TRAS LA PUERTA por Francisco Medina Troya

El móvil llevaba sonando sobre la mesita de noche casi cinco minutos. La vibración sobre la madera se asemejaba al chirrido de un insecto y la melodía había perdido el efecto musical. Casi se resbala al salir de la ducha mientras cogía su albornoz y una abrupta maldición surgió de sus finos labios. Aún con su cabellera rubia mojada y enfundada en la prenda de baño descolgó el celular. Era un número privado.

Se escuchó un pitido largo. Una grabación.

“Hola Luna. Ahora mismo me das una envidia de cojones. Aquí estoy rodeado de dosieres y aguantando la halitosis de nuestro amigo González. Por lo menos se trae su propio café y es bueno… en serio. Disfruta de tus merecidas vacaciones, aprovecha cada momento y no pienses ni un segundo en esta mierda… un besito rubia…”

− ¡Figueroa, maldito loco! Dijo en voz alta.

En cierto modo se sentía descolocada. Fuera de lugar. Se sentía culpable de estar allí en casa, sin hacer nada, cuando a ciencia cierta sabía que un montón de trabajo se había quedado en standby. Tenía que hacer un gran esfuerzo para desconectar su mente. Limpiarse de toda esa marabunta de casos que le exprimían el cerebro y en cierto modo el alma.

Estuvo buena parte de la mañana ordenando su casa. El hogar de un policía siempre tiene ese halo de indiferencia. Carece del calor humano necesario por las continuas ausencias y se percibe esa frialdad de las casas deshabitadas… La inspectora Moreno se movía inquieta de una habitación a otra mientras en el tocadiscos sonaba el vinilo“He´s funny that way” de Billie Holiday. Aquella canción la hacía sonreír mientras pensaba en su compañero, el subinspector Figueroa. La melodía impregnaba el piso de una calidez que la hacía sentir bien… Pensaba dedicar aquellos días de ocio a hacer literalmente la vaga. En un principio pensó en un pequeño viaje. Pero el simple hecho de hacer las maletas, coger la carretera, le daba una pereza enorme.

Es increíble la cantidad de cosas inservibles que vamos acumulando en los rincones y armarios de una casa. Luna, cuando se dio cuenta, estaba rodeada de bolsas de basura. Cogió un par de bolsas grandes y salió al rellano de su piso, en la tercera planta. En el instante que pulsó el interruptor para llamar al ascensor, uno de sus vecinos se acercó también con una bolsa de basura. No conocía a todos sus vecinos de su planta pero aquel hombre siempre la saludaba con una simpatía respetuosa y se había cruzado varias veces con ella. Sus conversaciones nunca se excedían de lo meramente cotidiano y siempre con una educación excelsa. Sabía que vivía solo, porque más de una vez habían hablado de la acidia que daba cocinar para uno mismo. Tendría unos cuarenta años y las canas ya manchaban su abundante cabello negro, pero eso no impedía que fuera un hombre atractivo…El ascensor se detuvo con brusquedad y con un chirrido se abrieron las puertas.

− ¡Usted primero, señorita Luna! Dijo el hombre cediéndole el paso con su mano libre.

−Por favor, Carlos, no me llame de “usted” que me hace sentir una vieja.

−No era mi intención llamarla vieja. Está espectacular, como siempre. Contestó con un tono adulador.

Luna sonrió mientras pasaba al interior del habitáculo. El hombre entró despacio y se puso alejado de ella, manteniendo la distancia. Olía bien, colonia de las caras. No hablaron más hasta que llegaron al piso de abajo. Cuando se disponía a salir el hombre le quitó las bolsas de la mano.

−No se moleste, por favor. Yo las tiraré.

− ¡Ay gracias! No sabes cómo se lo agradezco. Tengo la casa patas arriba.

−No es ninguna molestia, faltaría más.

−Gracias de nuevo, que pase un buen día.

− ¡Igualmente!

En el instante que enfilaba el pasillo hacia la calle, la bolsa de basura del hombre se le cayó de las manos. Parte de los desperdicios se desparramaron por el suelo. En un principio no se fijó en la basura. Pero en el preciso momento que la puerta del ascensor se cerraba vio claramente como el hombre recogía del piso una caja vacía de compresas y lo introducía de nuevo en la bolsa. La mirada del individuo cambió en ese instante.

Mientras subía el ascensor el corazón le latía con fuerzas y respiraba agitada. Ese hombre vivía solo, no tenía la menor duda. Y en su basura había una caja vacía de compresas.

El ascensor se detuvo y Luna caminó despacio por las relucientes baldosas. Sin pensarlo dos veces se plantó delante de la puerta de aquel hombre. Sabía que se podía meter en un lío muy gordo si entraba en aquel piso sin una orden judicial, pero su instinto y su deber estaban por encima de cualquier tipo de burocracia. Sacó de su cartera una tarjeta de crédito rezando que la puerta no estuviera cerrada con llave. Miro a ambos lados del pasillo para percatarse de que nadie la veía e introdujo la tarjeta entre el espacio de la cerradura y el marco de madera de la puerta. Escuchó un “Click” sordo y empujó la puerta levemente. El piso estaba a oscuras y olía a colonia de bebé. Avanzó lentamente, observando cada detalle de la estancia. Miró en el salón. Allí la cortina estaba levemente subida y la luz de aquel gris día penetraba sin fuerzas. Estaba todo muy ordenado, limpio, como si nadie viviera allí. Había tal pulcritud en el orden que parecía uno de esos pisos piloto en los que nada se deja al azar. Todo estaba colocado en su sitio, milimétricamente. Se adivinaba la obsesión en todo lo que estaba observando.

Pasó a una habitación también inmersa en una penumbra leve. Había una amplia cama de matrimonio y en el techo un gran espejo que reflejaba las sombras. Como en el salón todo estaba muy ordenado, el aroma a colonia de bebé flotaba por toda la estancia… Con cierta prisa pasó a la otra habitación. La puerta estaba cerrada. La inspectora Moreno giró el picaporte, pero ésta no se abrió. Algo en el interior se movió. Extrajo de su cartera su tarjeta de crédito y la introdujo en la abertura de la cerradura. Para su sorpresa cedió… La habitación estaba completamente a oscuras. Un fuerte olor a alcohol y a Betadine se mezclaba allí con el de la colonia. Escuchó claramente que algo se movía sobre una cama, las tablas del canapé crujieron. Cogió su móvil y encendió la linterna. Lo que vio la dejó impactada. Allí en la cama había una mujer maniatada. Estaba atada con sendas cadenas en las muñecas y tobillos y un trapo tapaba su boca. Tenía heridas donde estaba atada y sobre una de las mesitas de noche había varios botes para curas medicinales. Los ojos de la mujer, de poco más de treinta años, reflejaban un pánico indecible. En ese momento un pitido del móvil le anunciaba que la batería se agotaba. Pensó rápido y abrió el whatsapp, pulsó Figueroa y escribió: “lado casa puerta 3” y en ese instante en la pantalla del celular apareció: “el móvil se apagará en cinco segundos… cuatro, tres, dos, uno…”

Un portazo la alertó de que el hombre volvía. Miró rápidamente por toda la habitación buscando un lugar donde esconderse. Vio el armario y fue hacia él. Antes de cerrar las puertas se dirigió en voz baja a la mujer.

− ¡Te sacaré de aquí!

Desde su posición pudo ver como Carlos, su vecino, había entrado en la estancia, encendiendo la luz. Puso cara de sorpresa al ver la puerta abierta, pero enseguida se centró en su víctima. Los ojos de la mujer se inyectaron de pánico y comenzó a revolverse en la cama.

−No sé porque te pones así. Sabes de sobra que no te va escuchar nadie, pequeña zorra.

Luna pudo ver como el hombre abría un cajón de la mesita de noche y de él sustrajo una toalla enrollada. La dispuso en el centro de la cama, en medio de las piernas atadas de la víctima… sobre la toalla había varias cuchillas de afeitar, afilados punzones de acero, alicates, tenazas, navajas de barbero. Todo brillante y limpio…

− ¿Qué cogemos hoy para jugar, eh, muñequita?, ¿te apetece estrujamiento o corte?

La mujer comenzó a gemir tras el trapo que le tapaba la boca. De sus ojos salían lágrimas que manchaban su rostro aterido.

−Bueno, viendo que no te decides dejaremos paso a la improvisación.

El hombre le quitó a la mujer una bata de quirófano que llevaba puesta. La inspectora Moreno tuvo que taparse la boca cuando vio el cuerpo de la joven. Tenía innumerables cortes por todo el torso, pechos y brazos. Pudo observar que le faltaba el pezón izquierdo y en su lugar había un boquete negruzco y purulento. Tenía muchos agujeros por todo el cuerpo que adivinaban que agujas o punzones habían penetrado sin dificultad en la carne inocente. Pero lo que más la impresionó fue un texto grabado en la piel, con precisión quirúrgica, desde el pecho hasta casi el monte de Venus: “La quería más que a su vida y la perdió para siempre, por eso lleva una herida, por eso busca la muerte”.  Luna miró los ojos horrorizados de la pobre infeliz que la buscaban sin cesar. No pudo ni imaginarse cuánto dolor había sufrido aquella mujer. Una rabia comenzó a apoderarse de ella, tuvo que contenerse, porque sabía que no tenía ninguna opción contra aquel sádico armado.

El psicópata, se puso meticulosamente unos guantes de látex y un delantal de plástico transparente. Cogió la navaja de barbero y comenzó a pasearla por la piel de su víctima. Ésta se retorcía e intentaba gritar, en vano. De repente comenzó a cortarla aleatoriamente, de abajo a arriba, de lado a lado. La mujer se retorcía de dolor y pudo comprobar que perdió el conocimiento.

− ¡Maldita guarra, cada vez me aguantas menos! ¡Hija de puta, voy a tener que reemplazarte, así no me vales!

El ladino cogió de la mesita de noche unas gasas y el Betadine y con mucho tacto y cuidado comenzó a curar cada una de las heridas. Parecía ensimismado en su labor.

−shhhh, shhh, ya está, ya está. Esto no es nada, mujer. Te voy a preparar una cena que te va a quitar todos los males.

En ese instante sonó el timbre. El hombre cogió un cuchillo y se lo metió detrás, entre la espalda y el pantalón y fue hacia la puerta. Luna salió de su escondite y fue con cautela detrás del individuo. Desde el pasillo observó como abría la puerta. Figueroa.

− ¡Buenas tardes, subinspector Figueroa -Le dijo con firmeza enseñándole la placa- hemos recibido unas quejas de unos ruidos en su inmueble! Me permite que eche un vistazo.

− ¡Claro, señor inspector-Le respondió con suma educación mientras con la mano derecha cogía el cuchillo de su espalda- Sin ningún problema!

− ¡Cuidado Figueroa!

Todo ocurrió muy deprisa. La voz de la inspectora Moreno alertó a su compañero justo cuando el cuchillo se clavaba en su hombro. Luna actuó con celeridad. Llevaba entre sus manos la navaja de afeitar, el acero torturador, y con mano firme cogió la cabeza de aquel loco y la afilada hoja le abrió la garganta. El hombre se tambaleo por el piso, con una mano puesta en el horrible tajo. La sangre, roja y brillante, con su ligero aroma metálico se mezclaba con el olor a colonia. Antes de caer al suelo, su vecino la miró a los ojos. En sus pupilas pudo ver el insondable abismo de la locura.

Fue hasta donde hollaba Figueroa, que intentaba desclavarse el cuchillo. Ella le acarició el cabello con delicadeza.

− ¡Llegas tarde, Figueroa- Le dijo con una sonrisa cómplice- tarde, como siempre!

 

FIN

 

©Relato: Francisco Medina Troya, 2020.

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