Último turno navideño (parte 1) por Juan Pablo Goñi

I

La denuncia

Escuchó las últimas detonaciones, más aisladas, y calculó que habían pasado unos veinte minutos de la medianoche, media hora cuanto mucho. En balde las campañas y las prohibiciones, la gente quemaba pirotecnia sin importarle la vida de los perros asustados, como si de verdad festejaran el nacimiento del niño dios en lugar de juntarse a tragar y beber como si esperaran el fin del mundo. Hughman pasó rápido por las reflexiones, no estaba para preocuparse por los perros, precisamente.

La Navidad lo encontró atrapado, arrollado como uno de esos matambres tan ricos que hacían en la Argentina, amordazado con un trapo maloliente. Llevaba un par de horas y aún no entendía cómo pudo sucederle. Un llamado tan común, que decidió atenderlo solo, para que el compañero de turno se hiciera una escapada a comer con la familia un menú más interesante que las empanadas de la comisaría. Aunque no le tocaba patrullar en su trajín habitual, conocía las estadísticas: las denuncias por gritos y peleas de parejas estaban entre las más numerosas. Terminaban casi siempre con una negación, las mujeres maltratadas tenían poca confianza en que el Estado las protegiera. Ese fue el error, asumió; tomar la denuncia como un caso de maltrato, cuando discutían por otra cosa.

Le abrió al primer timbrazo una mujercita menuda, enfadada; debió tomarlo por alguien a quien esperaban, ni siquiera comprobó por la mirilla quién llegaba. El inglés no sospechó, en la cena de Nochebuena la gente comía en grupos, se visitaba. Pasó. Detrás de una mesa —para nada navideña— un muchacho morrudo, torso desnudo, lo miró sorprendido. Les explicó que era policía y que había acudido por una denuncia de violencia familiar. La joven, de corto vestido suelto, cerró la puerta. Atento al supuesto golpeador, el inglés no se volvió. La flaca le dio con algo en la cabeza; el inspector no supo más hasta que los cohetes y petardos lo despertaron, atado como si fueran a meterlo en una cacerola.

La cabeza le dolía bastante, cerca de la coronilla, aunque menos que el orgullo; se había comportado como un novato. Ni idea del lugar donde lo mantenían cautivo; debieron sacarlo de la casa, pesado y todo como era, quizá con ayuda del hombre, o los hombres, que esperaban. Supondría un riesgo suicida mantenerlo secuestrado en un lugar que había sido denunciado, debieron abandonar la casa enseguida. Era probable que lo llevaran al nuevo destino en su propio automóvil.    Trató de buscar pistas de su ubicación a través del olfato. Detectó humedad, encierro. Nada que le indicara dónde se encontraba. Estaba en el piso, las manos a la espalda. Los dedos tocaron polvo, sobre una superficie rugosa: una capa de cemento seguramente, esperando paciente la llegada de los mosaicos o lo que fueran a utilizar para el piso. Un lugar poco utilizado, dedujo. La noche tenía buena luna, ideal para reunirse en una mesa de patio y seguir de brindis hasta la madrugada; dado que no se advertía resplandor alguno, concluyó que el sitio carecía de ventanas o tragaluces.

Acabadas las explosiones, tampoco el oído lo ayudó a orientarse. Ni siquiera voces le llegaban, ¿acaso estaba en un sótano? No eran habituales esas dependencias en las casas de Blanca, era más probable que se tratara de una casa apartada. Estiró cuanto pudo los músculos, no notó más dolores que el de la cabeza, ¿con qué le había dado la pequeña mujer? Se esforzó en recordar lo entrevisto en el minuto, si fue un minuto, que estuvo consciente en la casa.

Concentrado en los rostros, no hizo un buen examen. Vio la mesa, cubierta por un hule con quemaduras y marcas circulares, huellas de vasos y botellas apoyados a lo largo del tiempo. Sobre ella, tres paquetes grandes, rectangulares, envueltos en papel marrón. Ningún motivo navideño en las paredes color amarillento, ni arbolito de navidad en un esquinero. Los paquetes debían contener droga, no existía otra explicación para la conducta de la pareja. Golpear y encerrar a un policía no era cosa de todos los días.

Exprimió al máximo los recuerdos. Ella tenía cabello enrulado, hasta los hombros. Cara pequeña, bonita, enrojecida por el enfado; el vestido, verde con estampado de flores. Él era de cabeza chica y rostro huidizo, barba de algunos días, morocho; profusión de tatuajes en brazos, pecho y hombros, mucho azul y verde, algo de rojo. Ninguna otra seña podía dar, aunque confió que los reconocería de verlos otra vez. Agotada la información, se preocupó del cuerpo; le tiraban los brazos.

Flexionó las piernas, consiguió bastante ángulo. Intentó lo propio con el tronco, arqueó la espalda; el movimiento fue menor. Se balanceó hasta colocarse en posición fetal. Allí extendió un poco los brazos hacia atrás. Repitió movimientos de brazos y piernas, procurando aflojar las ligaduras. La soga raspaba, era de las gruesas; ¿quién tenía guardada una soga tan larga?

Agitado, se tomó un descanso. La tela en su boca hedía hasta afectarle la respiración. La inmovilidad le tendió una trampa; se le apareció la muerte. El inglés se asustó al comprender que podía terminar muerto, ¿cómo darían con él? La pareja ya no estaría en la casa, por si a alguno se le ocurría buscarlo, cuando terminaran de brindar con la sidra barata donada por un miembro de la cooperadora policial. Así como podía notar que le habían dejado la billetera, ni el arma ni el celular estaban en su sitio.

Morir en navidad, una cruel ironía. Morir entre los buenos deseos, los mensajes de felicitación, los llamados de los seres queridos que circulaban por el planeta. Morir olvidado sin saber siquiera en dónde. Si al menos fuera creyente, podría fantasear con reencontrarse con Alicia; como no lo era, pensó en cambio en el desperdicio que resultaron los años tras su partida, casi tres. ¿Acaso no era prueba de ello que, por tercer año consecutivo, se ofreciera a hacer los turnos de guardia de las fiestas? En el fondo, si alguien merecía la muerte por no dar valor a la vida, era él mismo.

Se había condenado a la soledad. Fuera del breve amorío del verano anterior, que no se atrevió a continuar, y una experiencia vergonzosa que prefería olvidar, ni siquiera había compartido ratos con alguna mujer. Se ofrecía para los turnos porque era preferible la compañía de la comisaría a las paredes vacías. Ni mensajes recibía, no utilizaba las redes sociales. Las veces que los compañeros le mostraron el Facebook, se encontró buscando a la familia Hughman, allá en Inglaterra, la familia que había eliminado de sus filas al traidor que escogió al país que mató al hermano favorito. Este año ni siquiera los llamó, le dolía horrores que cortaran ni bien lo reconocían. ¿Podía morir quien carecía de vida? Se juramentó cambiar, si conseguía escapar de esa trampa. Alimentado por el propósito, reanudó las flexiones y estiramientos.

Continuó sin oír un roce de ramas, un golpeteo de aberturas, un arañazo de viento contra la puerta. Notó que las ataduras apretaban menos. La detención para recobrar aire fue más corta. Cambió de táctica. Alzó un tobillo cuanto pudo, lo bajó. Separó una muñeca unos milímetros de la otra, las unió, intentó pasarlas hacia el otro lado. Insistió. Le habían dado muchas vueltas, pero los nudos no se mostraban tan bien hechos. Otro ahogo, otra interrupción de esfuerzos. Ni sirenas se escuchaban en la noche, era temprano todavía para las peleas de jóvenes borrachos en el parque Matorras, que muchas veces terminaban con alguno cayendo al río; las riñas los tenían a las corridas en los turnos de las fiestas, pero recién a partir de las tres de la mañana.

Sudando, agotado, lleno de contracturas por las posturas, el inglés consiguió liberar la mano derecha. Su primera acción con ella fue quitarse la vomitiva mordaza. Sin luz, se evitó ver la mugre del trapo. Expulsó aire por la boca, con fuerza, como si precisara eliminar la invisible huella de la tela putrefacta. Luego fue sencillo quitar el resto de las ataduras; más tiempo le llevó librarse de la soga en sí. Movió piernas y brazos antes de incorporarse, para que circulara la sangre y activara los músculos. Sin apuro, se puso de pie. Le dolía la zona golpeada, le tiraba el cuello, pero no tenía mareos. Como un ciego, usó las manos para guiarse, buscando la salida. Descontó que tendría llave, ya vería cómo forzarla.

Avanzó a través de una pared húmeda; apreció los bloques porosos y la mezcla que los mantenía unidos. Pronto dio con una puerta de chapa. El ambiente era pequeño, casi minúsculo, tipo las casetas donde se guardan elementos de jardinería o de limpieza. Tanteó el picaporte, empujó. La puerta cedió un tanto. Estaba abierta, un obstáculo impedía la apertura total. Aferrando el picaporte, alzó la chapa y volvió a empujar. Consiguió una mayor apertura, ya podía pasar. El obstáculo no era más que pasto crecido. Fuera, la avanzada del amanecer empezaba a dibujar el nuevo día.

El inglés se estrujó un poco y salió. No reconoció el lugar. Árboles, alambrados, y campo. El improvisado calabozo era nomás una caseta, raro que la puerta apuntara hacia afuera de la propiedad. La rodeó; entendió que no había chance de mirar hacia adentro; era la única construcción en un terreno descuidado. Pasto crecido, más árboles. Un proyecto frustrado, como tantos en ese país poco generoso para planes a largo plazo. El inglés siguió el trazo de la alambrada para encontrar el acceso. Buscaba una tranquera tradicional, de madera.

Caminó, siempre atento a los límites, hasta que descubrió un doble poste; por allí se salía. No es que no pudiera saltar el alambrado, precisaba conocer el frente porque allí habría un camino. Cielo despejado, el inglés saltó y dio con una huella desdibujada, la naturaleza avanzaba sin temor sobre el trazo de las ruedas, seña del poco uso del camino. Fue hacia la única dirección que permitía, ya vería cómo continuar.

II

El operativo

Sediento, hambriento y con las piernas cansadas, Hughman dio con un camino vecinal, los típicos postes que sostenían cables a su costado derecho. El tema era saber en qué sentido doblar para ir hacia Blanca. La tierra estaba reseca; si sus captores regresaban, los anunciaría la polvareda, dándole tiempo a esconderse en la cuneta. La aurora trazó un surco amarillo en el zócalo del horizonte. El este. Divisó unos montes, más adelante. Apostó que allí habría alguna casa en la cual conseguir comunicarse con la comisaría. Apuró el paso, estaba vivo, había superado la noche funesta contra todas las probabilidades. Se le ocurrió que podría pedir dos patrulleros, para que uno esperara por los secuestradores. El instinto policial renacía con el cuerpo recuperado. La angustia no sería en vano; sacarían tres, o más, narcos de la calle.

Más cerca, apreció su acierto. Entre los troncos advirtió una edificación de paredes blancas, techo rojo. Rogó que hubieran celebrado la nochebuena en casa, o que estuvieran de regreso si había sido en otro lugar. Hacia adelante, ningún signo del paso de vehículos; se volvió, lo mismo sucedía a sus espaldas. Notó más detalles en su destino. Aquí había una tranquera, un molino de viento, una segunda edificación y una camioneta gris, entre ambas. Gente. Los últimos metros Hughman los dedicó a juramentarse: cumpliría con los propósitos esbozados cuando creyó que moría, casi una promesa para el caso de recuperar la libertad.

Pasó la tranquera. Sobre la puerta de la casa, la de las tejas rojas, había una lámpara encendida. El galpón tenía un portón grande, pintado de verde. Las ventanas tenían los postigos cerrados. Camioneta a la intemperie, luz sin apagar, dedujo que el estado de los habitantes de la casa al acostarse no era muy lúcido. A dos metros de la puerta, se detuvo. No habían escuchado sus pasos, pese a que desplazó cantidad de canto rodado en el trayecto; casi arrastró los pies esos últimos metros. ¿Golpeaba las manos, o la puerta? Ni idea de la hora, pero era muy temprano; ¿a las seis, amanecía? Era probable que cualquier mañana hubiera alguien despierto en la vivienda, a esa hora; pero no era cualquier mañana, era la mañana de Navidad, la que venía después del atracón de Nochebuena. Escogió hacer palmas, la puerta podía asustar.

Inquieto, le ardían las palmas y no había respuestas, se preguntó si la camioneta no sería un segundo vehículo, dejado allí, como la luz encendida, para despistar a posibles ladrones. Maldijo su suerte. Avanzó y golpeó con fuerza la puerta de madera, pintada en un celeste grisáceo. Recién entonces oyó algún rumor en el interior.

—¡Policía! —gritó, para evitar malos entendidos.

Abrió, sin utilizar llaves, una mujer cubierta con una bata de toalla, los ojos rojos, el cabello como si hubiera pasado por una batidora. Por la mirada que le dedicó, el inglés supo que no se veía mejor que ella. Al concentrarse en los brazos del visitante, la mujer esbozó una mueca de horror. Asombrado, el inglés descubrió la marca de la soga, los cortes y las gotas de sangre que perdía; le vino de golpe el ardor, también en los tobillos, como si hubiera estado anestesiado por la adrenalina de la huida. La mujer no dudó, lo hizo ingresar a un baño, y le pasó un algodón con alcohol.

Reprimiendo los quejidos por el contacto con el desinfectante, el inglés se presentó y le narró los hechos. Pronto se sumó un hombre que apenas podía sostenerse en pie. Se mantuvo recostado en el marco de la puerta del baño, con cara de no entender lo que sucedía. La mujer lo apartó cuando el inglés le solicitó un teléfono para llamar a la comisaría. El hombre se pasó la mano por la cara; el inglés aprovechó el lavabo; se lavó el rostro y las manos. Usó una toalla rosada, luego de mostrársela al dueño de casa y no obtener quejas.

La mujer regresó con un celular, lo invitó a la sala en penumbras. La pareja se mantuvo cerca, ella entusiasmada por los sucesos, él aún sin entender qué alteraba su mañana navideña.

—¡Inglés!, ¡qué bien la hiciste! Con razón tanta generosidad con Pistelli, «dejá que voy solo». ¡Tenías una mina! Los dejaste en banda con el quilombo del parque.

Martínez Rossi, raro que el jefe de calle no se perdiera una. Hughman debió esperar a que terminara su gastada para explicar lo sucedido.

—Me secuestraron. Estoy…

La carcajada lo interrumpió.

—¡Ahora lo llaman secuestro!

—¡Escuchame! Necesito que manden gente urgente, para agarrar a los tipos. Supongo que tiene que ver con drogas.

Esta vez, obtuvo silencio.

—Anoche llamaron por gritos en una casa. Creímos que era un caso de maltrato, por eso fui solo. Me descuidé, mirando los paquetes que tenían en la mesa y controlando al tipo, entonces la mina me pegó en la cabeza. Desperté atado en un sucucho en el medio del campo.

—Decime dónde estás que ya mando patrulleros.

El inglés se volvió a los dueños de casa.

—¿Dónde estamos?

La mujer reaccionó, el marido se había sentado, tan aturdido como antes.

—En el camino a la laguna, a siete kilómetros de la ciudad.

Hughman le pasó el teléfono para que ella diera los datos. La mujer dialogó un minuto, agregando indicaciones para facilitar la identificación de la casa. La zona era cubierta por la patrulla rural; se despreocupó, Martínez Rossi se encargaría del operativo. Eso dijo el jefe de calle cuando la mujer le devolvió el aparato; al cortar, el inglés asumió el cansancio y el hambre. La mujer se anticipó, despierta por completo.

—Usted, ni debe haber cenado, señor Hughman. Ya le hago un café y le traigo comida, hay de sobra. Ah, yo soy Mercedes Llera y este es mi marido, Oscar.

El inglés se sentó, sin aclararle que prefería el té. Los sillones eran cómodos, había una mesilla delante. Fue a decirle algo al marido; el hombre dormitaba otra vez. Sintió que lo contagiaba, lo invadió la modorra; tampoco había dormido esa maldita noche. Dio unas cabeceadas, perdió noción de todo hasta que el aroma a café disipó algunas telarañas. Mercedes, pantalones chinos, zapatillas y musculosa, el cabello recogido y la cara lavada, depositó una curiosa bandeja; junto al tazón de café, había porciones de lengua a la vinagreta, vittel toné y huevos rellenos, más varias rebanadas de pan.

Tras el banquete de sobras bien frías, Hughman volvió a establecer un dueto de ronquidos con el señor Oscar. Ni idea del tiempo transcurrido cuando la mujer lo despertó, sacudiéndolo de un hombro.

—¡Señor Hughman, ya vienen!

Al inglés le tomó unos segundos espabilarse. Oyó los motores. La mujer debió pasárselo pegada a la ventana, los vehículos recién se detuvieron cuando el inspector salía a una mañana despejada. Día caluroso, pronosticó. Martínez Rossi fue el primero en llegar a él; además de su vehículo, había tres camionetas de la patrulla rural.

—¡Inglés! Te hicieron mierda.

El jefe de calle inspeccionó las muñecas y los brazos del inspector antes de permitirle hablar.

—¿No vino ninguno de los nuestros?

—Me traje a la patrulla, ellos conocen la zona. Y, entre nosotros, los nuestros no están en condiciones de darle a un elefante adentro de un baño químico. ¿Dónde te tenían?

El inglés lo llevó entre los eucaliptos hasta el alambrado. Se ubicó. Le señaló el monte, metido adentro. Cansado, le había parecido más lejano; ahora calculó que sería un kilómetro por el camino y medio para adentro.

—En una caseta, entre esos árboles. ¿Para qué lado está Blanca?

Hubo risas. Los seis efectivos de la patrulla rural se les habían unido. El inglés los saludó; estaba a cargo el capitán Bineri, el jefe. Martínez Rossi le palmeó la espalda al responderle.

—Tranquilo, estamos en el camino, Blanca está para allá.

Señaló en dirección sudeste; otro acierto del instinto de Hughman. Bineri tomó nota del monte, más pequeño que el de la finca en que se encontraban. Hughman detectó, a pocos pasos, a la señora Mercedes; no se la veía asustada por el despliegue, sino más bien entusiasmada.

—¿Cuántos son, inglés? —preguntó el capitán.

—Un hombre y una mujer, jóvenes, estaban en la casa. Pero seguro esperaban a otro, por eso me hicieron pasar sin preguntar. Y estoy seguro que necesitaron de otro para cargarme.

—Vamos a poner los vehículos detrás de la casa. Apenas pasen, mejor, apenas se desvíen para el montecito, salimos y los cercamos.

—Ese camino es poco más que una huella, termina en la propiedad.

—Mejor todavía —afirmó Bineri.

Los hombres se movieron. Hughman llamó al capitán.

—Tengan cuidado, están armados, me sacaron la pistola.

—Contamos con eso, inglés.

Las camionetas se escondieron, los uniformados regresaron con escopetas Ithaca y chalecos antibalas. Se quedaron entre los árboles, agazapados.  El inglés y Martínez Rossi, regresaron a la casa. En la puerta, la señora Mercedes jugaba con las manos, tenía el celular sobresaliendo de un bolsillo del pantalón. El marido, roncaba sin inmutarse.

—Podría tomar unas fotos del despliegue, así se queda con el recuerdo.

—¿Le parece?

—Por supuesto—dijo Martínez Rossi.

Hughman la vio pasar.

—¿Estás seguro?

—Dejala que disfrute su minuto de fama. Y vos, recostate otro rato, si es que la motosierra te deja echar un sueño.

El jefe de calle encendió un negro; el inglés no se hizo rogar, en segundos combinaba sus ronquidos con el propietario. Los motores lo despertaron una hora después. Se sacudió, esta vez hasta el señor Oscar despertó. La señora Mercedes miraba el despliegue desde la puerta. Martínez Rossi, a su lado, lo invitó a ir hasta su auto.

—Cuando veamos que lleguen, nos mandamos.

Salieron al camino, las camionetas ya doblaban en la huella. Hughman no llegó a ver el coche de sus secuestradores. Impaciente, tamborileó sobre el tablero. Martínez Rossi abrió la ventanilla y encendió otro negro. Las camionetas llegaron al montecillo, vieron siluetas azules moviéndose; dos vehículos quedaron ocultos por los árboles, habían superado la tranquera de alambre. Estaba encendida la frecuencia policial, no llegaban partes. El inglés esperó disparos. El conductor se compadeció de sus nervios y arrancó.

Estuvieron pronto detrás del vehículo que esperaba fuera de la propiedad. Un efectivo hizo señas con el pulgar arriba y les indicó que entraran, el alambre estaba en el suelo. Hughman enfrentó la caseta donde pudo terminar sus días. Un Senda, con treinta años de vida, se veía pequeño junto a las altivas camionetas azules y blancas. Se apearon y se reunieron con el círculo de efectivos que apuntaba las escopetas al piso.

Tendidos boca abajo, dos hombres esposados a la espalda. A un lado, su pistola.

—¿Son estos, inglés?

Hughman señaló a uno de ellos, sin dudar, pese a que estaba de perfil. Martínez Rossi se agachó y le devolvió la pistola, aún en la cartuchera. Bineri ordenó que los levantaran y los condujeran a un vehículo.  Sencillo. Una resolución impensada para la situación límite que vivó toda la noche.

—Vamos, inglés, ahora mandamos allanar la casa donde fuiste. Ya está todo preparado.

Martínez Rossi cogió el micrófono y pasó el informe. Hughman dedicó una última mirada a la precaria construcción. Le dio las gracias, el secuestro fue toda una lección, le mostró el vacío de la vida que llevaba y lo condujo a tomar una determinación vital. Este sería el último año en que estaría de turno en las fiestas. Ni loco pasaba encerrado la navidad del 2020.

 

(Continuará)

 

©Relato:  Juan Pablo Goñi, 2021.

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