella de whisky y un fajo de billetes de un dólar para ayudar a soltar la lengua a quien fuese necesario.

Por otra parte, hoy en día nos encontramos con el personaje de las novelas de Ian Rankin: Rebus. Un agente de policía en Edimburgo, pero un agente peculiar, porque con el propósito de evitarle problemas sus superiores le asignan los casos que otros agentes no aceptarían por nada del mundo.  Un individuo solitario, con la cabeza llena de fantasmas. Rebus conoce los bajos fondos de la ciudad, sus emociones y envidias ardientes, las intrigas que se ocultan tras las gruesas paredes de piedra y las ventanas cerradas a cal y canto. Lucha contra su propia adicción al alcohol y al tabaco, y toma las copas en un genuino pub de la ciudad, el Oxford Bar.

Yo creo que, aunque ha debido de haber cierta evolución, porque obviamente el mundo donde se mueven ha cambiado, en el fondo entre ellos no hay tanta diferencia ¿A vosotros qué os parece?

 

©Artículo: Ana Arroyo, 2019.

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